22 de octubre. Un descubrimiento

 

Índice: María Ignacia García Escobar

La aparición de la ronda de los médicos suscita cada mañana en las salas del Hospital un trasiego de ilusiones y esperanzas. Quizá, tras el paso de aquellas batas blancas, se escuche al fin la palabra consoladora, el diagnóstico benigno...

María Ignacia, consciente de su situación, no espera nada de estas visitas, salvo la confirmación gradual y rutinaria de su empeoramiento, que los médicos constatan día tras día. Acude continuamente con su corazón al Sagrario, donde encuentra la esperanza. Sólo le apena su falta de correspondencia con el  Señor. ¿Qué puede hacer ella con aquel corazón suyo que dice y promete, que se llena de valor y entusiasmo, y luego, a la hora de la verdad,  se atemoriza y llora?

El 22 de octubre hace un descubrimiento espiritual que consigna con detalle en su  Cuaderno.

El día 18 de este mes, arrodillada delante del Sagrario de la capilla de este Hospital, te dije: “Jesús de mi vida, te dejo mi corazón. No para un ratito, para un día o para varios... ¡no, Jesús adorado! del todo, y para siempre. Bastante tiempo te he disgustado con mis informalidades... Te he dicho millones de veces : Jesús mío, te doy mi corazón. Y al poco rato he vuelto a pedírtelo, con mis inquietudes, mis desalientos, mis ingratitudes... ¡No, y mil veces no! Jamás te lo reclamaré mi dulce Jesús”. Y me dije a mí misma:

—¡Qué alegría! Ya no mando yo en mi corazón. Manda Jesús. Ya no tengo que cuidarme de él. Jesús se cuidará como cosa suya.  Ya no tengo yo que defenderle, pues a cargo de Jesús está su defensa... ¡Qué tranquila voy a descansar!

Así me ocurrió; gocé unos días de tanta paz y felicidad que dudaba a veces si sobre la tierra era posible tanta ventura.

Pero el enemigo, siempre envidioso de la felicidad de las almas, me preparó un golpe certero... Ya sabe él, cuando no encuentra otro medio, por donde tiene que atacar... Me presentó grandes dudas contra la fe... ¡Qué horribles agonías ha pasado mi alma! Con razón había leído en un libro santo que las heridas en la fe son mortales...

— Protestas... suspiros... ¡lágrimas! Millones de actos de fe... de amor... de confianza... A todo, a todo echaba mano, antes que apartarme de tu lado.

Al fin, por tu gran misericordia, salió burlado el enemigo. ¡¡¡Gracias Jesús mío!!!

Ayer fui de nuevo al Sagrario y te hablé de esta forma:

“Mira, Jesús mío adorado: supuesto que tu tienes mi corazón, te voy a decir una cosa [de la] que me he enterado. Sabes que el maligno enemigo anda tras de apoderarse de él... echa babas rabiosas, porque te lo he dado a Ti... todos cuantos medios estén a su alcance dice que ha de poner para lograr su intento... Tú verás, Jesús del alma mía, lo que has de hacer. Yo no haré nada más que avisarte de todo cuanto me entere. Y Tú, como [es] tuyo, te encargarás de todo lo demás.

Ya sabes lo que hoy ocurre. Adiós, mi Jesús, hasta otro día”.

¡Que contenta salí de tu presencia! No me había acordado hasta entonces [de] que el enemigo nada podría hacerle a mi corazón sin tu permiso, ya que en tus manos le había colocado días antes.

¡Qué feliz me siento en medio de tanta obscuridad y tribulación!