Todo por su amor

 

Índice: María Ignacia García Escobar

¿Qué debe hacer para sacar adelante el Opus Dei —se pregunta María Ignacia— enferma, como está? Se da a sí misma la respuesta en un poema:

—Santificarme.

Eso es lo que Dios le pide: santidad, oración, sacrificio. Debe hacer el Opus Dei haciéndose ella misma Opus Dei, por medio de su amor a Dios y su mortificación. Es una vocación de expiación, en palabras del Fundador.

Como no tiene un planteamiento utilitarista de su vida, no se siente inútil a causa de su enfermedad, y menos a la hora de hacer el Opus Dei. Sabe que un empeño sobrenatural debe hacerse, fundamentalmente, con medios sobrenaturales.

Por esta misma razón no se encuentra en sus escritos, en los que expresa con frecuencia su deseo de amar más, ninguna queja por no poder hacer más. Escribe en uno de sus  poemas: “—¿Qué me pide Jesús? Purificarme / de los desdenes que a su Amor le hice”.

Sabe que aunque Dios la librara de la enfermedad que padece y pudiera  hacer mil cosas y “gozar aquí abajo lo indecible”, su vida sólo tiene un sentido fundamental: buscar la santidad en su trabajo. Y su trabajo es la enfermedad. Éste es su deseo.

¡Responder a su amor! ¡¡Quiero ser santa!

Ha comprendido un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei: todos los cristianos, sea cual sea su condición en medio del mundo —sacerdotes y laicos; solteros y casados; viejos y jóvenes; sanos y enfermos— están llamados a la plenitud del amor a Dios, la santidad. “Tenéis que ser santas, pero santas de altar”, recordaba una vez y otra el Fundador a las mujeres del Opus Dei .

Ese afán de santidad empapa la vida de María Ignacia a partir de su entrega en el Opus Dei,  y está presente en todos sus escritos y sus cartas. “Supe que pertenecía al Opus Dei —escribe su hermana Benilde— porque ella misma me lo dijo. Me escribía cartas animándome a tener preocu¬pación de santidad, y me contaba algunos detalles del Opus Dei” . Braulia resalta el amor de su hermana por su vocación: “Me dijo mi hermana que ella pertenecía a la Obra: que la amaba mucho” .

Doña Matilde, su antigua maestra en Hornachuelos, recordaba también esas cartas en las que María Ignacia le hablaba de la necesidad de buscar la santidad y  de su entrega a Dios .

El 7 de mayo María Ignacia se refiere en su Cuaderno a una noticia que había recibido el 19 de abril cuyo contenido desconocemos. Durante las semanas siguientes no escribe nada, hasta comienzos de mayo, cuando se cumple el primer aniversario de la quema de iglesias.

Al evocar aquellos sucesos experimenta un profundo afán de desagravio, y anota:

En el primer aniversario de tan horrendos sacrilegios, te dedico estas líneas, mi buen Jesús, para si con ellas puedo en algo consolar tu Divino Corazón. Confieso, contrita y avergonzada, que yo he sido la causa de ello.

Sí, Jesús mío; los pecados de mi vida pasada  han echado a tus ministros de tu santa casa; a las vírgenes, de sus claustros; han quemado tus templos, haciéndote salir de tus Sagrarios; y profanado los vasos sagrados en cafés y tabernas... y no contentos con eso, te han arrancado en los colegios de la vista de tantas almas inocentes; y por último, te persiguen por todos lados sin descanso.

Estas líneas reflejan un fenómeno espiritual, propio de las almas muy unidas a Dios, que explicaba San Gregorio Mago en una de sus homilías: “Muchos que en realidad no tienen nada malo sobre la conciencia sienten una profunda compunción, como si todos los pecados del mundo pesaran sobre ellos. Y esto les lleva a privarse de cosas lícitas, a renunciar heroicamente a tantas cosas superfluas, a no permitirse compensaciones de ningún tipo, a privarse de lo que legítimamente estaba a su alcance” . Desde esta perspectiva se entienden estos sentimientos íntimos de María Ignacia:

Estoy convencida de ello, y por tanto, lágrimas ardientes brotan hoy de mis ojos, y aún más que de mis ojos, de mi corazón arrepentido. Con ellas he bañado el Crucifijo que pende de mi cuello, y el pensamiento de la Magdalena ha confortado mi espíritu. ¡Te debo tanto, Jesús querido! ¡Me has mirado siempre con tanta misericordia!

Estas almas, explica San Gregorio, “desprecian lo visible, suspirando ardientemente por lo invisible; están alegres en medio de la desgracia y viven con humildad en todas las circunstancias. (...) ¿Qué son entonces? Yo creo que se les debe considerar santos y a la vez penitentes, porque humildemente expían por los pecados de pensamiento y perseveran siempre en las obras rectas”  .

Nada tiene nada que ver este sentimiento de María Ignacia con el sentimiento enfermizo de culpabilidad de algunas personas. Su sentimiento no nace de la angustia sino de un profundo amor de Dios, alegre y sereno, que la lleva a la paz, al desagravio y al abandono.

¡Qué bueno y qué grande eres, Jesús del alma mía! Si tanto te he agraviado en mi vida pasada, no menos deseo desagraviarte en la presente. Aquí me tienes... no me canso de repetirte que dispuesta estoy a recibir de tus manos lo que quieras, cuando quieras, de la forma que quieras