Don Manuel García

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Si su madre le enseña las primeras lecciones de la naturaleza, su padre, don Manuel García, un hombre corpulento y elegante —sombrero, gabán, reloj en la chalina y unos grandes mostachos a lo Eduardo Dato— le transmite las lecciones fundamentales de la cultura y de la ciencia. María Ignacia aprende a leer y a escribir a su lado, noche tras noche, casi sin darse cuenta, deletreando los grandes titulares de La Ilustración Española, entre las palomitas que revolotean en torno a la luz de la bujía .

En La Ilustración descubre fotografías y dibujos de mundos lejanos y fabulosos, con selvas, bahías, cordilleras y ciudades que parecen irreales, como Río de Janeiro o Buenos Aires, paraísos soñados hacia los que parten los emigrantes en los grandes vapores que salen de Cádiz.

Gracias a su padre, su oído se familiariza pronto con los nombres propios de la literatura, de la ópera y de la política: Espronceda, Bécquer y Campoamor; el gran Caruso; los socialistas, los anarquistas, los monárquicos y los republicanos . Ha terminado la época, selecta y popular a un tiempo, de la Restauración —de Cánovas a Sagasta, y de Sagasta a Cánovas—, y aunque en las veladas familiares su padre repita una y otra vez las palabras “crisis”, “desastre” y “derrota”, todavía se vive en un clima de moderado optimismo y se esperan maravillas del siglo que comienza: ¡al fin, un siglo sin guerras, un siglo de paz para el mundo y para Europa!

Su padre la lleva con frecuencia de paseo hasta la fuente del Caño de Hierro. Durante esas caminatas le va enseñando los nombres de cada arroyo —Guadalora, Guadalvacarejo, Venajarate— y de cada planta: juncos, tarajes, lentiscos, palmas, aulagas, romero, tomillo, zarzamoras...

—¿Y ésas plantas de color morado, cómo se llaman?

—Candilitos. Tienen una flor que le gusta mucho a los venados.

—¿Y ésas que hay junto al agua?

—Adelfas. Dicen que dan dolor de cabeza. ¡Pero no hay que creerse todas las supersticiones de la gente!

Otras veces caminan por el Paseo Viejo hasta llegar a las huertas, y luego, por la vereda del río, se acercan hasta las pasaderas, el galapagar, la fuente de los tres caños y las famosas “siete revueltas”...

Al lado de su padre aprende María Ignacia que no se puede ir al buen tuntún por el campo; que hay que tener cuidado con los perros balduendos ; con las puntas de los jarones y los cepos ocultos de los yerbazales; y sobre todo, con las víboras y los alicantes, aunque asegure el refrán que están completamente sordos: si la víbora viera y el alicante oyera, no habría hombre que al campo saliera...

Es un tiempo de refranes, romances y cantares. ¿Quién no ha escuchado los primeros versos de Fernández Grilo sobre las ermitas? Hay en mi alegre sierra/ sobre las lomas/ unas casitas blancas/ como palomas... Algunos se los saben de memoria, hasta el final:

¡Muy alta está la cumbre, / La Cruz muy alta!
¡Para llegar al Cielo, /Cuan poco falta!

Sin olvidar, naturalmente, las Rimas de Bécquer:

Volverán las oscuras golondrinas
en  tu balcón sus nidos a colgar...

Don Manuel contempla las aves desde una perspectiva menos literaria: es una buena escopeta y en cuanto puede, se pone los zahones cortos y se va a montear, cosa natural cuando se vive en un paraíso de la caza mayor y menor como éste. Pronto se acostumbra María Ignacia a las bromas y embustes de los cazadores, al guirigay de los rehaleros y al carlear ansioso de los perros en la madrugada.

Éste es el paisaje y el marco familiar y humano de la infancia de María Ignacia, una niña morena de ojos despiertos y vivaces. En una fotografía que le hacen durante estos años aparece sentada en el regazo de su madre con los ojos muy abiertos, como asombrados por el entorno privilegiado que la rodea.

Todo rezuma vida. Los montes albergan ciervos, jabalíes, zorros, conejos, gatos monteses, tejones, liebres y algún que otro corzo; los cielos, águilas reales, alimoches, cigüeñas, tórtolas, perdices y palomas torcaces; los ríos, anguilas y patos silvestres, somormujos y zampullines. ¡Hasta las entrañas de estas sierras guardaban, siglos atrás, minas de plata, mercurio y azogue, antes de agotarse!

¿Y Dios? Dios es, para su mente infantil, un Ser desconocido y lejano al que se implora, por medio de Santa Bárbara, cuando se desata la tormenta: Santa Barbara bendita/ que en el Cielo estás escrita/ con papel y agua bendita... Un Creador omnipotente y terrible, como aquellos truenos que cantaba Espronceda: Y del trueno/ Al son violento/ Y del viento/ Al rebramar...

Faltan todavía muchos años para que María Ignacia escriba, también con aliento romántico:

...la tempestad
de relámpago luciente
y ronco trueno, ¿verdad
que hablan del Omnipotente?

Al contrario que su esposa, don Manuel parece no tener fe. Sin embargo, se muestra tolerante en cosas de Religión . Es, aparentemente, un agnóstico, uno de ésos que piensan que la vida es una burla cruel; que la Muerte sólo conduce a la Nada; y que el Cielo es una vecchia fola, un viejo cuento, como cantaba Yago en el Otello de Verdi:

E credo l´uom gioco d´iniqua sorte
dal germe della culla
al verme dell´avel.
Vien dopo tanta irrision la Morte.
E poi? La Morte è ´il Nulla.
È vecchia fola il Ciel