12 de septiembre de 1932. Una carta

 

Índice: María Ignacia García Escobar

El 12 de septiembre  se hace eco de una carta que ha recibido —escrita por F. Francisco, con casi plena seguridad—, y que le ha confortado mucho. La transcribe discreta y humildemente en su Cuaderno, sustituyendo su nombre por el de “una amiguita mía”.

Esta carta constituye un testimonio excepcional sobre la personalidad de María Ignacia, contemplada desde la perspectiva de F. Francisco, que ha sido testigo durante muchos años de  su progresiva identificación con Cristo.

Escribe María Ignacia:

Hace unos días que recibió una amiguita mía esta carta que a continuación anoto, por ser una carta que debiera perdurar. Dice así:

Muy estimada X:

Recibí la tuya que me causó impresión grande al ver lo que sufres y como lo sufres.

En ambas cosas te pareces a Santa Teresita, y sólo te diferencias en el Amor a Jesús, que creo no le igualarás ¿no es eso?

Aspira en cuanto puedas a seguirla por esa senda, la más elevada y perfecta, a ver si eres su amiguita pronto en el Cielo. Eres joven no contaminada con el vicio... y las faltas cometidas, pocas e hijas de la irreflexión juvenil, mil veces las habrás detestado y confesado; y Dios, que es justiciero y terrible con el obstinado, es suave y misericordioso con el arrepentido, te los habrá perdonado.

Indudablemente lo podemos así creer, porque Él es el que te sostiene en la tribulación, con esa resignación tranquila y amorosa que se ve en tu carta. Es tu piadoso y Divino Cirineo, que te ayuda a llevar la Cruz que todos hemos de llevar en pos de Él, según su palabra. —Y como el herrero, que con un brazo martillea la barra y con otro la sostiene, así el Señor te aflije y purifica con el fuego del dolor, pero también te sostiene.

Y como dice San Gregorio Magno: “Todos los pecadores han de purificarse, o con fuego o con agua. En la otra vida se purifican con el fuego del Purgatorio; en ésta, con las aguas de las tribulaciones; y bien se sabe que más suave es purificarse con agua que con fuego.”

—Aprovecha, mi buena X, esa situación en que te ha puesto la Divina Providencia, que es aptísima para purgar los pecados, y adquirir merecimientos grandes para comprar el descanso eterno. Por mi parte te encomiendo gustosamente en el Santo Sacrificio de la Misa, para que Jesús, María y José sean tus ayudadores, tus consoladores en vida y en muerte, y te salven; que la verdad es que, tal está esta sociedad, que se puede apetecer dejarla cuanto antes. Y si San Ignacio decía: “Ah, cuan vil me parece la tierra cuando miro al Cielo”, ¿qué diría ahora?

Pero, en fin, hasta que el Señor nos conserve la vida, trabajemos en nuestra santificación; y con nuestras oraciones, penitencias y buen ejemplo contribuyamos a la glorificación divina y salvación de nuestros prójimos, lamentablemente extraviados y engañados. —Tu servidor en Jesús, —X.

=5 septiembre, 1.932=

A imitación de este buen sacerdote —concluye María Ignacia—, procuremos siempre que nuestras manos escriban, darte mucha gloria. Que nuestras cartas sean centellitas de amor que caigan sin cesar en medio de las borrascas de la vida. ¡Cuánto agradece nuestro corazón una mano amiga que nos consuele y nos lleve a Él!