¡Míralas, míralas!

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Doña Pepita sigue contando la  historia de su tía María Ignacia. “Llegó un momento en que los médicos les dijeron a María Ignacia y a Braulia que había que internarlas lo antes posible en un Sanatorio. Braulia había hecho gestiones para ir a un hospital que había en Madrid, el Hospital del Rey, que decían que era muy bueno; pero precisamente por eso, estaba muy solicitado y era difícil conseguir una plaza. Además, no sabían cómo pagarlo.

Comenzaron a pedir ayuda a todas las personas que conocían: parientes, amigos... Al fin les ayudó el famoso Bombita , amigo de mi abuelo, que era un hombre muy generoso. Ese torero le costeó a María Ignacia un año entero de estancia en un hospital .

Y en ese mismo año, 1930, se murió mi padre, y mi madre se quedó viuda con  treinta siete años y con cuatro niños pequeños.

Es como para desesperarse ¿verdad? Pero mi tía María Ignacia permanecía serena, como siempre,  confiando en Dios, y haciendo apostolado con todos, grandes y chicos”.

“Sí; —asiente Elena Santisteban— yo formaba parte de su grupo de amigas, que era bastante grande  y como a todas, su amistad nos hizo mucho bien. Nos ayudó a ser buenas cristianas en un tiempo cada vez mas difícil.

María Ignacia iba a Misa todos los días. Eso no era frecuente, y con el paso del tiempo fue requiriendo cierta valentía, porque empezaron las dificultades... No era raro que te insultasen por la calle, porque había gentes, que entonces se llamaban de ideas avanzadas, muy hostiles a la religión.

A finales de los años veinte y a comienzos de los treinta esos ataques se quedaban en burlas y amenazas. Luego vino la persecución hacía todo lo cristiano... Recuerdo que había una mujer –Dios la haya perdonado, rezo por ella— que cuando nos veía dirigirnos hacia la iglesia, comenzaba a gritar:

—¡Míralas, míralas! ¡Como si no supiéramos todas que van a la iglesia!

Había en aquel tiempo muchos sagrarios abandonados, sin nadie que rezara ante el Señor, ni los cuidara. María Ignacia, que amaba tanto la Eucaristía, secundado la iniciativa de don Manuel González, nos animó a todas las amigas a reunirnos los jueves junto al Sagrario, en un lugar donde han puesto ahora a la Patrona. No había bancas en esa zona y cada vez que íbamos teníamos que trasladar las sillas. Éramos pocas: como mucho, unas diez o quince amigas de 18 y 20 años” .

Conchita Santisteban recuerda que María Ignacia las animaba, además, a dedicar cada día a la consideración de un misterio de la Fe o a una devoción concreta:

—Mira, el Jueves es el día de la Eucaristía: puedes hacer una visita al Santísimo...; el Viernes es el día de la muerte del Señor: puedes meditar el Vía Crucis; y el Sábado, que es el día de la Santísima Virgen...”

Otra de sus amigas, Anita Cárdenas afirma que era “una de esas personas que nunca se olvidan . Su mirada se me ha quedado en el fondo del alma, no sé por qué. Aunque, pensándolo, sí lo sé: por su sencillez, por su humildad, por su cariño, por su alegría; y en mi caso, porque... ¡me hizo tanto bien!

Éramos un grupo de amigas de varias edades, que hacíamos lo mismo que las jóvenes de nuestra época: estudiábamos, charlábamos, paseábamos y nos divertíamos en las fiestas de San Abundio. Y así, en la vida normal y corriente de este pueblo, junto a María Ignacia, fui acostumbrándome a ir a Misa varios días entre semana, y a querer mucho a Jesús y la Virgen .

María Ignacia iba a Misa todos los días, cosa que entonces, en Hornachuelos, no era frecuente. Se exponía, además, a que la insultaran por la calle. Eran tiempos muy malos.

Pero María Ignacia me animaba con su ejemplo y me fue contagiando su amor a la Eucaristía. La vi rezar muchas veces con los ojos fijos en el Sagrario. Ahora comprendo que allí estaba su fuerza: de allí nacía aquel deseo suyo de llevar a Cristo al mundo entero; aquel desvivirse por todos y aquel cariño que se le traslucía en la mirada.

¡Era tan cariñosa! La estoy viendo todavía por la calle de la Palma, sonriente, con aquel tipo tan bonito que tenía, caminando derecha, erguida, esbelta, con el cinturón por debajo de la cintura, y aquellas faldas de colores alegres que llevábamos entonces... Tenía unos ojos muy vivos, verdes, de un verde oscuro, intenso, con un algo que atraía: transmitían alegría, comprensión, optimismo.

Son cosas difíciles de expresar. A pesar de que han pasado tantos años no he podido olvidar cómo miraba al Sagrario y cómo miraba a los demás. No hacía nada especial —¡era muy sencilla!—, pero su mirada, su sonrisa, te llegaba muy dentro. Era como si sólo con mirar, con sonreír, hablara de Dios...

Eso no significa que se quedase calladita, ni mucho menos. Nunca tuvo miedo a hablar de Dios, ¡todo lo contrario! Era un terremoto. Además, era una mujer de carácter, que valía mucho: hablaba con gracia, con finura, con tacto, pero con pasión. Y procuró acercar a Dios a todos, especialmente a sus amigas y a las hermanas de sus amigas, que tendríamos, por aquel entonces, doce, catorce o quince añillos.

Nos gustaba estar con ella. Disfrutábamos mucho en su compañía, porque era muy divertida. Tenía el don de entusiasmarnos. Era culta, ingeniosa, positiva, muy extrovertida, alegre, divertida... con mucho salero y con mucha gracia, como buena andaluza; y además, con una gracia especial para llevarnos a Dios.

A las más pequeñas nos trataba conforme a nuestra edad. Por ejemplo, por las Navidades hacía un belén y dejaba todas las luces apagadas. Nos tenía en vilo hasta la medianoche del 24; entonces encendía las luces, y entre villancicos y panderetas —recuerdo que cuando estuvo trabajando en Priego me trajo una pandereta de regalo—, en un clima de alegría, nos iba contando la historia de Jesús.

Tenía un alma grande. Vibraba con toda la Iglesia. Me hablaba de los niños de la China, de Africa, del Japón...

—Hay que rezar mucho —me decía— por esos niños que no conocen a Dios y están sin bautizar...

Y me animaba a enviar algún donativo. ¿Qué daría yo? Tres o cuatro realillos como mucho... Pero de ese modo —ahora me doy cuenta— me fue enseñando a ser generosa y a ensanchar el corazón.

Estas cosas pueden parecer insignificantes, pero no lo son: hizo una siembra cristiana intensa, formidable, entre la juventud de este pueblo. Una siembra de amor a la Iglesia, a los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, de amor a la Eucaristía... Una siembra profunda porque yo, desde entonces, he venido rezando por esos niños sin bautizar  ”.