Dará un paso adelante, no lo dudéis

 

Índice: María Ignacia García Escobar

En los días siguientes al fallecimiento de Somoano, María Ignacia ora y reflexiona sobre los hechos que acaban de suceder. Algunas enfermas hablan con agradecimiento de la ayuda que les ha prestado el capellán en la dirección espiritual. Una comenta:

le pasaba lo mismo que al médico que limpia la llaga del enfermo sin escuchar para nada sus lamentos, poniendo todo su cuidado en hacerlo bien. Sabe que le produce dolor, pero lo que le interesa no es la molestia pasajera que dicho enfermo siente, sino su curación. Igual le pasaba a don José María; daba siempre en la llaga... pero por tanto, siempre también curaba las heridas del alma.

Esa enferma marchó poco después a su tierra, y le contaba a María Ignacia por carta:

Cada vez lloro más y más el Padre tan bueno que he perdido; y lo hago en tal forma que a veces siento remordimiento. Me consuela el pensamiento [de] que desde el Cielo nos alargará la mano siempre que lo necesitemos, ya que en la tierra tantas veces lo hizo. ¡Cuánto, cuánto bien ha hecho a mi alma .

María Ignacia piensa en el Fundador y en el futuro del Opus Dei. ¿Qué sucederá ahora?  Escribe el 21 de julio en su  Cuaderno:

—Un apóstol menos en la tierra y un santo más en el Cielo.—

El 17 de este mes nos dejó nuestro celoso y santo Capellán para volar Contigo a los Cielos.

Sí, Jesús mío: hoy día hacen mucha falta víctimas de amor a tu Divino Corazón; y ésta ha sido una.

Ha muerto (si muerte puede llamarse al que en su último momento se une a la Vida) en la cumbre de sus sufrimientos.

Porque veía en los enfermos Tu imagen, y por amor a Ti, nada de cuanto por el bien del alma de los enfermos hacía nunca le pareció duro ni difícil. Sufrió en silencio, y siempre con la sonrisa en los labios, abandonos, desprecios, insultos, vergüenzas, y toda clase de incomodidades y dolores.

Dichoso él, que en los momentos en los que era más triturado por el sufrimiento, le abriste las puertas de tu Reino.

Era tu hora, y por tanto, nuestros fervientes ruegos por su salud no han sido escuchados.

Tengo una confianza absoluta, Jesús querido, en que desde el Cielo ha de continuar su apostolado. ¡Qué ganancioso cambio!

A mis hermanos en la Obra de Dios les diré: “¡No tengáis pena! ¡Nuestra hermosa Obra dará un paso adelante; no lo dudéis!

¡Qué santo entusiasmo sentía por ella! — Esperemos gratas sorpresas.”

En su limpia mirada se reflejaba un alma sencilla y santa. —¡Con qué candidez y pureza de intención me dijo un día : “Qué bueno... qué grande es Jesús... A veces, le siento junto a mí... Me envuelve su Divinidad... ¡Qué hermoso es escucharle!”

—Así como él te escuchó en la tierra, escúchale Tú en el Cielo, ¡oh Jesús mío!”.