1916. Tres hermanas: Benilde, María Ignacia, Braulia

 

Índice: María Ignacia García Escobar

“Las tres hermanas, Benilde, María Ignacia y Braulia, se llevaban muy bien —continúa relatando doña Pepita—, estaban muy  unidas  y coincidían en muchas cosas, a pesar del diferente modo de ser de cada una.

Por ejemplo, mi madre, que se llamaba Benilde, era más bien callada, discreta, bastante tímida...

Mi tía Braulia, todo lo contrario: alegre, dicharachera... Le gustaba hablar... ¡y hablaba! ¡Ay, cuando tomaba la hebra! Era imparable... La recuerdo cantando por el jardín Flor de té, flor de teeé... Además, era muy habilidosa y se daba mucha maña para las labores.

¿Y María Ignacia? Pues yo la definiría como una mujer de carácter. Segura, abierta, decidida, simpática, emprendedora, ordenada, muy equilibrada. Vestía con sencillez, pero con elegancia. Iba a una modista de Palma del Río, Belén Morales, y tenía buen gusto: el buen gusto de entonces, se entiende. Además, había uno que la pretendía... pero ya hablaremos de eso.

Y en 1916, cuando estaban las tres en la flor de la vida... mi madre tenía entonces veintitrés años; María Ignacia, veinte; y Braulia, quince... comenzaron las desgracias.

La primera fue la muerte de mi abuelo Manuel por una enfermedad de hígado. Todos se quedaron muy sorprendidos, porque cuando entró en la agonía, sin que nadie lo esperase, comenzó a rezar: Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame... pidiendo con todas sus fuerzas: En la hora de mi muerte, llámame/ y mándame ir a Ti...

Cuando pienso en la devoción tan grande de mi tía María Ignacia por la Agonía del Señor... es como si Dios le hubiese querido conceder esa gracia tan especial en la persona de su padre, ¿verdad?

Su padre había vendido la finca poco antes de morirse, y la había repartido entre todos los hijos, que habían quedado, económicamente, bastante bien; pero un pariente nuestro se hizo cargo del patrimonio de la familia y comenzó a llevarlo con mucho desorden. Invirtió las acciones en una empresa; la empresa acabó quebrando y  lo perdieron todo.

De la noche a la mañana se encontraron en la ruina.

Esto se dice pronto, pero hay que haberlo sufrido. Mi abuela, viuda, con tres hijas jóvenes y dos hijos pequeños... Fue una buena prueba para las tres hermanas, porque a ellas no les había faltado nunca de nada, y empezaron a saber lo que es pasar humillaciones y no tener de qué vivir.

Y luego estaban las deudas. María Ignacia tuvo que ir muchas veces a Córdoba para ir pagándolas poco a poco, a medida que iban cobrando las rentas. Lo pasó muy mal. De pronto la vida le cambió de color. Del rosa pasó al rojo plomizo, como escribió ella.  Pero supo llevar aquella situación tan difícil sin hacer una tragedia, sin hablar mal de nadie, sin rencores, sin que le diera un patofoliche , como decimos en este pueblo”