1917. La rama del romero

 

Índice: María Ignacia García Escobar

María Ignacia se lo había visto hacer a su madre muchas veces. Iban de paseo por el campo y doña María se agachaba con gesto rápido para cortar una rama de romero, porque, como dice el refrán,

El que pasa por un romero
y no corta de él
ni ha tenido amores
ni los va a tener...

¿Y ella...? En 1917 cumplió veintiún años. Era una joven atractiva y de buena posición, con una serena belleza andaluza. ¿Es que no había ninguno en  Hornachuelos que pujara por darle una ensarta de diamelas, como a sus amigas, en una noche de agosto?

Doña Pepita explica, bajando el tono de voz, aunque hayan transcurrido ya más de tres cuartos de siglo:

“Sí; había uno que la pretendía. Se llamaba Antonio. Antonio Moya Hidalgo, concretamente, que vivía en una casa por bajo de la nuestra, casi pared con pared. Era comerciante y muy buena persona: honrado, trabajador, formal. Al ver a María Ignacia, con aquella finura, con aquella simpatía, pues... el hombre se debió hacer ilusiones. Es natural.

Pero todo se quedó en eso: en puras ilusiones, porque ella no le hizo ningún caso. Ni mucho, ni poco: ¡ninguno! Ni una conversación tras la reja, ni... ¡Nada! Antonio le debió enviar un mensaje, escrito en un billetito, como se estilaba entonces, por medio de una amiga, diciéndole algo así como

Distinguida María Ignacia:

tendría mucho gusto en que pudiéramos  hablar, 
si se presentara una oportunidad...

Pero ella no le concedió ni siquiera esa oportunidad. Ni a él ni a nadie. Nunca dio el mínimo pie . Se ve que ya se había decidido por Dios”.

Desde pequeña —escribió María Ignacia— me decía mi corazón que a mi cariño no era posible correspondiera ninguna persona limitada... ¡misterio sublime! Mi alma había sido creada para amar exclusivamente a un infinito Amor