13 de septiembre de 1933

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Braulia recuerda que a finales de verano, cuando María Ignacia podía morir de un momento a otro, el Fundador iba todos los días a verla, y “si no podía ir, la llamaba por teléfono y preguntaba cómo seguía”.

“Poco antes de morir la trasladaron de la sala común a una habitación de dos camas para no apenar a las otras enfermas. Yo la acompañaba día y noche. Tenía dolores terribles; estaba llagada de pies a cabeza; la última vértebra la tenía deformada y sobresalía tremendamente. Se había quedado consumida, incluso mucho más pequeña de estatura. Clarita, la enfermera, podía levantarla sin ayuda de nadie.

Vino el Padre para administrarle la Extremaunción .

Braulia asistió a la administración de ese sacramento “sosteniendo el farol con dos velas encendidas que dejé caer —del nerviosismo y del cansancio— manchando la ropa de cera y quemándome un poco.

El Padre, al acabar la ceremonia me dijo que si tenía fuerzas y me parecía oportuno, él podía leerle las oraciones de la recomendación del alma. Las leyó por el ritual y luego rezó otras oraciones que no estaban recogidas en ese libro”  .

El Fundador recordaría siempre  las palabras que repetía María Ignacia durante estos largos meses al borde la agonía: “Qué gran cosa de ser la Obra, cuando en vez de tener yo una enfermedad, tengo cinco” .

Y a los pies de su lecho de dolor recitó esta oración que más tarde recogería en Camino:

Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!

María Ignacia falleció el 13 de septiembre, en la víspera de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

“Cuando María Ignacia murió yo estaba sola —escribe Braulia—. Don Josemaría se enteró inmediatamente —no sé cómo— y vino enseguida. Se encargó de organizar el entierro y lo presidió, junto a otros sacerdotes.

Esperábamos que acudiese el Capellán del Hospital, pero se retrasaba mucho y yo estaba sin saber qué hacer. El Padre me tranquilizó: me dijo que no me preocupara, que allí estaban ellos: me dio mucha paz.

Asistió también el Capellán de Valdelatas, don Juan Martínez Montón  que se destacaba por su santidad (...).

Recuerdo al Padre con manteo, caminando deprisa detrás del féretro, colocado sobre el coche mortuorio, hasta el cementerio de Chamartín de la Rosa .

Cuando llegó el momento terrible de echar la tierra, don Josemaría cogió un puñado, la besó y la echó sobre el ataúd. Me animó con un gesto para que hiciera lo mismo. No sé de dónde saqué fuerzas, pero al ver la serenidad que el Padre tenía, yo hice lo mismo con una gran paz. Rezó el responso en latín. Luego unas oraciones que yo no conocía y que los demás sacerdotes contestaron. Entendí —o al menos me pareció oír— Opus Dei”