¿Dónde? ¿Cómo?

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Aunque pide por su curación, como le han aconsejado, María Ignacia piensa, como la mayoría de las personas de su generación, que debe luchar por identificarse con Cristo por el camino de lo extraordinario. Muchos entienden la ascética, durante esos años, como los hachazos que daba su abuelo hasta dejar los troncos de los árboles rojos como la grana. Hachazos de renuncia, de anonadamiento, de humillación.

Muchas mañanas, a primera hora, se levanta y hace un rato de meditación en el sosiego del antiguo granero de la casa . Acude con frecuencia a la Confesión. Comulga todos los días y acompaña a Jesús en la Eucaristía.

En mis visitas a mi Jesús Eucaristía le digo que para qué vivo, sino para Él... que a quien más lo ama, más se le perdona... que quiero escribir su nombre en mis ojos, en mis oídos, en todos mis sentidos, en mi corazón.

¡Oh Jesús, Jesús mío, mi Jesús!, le repito. Yo quiero pensar en Ti por los que te olvidan... orar por los que no lo hacen... agradecer por los ingratos... pedir perdón por los que de ello no se acuerdan... ¡y amarte con delirio, con locura y con toda la intensidad con la que te ama el Espíritu Santo, por los que no te aman!...

Una idea cobra cada vez más fuerza en su corazón: el afán de desagravio. Intuye que su vida tiene un sentido profundo: la expiación, la reparación por los pecados ajenos. Encuentra en la Eucaristía la fuerza interior que necesita y se llena de esperanza; no tanto de  la esperanza de curarse, sino la esperanza de cumplir la voluntad de Dios, de llegar a amarle algún día con todo su corazón.

Vislumbra en su oración que su enfermedad guarda un sentido divino que aún desconoce. Para algunas personas, los padecimientos de los últimos años no habían sido más que un rosario de desgracias; como disparos fallidos de uno que aquellos colorineros, los cazadores furtivos que corrían alocados por la sierra. Para ella, por el contrario, aquellos padecimientos eran dones, gracias —misteriosas, eso sí— que Dios le iba concediendo.

Por eso, no se considera la víctima de un destino caprichoso, ni la protagonista de un sino absurdo y cruel, como doña Leonor en la tragedia del Duque de Rivas. María Ignacia —como recordaba doña Pepita— no tiene propensión al melodrama. Aquello no es la fatalidad, sino el querer de Dios. A ella no la gobierna la fuerza del sino, sino la fuerza del Amor.