16 de julio

 

Índice: María Ignacia García Escobar

La noticia corre por el Hospital como un escalofrío.

A don José María le acaban de internar y esta gravísimo.

Todo ha sucedido de una forma tan rápida que cuesta creerlo. Escribe María Ignacia:

Cuando la ambulancia de este hospital fue a la casa donde se hospedaba para traerle aquí por encontrarse muy mal, cuenta el conductor lo siguiente:

“Cuando yo entré por la puerta del dormitorio de D. José María ¡pueden creer! me dio pena de lo malito que le veía. El pobre quería vestirse algo para salir a la ambulancia y con miles de apuros, lo intentó.

Al darme yo cuenta de ello, le dije: “Ea, Padre; eche a un lado en esta ocasión reparos, y déjese vestir por mí”.

Así lo hizo, y cuando terminé mi faena, me reclamó con interés un crucifijo muy hermoso que tenía allí, para traerlo en su compaña. Se lo dimos al punto comprendiendo que cada uno... ¡tiene que morir en sus creencias!”

Como se ve, aunque este pobre hombre no es gran creyente, alabó el amor de aquel sacerdote a su crucifijo .

Le ingresaron el 15 de julio en una habitación del primer pabellón . Presentaba un extraño cuadro clínico: vómitos sólidos y líquidos de sabor amargo, diarrea, fiebres, afonía...

¿Una intoxicación, quizá?, le preguntó el médico. No; le dijo el capellán; bebía habitualmente agua de Lozoya, y siempre tomaba la leche hervida. ¿Algún contacto físico con un enfermo que hubiese podido dar pie a un contagio? En absoluto, respondió Somoano tajantemente.

¿Entonces? Si no era contagio, si no era una intoxicación producida por un alimento en mal estado, ¿qué podría ser?

Algunos médicos, enfermeras y monjas le dijeron a Leopoldo, un hermano de Somoano, “con mucha reserva, pero sin señalar a nadie, que acaso le echaron algún veneno en el cáliz antes de la Misa, como arsénico o algo parecido” .

Su situación fue agravándose hora tras hora, entre convulsiones, espasmos  y sudores fríos. Al día siguiente por la mañana el médico volvió a visitarle.

Era sábado, 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, a la que Somoano tenía tanta devoción.

Continúa —anotó el doctor en la Hoja de Diario Clínico— con vómitos líquidos y verdosos, unos cinco o seis desde ayer. Sigue con molestias de tipo vago simpático; el abdomen está blando y sin defensa muscular alguna; persiste el dolor a nivel del punto apendicular y cístico. El pulso es apenas perceptible, taquicardia intensa.

Indicó el tratamiento a seguir: Espalmagine, 1 c.c.; Atropina y Suero Hayen 300 c.c., y recomendó que le aplicasen hielo sobre la región del hígado.

Su hermano Leopoldo, que le acompañaba, cuenta que “le iba preguntando qué tal se encontraba, pero le costaba mucho hablar. Sólo después de grandes trabajos, con mucha dificultad, lograba decir alguna frase ininteligible y perdía el conocimiento. Y sufría un absceso y otro...

—¿Qué te pasó, Pepe? —le preguntaba yo— ¿Qué te pasó?

—No sé...

Eso era todo lo que acertaba a decirnos. Avisaron a don Josemaría Escrivá, que vino enseguida a visitarle y le animó:

José María, hay que estar dispuesto a todo. Lo que Dios quiera. Hay que ser valientes .

La visita del Fundador fue forzosamente corta, porque el médico de guardia le dijo que se marchara enseguida, ya que su presencia allí le comprometía.

Antes de dejar el hospital, profundamente apenado, el Fundador le rogó a varias personas —entre ellas, probablemente a María Ignacia— que pidieran mucho por la salud de D. José María, “pues que Nuestro Señor parecía querer conservarle la vida, si con fe se lo pedíamos” .

Anota María Ignacia: “yo no escatimé oraciones, privaciones, vencimientos y cuanto mis fuerzas alcanzaron para ello” .

Todos estábamos inquietos —recuerda Leopoldo Somoano—. ¿Qué sería aquello? Era algo realmente extraño: vomitaba con frecuencia cuaja¬rones de líquido negro, con grandes trabajos; y era raro también que el personal médico no supiera nada de nada”  .

Durante la noche del día 15 estuvimos junto a su cama sin separarnos ni un momento de su lado —evoca Sor María Casado, una de las religiosas que atendían el Hospital—. sor María Galparsoro y yo. Padecía unas pesadillas y unos espasmos terribles. Cuando se reponía un poco, comenzaba a rezar y a invocar al Señor en voz alta. Le daban unas convulsiones y unos espasmos tan fuertes que teníamos que sujetarlo. Cuando se calmaba, nos miraba a las dos y nos decía:

—Qué trabajo, qué trabajo le estoy dando a las dos Marías..

