24 de abril de 1932. Una nota escrita a lápiz

Índice: María Ignacia García Escobar

Un día, las amenazas de expulsión se materializan. El 24 de abril  le entregan  una nota escrita ¡a lápiz! en la que el Jefe de personal de Sanidad le comunica que el Ministro de la Gobernación, en ejecución de la Ley de Presupuestos, le ha cesado como capellán de la Enfermería.

A partir de entonces —como le había comunicado el Inspector General de la Dirección General de Sanidad a don Luis Muñoyerro en una nota escrita también a lápiz el pasado 20 de abril,  en papel corriente y sin membrete— ya no podrán vivir sacerdotes en el hospital.

Se especifican en esa nota una serie de medidas: las religiosas que atienden a los enfermos podrán tener actos de culto, pero para ellas solas, y a sus expensas. Sólo podrán celebrarse misas los domingos, siempre que los gastos no se carguen a los presupuestos del hospital. Y si algún enfermo grave pide la presencia de un sacerdote se deberá avisar a una parroquia cercana.

Al conocer el contenido de aquella nota, un oficio inicuo que contrista a hermanas y enfermos, escribe Somoano, evocando las palabras del Señor: Es necesario que yo me vaya. Y concluye:  No creo que esto tenga solución. ¿Acaso viniendo a la Ventilla?.

Los enfermos protestan —anota en su pequeño cuaderno al día siguiente—. No sé qué caso harán.

Es cierto que hay enfermos que protestan, pero son pocos . El hospital está dividido, lo mismo que el país. Muchos enfermos guardan silencio. ¿Miedo? ¿Prevención? ¿Indiferencia? Es difícil saberlo en estos momentos de confusión. Lo cierto es que  cuando abandona las salas, unos enfermos le miran con agradecimiento y otros con rencor.

¿Qué puede hacer?  Más bien, ¿qué debe hacer? Habla con el Vicario General de Madrid, Francisco Morán, que le sugiere la posibilidad de trasladarse a Los Pinos, una barriada cercana al hospital. Pero, ¿no supone eso, en la práctica, abandonar a sus enfermos?  En cuanto se vaya, lo sabe bien, nadie le reemplazará y  no está dispuesto a que los enfermos mueran sin los santos Sacramentos.

El 25 de abril por la tarde se reúne de nuevo con el Fundador. Se habla de arreglar lo de la Ventilla. A todos les parece que es la solución más razonable: desde allí podrá  atender a sus enfermos, mientras se apacigua la situación.

Acepta el consejo. Pero antes de marcharse del hospital, decide poner todos los medios posibles para quedarse. Una vez fuera, todo dependerá del responsable de turno. ¿Y quién le asegura que no le cerrarán las puertas cuando vaya a atender a un moribundo?

Sigue haciendo gestiones. El día 26 visita Pinos Altos: no es plan. Le plantean otra alternativa. Tampoco  resulta factible.

Algunos enfermos le apoyan en público. Sigue el interés grande en que continúe aquí, escribe en sus notas. Pero hay otras personas, sobre todo del personal sanitario, que ya le manifiestan abiertamente su repulsa y su desprecio.

Recibe, por los pasillos y corredores del Hospital, injurias, insultos y amenazas. Estas ofensas hieren su alma. Ante Jesús Crucificado me tranquilizo. – Haz, Señor, que gozosamente lleve tu Cruz.

El 28 de abril va a verle el Fundador. Sus palabras le animan, aunque sigue preocupado. No acabo de recobrar la tranquilidad. ¿Será amor propio herido? El viernes 29, más sosegado, habla otra vez con el Vicario, que le aconseja de nuevo que se vaya a Los Pinos. Pero no acaba de convencerse de la bondad de esta solución: creo que fracasará esto.

Como resumen de esta semana —anota Somoano el sábado 30 de abril— se puede decir que he perdido mucha tranquilidad, y aunque he hecho las prácticas piadosas, he notado mucha frialdad y falta de virtud. Ha sido un buen termómetro para que no me ilusione. Dios me ha consolado mucho.

El siguiente lunes, 2 de mayo, acude a la reunión semanal con Josemaría Escrivá, que le recomienda que se abandone en las manos de Dios para recobrar la paz. Escrivá dice que Jesús me necesita y que para la tranquilidad mía me conviene postrarme en tierra y estar así en la presencia de Dios 5 ó 10 minutos .

La situación se va ennegreciendo poco a poco —escribe el 7 de mayo—. Parece que éstos quieren llegar, en lo que de ellos dependa, a descristianizar a todos. ¡Dios nos asista, y nos sostenga!

El 10 de mayo se inaugura la capilla del hospital. Algunos enfermos manifiestan su piedad pero, en general, anota, es la frivolidad reina y señora.