Como mejor te plazca

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Comienza la Cuaresma. Años atrás, en Hornachuelos, se esforzaba por vivir este periodo previo a la Semana Santa con un especial espíritu de mortificación, procurando servir a los demás, y luchando por purificar los defectos de su carácter. Muchos viernes se quedaba espiritualmente junto a la Cruz, meditando la Pasión del Señor y sacando enseñanzas para su vida cotidiana. Día tras día, acompañaba al Señor en las semanas anteriores a su Agonía, con ayunos y penitencias. Ahora...

Ahora, piensa, sólo puede ofrecerle sus dolores en la cama de un hospital. Y escribe:

= Miércoles de Ceniza. =

Hoy empezó tu retiro en el desierto, Jesús mío, donde ayunaste los cuarenta días que antecedieron a tu Sagrada Pasión. Yo no puedo acompañarte, mi adorado Jesús, con ayunos ni penitencias, pues ya sabes que estoy en esta cama, sin una hora seguida de descanso... Si con mis dolores puedo hacerte alguna compañía, dispón de mí como mejor te plazca.

Desde luego al despertar esta mañana he visto, mi Jesús, que, ahora como siempre, no me has olvidado. —Desde anoche me encuentro peor..... No tengo nada en mi cuerpo que no me duela.

—Como no se te ocultan las vivas ansias de mi corazón de llegar a amarte hasta perderme dentro de la llaga de tu divino costado, mientras yo dormía, cual Padre cariñosísimo, Tú me preparaste tan agradable sorpresa para hoy.

No sé hacer oración. —Rara vez me mortifico. Soy muy charlatana... ¿Cuándo, así, voy a purificarme de tantos pecados como en mi vida he cometido, y poder llegarme a Ti?

Al enviarme los dolores me dices: “Si los aceptas con alegría y en medio del sufrimiento me demuestras amor, aunque sea con una leve mirada al Crucifijo, yo te prometo suplir con ello cuantos rezos y mortificaciones pudieras hacer en mi honor”.

Este pensamiento la reconforta. Y vuelve a decirle al Señor en la intimidad de su alma:

Tu amor es solamente lo que anhelo. ¡Sólo tu amor!”  .

Su amor  a Jesús Crucificado hace que le duelan en carne viva las ofensas, privadas y públicas que recibe Jesús durante estos días. Porque no sólo se le insulta y se ponen trabas a las manifestaciones externas de culto: en la noche del día 10 de febrero un grupo de personas, como informa el diario ABC, había organizado una procesión blasfema por las calles de Madrid

ostentando ornamentos litúrgicos y precedidos de su heraldo, que llevaba una cruz, en la que la salvaje incultura de estos sujetos intentaba simular el divino cuerpo de Jesús, recorrieron las calles de Madrid con cánticos de blasfemia y las más indignantes parodias de ceremonias religiosas. En la plaza del Progreso —según nos informan las personas aludidas— llegó el desenfreno de estos desgraciados a sus exteriorizaciones más escandalosas .

Tres días después, el 13 de febrero, el hospital amanece cubierto de nieve. ¡Nieve! Quizá sea la última vez que vea nevar... Piensa que es una caricia que el Señor le envía y anota, agradecida, en su Cuaderno:

= Una nevada... =

Al despertarnos la enfermera a las seis y media de la mañana para tomarnos la temperatura diaria, mis compañeras gritan con entusiasmo: “¡qué bonita nevada!” Me incorporo en la cama, y por la ventana que junto a ella hay, —como no tiene puertas y día y noche permanece así— puedo al punto contemplar tan hermoso paisaje.

Más que exterior, interiormente me he recreado con este pensamiento: ¿Quién, sino el Todopoderoso, puede hacer esto? —¡Qué grande es el Señor!

—Y este Señor es mi Amado.... el que me regala con sus dones.... el que me acaricia con sus perdones.... el que me llama sin descanso invitándome a reposar junto a la llaga de su divino costado... ¿Merezco yo tanta dignidad? La misma nieve que contemplan mis ojos debo tener en mi corazón cuando no se consume de amor hacia Aquel [al] que todo le debo.

— Derrite, ¡oh Jesús mío! la nieve de mi pecho, y caldéalo con el fuego de tu santo amor. Que si llegan a ver mis ojos otra vez una nevada, me sirva ésta de gratísimo recuerdo  .

En el Hospital se sigue hablando de huelgas, manifestaciones, bombas y amenazas. Junto el desorden público y la agitación social, se advierte una fuerte reacción anticatólica en todo el país. El día 15 de febrero aparece mutilada una imagen de la Virgen en la catedral de Sevilla. Es tal el clima de violencia que la mayoría de las cofradías de esa ciudad anuncian que no saldrán a la calle en Semana Santa. Se preparan legislaciones de signo anticristiano.

El 2 de marzo vuelve a empeorar. Los médicos, temiéndose lo peor, ordenan trasladarla de pabellón. Presiente que se acerca el final. Sin embargo se repone y el  4 de marzo escribe en su Cuaderno: “La gravedad del día dos... el cambio de domicilio... el ataque gripal... que sólo Tú (...) sabes los ratos  que con él he pasado... ¡Todo, todo ha sido para Ti!”