Sábado, 9 de abril de 1932

Índice: María Ignacia García Escobar

Aquel sábado 9 de abril fue un día de cielo claro y temperatura agradable. Las enfermas del hospital comentaban las noticias del día: la subida del precio del pan; los alborotos de los estudiantes; el incendio de la iglesia de San Julián, en Sevilla;  el Estatuto de Cataluña...

Como tantos sábados, don Lino Vea Murguía fue recorriendo las salas del hospital para confesar a quien se lo pidiese. Aquel día estuvo hablando con María Ignacia. Esa conversación cambió su vida.

Don Lino le habló de una realidad nueva que había comenzado en la Iglesia: el Opus Dei, un camino de santidad por medio del trabajo para los cristianos que viven en medio del mundo. Estaba en sus comienzos, y necesitaba el cimiento de la oración de miles de personas. ¡Ésa era la intención por la que pedía oraciones el capellán de la Enfermería!

El Opus Dei. ¡Al fin conocía María Ignacia el contenido de la intención de don José María, por la que llevaba tantos meses ofreciendo oraciones y sufrimientos!

No sabemos en concreto qué más le dijo don Lino. Muy posiblemente le habló del Fundador, un joven sacerdote llamado Josemaría Escrivá, al que había conocido en Madrid gracias a don Norberto, un sacerdote mayor amigo suyo.

Josemaría Escrivá tenía treinta años en esta primavera de 1932. Había nacido en Barbastro en 1902; se había ordenado sacerdote en Zaragoza en 1925; y había fundado el Opus Dei cuatro años antes, el 2 de octubre de 1928.

La labor del Opus Dei con mujeres era aún más reciente: había comenzado dos años antes, el 14 de febrero de 1930. El Opus Dei estaba en sus comienzos. Seguían al joven Fundador varios sacerdotes, algunas mujeres y un puñado de hombres; tan pocos en total que casi se podían contar con los dedos de las manos. Y eran aún menos las personas que habían asimilado con plenitud aquel espíritu que les enseñaba: un espíritu cristiano, de raíces evangélicas, pero que sonaba a nuevo en los oídos de muchos.

Aunque desconozcamos los pormenores de esta conversación, sabemos a ciencia cierta la alegría de María Ignacia, no sólo por haber conocido al fin  el contenido de “la intención”, sino por haber descubierto que esa intención era, además, su vocación.

Dios la llamaba al Opus Dei y María Ignacia no dudó en corresponder a esa llamada, hondamente presentida a lo largo de su vida. Dios le hacía ver su vocación  —¡qué misteriosos son los caminos de Dios!— cuando el Opus Dei estaba comenzando y ella entraba en la agonía.

¿Por qué Dios la llamaba precisamente ahora? Era una pregunta sin respuesta, un sublime misterio, semejante a aquel impulso interior, tan fuerte como inexplicable, que le llevó a ofrecerle su corazón entero, sin compartirlo con ninguna persona, desde la infancia. No es fácil comprender “desde fuera” estas decisiones íntimas de María Ignacia. Son como aquella música interior, honda y misteriosa, del viejo romance castellano:

Yo no digo mi canción
sino a quien conmigo va.

Sentía ahora como un insospechado amanecer en su alma. ¡Cuántas veces había contemplado, desde las altas ventanas del Añozal, el milagro matutino del amanecer! El sol doraba suavemente los olivos de los montes cercanos; se despertaban los tonos verdes de la campiña y comenzaban a cantar los pájaros... Luego, cuando se disipaban las últimas nieblas, se abrían los horizontes, y se presentía, al Sur, tras aquella llanura interminable, la silueta de Sevilla. Más allá, Cádiz. Y más allá, soñado y nunca visto, el mar.

Esta vocación que Dios le mostraba era... como un amanecer; aún más: como ver el mar de  repente, y sentir, de forma inesperada, su brisa fresca en el alma. Pero, ¿por qué precisamente hoy, 9 de abril?

Durante muchos años había aceptado aquel dolor que Dios le enviaba, sin pedir explicaciones. Había acogido su enfermedad sin fatalismos, como un querer de Dios. Como un querer misterioso de Dios. Y Dios le daba ahora la explicación: en palabras del Fundador —al que no conocía todavía— se habían abierto en su vida, y en la de tantas personas, los caminos divinos de la tierra. Y adivinaba ya un panorama apostólico grande, inmenso, como un mar sin orillas.

Poco después, habló con don José María Somoano,  que le dijo que él también se había entregado a Dios en el Opus Dei.

No sabemos nada tampoco del contenido concreto de esta conversación entre María Ignacia y Somoano, salvo una anotación del capellán en su cuaderno de notas, fechada aquel mismo sábado 9 de abril. Escribe Somoano que cuando su amigo don  Lino le planteó a María Ignacia la posibilidad de entregarse a Dios  María aceptó complacida .

Fue algo más que un aceptación complacida. María Ignacia rebosaba  agradecimiento y alegría por aquel don inesperado de Dios. ¡Allí, postrada en aquella cama del hospital, desahuciada por los médicos, esperando la muerte, había visto, al fin, la razón de su existencia, su llamada, su vocación!

Ser y hacer el Opus Dei: ése  era el último sentido de su vida. Ya sabía, para siempre, quien era ella; más bien, quién debía ser, quién quería Dios que fuera: el cimiento escondido de un gran edificio sobrenatural. Intuía que no llegaría a ver construido ese edificio en esta tierra, pero ya lo contemplaba en su alma con los ojos de la fe.

Aquella enfermedad —lo comprendía ahora con luz nueva— era su trabajo, su instrumento de santificación, su camino concreto para llegar a Dios. Su dolor, unido al de Jesús, serviría para allanar los caminos divinos de una muchedumbre de hombres y mujeres, que se encontrarían con Dios gracias al Opus Dei.

No sabemos,  como hemos dicho, de que hablaron María Ignacia y don Lino en aquella conversación del 9 de abril, pero hay algo que resulta patente leyendo sus escritos:  su sabiduría de la Cruz —sabiduría del Amor— le ayudó a profundizar de forma insospechada en el espíritu del Opus Dei, que estaba naciendo precisamente bajo el signo de la Cruz.

Ese mismo día, 9 de abril, le subió la fiebre. Como de costumbre, Dios la bendecía con la Cruz .

El día siguiente, cuando supo la decisión de entrega de María Ignacia, el Fundador propuso a don Lino, a José María Somoano y a otros sacerdotes que le acompañaban que rezaran juntos un Te Deum de agradecimiento a Dios por la entrega generosa de esta mujer, una de las primeras del Opus Dei.