Serenidad

 

Índice: María Ignacia García Escobar

“Supo perdonar de todo corazón —comenta Conchita Santisteban, amiga de María Ignacia— a las personas que debían haber ayudado a su familia tras la quiebra. Yo la acompañé, por casualidad, el día que fue para cobrar el arriendo de la finca a casa de un señor, que le dijo que un pariente suyo había vendido la finca sin su conocimiento, ni el de su madre y sus hermanas... Se llevó un gran disgusto, pero no habló mal de nadie.

Una Nochebuena me pidió que le llevara unos mazapanes de regalo a unos parientes. Fue un detalle de gran generosidad y cariño por su parte, porque estaban pasando una situación económica muy difícil y esas personas no se portaban bien con ellas.

—Les llevas estos mazapanes a su casa –me dijo— y les felicitas las Pascuas.

Y añadió sonriendo:

—Si te dan algo para ti, les dices que sí, ¡eh! Y te lo quedas.

Pero no me dieron nada”.

La vida le estaba mostrando a María Ignacia su filo más hiriente y amargo. Podía  haberse abatido, pero “no era nada propensa al melodrama”, comenta doña Pepita. Podía haber respondido con el rencor y el resentimiento, pero su respuesta fue “la misericordia, el amor que perdona” .

Tuvo que hacerse violencia: ¡no es fácil perdonar! Luchó para no dejarse arrastrar por el despecho y la rebeldía interior.  Por eso aconsejaba:

Seamos fuertes en los momentos en que hasta nuestra misma naturaleza se rebela contra nosotros. —¡De qué paz disfrutamos cuando esto hacemos! Cual la tranquilizadora bonanza que siempre experimentamos después de una fuerte tormenta, así nuestro espíritu se goza en Dios nuestro Señor después de las fuertes y borrascosas luchas sostenidas contra nuestra humana naturaleza .

La experiencia del dolor —la ingratitud, la incomprensión, la enfermedad o la pobreza— lleva a algunas personas al abatimiento; a otras, a una furiosa rebelión contra ese Dios que les hace participar de su corona de espinas. María Ignacia acabó descubriendo el amor de Dios precisamente ahí: entre las espinas.

Yo te buscaba entre las rosas, Jesús adorado, más las rosas callaban; pero me condujiste por medio de acerbas espinas, y escuché tu dulce voz que me decía: “Aquí estoy, hijita mía; no olvides nunca que mi verdadero amante es el que vive en este mundo rodeado de dolor y por encima de él, sabe permanecer en mi amor”. Desde entonces fui feliz .

Aquel año de 1916 supuso un hito en su vida. Evocando este periodo, escribió poco después:

¡Que verdad es que en nuestra juventud todo lo vemos de color de rosa...! Más tarde, a través de los años, es cuando se ve todo tal y como en realidad es.

—Sin embargo... yo os certifico que existe un medio por el cual (...) siempre podemos seguir viéndolo todo de ese delicado color, aunque cuanto se nos presente en nuestra vida sea rojo plomizo, o negro. El amor a Dios nuestro Señor; el cual lleva siempre tras de sí una conciencia serena y tranquila.

Estad seguras que no os equivocaréis ni arrepentiréis jamás