Atardecer

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Son los últimos días en Hornachuelos. María Ignacia contempla desde la baranda de su azotea la planicie inacabable de la campiña, verde y azul. Quizá no vuelva a contemplar nunca este paisaje de peñascos y olivos en el que ha rezado y ha soñado tanto. ¿Qué sueños son ésos? Los sueños de alma cristiana: llevar a Cristo a todas las gentes; a tantas naciones de Europa, de África, de América y Oriente; a la humanidad entera. Le gustaría...

Sí; a ella le gustaría hacer una siembra cristiana en todos esos países, pero ¿qué puede hacer, enferma como está? Rezar. Sabe que la oración todo lo puede. En un breve escrito, que titula Atardecer, expresa su afán de mies, su deseo de llegar a miles de  almas:

Es una hermosa tarde del mes de marzo, de esas que pregonan a grandes voces que la primavera se aproxima. El cielo está limpio de toda nube; la temperatura es muy agradable; el sol se despide de nosotros bañándonos con sus últimos rayos; los pajaritos elevan mi alma al Cielo con sus incesantes cantos a su Creador; el campanillo de la Capillita del pueblo llama una, dos, tres, muchas veces a todo el vecindario...

Los pajaritos, el sol, la campana...: lugares comunes de la literatura romántica. Pero María, en contra del fatalismo romántico, no desea morir. Acoge la muerte si Dios la quiere,  que es algo distinto. Aunque le cuesta, acepta la decisión de su familia, que, haciendo un considerable esfuerzo económico, ha determinado que vaya provisionalmente a un sanatorio de Madrid para reponerse, mientras le conceden plaza en el Hospital del Rey.

¿Qué le esperará allí, en un hospital de tuberculosos, tan lejos de esta casa, de esta tierra, de este mundo que ama profundamente? Su vida ha transcurrido siempre en este entorno de serranías y paisajes abiertos, entre parientes y amigas, trabajando en las tareas de la casa o en Priego, y disfrutando con la literatura y la escritura...

En estas líneas de despedida le agradece a Dios haber podido gozar de tantas maravillas:

Yo, contemplando el hermoso panorama que se divisa desde la azotea de mi casa de este pintoresco pueblecito, alabo una y mil veces al Divino Hacedor, que tantas maravillas ha creado para servicio de nuestro cuerpo y en recreo de nuestros sentidos.

Él haga que cuantas personas en el mismo existimos y existan en adelante no usemos de las cosas de esta vida solamente con miras humanas, sino que, sirviéndonos ante todo para levantar nuestro espíritu al trono del Señor, gocemos en esta vida de una gloria anticipada .