El descubrimiento

 

Índice: María Ignacia García Escobar

“¡Estaba siempre tan alegre!”. La alegría es uno de los primeros rasgos que resaltan los que la trataron. Una alegría que contrasta llamativamente con la dureza de este periodo de su vida. Escribió, años después, hablando de sí misma en tercera persona:

Pero... ¿sabéis lo que ocurrió? Que, aunque animada de muy buena voluntad, como los designios del Señor eran otros, [Dios]   permitió [que esa alma] se diera cuenta [de] que la obra de su santificación iba torcida (este alma no consultaba con su confesor ni Director cuanto en ella ocurría) y que en breve, sería destruida .

Y al mismo tiempo —escribe—, su cuerpo enfermó gravemente. Un día vomitó sangre y comprendió que ella también estaba tuberculosa.

Recordaba Braulia: “Poco después quizá contagiada por mí, cayó también enferma mi hermana .

¿Dónde fue consciente María Ignacia de su enfermedad por primera vez? ¿En Hornachuelos? ¿En Priego? ¿Fue esa la razón por la que  se volvió de aquel pueblo? Lo ignoramos. María Ignacia, que se muestra tan expansiva al hablar de Dios, pasa como de puntillas sobre sus propias tribulaciones.

Sólo cuenta lo que le dijo al Señor al darse cuenta de que estaba tuberculosa.

No llegó a perturbarme
ningún triste pensamiento.
¡Sólo poder disgustarte!  .

Sabía lo que significaba aquella sangre. Sabía lo que significaba “estar tuberculosa”. Era el anuncio de muchos sufrimientos y, casi con toda seguridad, de una muerte cercana. Su primera reacción fue un acto de amor:

al ver la sangre que había
desde mi pecho arrojado
llena de amor te decía...
¡Jesús mío, cuánto te amo!

Pensó que, además de aceptar aquella enfermedad mortal con alegría, no debía pedir a Dios que la curase; de ese modo, su unión con la Voluntad divina sería más intensa, más plena.

Pero... ¿era eso realmente lo que Dios le pedía? Decidió comentárselo a su confesor.

Ignoramos a quien acudió. ¿A fray Francisco, por carta? ¿Al nuevo párroco, don Lorenzo? Sólo conocemos el consejo que recibió: debía pedir por su curación.

Y así lo hizo, como comentaba en un poema:

Te pedí luego salud/ Pues bien sabes me recreo/ en esta preciosa Cruz. /Al quererme toda tuya,/ Jesús, quisiste probar / Si con alegría aceptaba/ tan terrible enfermedad./ Aunque unidas tres en una/ De esta enfermedad hubiera /Por tu amor Jesús mi vida/ ¡¡Cual rico licor bebiera!!