1932. Un nuevo año en el Hospital

 

Índice: María Ignacia García Escobar

En los primeros días de 1932 se suceden las nevadas y el frío intenso. Vuelve a agravarse. Ya no sufre dolores, sino agonías mortales. Se siente desfallecer, y  lo que es peor, a la debilidad del cuerpo se suma la del espíritu. Pasa días de desamparo interior, de fatiga y sequedad.

Se entabla en su alma “una terrible lucha”. Anota en su Cuaderno: “Han flaqueado varias veces mis fuerzas, pero con tu ayuda y la de tu Madre Santísima, por fin he logrado vencer”. Termina con esta petición al Señor:

Aquí me tienes; sólo te pido fuerzas espirituales para permanecer en tu santo amor, y gracia hasta el último momento de mi vida; y envíame mañana y siempre lo que quieras, cuando quieras y en la forma que quieras .

En su oración, al reconsiderar su vida, le asalta la idea de que nunca se ha entregado verdaderamente y del todo a Dios. Escribe el 4 de febrero de 1932,  mientras espera recibirle en la Eucaristía:

... Se acerca Jesús... el Jesús que me ama tanto... el Jesús que me ha perdonado tanto... el Jesús que me ha esperado tanto... sin cansarse jamás, a pesar de mis desvíos e ingratitudes... Él es el Dios de la Creación... el de la Encarnación... el del Pesebre... el de la Cruz...

Y yo, ¿quién soy? No acierto a decirlo... soy menos que la nada y sólo sirvo para prometer y no cumplir... Siempre con deseos de darme del todo a Jesús y nunca empiezo...

Es consciente de su situación: “Mi vida va tocando a su fin”. Por eso se hace una pregunta, atravesada por urgencias de amor:

¿Para cuándo voy a dejar el ser buena?

El  7 de febrero amanece sin sol. El cielo permanece cubierto durante toda la mañana. Sólo al mediodía la atmósfera se ilumina y se despejan las nubes. Madrid celebra las fiestas de Carnaval.

Por la noche, algunas enfermas refieren anécdotas jocosas de la cabalgata de Carnaval, que les han contado sus familiares o que han leído en la prensa. Han desfilado por la Castellana, dicen, las comparsas de costumbre; y aunque el alcalde Madrid haya prohibido en un bando las manifestaciones blasfemas, se han vuelto a poner de manifiesto, de forma grosera y zafia, muchas actitudes anticristianas.

No se trata sólo de unas cuantas burlas jocosas o irreverentes. Los recientes desmanes en la capital han demostrado con cuánta facilidad la burla puede  transformarse en una tea incendiaria. Aún se ven los muros renegridos de muchas iglesias de Madrid.

María Ignacia hace muchos actos de desagravio, aunque se encuentre interiormente “según una expresión que copia de Conchita Barrechegurren, “como un palo seco” . Pero no protesta; piensa que el Señor permite esa sequedad en su alma para que pueda desagraviar más:

En tus manos lo tienes. Sufre con la mayor resignación y alegría ese desamparo espiritual en que te encuentras, que Yo soy el que te lo he enviado.

¿No me dices siempre que solamente lo que deseas en este mundo es que se cumpla en ti mi Adorable y Divina Voluntad? Pues ya ves como me adelanto a tus deseos. Cuando tú pensabas comenzar la obra, ya la había Yo terminado.

¿No me dices que me perteneces, que sin Mí no te sería posible la vida, que tu corazón me lo entregas todo sin reserva alguna? Si te entristeces, me retiraré y te dejaré con tus muchos propósitos... ¿Qué prefieres?

Sabe que la alegría es la mejor manifestación de esa aceptación rendida que el Señor le pide. La sonrisa es su mejor mortificación.  Hace este propósito: “Sonreiré estos días en medio de cuantas sequedades y tribulaciones quieras enviarme. Todo lo podré Contigo” .