Lo que llegará a ser

 

Índice: María Ignacia García Escobar

De vez en cuando María Ignacia recibe la visita en el Hospital de su madre y de su hermana Benilde, que van a verla desde Córdoba. Tanto doña María como Benilde se quedan impresionadas del aliento espiritual que está recibiendo María Ignacia gracias al Opus Dei. ¡Ésa es la causa de la desconcertante  alegría que  reflejan sus cartas!

“La vocación a la Obra le daba extraordinaria fuerza” —recuerda  Benilde —. “Lógicamente quiso que las otras dos hermanas par¬ticipáramos de la dicha que ella tenía con este descubrimiento, que había sido una especial gracia de Dios”.

Benilde tenía interés por conocer al Fundador del Opus Dei. Se había quedado viuda y con cuatro hijos pequeños —la mayor, Pepita, tenía diez años— en un momento especialmente difícil. ¿Cómo formarlos cristianamente en medio de aquellas circunstancias sociales tan agitadas? También quería que le hablara del Opus Dei. ¿Podía ella, en el futuro,  pertenecer al Opus Dei, como su hermana? Quería hablar de muchas cosas, pero le retraía su timidez natural.

—Si es muy sencillo; vas, te presentas y le dices: Buenos días, Padre. Soy Benilde, la hermana de María Ignacia, y quería hablar con usted de...

—Sí, María Ignacia. ¡Sencillo te lo parecerá a ti!

Al fin Benilde se decidió a visitar al Fundador, y se presentó en  su casa sin previo aviso, con un arranque repentino, muy propio de este tipo de caracteres.

“A pesar de no haber concertado la entrevista —cuenta Benilde—, el Padre no me hizo esperar y estuvo un rato conmigo. Me llamó la atención su extremada sencillez y lo alegre que era. Lo que me dijo —breve, concreto— no tuvo desperdicio.

Centró enseguida el tema, que fue exclusivamente espiritual. Más o menos me dijo que podía pertenecer a la Obra y que María Ignacia ya le había explicado las circunstancias en que me encontraba. Me anticipó un poco de cómo podía ya empezar una vida espiritual más intensa, señalándome algunas cosas concretas.

Recuerdo un detalle que me pareció muy significativo: que llevara a mis hijas, con toda libertad —pero que ellas querrían—, a hacer la Visita al Santísimo todas las tardes.

Pepita tenía entonces diez años. Yo me sentía en la gloria cuando hablaba con él y conocerle ha sido uno de los favores más grandes que Dios me ha concedido y del que estoy más agradecida.

Ese primer día se hizo bastante tarde: serían las tres y me pareció que el Padre tenía prisa. Yo también estaba un poco apurada porque tenía a mi madre esperándome en la fonda.

A pesar de ello, al levantarme —transformada— vi una pequeña fotografía suya —no tendría más de veinte centímetros— colocada en una de las paredes y, mirándola, como si pensara en voz alta, dije:

—Este sacerdote, con el tiempo... lo que llegará a ser”.