Nuevas amenazas

 

Índice: María Ignacia García Escobar

El 14 de mayo le dicen que se vaya, de forma tajante y con malos modos. Me afecta —apunta en su cuaderno de notas—; pero poco.

Vuelven a amenazarle de muerte: Me anuncian la salud para un plazo muy próximo .

No son fanfarronadas. En el hospital existe desde hace tiempo “un nutrido grupo de extremistas que tenían fama de realizar toda clase de hazañas criminosas, arrastrando con ellos a algunos empleados y personal sanitario” .

¿Qué haré? —¡En manos del Señor me pongo para que El haga de mí lo que quiera? —escribe el 15 de mayo.

De todos modos, todavía conserva la esperanza de quedarse. Sabe que Eugenio Vázquez Caballero, el administrador, está poniendo todos los medios para que se vaya, pero hasta ahora no le ha dicho nada directamente.

Habla de nuevo con Morán, el Vicario, que le aconseja por cuarta vez , al ver el cariz que está tomando la situación, que se vaya a Los Pinos.

Se decide por fin, aunque no sabe cómo podrá celebrar Misa los domingos y llevar la Comunión a los enfermos. Algo difícil va a ser .

Al día siguiente, 18 de mayo, la situación parece dar un giro. Precisamente después de estar todo determinado para ir a los Pinos, vuelve a parecer posible quedar aquí o cerca de aquí pero para atender esto. ¡Qué lío! Hay unas cuantas almas santas que no se resignan a quedar sin la S. Comunión e instan a Jesús .

El ambiente —escribe el jueves 19— presagia una pronta revolución religioso social. Por lo demás, se encuentra interiormente sereno y sosegado. La primera vez que me alegro por contumeliam pro nomine Jesu pati, por haber padecido por el nombre del Señor.

El lunes 23 de mayo charla con el Fundador, que le da un nuevo aliento en su entrega: La Obra de Dios va bien —escribe Somoano ese mismo día—.  El tiempo se aprovecha más y el espíritu más se sobrenaturaliza— Hay dos nuevos— ¡Señor, que sean santos y que perseveren! Reza para un amigo suyo, don Juan, para conozca el Opus Dei.

El administrador sigue sin darle un documento escrito de su expulsión, y se van sucediendo las jornadas sin más noticias: Del Hospital nada. Sigue el compás de espera .

No sabe qué resolución tomar. El administrador se encuentra entre dos fuegos, porque hay posturas encontradas en la dirección del Hospital sobre el tema de su expulsión. Y sabe que Vázquez dice algunas cosas sólo para complacer a determinados superiores.

De todas formas, procura actuar mientras tanto con la máxima prudencia, siguiendo las indicaciones que le dan, aunque sin abandonar las exigencias de su ministerio.

Un día del mes de junio, cuenta María Ignacia,  una enferma se preparaba para sufrir una importante operación en el pulmón izquierdo, y deseaba comulgar. Le pidió permiso al médico para ir a la Capilla y comulgar pero éste se  negó. Al enterarse Somoano se apresuró a llevarle la Comunión   y le prometió rezar por ella especialmente durante la intervención.

La llevaron al quirófano. Preguntó varias veces por el resultado de la operación y por la tarde fue a visitarla. Al día siguiente, escribe María Ignacia, “vino a ver como seguía y a alentarla, como siempre, a unir sus sufrimientos a los de Jesús”, y comenzó a leerle la Hora Santa,  sabiendo que eso la confortaba.

De vez en cuando interrumpía esta lectura, para preguntarle a la enferma si se fatigaba al oírle; y al contestarle que no, seguía cada vez con más entusiasmo y lleno de caridad su labor. Todos los días siguió repitiendo sus visitas, mañana y tarde .

Estaban en junio, mes en que la Iglesia venera especialmente el Sagrado Corazón de Jesús. Comenzó a dar una serie de pláticas, pero

solamente había dicho la primera cuando dio orden el Director del Pabellón para que no las siguiera y por añadidura no entrara a ver a las enfermas como no estuvieran graves y fuera llamado por éstas.

Este día, como de costumbre, entró a visitar a la enferma de [la] que antes hablo, y la Hermana del piso , toda asustada con las órdenes que acababa de recibir, le mandó salir inmediatamente, obedeciendo al punto. (...) Cumplió esta orden con tal exactitud, que a no ser llamado por una enferma grave, no volvió a venir nada más que los días de confesión, y cuanto cumplía su sagrado deber marchaba enseguida.

Y si alguna enferma de las salas se enteraba que estaba allí y le mandaba entrar para darle algún recado, le contestaba siguiendo su camino: Dígaselo al director .

Seguía confiando, a pesar de todo, en permanecer en el hospital, a pesar de las intrigas de Vázquez: Creo que la cosa le va a salir mal. Hay orden de que no me marche por ahora. Mientras tanto, continúa atendiendo día y noche a los enfermos: Comulgan muchos, mejor dicho, confiesan. No está mal el ambiente espiritual