Toda una dama

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Muy cerca de la casa de María Ignacia, en la misma calle de la Palma, viven las hermanas Santisteban, Elena y Conchita, muy amigas de María Ignacia y de toda la familia.

“Yo tengo una imagen muy clara de María Ignacia —recuerda Conchita— y me parece que la estoy viendo en su casa, escribiendo a máquina, en una de esas máquinas negras, de teclas muy altas, que se usaban antes, antes de irse a trabajar a Priego.

—Es que tengo que mejorar en el número de pulsaciones –me decía.

No sé exactamente qué hizo en Priego; me parece que estuvo trabajando con una señora que ayudaba a las muchachas jóvenes a labrarse un porvenir... pero recuerdo perfectamente la alegría que teníamos cada vez que venía. ¡Que ya está aquí María Ignacia!

Acudíamos enseguida a verla, porque  tenía un encanto... no sé como explicarlo; tenía una personalidad muy atractiva. ¡Estaba siempre tan alegre!”

La temporada que María Ignacia pasó en Priego, un pueblo señorial al sur de la provincia de Córdoba, constituye una de las etapas menos conocidas de su existencia. Doña Pepita, lo mismo que las amigas de María Ignacia, recuerda muy pocos datos, salvo su alegría al verla regresar.

Esos meses en Priego dan la impresión de un breve paréntesis de calma cuando todo parecía arreglarse en la familia. Benilde estaba recién casada; Braulia se reponía de su enfermedad en casa; las deudas eran menos acuciantes.

¿Qué hizo en Priego? Según las fuentes de las que disponemos debió trabajar con doña Carmen Luque Matilla , una señora de buena posición de aquella localidad que tenía desde su juventud la inquietud por ayudar a los niños abandonados, a las jóvenes sin recursos y los ancianos sin hogar.

“Desde pequeña —me contaba Miguel Forcada, pariente de esta señora— doña Carmen se gastaba todo lo que le daban en comprar objetos, mantas y alimentos para repartirlos entre los necesitados” .

Cuando murió su padre, doña Carmen heredó una fortuna con la cual hubiera podido vivir desahogadamente durante el resto de su vida. Decidió entonces poner en marcha, en plena juventud, sus sueños de justicia y solidaridad, contando, fundamentalmente, con la ayuda de sus familiares .

“Se entregó en silencio y con recato (bienes, amor, tiempo e ilusiones) a los demás”, cuentan los que la conocieron, que la retratan como una “mujer de carácter sólido y perseverante, austera y valiente. Toda una dama” .

Uno de los niños abandonados que recogió y educó doña Carmen me contaba que “se conmovía por la gente del pueblo que estábamos en la miseria y pasábamos tantas calamidades. Todo se lo gastó en nosotros. Una vez se enteró que había ocho niños pequeños, hermanos, en  Madrid, que se habían quedado huérfanos y se los trajo para acá” .

La iniciativa humanitaria de doña Carmen, en la que colaboraban varias señoras amigas suyas,  tenía rasgos de lo que hoy denominaríamos una Organización no gubernamental de inspiración cristiana . Muy posiblemente  María Ignacia, diligente y activa, actualizó sus habilidades en mecanografía para trabajar en esa iniciativa y colaboró con doña Carmen realizando trabajos administrativos, como la petición de ayudas a diversas entidades.

Pero por mucho que los afanes caritativos de María Ignacia cuadren bien con los empeños de doña Carmen, su colaboración con ella y su trabajo en Priego permanece, por ahora, en el terreno de la hipótesis. Quizá estas líneas de su cuaderno sean una referencia fugaz a sus meses en ese pueblo cordobés:

Él bendice más la misericordia que el sacrificio. —Veamos en la frente de los pobres escrito este nombre adorable: Jesús, y con todo el amor de nuestras almas, socorrámoslos sin vacilar