22 de julio de 1930

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Regresa  a Hornachuelos “de mi mal muy aliviada”. Pero será un alivio pasajero. Muy pronto se ve obligada a regresar a Madrid “por agravarse mi mal”. “También mi hermana ha venido/ Enferma, en el mismo plan” .

Le han concedido por fin a Braulia la plaza que había solicitado en el Hospital del Rey. Pero como Braulia se encuentra mejor y ella empeora a ojos vistas, la familia decide que sea María Ignacia la que ocupe esa plaza tan difícil de conseguir. Braulia ingresará en otro Sanatorio de Madrid, el de Valdelatas.

Viaja de nuevo a Madrid. Pregunta por el Hospital del Rey. No está exactamente en la capital, le dicen, sino en un descampado al norte de La Ventilla, a unos siete kilómetros de la Puerta del Sol. Para llegar hasta allí no hay otra solución que tomar la Maquinilla, un tren de vía estrecha.

Es un martes soleado de julio, sin nubes. Un día apacible y no excesivamente caluroso. Al subir en el tren, comprueba María Ignacia la razón del diminutivo: la Maquinilla no es más que un trenezuelo de tres al cuarto que avanza como puede hacia el extrarradio de la capital, dando empellones asmáticos, entre humaredas y pitidos.

Lentamente, el tren deja atrás los últimos edificios de Madrid. Se  adentra luego por unos andurriales, entre viviendas desperdigadas, casas bajas y barrios de chabolas.  Un poco más adelante  se ve —y se huele— un gran basurero  al que acuden los traperos con sus borricos cargados de desperdicios.  Junto a la basura, en medio del estercolero, se levantan tinglados y casas de latas. María Ignacia mira compasión a las pobres familias que viven en esas condiciones y a los niños que juegan entre los desechos.

La Maquinilla la deja cerca del Hospital del Rey, que se alza en medio de este secarral árido y triste, como un buque imponente y solitario.

Entra en el edificio. Es un conjunto espacioso y moderno. Rellena los papeles de admisión y logra ingresar. ¡Por fin! .

—Muy bien —le dicen al terminar los trámites burocráticos—. La enfermera le conducirá hasta su cama.

Sigue a la enfermera por los fríos pabellones del hospital. En los dos primeros, le explica, hay enfermos con fiebres tifoideas, bronconeumonía, sarampión, escarlatina, erisipela... El cuarto pabellón es el de  los niños . El suyo es el tercer pabellón, el de los tuberculosos, una palabra que incluso aquí se pronuncia con cierta prevención.

Llegan al tercer pabellón. Suben al primer cuarto del segundo piso. Varias enfermas pasean por los corredores.

—Ésta es su sala –le dice la enfermera, que añade, señalándole la cuarta cama:

—Y ésa es su cama.

Este será, a partir de ahora, el marco de su nueva vida: una sala grande, cuadrangular, de altas paredes vacías, con dos hileras de camas metálicas, sin espacio casi para moverse entre ellas. Entre cama y cama sólo queda espacio para una silla. Las ventanas, bastante altas, están abiertas de par en par. Penden del techo unas cuantas bombillas solitarias. Huele a fármacos, a desinfectantes, a ropa lavada con lejía.

Las enfermas de la sala la reciben bien. Da gracias a Dios por encontrarse aquí, en este hospital moderno, con médicos de prestigio, porque sabe que, a pesar del alto número de tuberculosos que hay en España, hasta hace pocos años el país no contaba con un hospital especializado como éste , que funciona sólo desde 1925 .

Sabe también que no hay un tratamiento claro para su enfermedad, salvo las lámparas de cuarzo (rayos ultravioletas) y las curas de aire. Por eso le dicen que al mediodía, después de la comida, haga el tiempo que haga,  deberá salir al aire libre con el resto de las enfermas para reposar durante dos horas. Y por la misma razón, haga el tiempo que haga, las ventanas de la sala permanecerán abiertas...  .

Pronto hace amistad con el resto de las enfermas. Son mujeres de muy distintas edades: ancianas; madres de familia que han tenido que abandonar a sus hijos; jóvenes que han visto truncada su vida de repente... En sus rostros abatidos se adivina un fuerte sufrimiento interior.

“En el hospital la llamaban familiarmente María” , recuerda Braulia. Una joven enfermera, Josefina Andrés, al verla escribir con frecuencia, le pide que le dedique un poema. María Ignacia accede, aunque le advierte, al dárselo, que no es de lo mejor que ha salido de su pluma.

