Mayo de 1912. Un retrato para la posteridá

 

Índice: María Ignacia García Escobar

1912. La vida sigue transcurriendo en Hornachuelos serena y sosegadamente. En las veladas familiares de los García y en las tertulias del casino ya no se habla de Bombita y de Machaquito, balanceándose en las mecedoras de mimbre o agolpándose alrededor de las fichas de dominó. Ahora le toca el turno a dos torerillos que prometen mucho: Joselito y Belmonte.

Aunque no todo son toros, naturalmente. Algunas veces, pocas, la actualidad internacional acapara la atención. Por ejemplo, un día llega una noticia increíble:

—¡Se ha hundido el Titanic!

Pero el interés vuelve a centrarse pronto en sucesos más cercanos, como la comedia que acaban de estrenar los hermanos Quintero, o el último triunfo en Sevilla de Pastora Imperio, que se casó hace poco con El Gallo. Son años felices para María Ignacia, que escribirá años después en su Cuaderno:

¡Qué verdad es que en nuestra juventud todo lo vemos de color de  rosa...!

Una de sus grandes aficiones, junto con la escritura, es la lectura. Lee mucho, procurando completar su formación académica, que se reduce, como la de tantas jóvenes de su generación, a las clases de doña Matilde. Se interesa también por conocer buenas obras de espiritualidad.

Explica doña Pepita: “A veces la gente me habla de la buena formación espiritual que tenía mi tía María Ignacia, como si fuera fruto de una formación muy profunda en la familia o en la escuela. Y yo suelo decir que fue ella la que se preocupó desde joven por leer, por cultivarse, por meditar, por conocer a fondo su  fe. Si no, hubiera sido una de tantas”.

Es un tiempo también de largos paseos con su prima Conchita . Tiempo de risas, de bromas y fotografías, como aquella que se hizo junto a un grupo del amigas en mayo de 1912, en la que se adivina, bajo un aparente envaramiento, cierta guasa andaluza. Esa fotografía representa —porque es una representación— la ceremonia del  té de las cinco. ¡Té, a las cinco de la tarde, en mayo, al aire libre y bajo el sol abrasador de Córdoba!

“Eso fue idea de doña Matilde, seguro —aventura doña Pepita—, que debió llamar a un fotógrafo para hacerse un retrato fino, como los que aparecían en el Blanco y Negro. Están todas endomingadas, con sus delantales bordados. La que está de pie, a la izquierda, es mi madre. Son doce; y es curioso, fíjese, las doce, por un lado o por otro, han acabado  emparentando.

Cada vez que veo esa foto me parece que estoy escuchando a doña Matilde mandando y disponiendo, porque como maestra que era, le gustaba mandar. Vosotras, Julia  y Rosa , os ponéis aquí, a mi derecha, de pie, sosteniendo las tazas... Y vosotras, Carmen  y Conchita , os sentáis en esa mecedora y os quedáis más quietas que una estatua...

Aparecen todas:  la que sirve el té es Leandra ; Angelita  es ésta del centro; ésta, Bernabela . María Ignacia es la que está de pie, detrás de Angelita , sosteniendo la taza en alto. Y doña Matilde, es esta de la derecha, tan elegante como siempre... Están todas de punta en blanco. No era para menos. ¡Era un retrato para la posteridá!”

Externamente, María Ignacia es una más en este grupo de amigas que aguardan impávidas, conteniendo la risa, el clic y el fogonazo blanco del fotógrafo; pero ha emprendido en la intimidad de su alma, a los dieciséis años, un camino de recia y profunda santidad cristiana.

Para alcanzar esa santidad pone los medios que le aconsejan: oración y penitencia. Y se mortifica con profundo sentido cristiano, sin que nadie lo advierta, siguiendo las enseñanzas evangélicas: “perfuma tu cabeza y lava tu cara” .

Esta búsqueda de Cristo le lleva a una madurez inusitada para su edad, que se manifiesta en sus escritos. Años más tarde revelará algunas etapas de su proceso interior de búsqueda de Cristo, utilizando la tercera persona para referirse a sí misma:

Un alma, animada de grande amor de Dios, sedienta de purificarse los pecados de su vida pasada, emprendió el camino de íntima unión con Él.

—Este alma, en su locura de amor, escogió el más áspero que imaginarse puede. Las mayores mortificaciones eran su más sabroso manjar. Su abandono a la Divina voluntad llegó a tales términos que, sin el menor esfuerzo ni violencia, se inclinaba —o mejor dicho, se doblegaba— a todo cuanto de esta Divina voluntad creía escuchar