1906. Doña Matilde, la maestra

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Corre un vientecillo fresco en esta mañana de diciembre en la que doña Pepita sigue hilvanando recuerdos familiares sobre su tía María Ignacia. A pesar del frío, la azotea invita a quedarse aquí, junto a la baranda, contemplando la campiña a vista de pájaro.

“Hay días claros —me dice— en los que si uno se fija se llegan a ver los campanarios de Estepa, que es un pueblo de Sevilla que está en lo alto, lo mismo que éste. Por eso lo llaman el balcón de Andalucía... A Estepa, no a Hornachuelos.

Pero sigamos. Estábamos en 1905, poco más o menos. Pues bien, al año siguiente, en 1906, mis abuelos se vinieron al pueblo, para que sus hijas pudieran ir a la escuela.

Mi tía María Ignacia tenía entonces diez años y la maestra era ya doña Matilde , que tuvo una importancia muy grande en la vida de mi tía. Porque mi tía había recibido en su casa una buena educación, no voy a negarlo, pero de la fe cristiana sabía muy poquito: lo poquito que les había podido enseñar su madre.

Doña Matilde era una buena maestra: culta, educada, muy buena cristiana... Ella fue la que le enseñó a ser piadosa, con una piedad, ¿cómo lo diría?, seria, profunda, cultivada. No era la fe del carbonero. Por eso digo que doña Matilde tuvo una influencia decisiva. Lo he pensado muchas veces: ¡cuánto bien y cuánto mal puede hacer una maestra!”

La escuela de doña Matilde Vázquez, una maestra de veintitrés años de porte elegante y señorial, tiene, en este lejano 1906, muy pocas alumnas porque, a pesar de los intentos que están haciendo las autoridades para reducir el trabajo infantil , la mayoría de las niñas del pueblo, en vez de ir a la escuela, trabajan ayudando a sus padres en las faenas del campo. No es de extrañar que casi el 80 por ciento de las mujeres de la zona, según las estadísticas de 1900, sean analfabetas .

“Por lo demás —explica doña Pepita— la escuela no le debió suponer, ni a mi tía ni a sus hermanas, demasiado esfuerzo. Decía mi madre, riéndose, que ella había aprendido a leer por ciencia infusa.

Y además de enseñarlas a leer, doña Matilde, les daba clases de  labores, de costura, de etiqueta, de buena educación, de doctrina... Así se llamaba entonces al Catecismo: la doctrina. Para hacer la Primera Comunión había que sabérselo de memoria y recitarlo todo de corrido, desde el principio: Todo fiel cristiano/ es muy obligado/ a tener devoción/ de todo corazón/ de la Santa Cruz/ de Cristo, nuestra luz...

Pero después de la Primera Comunión, desgraciadamente, había muchos niños que no volvían a pisar la iglesia hasta que se casaban...

A propósito de esto, no sé yo en qué fechas hizo mi tía María Ignacia la Primera Comunión, porque en 1934 quemaron el archivo de la parroquia y ya no queda nada. En casa no tenemos tampoco ni fotografías ni estampas. Sólo sé que el cura de entonces se llamaba don Fernando , y que era muy amigo de la familia. Vivía en una casa que hay un poco más arriba, en la calle de la Palma”

Don Fernando Laguna regenta en estos primeros años del siglo la parroquia de Nuestra Señora de las Flores, que cuenta con una iglesia hermosa, que para sí querrían muchos pueblos: una iglesia blanca, de una sola nave de tablazón, de estilo mozárabe, con arcos apuntados de inspiración gótica. Don Fernando es un hombre bueno, celoso y  respetado.

Respetado por sus feligreses, habría que puntualizar, porque Hornachuelos, como tantos pueblos de España, es un resumen de la sociedad de este tiempo, y se dan aquí, a escala reducida, las mismas tensiones ideológicas y sociales que sacuden a todo el país.

Esas tensiones ponen con frecuencia a don Fernando en la diana de los ataques anticlericales. Lo mismo le sucede a doña Matilde, que procura ser una maestra coherente con su fe. Y es que, para algunos vecinos de Hornachuelos, el cristianismo no es más que una superstición “del tiempo antiguo”; una reliquia del pasado, inaceptable en este nuevo siglo que nos promete tantos adelantos; un manojo de cuentos para viejas y de refranes para ignorantes, como ese refrán de las víboras y los alicantes...

María Ignacia comienza a vivir la vida cristiana en este ambiente donde, salvo para unas pocas personas, la vida cristiana parece reducirse a un conjunto de preceptos, como confesarse y comulgar por Pascua florida,  y a tres o cuatro costumbres de la religiosidad popular. Por ejemplo, la subasta del dos de agosto por la noche, tras la procesión de la Virgen.

Es una subasta simbólica que sirve para sostener el culto y la capilla de la Patrona. Hay familias del pueblo que traen regalos —gladiolos, colchas bordadas a mano, palomas, ensartas de diamelas – por los que pujan los vecinos:

—¡Yo doy cinco!

—¡Yo doy diez!

—¡Yo, veinticinco!

Los mozos casamenteros ponen especial empeño en la puja de las ensartas, porque sirven para declararse. Cuando se consigue una, se ofrece a la muchacha en cuestión: si se la cuelga del cuello, está diciendo que sí ...

“Y si no... ¡a esperar al año que viene!” —dice riendo doña Pepita.