Mayo de 1931

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Pasan los meses. La vida en el hospital prosigue su curso lento y monótono, mientras el país atraviesa horas cruciales de su historia. El 12 de abril de 1931 se celebran unas elecciones municipales en toda España. El rey entiende que los resultados constituyen una clara refutación a la monarquía, y decide exiliarse. Se proclama la República.

La actualidad política ocupa más que nunca las conversaciones de los enfermos del Hospital, que pasa a llamarse poco después “Hospital Nacional de Enfermedades infecciosas”. Se habla, se comenta y se discute acaloradamente dentro del marco rígido de un reglamento que los enfermos conocen bien. Todos los días, a las seis y media de la mañana,  les despierta, inexorable,  la voz de una enfermera:

—Buenos días. Buenos días. Váyanse despertando, que vamos a ponerles  el termómetro...

Luego vienen las sesiones con lámpara de cuarzo; a las doce, la comida; más tarde, un bullir de  conversaciones durante el tiempo de reposo.

Durante ese tiempo suelen producirse polémicas y discusiones, casi siempre por cuestiones políticas. El panorama político sigue revuelto. El 1 de mayo hay alborotos en Madrid con motivo de la fiesta del trabajo. Los jornaleros piden en Sevilla el reconocimiento de la URSS y la abolición de la Ley de Orden público.

María Ignacia reza por esta confusa situación social, que sigue atentamente. Se acuerda de los suyos, que viven entre Córdoba y Sevilla, en uno de los focos de mayor violencia.

En los días 10, 11 y 12 se produce en Madrid un suceso que hiere profundamente su alma. Se alzan durante tres días sobre el cielo de la capital las humaredas de las iglesias incendiadas. Son tres días de gritos broncos y blasfemias, de burlas con los cálices y los objetos litúrgicos, de  disturbios y tumultos...

—¡Han quemado la iglesia  de los jesuitas, en la calle de la Flor!

—¡Y la de Santa Teresa!

—¡Y la de los carmelitas descalzos, en la plaza de España, que estaba recién construida!

La prensa va dando noticia, en los días siguientes, de las iglesias incendiadas: la de Bellas Vistas, la del Sagrado Corazón, la de San Agustín, la de Santo Domingo, y muchas otras que han ido ardiendo ante la pasividad de las autoridades .

María Ignacia se pregunta qué puede hacer ella para reparar estas ofensas. ¿Cómo puede desagraviar esos actos de desamor? Con amor, concluye. Y eso es lo que se esfuerza por darle a Dios: amor; amor con obras y en lo pequeño.

Estos sucesos le llevan también a intensificar su afán por acercar a sus amigas a Dios. Escribe en una de sus cartas que precisamente en ese mismo mes de mayo había ingresado en el hospital una joven de 18 años, alejada de Dios, aunque al poco de llegar comulgó.

Luego les dijo, escribe María Ignacia, que “ella no creía en nada. Y añadió que no intentáramos hablarle de ello, porque como estaba completamente convencida a nada daría oídos; antes por el contrario se lo diría a su padre, que le había encargado mucho le avisara si se le obligaba aquí a practicar la religión. Visto esto, y aconsejadas por personas prudentes, determinamos callarnos, no sin añadir la oración continuada al silencio forzoso”.