En la sierra de Madrid

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Llega a Madrid. En otras circunstancias, una visita a la capital hubiera sido un acontecimiento gozoso: allí estaba el famoso Paseo del Prado, los tranvías, el Museo de Pinturas, los Altos del Hipódromo... Pero ahora, cuando baja del tren en la estación de Atocha, enferma y débil, lo único que desea es llegar cuanto antes al Sanatorio.

El Sanatorio de Valdelasierra, donde le han indicado que aguarde hasta poder ingresar en el Hospital del Rey, está en Guadarrama, un pueblecito a 48 kilómetros al norte de Madrid. Se dirige enseguida para allá, convencida de que este tiempo de espera será para ella  “un prolongado tormento”  .

Llega al pueblo. Le dicen que el Sanatorio está a un kilómetro, a la derecha de un camino polvoriento. Al verlo, se queda desconcertada.

En primer lugar, porque no parece un sanatorio. Al menos, como ella lo imaginaba, como un edificio anónimo de largos corredores con un ambiente entre sórdido y melancólico. Su nueva residencia, por el contrario, tiene el aspecto de un balneario veraniego. Los enfermos se alojan en varios chalets de dos plantas, junto a una espaciosa avenida de tierra, bordeada por castaños, fresnos, acacias y plátanos  .

No imaginaba tanta belleza en este lugar, que califica de “sitio muy delicioso”. Contempla, extasiada, los “azules montes del ancho Guadarrama” que cantó Machado en sus versos. La Peña del Cuervo, el Montón de Trigo, los Siete Picos... Es un paisaje recio y hermoso, de riscos y ensenadas, de bosques de pinos y farallones de piedra. ¡Y ella, que pensaba, como el poeta castellano, que  se iba a encontrar con una triste  “mansión de noche larga y fiebre lenta”!

El Sanatorio era, según los folletos informativos, una “Residencia para enfermos de las Vías Respiratorias. Magnífica situación. 1500 metros de altura. Clima muy seco. Confort.

¿Confort? Realmente, el director del Sanatorio, Santiago Martínez Cereceda, hace lo que puede. Pronto comprueba María Ignacia que hay tanta buena voluntad como falta de medios y que  no existen los “adelantos de la ciencia”. Cuando fallece un enfermo llaman a Rosa, una mujer del pueblo, que es la única que se atreve a trasladar los cadáveres de  los tuberculosos. Rosa se los carga a la espalda y se los lleva por el camino, sorteando zanjas y charcos, desde el Sanatorio hasta la iglesia del Cementerio Viejo .

“Morían muchos”, recuerdan los vecinos del pueblo . Esto provoca una fuerte tensión interior en muchos enfermos. Cualquier mínimo contratiempo se convierte, para algunos, en una explosión de rabia y rebelión. A otros la cercanía de la muerte les lleva a un atolondramiento frívolo, o a la tristeza.

María Ignacia procura consolar en lo que puede a las nuevas amistades que va haciendo. Les anima; pronto sanarán y se repondrán del todo; no como ella —piensa—, que intuye en su alma su muerte cercana. Como le dice al Señor en su poema  A mi llegada al Guadarrama no ha ido allí para recobrar la salud, sino para cumplir tu Santa voluntad .

Pero, ¿está buscando realmente la voluntad de Dios? Sí, concluye, tras examinar su alma, porque ve que todo lo que padece le produce alegría” . La alegría es el signo decisivo: la manifestación exterior del verdadero amor cristiano.