Se te conoce tan poco

 

Índice: María Ignacia García Escobar

A medida que pasan los meses, el ambiente del hospital se va enrareciendo cada vez más, y no es raro que surjan discusiones entre sus compañeras de sala, que son ahora mujeres de muy diversas maneras de pensar.

Todo esto es un reflejo de la vida del país, que padece una fuerte presión social de signo anticristiano. Muchos gobernadores y alcaldes han prohibido cualquier exteriorización de la fe, como las procesiones. Otros han  cambiando los nombres cristianos de algunas calles. Se ha rebajado a un tercio el presupuesto de los eclesiásticos. A propuesta del Ministro de Instrucción Pública, se ha suprimido la asignatura de Religión en los centros docentes dependientes de ese ministerio. Y han ordenado retirar los crucifijos de las escuelas y hospitales .

María Ignacia, serena y comprensiva como de costumbre, no toma parte en las discusiones apasionadas de sus compañeras, pero, como recuerda doña Matilde, “hacía todo lo que podía por ir influyendo cristianamente” en ellas .

Sabe María Ignacia que muchas de estas mujeres hablan y actúan así por ignorancia: la misma ignorancia que padecía ella antes de conocer a doña Matilde. Por eso escribe el 30 de junio unos comentarios en su cuaderno que titula: “¡Qué pena me da, Jesús mío, al ver que en el mundo se te conoce tan poco!”

Echada en mi silla en la galería de este hospital, oigo a mis espaldas una conversación entre dos almas que aseguran ser cristianas y buenas creyentes, que se me parte el corazón.

No se me oculta lo mucho que se te ofende en el mundo. Sí, Jesús adorado... ¡es tan triste ver el pago que recibes, a cambio de la muerte que escogiste solamente por nuestro amor!

No se comprende que esto ocurra si no es porque no se te conoce. No, Jesús de mi vida: conociéndote, es imposible dejarte de amar. Y no; con un amor tibio, mezquino, pobre, —¡no!— no se te ama hasta la locura  , pues dándose cuenta el alma de lo que te debe, y con la bondad y misericordia que te cuidas de ella, sin Ti no quiere la vida; no acierta a respirar sin Ti.

Pero, aunque no se me oculta, como anteriormente digo, el pago que recibes de la mayoría de los corazones, al palparlo tan de cerca, pienso y me digo: ¡Pobres almas! ¡Qué cieguecitas viven en el mundo!

Concluye con una petición esperanzada: “¡¡¡Que vean, Señor, que vean!!!