Una hermosa lección

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Dios también llevó a María Ignacia por este camino de infancia, gracias a una costumbre cristiana que había vivido desde su juventud: la lectura espiritual.

El 25 de mayo María Ignacia escribió una breve relación de su vida interior, que tituló Fruto de una meditación. Este escrito es, en cierto sentido, un aviso para caminantes. Cuenta que había pasado de una primera etapa, caracterizada por la búsqueda de la santidad en lo extraordinario, a una segunda etapa, la de la infancia espiritual, cuyo rasgo principal era el abandono en Dios  y la sencillez.

Este  segundo camino, al parecer tan opuesto al primero, ¡qué hermoso le encontró desde sus primeros pasos en Él! Sí; por aquel caminito le invitó Jesús a que le buscase; asegurándole [que] le encontraría.

Y por si este alma pudiera algún día volver a olvidarse del primer camino, e intentar de nuevo caminar por él, Jesús, quitándole toda la salud y fuerzas corporales, volvió tierra  toda su obra, para moldearla a su gusto. ¡Qué encantador será este edificio cuando llegue a terminarse!

Si bien es verdad que, mientras no esté consumado, sus paredes aparecerán con manchitas de acá para allá, debido a los materiales con los que la primera vez se amasó la mezcla, en el último día el Maestro Divino estucará sus paredes dándole un brillo a todo por igual, que sin notarse ya mancha de ninguna especie, sus resplandores atraerán hacía Él las almas del mismo modo que las palomitas son atraídas por la luz de una bujía.

¡Qué bueno y qué grande es Dios nuestro Señor!

El sucedido íntimo que describe el 20 de agosto en su Cuaderno, titulado ¡Con cuánta frecuencia me acaricias, Jesús mío, durante el sueño!, refleja cuánto había avanzado María Ignacia en su trato con el Señor por este camino de infancia. Experimenta en su vida un gozo interior parecido al de tantas personas santas a lo largo de la historia de la Iglesia.

...Soñé que, rendida por los cuidados del mundo, me fui al Sagrario a descansar en la compañía de mi dulce Amado. Al acercarme al altar vi junto a la puerta del Tabernáculo una imagen muy hermosa del Niño Jesús, y me abracé a ella con grande cariño. —Estando así me dije: Mira  ...que si este Niño se revistiera ahora de carne mortal... ¡que impresión recibiría! —En esto, siento su carita junto a la mía tan suave, tan llena de vida, que no acababa de creerlo.

Lleno su rostro de una celestial sonrisa y señalando hacia el Sagrario, sin dejar de abrazarme, dijo: “Quiero que seas para mí como una madre”.

Yo pensaba que Jesús desde el Sagrario estaba oyendo cuanto aquel Divino Niño me decía, y como mi Padre que era y, por tanto, conocedor de todas mis flaquezas, basada en esto contesté:

—¡Pobre de mí! Soy tan incapaz para todo...!

—El Niño Jesús, al punto, poniéndose muy triste, se soltó de mi cuello y volvió a ser una imagen.

Así que me di cuenta de aquel cambio, le dije: “Sí; Jesusito; sí; con tu ayuda seré cuanto tú quieras. Aquí me tienes.”

Enseguida me volvió a abrazar, y sentí que de nuevo sus tiernas carnecitas rozaban mi cara, sonriendo con gran satisfacción.

—Después de esto, desperté.—

¿Verdad que en este sueño, Jesús mío, me quisiste dar a conocer, una vez más, que la desconfianza es lo que más apena tu misericordioso y bondadosísimo Corazón? En el momento que desconfié, me apartaste tus gracias... tus caricias... Y en cuanto te prometí, con tu ayuda, segura correspondencia, olvidándolo todo, sonreías más y más, estrechándome sobre tu pecho.

¡Nunca olvidaré tan hermosa lección!