Este poema muestra las virtudes que María Ignacia valora especialmente. Alaba la abnegación de la enfermera; su solicitud por todos; su delicadeza y su cariño en el trato; su alegría durante las horas de guardia; y  especialmente, el cumplimiento de sus obligaciones profesionales. Concluye con humor:

Y conste que con cariño
Le he dedicado estos versos.
Si como versos no valen,
¡Que valgan como recuerdo!

Como de costumbre, procura que las enfermas de la sala —once en total— se acerquen al Señor. Acude a Misa cada día y anima a algunas de sus nuevas amigas a que la acompañen. Afortunadamente, entre las enfermas de su cuarto reina un ambiente cristiano, aunque en el conjunto del hospital, haya, lógicamente, personas de muy diversa manera de pensar.

Pasan los días. En la vida del Hospital encuentra el trato abnegado de las enfermeras y el afecto de sus nuevas amigas; pero también, la grosería, la murmuración, el chisme y la burla. No se sorprende. Sabe que muchas de esas actitudes proceden de la ignorancia y procura no juzgar a nadie. No hay  por eso en sus escritos una sola palabra de condena o de crítica hacia esas realidades. Porque ama, comprende; comprende incluso a las que insultan aquello que más ama: “¡Pobres almas! —escribe—. ¡Qué idea más errónea tienen formada de nuestra hermosa Religión Cristiana...!

No se aísla en un mundo interior, falsamente místico, porque, aparte de que su dura existencia no se lo habría  permitido, no ha sido nunca una mujer espiritualista. Vive poco pendiente de sí misma, atenta sobre todo a los problemas concretos de las personas que la  rodean, convencida de que su amor a Dios debe  traducirse en actos de entrega a los demás. Como había escrito tiempo atrás, “fácil es decir a Dios Te amo, pero si esta palabra no va acompañada de la mortificación cristiana es vana y sin fundamento, porque el amor propio lo ocupa todo”  .

En las horas de reposo escribe con frecuencia a su familia, a sus amigas, y al director de La Campanilla, que se muestra sorprendido de la actitud hondamente sobrenatural con la que está afrontando su nueva situación. En estas cartas no se refiere a sus dolores, ni al frío continuo que sufre en las salas, ni al chirriar de las camas metálicas, ni a la ausencia total de intimidad, ni a las toses constantes de las otras enfermas, ni al defecto de ésta o a la manía de aquélla. Aspira, como había escrito, a “dar, dar únicamente por dar, sin ocuparnos de la recompensa: porque la vida del amor consiste en darse, en vivir entregado a Dios y al prójimo sin mezquinos cálculos” .

¿Dar qué? La vida le ha ido despojando de todo. Lo único que tiene y que puede transmitir es su amor a Dios. Eso es lo que da, sin caer en un victimismo tristón que lleva inexorablemente a la tristeza.

Pasa mucho tiempo, durante sus ratos de oración, contemplando en la intimidad de su alma el madero de la Cruz. Se une a la Pasión del Señor, a su Sacrificio de valor infinito que reparó las ofensas de todos los hombres, asociándose a su dolor redentor. “Miré a mi Salvador traspasado con los clavos, lo contemplé con amor y hallé que la mortificación era Él; el sufrimiento era Él;  y entonces, obrándose en mí una transformación, todo me pareció divino” .

El 15 de marzo escribe a F. Francisco, comentándole algunos aspectos de la vida cristiana en el hospital. Le dice, muy contenta, que todos los jueves, domingos y días de fiesta le traen la Comunión y muchas enfermas de su sala comulgan con frecuencia.

Algunas de sus compañeras matan el tiempo y combaten la rutina de la vida hospitalaria hablando de mil cosas, evitando plantearse la dura realidad de su vida. Charlan de los veraneantes de Santander; de los terremotos de Nápoles; de esas dos señoras que se han atrevido a tripular una avioneta en Getafe...

María Ignacia asume su situación con realismo y sentido sobrenatural. Mira la realidad de frente. Sabe lo que le espera. Ya conoce la dinámica interna del hospital: cuando una enferma se agrava, la trasladan de sala; más tarde se la llevan discretamente a una habitación más pequeña; luego...

Pero, aunque acepte su situación, tiene que reprimir con energía en su interior las protestas lastimeras del “niño mimado” que siente dentro de su alma. “La santidad es fruto de actos enérgicos de amor”, ha escrito. Y no puede evitar que de vez en cuando aflore en su corazón esta pregunta:

—¿Por qué? ¿Por qué todo esto?

Luego, se abandona confiadamente en las manos de Dios sin pedir respuesta. Tiene treinta y cuatro años. Lleva enferma diez. Quizá muera sin saber el sentido último de lo que le sucede. No importa.

Lo importante —piensa— no es saber, sino  amar.