Doña María Escobar

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Todo lo que sabían. Para comprender cabalmente esta expresión de doña Pepita hay que trasladarse al Hornachuelos de finales del siglo diecinueve : un pueblo pequeño, que no llega a los tres mil habitantes, y en el que, salvo algunas familias, como los García,  la mayoría vive —o malvive— del aceite y del corcho, como los Escobar.

Doña María Escobar es una mujer sencilla y trabajadora, buena cristiana, con mucha fe, una fe elemental quizá. “Era muy piadosa y siempre la recuerdo rezando” , evocaría años después su hija Braulia. Es, ante todo,  una buena madre de familia, trabajadora y discreta, que procura que sus hijos no hablen  mal de nadie. ¡Bastante ha sufrido ella en su propia carne los dimes y diretes de la gente!

De ella aprende su hija María Ignacia el pleno sentido de esta expresión: sacar adelante un hogar. Ésa ha sido la profesión de doña María, antes y después de casarse: sacar adelante un hogar. Un hogar de familia, ajeno al principio, que el amor ha convertido en el propio hogar.

Doña María le enseña a traer agua del pozo, a encender los candiles por la noche, a hacer las camas, a limpiar los azulejos y las solerías... “Porque en esas casas de la sierra — comenta doña Pepita— siempre hay tarea”. Hay que quitar el polvo a los cristales de los cuadros ingleses; aparejar los cojines del tresillo de mimbre; dejar la talla de San Rafael como los chorros del oro...

La lista sigue: hay que ordenar los baúles; dar lustre a los escopeteros; distribuir la loza por los aparadores; poner en hora el reloj de péndulo... Además, hay que darse una vuelta para comprobar si los trabajadores han dejado limpios los pesebres; si el aperador ha sacado la paja, la cebada y el afrecho.. ¡ah, y si le han dado ya la harina a los pavos!

Si no se está al tanto, en menos que canta un gallo se arma el revoltijo: y ya no hay quien encuentre las manceras, las horcas, los rastrillos, los costales ni las esparteñas...

Cada hora, cada día y cada estación tiene su propio afán. ¿No ha puesto Dios los peces en el río, las águilas en el cielo y las cigueñas en lo alto del almiar? Pues lo mismo sucede en la rueda del año: en verano hay que decirle a las muchachas que cierren las ventanas desde media mañana, para que no entre la calor. En otoño hay que preparar la matanza. En invierno, hay que apilar la leña junto al fogón y sacar los capotillos, porque en el monte, en cuanto te descuidas, te cae encima de sopetón un manto de agua...

En este ambiente serrano, bajo la campana de la cocina, entre el ir y venir de las empleadas que gobierna su madre, va aprendiendo María Ignacia los secretos del arte de cocinar: pestiños, hojuelas, conejo en pebre —que no en pobre, como dice la gente—, y ese bocado exquisito que es el chorizo de venado.

Hablando de secretos: todos los años, a comienzos de julio, doña María exclama invariablemente:

—¡Vaya! ¡No nos hemos dado cuenta y ya está San Abundio detrás de la puerta!

María Ignacia se dirige apresuradamente hasta la cancela, con la rapidez que le permiten sus tres o cuatro años. ¡El patrono del pueblo, aquí, en el Añozal!

Pero no hay nadie. Hasta que le explican que San Abundio es un santo antiguo que ya no vive en Hornachuelos. “Es un cura de cuando vivían juntos en este pueblo los moros, los judíos y los cristianos. Él se llevaba estupendamente con todos; pero  vino una persecución y lo mataron...”

Son historias del tiempo antiguo, de cuando había persecuciones y mataban a los cristianos; tradiciones y costumbres de otros siglos, que su bisabuelo le contó a su abuelo cuando se ganaba la vida bregando entre quejigos y durmiendo malamente en los charnaques.

Entreveradas con esas historias, doña María le refiere a María Ignacia cuentos y chascarrillos de la vida en las cortijadas, como las Ascalonias, o Zurraque, que es del Conde; y leyendas de bandoleros, como la de El Tempranillo, Juan Caballero o Los Niños de Guadix. Todavía queda algún bandolero suelto, haciendo fechorías por la serranía de Ronda, como El Pernales, que va sembrando el terror junto con El Niño del Arahal, su acompañante.

Estos años de infancia en la serranía cordobesa, entre un rumor de olivos estremecidos por el viento, son decisivos en la vida de María Ignacia, que se acostumbra desde pequeña al contacto diario con la naturaleza, al revoletear de los pájaros por los tejados, y a la bulla y el griterío de los cazadores ahuecheando  por las montañas.

En sus escritos, junto con los omnipresentes pájaros  —esos pajaritos mil/ que todo el día en los campos/ sus trinos dejan oir —, latirá siempre un deseo de aire puro, de grandes espacios para el alma, junto con una nostalgia de caminos y alamedas. Y nunca falta el recuerdo de las tormentas, los truenos y los relámpagos: aquellos relámpagos inesperados que resonaban, en las noches de invierno, como un latigazo por los cuchillares de la sierra.