1919. Braulia, enferma

 

Índice: María Ignacia García Escobar

“En 1919 —prosigue doña Pepita—Braulia se fue a vivir a Córdoba para estudiar Magisterio en la Normal. Había cumplido los dieciocho años y ya empezaba a ser costumbre que las mujeres hicieran carrera. Las tres hermanas estaban muy ilusionadas y ya hacían planes para cuando Braulia se colocase. Se comprende, las pobres, en la situación económica en la que se encontraban...

Pero poco después Braulia se puso enferma de tuberculosis, contagiada posiblemente por la hija de la dueña de la pensión donde vivía, que estaba tuberculosa y no se lo habían dicho.

Tuberculosis. Ahora la tuberculosis se cura, pero entonces...

Entonces era  algo terrible. Nadie quería acercarse a un tuberculoso. Se les consideraba como... como una especie de apestados, como un peligro público, casi. Cuando se morían, había veces que ni siquiera las amistades iban al duelo, por miedo. Y se tiraba o se quemaba todo lo que habían tocado: las cartas, los libros, las sábanas, los cubiertos, ¡todo!

Lo de Braulia fue un golpe inesperado y tremendo para su madre y para toda la familia. Empezaron a visitar médicos... pero no había nada que hacer: la enfermedad no tenía cura ninguna . Los médicos recomendaban “curas de aire” o irse a un sanatorio. ¡Un sanatorio! Eso significaba un dinero que ellas no tenían.

Pero no todo fueron penas en aquel tiempo. Por aquellas mismas fechas, en 1920, se casó mi madre, Benilde, con veintisiete años. Mi padre se llamaba José Herrera y era médico, como he dicho antes.

Se casaron en esta misma casa, en una habitación que hay al fondo, que era entonces un oratorio privado. Los padrinos fueron mi tío Antonio y mi tía María Ignacia.

Nosotros fuimos seis hermanos, de los que murieron dos. La mayor soy yo; luego nació mi hermana Benilde; más tarde mi hermana María —que siempre le tuvo un cariño especial a la tita María Ignacia—; y el último, mi hermano José.

Y ya no sé más cosas de ese tiempo, salvo que ese año en que se casaron mis padres se murió don Fernando y vino al pueblo un cura nuevo, que se llamaba don Lorenzo. A ése sí que le conocí”.

Don Lorenzo Pérez Porras , que llegó a Hornachuelos el 1 de marzo de 1920 era un sacerdote de cincuenta años, de frente despejada y mirada bondadosa, que había regentado hasta entonces una parroquia en Puente Genil, su tierra natal.

“Don Lorenzo —concluye doña Pepita— ayudó a la familia a llevar cristianamente aquella situación tan dura, que se había complicado con la enfermedad de Braulia. Era muy buen sacerdote y trabajó mucho por el pueblo. ¡Quién iba a decir lo que le esperaba!”