Y volvía a tener vómitos y estremecimientos. Aquello era muy extraño. Yo no había visto nunca nada parecido y estaba convencida de que lo habían envenenado. En cuanto se le pasaba la desazón, volvía de nuevo a rezar, y a invocar al Señor...

Así pasó aquella noche... Y así, rezando, entre dolores y sufrimientos, invocando al Señor y a la Virgen, a las once de la noche del día siguiente, sábado 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, se nos fue al Cielo” .

El día siguiente, domingo, el Fundador llamó por teléfono al hospital a primera hora. Le contestaron diciéndole que volviera a llamar las ocho de la mañana. Celebró la Misa por Somoano: por su alma, si había fallecido; por su salud, si vivía.

Avisó a las dos Comunidades de religiosas de Santa Isabel, para que se unieran a su intención. Al llegar al memento de difuntos, tuvo la corazonada de que había muerto. Cuando terminó de celebrar la Misa recibió una llamada con la confirmación de su presentimiento. Rezó un responso muy impresionado y lloró.

También María Ignacia, que había estado rezando intensamente durante la noche, tuvo un presentimiento parecido. Escribió en su Cuaderno:

Me dormí tarde, sin dejar continuamente de pedir más y más por su salud, si así convenía; pero, a las tres o cuatro horas de quedarme dormida, serían las 3 de la madrugada, desperté y lo pri¬mero que se me vino al pensamiento fue él, pero al intentar de nuevo pedir por su salud, una voz interior me decía con toda insisten¬cia: reza ante todo las oraciones de difuntos, que es lo que más falta le puede hacer en estos momentos.

Aunque no quería acabarme de convencer de que había muerto, las recé enseguida. Y a las 7 de la mañana cuando la enfermera vino a tomarnos la temperatura, me confirmó que había muerto a media noche.

¿Qué iba a pasar cuando le hicieran la autopsia? Acusarían a éste y a aquel... ¡Las amenazas habían sido públicas y notorias! Pero no sucedió nada, porque cuando vino don Vicente Somoano, el padre del capellán, desde Asturias, se negó rotundamente a que le hicieran la autopsia.

Don Vicente era abogado y trabajaba como Secretario de Juzgado de Arriondas. Por su profesión había tenido que asistir a muchas autopsias, y su corazón de padre se negó rotundamente  a que el cuerpo de su hijo tuviera que pasar por aquel trance.

Poco después —recuerda Leopoldo Somoano—, el Fundador del Opus Dei, junto con otros sacerdotes, asistió al funeral en la capilla y cada uno de ellos rezó un responso. Al día siguiente, estuvo con nosotros, consolándonos. Aunque comprendía la actitud de mi padre, nos dijo que él hubiera sido partidario de mandar hacer la autopsia para demostrar el presunto envenenamiento.

Entonces le contamos que Sor Engracia nos había dicho que había visto y oído a nuestro hermano ofrecer su vida a Dios, durante una visita al Santísimo. Al oír esto, exclamó:

—¡Qué pena de no haberlo sabido antes! Le hubiera disuadido, porque todos le necesitábamos muchísimo .

El día 18 por la mañana —prosigue Leopoldo— lo llevamos a enterrar al cementerio de Chamartín, (...). Estaba allí el Fundador del Opus Dei y varios sacerdotes amigos de mi hermano, muchos conocidos y gentes del hospital, todos muy afectados y sorprendidos por la rapidez con la que había sucedido todo” .

El Fundador se haría eco, años después, del gran amor de Somoano hacía la Eucaristía. Sólo  el pensamiento de que hubiera sacerdotes que subían al altar menos dispuestos le hacía derramar lágrimas de Amor y de Reparación:

“¡Cómo lloró —escribió en el nº 532 de Camino—, al pie del altar, aquel joven Sacerdote santo que mereció martirio, porque se acordaba de un alma que se acercó en pecado mortal a recibir a Cristo!

—¿Así le desagravias tú?

Pocos días más tarde, don Josemaría estuvo hablando con un eclesiástico, que exclamó refiriéndose al capellán:

¡Qué santo era!

¿Lo trató Vd. mucho? —preguntó el Fundador.

No; pero le vi una vez celebrar la Santa Misa .

¿Cuál fue la causa de aquella extraña muerte? Julio Somoano,  otro hermano del capellán, afirma que se dieron un conjunto de circunstancias misteriosas que no se desvelaron nunca.