1896. Al pie de Sierra Morena

 

Índice: María Ignacia García Escobar

“Qué coincidencia: hoy hace setenta años justos... Acabábamos de celebrar la Navidad y ella estaba a punto de marcharse. Parecía muy feliz... Y un día como hoy, precisamente, me regaló este cuaderno.

A veces me pregunto como podía ser tan feliz teniendo aquello... pero sí, lo era; o al menos, lo parecía. Debía serlo de verdad porque tenía ojos de enamorada. Pero, vamos a ver —me pregunta doña Pepita Herrera García, sobrina de María Ignacia García Escobar, en esta mañana de diciembre de 1999, con el característico seseo cordobés—. ¿Por dónde quiere usted que empesemo?

—Pues lo mejor será —le digo bromeando— que empesemo por el prinsipio.

—Pues para empezar por el prinsipio tendríamos que hablar de su padre y de su madre, digo yo... Es decir, de mis abuelos, que no eran todos de aquí”.

Este aquí es Hornachuelos, un pueblo andaluz al pie de Sierra Morena con un puñado de casas blancas que se asoman a un alto barranco con murallones de piedra. Es un pueblo antiguo, que fue habitado por los árabes allá por el siglo XII —el furnuyulush que describió Al-Idrisi—,  cargado de historia y de  leyendas. Fue reconquistado en 1240 por Fernando III el Santo; declarado señorío en 1637; condado en 1640; ducado en 1868...

Un pueblo señorial, de porte aristocrático, con escudo santiaguista en la fachada del Ayuntamiento, iglesia mudéjar, fortaleza mora y patios emparrados, como tantos pueblos de Andalucía ; y con una canción que alaba la belleza de sus mujeres, como la mayoría de los pueblos del mundo:

¡Viva Hornachuelos!
¡Vivan de sus muchachas
los ojos negros!

“... algunos de mis abuelos no eran de aquí —prosigue contando doña Pepita— y llevaban una vida muy diferente entre sí. Por ejemplo, mi familia por la rama paterna, es decir, por la parte del padre de mi madre, estaba muy bien situada. Estos bisabuelos se llamaban Antonio García y María Ignacia Durán, y tenían, por lo que yo sé, unas cuantas casas, varias fincas, unas huertecillas... y eso, a finales del siglo pasado, suponía bastante.

Los padres de mi abuelo materno pudieron darle carrera a todos sus hijos, o por lo menos a casi todos; y los llevaron a los mejores colegios. Por ejemplo, mi abuelo Manuel estuvo estudiando  Medicina en Cádiz. Allí vivía en una pensión y la patrona, que se llamaba Braulia...

Pero eso se lo contaré luego; porque por esos mismos años, allá por 1880, poco más o menos, otros bisabuelos míos, los padres de mi abuela, la madre de mi madre,  pasaban en este pueblo muchas penurias y calamidades.

El padre de mi abuela materna se llamaba Antonio Escobar y era extremeño, de la parte de Jerez de los Caballeros. De joven estuvo trabajando en casa de una marquesa, y luego se vino aquí, a ganarse la vida como talador.

Su mujer, mi bisabuela, se llamaba Fernanda. Fernanda Durán. Es el mismo apellido que el de mi otra bisabuela, pero no eran parientes. Tuvieron cinco hijos: cuatro varones y una hembra, María. En el pueblo los llamaban los humeas.

Eso es porque debían de ser muy morenos, me dicen a veces; pero no,  que todo tiene su explicación: los conocían como los humeas porque mi bisabuelo Antonio, que era el manijero de los taladores, era siempre el primero que se levantaba por las mañanas cuando estaban en el campo. Parece ser que era una persona muy madrugadora y muy bien dispuesta para el trabajo.

Eso lo heredaron sus hijos, porque su madre, mi bisabuela Fernanda, tenía fama de ahorrativa, y decían que iba siempre con la faltriqueras llenas, con todos los dinerillos que había ido guardando... Pero, ¿por qué le contaba yo esto? ¿Por dónde iba?

¡Ah!, porque todas las mañanas, al levantarse, mi bisabuelo Antonio salía del chozo, juntaba la charabasca y hacía lumbre para calentarse un poco, porque por estas sierras hace mucho frío por las madrugadas; y los otros taladores, al ver como humeaba el chozo tan temprano, comenzaron a decir:

—¡Mira, Antonio! ¡Ya humea!

Humea, humea... Y con humea se quedó.

Era un tiempo en el que la gente del campo pasaba muchas necesidades. Las sigue pasando, pero ya no es como antes, gracias a Dios, con aquellas tremendas diferencias sociales, y aquellas luchas, y aquellos odios...

Pero sigamos. En cuanto pudo, María, la hija pequeña, que era una mocita tan bien dispuesta como sus hermanos, se colocó como empleada doméstica en la casa de mis bisabuelos paternos. No sé yo cuanto tiempo estaría allí; supongo que unos dos o tres años, más o menos. Y precisamente durante aquel tiempo, hacia 1890, terminó la carrera mi abuelo Manuel —el que estudiaba Medicina en Cádiz—, y se vino a Hornachuelos.

