1910. De peña en peña

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Tras la Primera Comunión, cuando tantos niños se desentienden de Dios, María Ignacia empieza a vivir la vida cristiana en toda su plenitud. Comienza a comulgar con frecuencia y toma una decisión en lo más íntimo de su ser.

No hablará de esto con nadie.

Esta decisión de la infancia acabará marcado su existencia. Años después, cuando escriba sobre esta temprana resolución, la denominará, acertadamente, un misterio sublime.

Por lo demás, en Hornachuelos no se dan grandes cambios durante esta primera década del siglo. En el Casino se sigue hablando de “la pérdida del 98”, de los problemas del campo, de las epidemias, del paro de los jornaleros —que llega a veces a los 250 días al año— o de los últimos atentados terroristas.

El último día de mayo del año seis llega la noticia:

—¡Han tirado un ramo con una bomba tras la boda del Rey!

Año tras año, los sucesos de la historia grande se van entrelazando con los de la historia local y menuda. En 1907 exclama un contertulio del casino, agitando el ABC:

—¡Han matado al Pernales y al Niño del Arahal!

Un gesto caballeresco ha sido la perdición del bandolero. “Dos jinetes bien armados y caballeros en briosos corceles” —escribe el comentarista del periódico monárquico— le preguntaron a un leñador de Villaverde el modo de atravesar la Sierra de Alcaraz. El leñador les contestó amablemente y el bandolero, agradecido, le dio un duro y un cigarro, diciéndole:

—Gracias, buen hombre. Y tome esto para que se acuerde del Pernales... ¡que soy yo!

El leñador acudió a la Guardia Civil y aquel mismo día un tiroteo acabó con la leyenda, que acabaría cantándose en un romance popular que mitificó la figura del bandolero, convirtiéndolo en un benefactor de los desheredados por la fortuna:

Pernales en toda su vida
no ha matado a ningún hombre
que el dinero que robaba
lo repartía entre los pobres.

Los bandoleros, la emigración hacia América, la pobreza, el hambre, las manifestaciones de obreros, los asesinatos... Estas realidades le hacen ver a María Ignacia que la vida tiene también, como la sierra, solanas y umbrías, vegas y castellones. Con un padre agnóstico y una madre creyente, nieta de propietarios acomodados y modestos taladores, hija de un médico y una empleada doméstica, se va acercando al mundo con una visión abierta y comprensiva. Estos rasgos  definirán su carácter y su vida.

“Mi abuelo —prosigue doña Pepita— acompañaba a mi tía a todas partes: al paseo, a la procesión y a la feria, porque entonces no parecía conveniente que una muchacha joven  se paseara sola por ahí. Se la llevaba a ver los cohetes, a hacer compras a Córdoba,  a lucir los vestidos de San Abundio...

Era su preferida, ya lo he dicho; quizá porque tenía un natural muy vivo, sin miedos de ningún tipo. ¡Se notaba que había vivido en el campo! Cuentan que mi abuelo, cada vez que la veía volver después de darse un paseo con sus amigas, con la cara roja y acalorada de tanto correr, le decía:

—Hija mía, te distingo a la legua. El resto de las muchachas van derechitas por la vereda, con miedo a caerse; mientras que tú ¡vas por ahí saltando y brincando de peña en peña!”

Ese carácter decidido de María se puso de manifiesto en un momento memorable de la historia de Hornachuelos: la visita de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

Hay expectación y curiosidad en el pueblo por conocer a la Reina, cuya imagen sigue unida, en la imaginación popular, a su vestido de novia manchado de sangre. Las gentes se apelotonan en la puerta de la Villa. María Ignacia se pone en primera fila, y al ver a la Reina se dirige hacia ella con desenvoltura, toma sus manos entre las suyas, y le dice:

—¡Pero qué grasiosa é!

Salvo esta anécdota, poco más sabemos de María Ignacia durante estos años. Su padre administra la finca, atiende a algún paciente de vez en cuando y comenta  las novedades con sus amigos en el Casino, fundado en 1880 por las fuerzas vivas de la localidad: Carlos de Golmayo, Juan Carrasco, José González, Manuel Cornejo y  José Herrera Ariza, entre otros.

“Este José Herrera Ariza es mi padre —me explica doña Pepita—. Era médico, igual mi abuelo, y se conocían mucho. Qué cosas tiene la vida. ¡Quien le iba a decir a mi padre que al cabo de los años...!”

En el Casino se vive pendiente de los toros. Impresiona especialmente la muerte de Lagartijo, que fallece en 1910 a causa de la tuberculosis; y se comentan con pasión  las hazañas del Bombita, un torero sevillano conocido de don Manuel, cuya sola mención produce en las tertulias el mismo efecto que su nombre  .

Bombita es un torero generoso y altruista que está poniendo en marcha el Sanatorio de Toreros. Goza de una fama merecida de hombre valiente. Dicen que sus amigos, antes de salir a la plaza, en vez de desearle“¡Buena suerte!”, le dicen: “¡Que no sea mucho!”. Y ha dado el campanazo con un manifiesto en el que avisa al respetable que piensa cobrar más por torear Miuras, por los riesgos de esa ganadería.

—¡Miedo! Eso es lo que tiene! —grita un exaltado desde una mesa del casino.

—¿Miedo? —replica otro—. ¡Si lo único que hace es defender los intereses de los toreros!

Tras el inevitable que sí, que no, los socios del Casino van pasando revista a todo el arte de Cúchares, comenzando por  los de ayer y acabando por los de hoy: el desaparecido Lagartijo; el Gallo, famoso por sus espantás; el temerario Reverte —el de “¡no te tires, Reverte!”—, o don Luis Mazzantini, aquel medio italiano que aseguraba que “para ser alguien en España hay que ser tenor del Real o matador de toros”.

Por mayo don Manuel lleva a sus hijas a Córdoba para que vean la feria. O las ferias, porque hay dos: la feria de casetas y la feria de ganado, que asienta sus reales en la otra orilla del Guadalquivir y que se parece bastante a la que cantó José María Pemán: una “fantasía/ de comprar y vender y mercar/ entre risas, fiestas, coplas y alegría,/ juntando a la par/ negocio y poesía”.

Negocio, lo que se dice negocio, no se hace mucho, porque Córdoba atraviesa una profunda crisis económica; pero el espectáculo está asegurado:

Y hay un viejo negro, cenceño y enjuto,
que vende globitos:
y el que a dos reales retrata al minuto,
y el que ofrece flores, y el que vende pitos,
y el gitano viejo que olímpicamente,
tratando sus burros, charla, llora y miente
con el gesto grave de un emperador  .

Tras pasear por la feria de las casetas, ven el desfile de los caballistas y escuchan tocar las palmas, entre fandangos de Lucena, mudanzas de Cabra, jotillas de Adamuz o peteneras de Palma del Río. Luego don Manuel se va de compras con sus hijas por los callejones cubiertos de toldillos de esta ciudad en la que aún se escucha el recrujir de las calesas y la voz de algún nostálgico que canturrea por lo bajo:

Para matar con gracia
y con punto fijo
era Rafael Molina,
Molina,
¡...el Lagartijo!