No tengo palabras para expresar...

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Desconocemos la fecha exacta en la que se encontraron por primera vez Josemaría Escrivá con María Ignacia en el Hospital. Muy posiblemente ese encuentro se produjo en los días siguientes..

El Fundador del Opus Dei era entonces un sacerdote de aspecto amable, dinámico y alegre, aunque, como afirma Vázquez de Prada, “para un atento observador, bajo el tinte ligeramente moreno de la piel, se adivinaba, más que se veía, una ascética palidez, que era la huella dejada por el cansancio de prolongadas vigilias y la aspereza de duras privaciones. Su risueña estampa física encubría los rigores de disciplinas y ayunos” .

Su personalidad y sus enseñanzas le produjeron a María Ignacia, como relata su hermana Braulia, una profunda impresión. “Recuerdo oír decir a mi herma¬na algo de lo que les decía el Padre: que el Señor escribe utili¬zando cualquier medio; incluso la pata de una mesa; que utilizaba ins¬trumentos desproporcionados para que se viese que la Obra era suya. Hablaba mucho de confiar en Dios: de tener seguridad en Él” .

A partir de este momento María Ignacia conversa frecuentemente con don José María Somoano sobre la Obra. “No tengo palabras para expresar lo mucho que la amaba”, escribe María Ignacia.

Somoano  le contó que había decidido entregarse a Dios en el Opus Dei en el mismo momento en que se lo plantearon, igual que ella. Sucedió el 2 de enero anterior. Aquel día, le dijo el capellán, experimentó un gozo tan intenso que por la noche “no pudo conciliar el sueño de la alegría tan grande que sentía”.

María Ignacia le sugirió a Somoano los nombres de varias enfermas amigas suyas, como Antonia, Ángeles y Tomasa, a las que se podría plantear la entrega a Dios en el Opus Dei. .  A Somoano le pareció bien; pero le recordó que lo que necesitaban eran “Almas santas... almas de íntima unión con Jesús... almas abrasadas en el fuego del amor Divino. ¡Almas grandes! ¿Me entiende?” Y cada vez que hablaban de la Obra le decía:

Hay que cimentarla bien. Para ello, procuremos que estos cimientos sean de piedra de granito; no nos ocurra lo que a aquel edificio de[l] que habla el Evangelio, que fue edificado en la arena. Los cimientos, ante todo; luego, vendrá lo demás”  .

María Ignacia, buena observadora, advirtió la alegría del capellán cada vez que regresaba de las charlas sacerdotales que daba el Fundador. “Cuando volvía los lunes de asistir a las reuniones espirituales de nuestra Obra, solamente al mirarle se le notaba lo contento y satisfecho que venía”.

Somoano  le mostraba algunos escritos con enseñanzas del Fundador y de vez en cuando le decía:

¡Esto sí que vale! Es hermoso entre todo lo hermoso. Es muy grande doctrina. ¡Cuánto amor divino encierra este librito!.

Siguiendo la sugerencia de María Ignacia, el 12 de abril Somoano estuvo hablando con Antonia Sierra, otra enferma del hospital. Le propuso ser del Opus Dei y la respuesta de Antonia fue también pronta y generosa. Escribió el capellán en su cuaderno de notas: Queda muy contenta igual que María. –Dios no desprecia al corazón humilde y que sufre.

Hay pocos datos sobre Antonia Sierra, una mujer que, como María Ignacia, fue cimiento del edificio espiritual del Opus Dei con su dolor ofrecido a Dios. Pocos años después, durante la guerra civil española, el Fundador se refirió a ella afectuosamente en una carta en la que, para evitar los riesgos de la censura, que controlaba toda la correspondencia, empleó la expresión nieta en vez de hija:

Allá va la dirección de una pobre nieta mía, enferma y pobre y archibuena (...): "Antonia Sierra. Sanatorio Hospital. Villafranca del Cid. (Castellón)". Lleva qué sé yo el tiempo, rodando de hospital en hospital. Si pudierais verla, yo muy agradecido (...).¡Cómo me alegraría si pudierais darle el consuelo de vuestra visita! .

María Ignacia y Antonia Sierra forman parte de las primeras mujeres que siguen al Fundador del Opus Dei. Durante estos primeros meses de 1932 son muy pocas en total: una profesora de colegio, una enfermera, varias empleadas y algunas chicas jóvenes que se reúnen en casa de alguna de ellas o van los domingos a dar catequesis al barrio de la Ventilla .

Josemaría Escrivá, considerando su propia juventud, había decidido confiar la formación de estas primeras mujeres a los sacerdotes que le acompañan, como don Norberto o don  Lino. Pero esta tarea se quedó sin  hacer .

Durante estos meses van acudiendo al Hospital para visitar a María Ignacia y a Antonia algunas de esas mujeres del Opus Dei. Braulia, que visita con frecuencia a su hermana desde el Sanatorio de Valdelatas, coincide a veces con ellas. Recuerda, entre otras, a Modesta Cabeza y a Carmen Cuervo Radrigales, “que residía en el Colegio de la Asunción, del Patronato Real de Santa Isabel. Era Delegada de Trabajo, cosa insólita en aquellos tiempos en los que no se entendía que las mujeres ocupasen cargos públicos. La última que recuerdo del grupo era Hermógenes, funcionaria de un banco, creo” .

Por su situación, María Ignacia participa muy poco en las labores apostólicas que promueven estas mujeres. Lógicamente lleva a cabo su tarea apostólica sobre todo entre las enfermas del hospital, aunque no se olvida de sus amigas de  Hornachuelos, a las que escribe con frecuencia.