Y al llegar aquí se puso enfermo de viruelas.

Entonces la viruela era una enfermedad muy contagiosa. Empezaban a desfigurarse... Algo terrible. Se moría la gente sin remedio. Y en cuanto uno se  enfermaba, la gente se retiraba de su vera como si fuera... yo que sé.

Mi abuelo sufrió mucho. Ni siquiera los de su casa se atrevían a acompañarlo... Sólo se acercaban a su cabecera su padre, su madre... y María, la empleada doméstica, que le atendía, le lavaba la ropa, le llevaba la comida, le cuidaba y le daba las medicinas sin ningún reparo.

Y así... se enamoraron.

Ése fue el comienzo de la historia. Porque en cuanto mi abuelo Manuel se curó de la viruela, le propuso matrimonio. Ella le dijo que sí; pero como era de esperar, la  familia de mi abuelo puso el grito en el cielo: hijo mío, pero qué van a pensar en el pueblo, qué van a decir...

La verdad es que en el pueblo no tenían por qué pensar ni por qué decir nada: a partir de entonces para ellos dos no hubo ni otro hombre ni otra mujer. Pero en esa época se miraban mucho esas tonterías de la clase y la  posición, cuando en el matrimonio lo que importa verdaderamente es que las personas se quieran. Eran cosas del siglo pasado. ¿Qué digo yo? ¡De hace dos siglos!

Y sus padres  seguían, dale que te dale, unas veces por las malas y otras por las buenas:

—¿Pero, hijo mío, por qué no te buscas un buen partido, una muchacha de tu misma posición?

Y pasó lo de siempre: que hubo quien habló más de la cuenta. Las lenguas de doble filo, que dice la canción...

Parece una historia romántica, ¿verdad? Pero es que lo fue. Además, ¡éste es uno de los pueblos más románticos que existen! Por algo el Duque de Rivas, que es uno de los poetas más grandes que hemos tenido, puso Don Álvaro, una obra de teatro suya, muy conocida,  precisamente aquí .

Bueno, yo no sé si ahora se mentará esa obra de teatro tanto como antes, pero desde luego en este pueblo nos la sabemos de memoria. ¿La ha visto usted? Comienza cuando don Álvaro, que es el protagonista, se enamora de doña Leonor, que es la hija de un marqués... El marqués de Calatrava, me parece. Es una historia muy complicada. La familia se opone (por lo mismo que se oponía la familia de mi abuelo: porque no consideraban a la niña, a María, de su misma posición) y entonces se fugan; mejor dicho; intentan fugarse. Y cuando están en ésas,  se le dispara una pistola a don Álvaro y mata sin querer al marqués. Un drama...

Luego suceden muchas aventuras: doña Leonor se viene aquí para esconderse; don Álvaro se va a Italia; allí le persigue el hijo del marqués; se baten en duelo; lo mata; se viene a España, y acaba, mire usted por donde, refugiándose en Hornachuelos, sin saber que ya estaba aquí doña Leonor. Entonces es cuando dice aquellos versos:

piedad pediré a las fieras
que habitan en estos riscos,
alimento a estas montañas,
vivienda a estos precipicios...

Sin embargo la historia de mis abuelos, aunque fue muy romántica también, acabó estupendamente. La familia cedió y se fueron a vivir al Añozal, que es una finca muy hermosa que se ve desde el otro lado del pueblo. La casa está arriba, en todo lo alto del monte, como las ermitas de Córdoba, y tiene unas vistas estupendas; y  tiene además, sus buenas fanegas de encinas y  alcornoques.

Esa fue la causa por la que mi abuelo Manuel acabó dejando la Medicina: para dedicarse a la finca. Aunque la gente seguía subiendo allí un día sí y otro también: “don Manuel ¿podría usted venir a mi casa, que tengo un chiquillo que...?”. “Don Manuel, que mi niña se me ha puesto mala... ”.   Y mi abuelo, como tenía tan buen corazón, siempre iba; y a los que no podían pagar, que eran la mayoría, no les cobraba .

Tuvieron bastantes hijos: diez;  pero cuatro se le murieron de chicos. El mayor de todos fue mi tito Antonio;  luego vino mi madre, que es del 93. Tres años después nació mi tita María Ignacia, en 1896. Le pusieron María por su madre; Ignacia, por su abuela paterna.

En el año uno nació mi tita Braulia. Le pusieron ese nombre en recuerdo de aquella  patrona que tuvo mi abuelo cuando estudiaba en Cádiz, que lo trató muy bien. Antes ese nombre era bastante corriente;  pero ahora me parece que sólo hay una señora en el pueblo que se llame así. Y poco después, nacieron mi tito Enrique y mi tito Manuel.

Mi tía María Ignacia tuvo una infancia muy feliz. Además era la preferida de mi abuelo. Se comprende, porque era muy agradable y muy graciosa de carácter. Tenía el genio alegre, como el título de aquella comedia de los Quintero.

Tardó bastante en ir a la escuela, lo mismo que mi madre, porque mis abuelos no tenían esas prisas que tienen los padres de ahora... Los criaron en el Añozal, y allí le fueron enseñando  todo lo que sabían”.