Luchas

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Precisamente durante los días en los que redacta estas líneas sufre una fuerte recaída y Braulia va a atenderla. Braulia ve que estos meses, en los que se redoblan los dolores, son, sin duda alguna, los más felices de la  vida de María Ignacia. Su amor por la Eucaristía va engrandeciéndose jornada tras jornada en un in crescendo inacabable.

Un buen testimonio es lo que escribe el 31 de agosto en su Cuaderno:

—El alma de Ti enamorada, a los pies de un sagrario, duda de su vida mortal...—

Sí, Jesús adorado: en los días que llevo visitándote, en el momento [en] que penetro en la Capilla, y mis ojos descubren el Tabernáculo donde te escondes para cubrir tus resplandores detrás de unas puertecitas cubiertas de fino cortinaje, al pensar que sólo por ellas estoy separada de Ti, mi corazón traspasa esos umbrales con la misma facilidad que el sol, atravesando el cristal, se introduce por los rincones de la estancia.

Si la obediencia no me avisara que debo partir de tu lado, creo que aún sin comer ni beber permanecería inmovible días y noches consecutivos a tus sagrados pies, alimentada en abundancia del néctar delicioso que mana de la llaga de tu divino costado.

¡Qué embriaguez santa se siente en tu divina presencia!

Allí, la salud, el bienestar, los placeres, el dinero, ocupan un lugar tan bajo, que al corazón le hastía recordarlo. —Unicamente la palabra amor es pronunciada desde el fondo del alma. —El repetirte una y mil veces cuánto te amo, que deseo amarte más y más, que mi única ilusión es llegar a amarte con locura, y que me concedas la dicha de morir abrasada en las dulces llamas de tu amor, forman mi delicia.

Las oraciones vocales me distraen, y las suspendo... —Mirar a tu Cárcel Sagrada, hablarte con el corazón, decirte mil requiebros, ofrecimientos y súplicas, es mi ocupación, mientras permanezco a tus pies, Jesús del alma mía.

A mi vuelta le digo a mis compañeras: “Ya he expuesto todas mis necesidades y preocupaciones a mi Jesús. Ahora, a descansar tranquila... Le he encargado todo... Él verá lo que ha de hacer.”

¡De qué paz disfruto, cuando todo — y del todo— lo pongo en tus manos!

¡Qué tesoros tan hermosos desperdician las almas que no te conocen!

¡¡Pobrecitas!! —¡Señor! que todos te conozcan para que, conociéndote, ¡te amen!