José María Somoano. Un sillar oculto

Índice: María Ignacia García Escobar

El Fundador había escrito en sus Apuntes personales cómo debían ser los cimientos del Opus Dei.

En ese gran edificio, que se llama “la Obra de Dios” y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto. Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también” .

En estos primeros meses de 1932 Josemaría Escrivá contaba ya con algunos cimientos. Jóvenes profesionales como Isidoro Zorzano, un ingeniero nacido en Argentina; estudiantes como Juan Jiménez Vargas; o sacerdotes como José María Somoano, el capellán de la Enfermería del Hospital del Rey.

José María Somoano se había ordenado sacerdote cinco años antes. Habían sido cinco años marcados por la Cruz, como la vida de María Ignacia. Poco después de ordenarse sacerdote las autoridades militares le habían enviado a Alcazarquivir, al sur del Protectorado de Marruecos, donde ejerció su ministerio en un antiguo hospital de sangre.

Tras esos duros meses africanos había estado en San Mamés, un pueblo de la “sierra pobre” madrileña, entre gente de talante huraño que ni respeta al sacerdote ni le quiere, que le calumnia y le hace pasar horas amargas, que no quiere rezar y sí blasfemar .

El párroco anterior, amigo suyo, había muerto a causa de las horas amargas que había pasado entre aquellos parroquianos. Le habían enterrado en el propio pueblo, pero Somoano no encontró su tumba porque sus parroquianos no se habían preocupado siquiera de señalar el lugar con una lápida o una cruz.

Luego había trabajado como capellán en el Asilo Porta Coeli, con los golfillos de Madrid. Los golfillos eran “niños de la calle”, muchachos abandonados sin instrucción alguna, a los que se intentaba enseñar un oficio junto con una formación cristiana.

Y ahora, en este quinto año de su sacerdocio, estaba padeciendo en carne propia las consecuencias de la intolerancia religiosa que se respiraba en el Hospital. Recuerda  María Ignacia en su Cuaderno:

fue mucho lo que sufrió, con la entereza de un mártir. Persecución, insultos, desprecios, molestias y continuos trabajos, debido a las órdenes dadas por el nuevo Régimen, siempre con la sonrisa en los labios.

Su figura se había convertido en la diana de muchas burlas y amenazas, aunque, como explica María Ignacia,

de todos estos contratiempos, jamás le gustaba hablar y si a ruegos nuestros lo hacía, nos dejaba tan edificadas, que con gus¬to hubiéramos sufrido en aquellos momentos cualquier persecución con tal de disfrutar de aquella paz tan envidiable que en él se retrataba.

Un día me atreví a decirle:

—Vd. no me quiere contar nada, pero yo he sabido que en La Ventilla, cuando cruzaba las calles, se han metido con Vd., insultándole cuanto han querido.

Y me contestó:

—¡Bah! no hay que darle importancia a eso. Sólo fue motivo para hacerme entonar al punto un Te Deum... .

Los responsables del Hospital han ido pasando, en las últimas semanas, de una  actitud de indiferencia hasta una posición manifiestamente hostil. Su trabajo es inútil, le dicen al capellán; su figura molesta a muchos; es un elemento de discordia para los enfermos.  ¡Irse! ¡Eso es lo que tiene que hacer! ¡Y cuanto antes mejor!

¡Irse del hospital —piensa  Somoano— precisamente ahora, cuando tantas almas le necesitan, cuando empieza  a dar fruto la labor apostólica de los últimos meses!

Le dan, al principio, razones económicas para que se vaya. No hay dinero para pagarle . Pero el capellán sabe que la causa no es ésa. A comienzos de abril comienza a hacer  gestiones en las instancias superiores de Sanidad y saca  impresiones tan contradictorias como confusas. “En Sanidad quieren que no marche de manera alguna y al mismo tiempo no se atreven a autorizar oficialmente créditos para el sostenimiento mío. Así andamos”  .

Mientras tanto, asiste regularmente a las reuniones sacerdotales que ha organizado el Fundador del Opus Dei desde el 22 de febrero de 1932. Acuden también a esas charlas dos antiguos amigos suyos del Seminario: Lino Vea-Murguía y  José María Vegas; un sacerdote mayor, don Norberto Rodríguez;  y varios sacerdotes jóvenes como Sebastián Cirac.

Esos encuentros semanales con Josemaría Escrivá le dan nuevos bríos espirituales y apostólicos. Sale renovado: el Fundador le contagia su afán de santidad y su deseo de servir a la Iglesia. “Fielmente pegados —había escrito el Fundador del Opus Dei el pasado 9 de enero— al Vicario de Cristo en la tierra —al dulce Cristo en la tierra—, al Papa, tenemos la ambición de llevar a todos los hombres los medios de salvación que tiene la Iglesia, haciendo realidad aquella jaculatoria que vengo repitiendo desde el día de los Santos Angeles Custodios de 1928: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!”

El capellán  agradece especialmente este estímulo, espiritual y humano, porque en el hospital su tarea se está volviendo cada vez más difícil. Hay bastantes enfermos, médicos y miembros del personal sanitario, que manifiestan abiertamente su repulsa hacia todo lo cristiano. No hay espíritu cristiano —escribe en sus notas  el día 14—. Aquí en el 1º un enfermo no quiere nada con Dios ni con Cristo (palabras textuales).  Dios le mudará.

Afortunadamente cuenta entre los enfermos con personas como María Ignacia y Antonia, que están muy contentas, escribe—. Y añade, aludiendo a su entrega en el Opus Dei:  No es para menos.

Cada día me convenzo más —anota Somoano el 18 de abril, tras una nueva reunión con Josemaría Escrivá— de la bondad de Dios N. Señor. ¡Cómo premia lo poco que por El se hace! Quiere Dios darme gracias especialísimas y que sea santo y grande. Yo quiero serlo .