Don Lino y don José María

 

Índice: María Ignacia García Escobar

En las conversaciones del hospital, durante las largas horas de reposo en las galerías, al aire libre, se habla con frecuencia del director, el famoso doctor Tapia, un hombre honrado y respetuoso, cuyo nombre significa para muchos la última esperanza de curación. Sale a relucir también la figura de don Pedro Zarco, el jefe del tercer pabellón, tan querido por todos , que se ha dedicado con todas sus fuerzas  a la lucha contra la tuberculosis.

Luego están los cirujanos; las enfermeras; los del laboratorio y los practicantes. El hospital es un pequeño mundo: Victoriano, el portero; las monjas; el administrador; los sacerdotes... . En uno de sus escritos evoca la primera vez que le hablaron de ellos, recién venida al hospital.

Sus compañeras le contaron que hacía poco tiempo dos sacerdotes de Madrid habían dado una misión para todos los enfermos y enfermas del Hospital. Uno se llamaba Lino Vea Murguía, y el otro, José María Somoano. Desde que se lo dijeron María Ignacia deseaba conocerlos, hasta que

un día, por fin, vinieron a mi sala; y mientras D. Lino saludaba a las demás enfermas, D. José Mª se paró junto a mi cama y, en unión de otra compañera que conmigo estaba, nos estuvo hablando.

José María Somoano les dijo que debían ver su enfermedad como un don, sin entristecerse porque Dios se la hubiera enviado.

Mirad: dos niños están jugando en medio de la calle con un fango sucio y asqueroso, y a la vez que sus manitas, se están poniendo los vestidos hechos una lástima. Pasa en esto el padre de uno de ellos por allí; coge a su hijo, le azota, y le hace marchar al punto a su casa. Al otro, no le pone la mano encima, y le deja [que] continúe en el fango. ¡Claro! no es su hijo...

Pues igual ocurre en esto. Vosotras sois hijas predilectas de Jesús y si hoy les azota, es por lo mucho que les quiere .

Estas palabras la impresionaron, y a partir de entonces, siempre que veía a José María Somoano se acordaba del ejemplo de los dos niños de la calle. Esto explica su alegría cuando le dijeron que venía de capellán a la Enfermería del Hospital.

Me alegré en el alma y di gracias al Señor por el beneficio que nos concedía.

¡Cuántas veces, al acercarse a mi cama, me hablaba con el corazón en los labios, de la confianza tan absoluta que debemos tener en la bondad y misericordia de Dios Nuestro Señor!

Yo le respondía que procuraba tenerla, pues precisamente era lo que más me llevaba a Él: la confianza.

Y a pesar de esto, me seguía repitiendo:

—Pero esta confianza no olvide que tiene que ser absoluta, ¿sabe? .

Lino Vea-Murguía  y José María Somoano , son, en este último trimestre de 1930, dos sacerdotes que rondan los treinta años, buenos amigos entre sí desde las aulas del Seminario. Don Lino es un hombre joven y vigoroso, el único hijo varón de una familia muy acomodada de Madrid. Somoano, es un sacerdote de aspecto templado, profundo y recio, el mayor de los doce hijos de un abogado asturiano.

A pesar de sus diferencias de ambiente familiar y de carácter, los dos coinciden en su preocupación por los enfermos y en el celo sacerdotal por las almas. Y en la valentía: porque se necesita ser valiente para atender un pabellón como éste, de enfermos infecciosos, aunque no se llame así. Los dos saben a lo que se arriesgan cuando confiesan a los enfermos del tercer pabellón con el oído pegado a la almohada.