Una nueva operación

Índice: María Ignacia García Escobar

Los médicos no saben como atajar la tuberculosis peritoneal que se va apoderando lentamente de  su cuerpo, y se plantean una nueva intervención. Escribe en su Cuaderno:

Están estudiando mi caso  y ya de un día a otro decidirán lo que me han de hacer. Ya sé lo que es una operación de vientre y por lo tanto voy a dar gracias al Señor que tan espléndido es en enviarme beneficios a mí, que tan mal sé aprovecharme. Bendito sea mil y mil veces y Él haga se cumpla en mí su adorable y divina voluntad  .

Otra operación... se dispone a soportar nuevas penalidades y sufrimientos, aunque está convencida íntimamente de la inutilidad de esta nueva  intervención quirúrgica. Desea curarse, desea vivir. en su actitud no hay fatalismo ni desesperación. Al contrario: porque espera en Dios, tiene la fortaleza suficiente para aceptar su propia debilidad. No ama el dolor por el dolor: lo acepta porque es un don de Dios. Esa operación será una ocasión más —piensa— para asociarse al dolor redentor de Cristo en la Cruz.

Cuando me operaron del vientre, fui a la sala de operaciones convencida de que no me curarían y así ha sido. Dice el doctor que me encuentra una corteza muy dura que me envuelve todo el vientre y además cree tengo adherencias. En fin, que a estas horas están sin saber a punto fijo qué van a combatir...

Mi confianza no está puesta en los hombres. Sé que sufro por Jesús y para Jesús. Amarle con locura, es mi única ambición en esta vida. Si Él dispone que yo no lo sepa mientras viva en la tierra, ¡no importa! Con que lo sepa Él me basta .

Mientras tanto, la prensa sigue dando noticias alarmantes de la situación del país. Continúan los disturbios en Andalucía. Desde el 21 al 28 de julio se desata una huelga general revolucionaria en Sevilla, con tantos incidentes que las autoridades acaban declarando el estado de guerra en toda la provincia. En septiembre hay huelga general en Osuna. Más tarde, sucede los mismo en Granada.

El hospital es un hervidero de murmullos, un entrecruzarse constante de miradas oblicuas y tensiones soterradas que amenazan con explotar en cualquier momento. Por las noches, especialmente, las enfermas hablan en las salas de todo lo divino y lo humano: de los maridos, de los hijos... A veces, en esos momentos de confidencia, algunas se derrumban interiormente y no pueden contener las lágrimas.

A María Ignacia también le fallan las fuerzas. Afortunadamente el joven capellán de la Enfermería se desvela por llevar la comunión  a todos los enfermos que lo desean, y la Eucaristía la sostiene y la conforta. Ésa es su fuerza. Le agradece a Dios el celo de don José María.

Su celo porque los enfermos no murieran sin recibir todos los sacramentos y amaran mucho a Jesús no tenía límites. Sabiendo que la fuente inagotable del amor de Dios Nuestro Señor es la Divina Eucaristía, nos la traía a sus enfermos siempre que podía; dos veces a la semana nunca nos faltaba, y en las grandes festividades de nuestra Santa Madre la Iglesia, procuraba siempre traérnosla.

Le admira la  abnegación constante de Somoano, pendiente de sus enfermos día y noche.

Había días que debido a que por la noche se había levantado dos o tres veces a auxiliar a sus enfermos, se pasaba las 48 horas sin descansar, pues el día lo tenía tan santamente ocupado que nada se reservaba para su descanso.

Pero, a pesar de todo cuanto sufría, cuando a sus enfermos visitaba, llevaba tal alegría en el semblante, procurando distraernos y animarnos a toda costa, apelando muchas veces a sus salidas de buen humor.

Se comprende que su corazón de padre no permitía, por muy triturado que le tuviera, que llegáramos nunca a darnos cuenta de nada, no fuera a causarnos pena. A la vez que por el bien espiritual nuestro, no descuidaba el corporal, interesándose por cuanto nos ocurría, como una madre cariñosa lo hubiera hecho .

Aunque se encuentra cada vez más debilitada, María Ignacia continúa desarrollando un intenso apostolado entre sus amigas. El 7 de octubre de 1931 le cuenta en una carta al director de La Campanilla:

Es muy consolador el ver la conversión de otras que, si antes se negaban y nunca pensaron en darse a Él, llegan luego a amarle, cifrando en esta unión su mayor felicidad. Dejando a un lado otros varios casos, voy a contarle uno ocurrido en mi sala, por el que continuamente doy gracias al Señor .

Y le habla de esa enferma de dieciocho años, alejada de Dios, con la que ha convivido durante los últimos cuatro meses, desde el mes de mayo, sin que diera “muestras ningunas de su parte de variar su opinión”. Estando en esta situación fue un sacerdote a confesar a la sala. María Ignacia le contó su preocupación por aquella enferma y el sacerdote le aconsejó que ofreciera los dolores de su enfermedad para que se convirtiera. Cuenta en su Cuaderno:

Así lo hice en aquel momento, y aunque siguió igual y si cabe peor, pues conti¬nuamente nos decía que su fin era matarse, yo seguía recordando mi ofrenda al Buen Jesús con entera confianza.

¡Qué bueno es Dios! ¡Qué grande es Dios! No hacía dos meses de esto, cuando la víspera de Cristo Rey la veo que se dirige al confesionario en unión de otra compañera .

Aquello le produjo una profunda alegría: “¡No sabía si llorar o reír! Jesús, todo bondad y ternura, lo había dispuesto así, para evitarme el trabajo que pudiera haberme dado esto. Quería darme una sorpresita”.

Esa joven recobró  la salud y al cabo de unos días abandonó el Hospital, completamente  restablecida. No era el primer caso de personas que encontraban a Dios durante aquellos meses de enfermedad, como le contaba a F. Francisco:

Estas escenas se repiten aquí con bastante frecuencia. Y está visto que, ahora más que antes, pese a quien pese, hay almas que aman a Jesús y pregonan a grandes voces su amor y su misericordia .