Sololá, agosto de 1995

 

Índice: María Ignacia García Escobar

Es agosto de 1995 y estoy  en Sololá, en el corazón de la cultura maya, escenario de una guerra que parece no acabar nunca. “A cada lado de esta carretera –me comentaba el guía, cuando veníamos para acá en uno de los jeeps— había casas, pueblitos, gentes... Ahora no hay nada...  la violencia acabó con todo”.

He llegado a esta pequeña ciudad del altiplano guatemalteco con los cooperantes de una ONG madrileña. Traemos en los jeeps varias toneladas de medicinas para esta diócesis donde los indígenas sufren desde hace años, además de la guerra y de la pobreza, una terrible epidemia de cólera.

Pregunto por el Obispo, Mons. Eduardo Fuentes, hombre muy querido por estas gentes por la formidable tarea de  humanitaria y espiritual que está llevando a cabo.

“Es allí” me indican unos niños, señalando una casita blanca junto al Seminario. Aparcamos los  jeeps. Comienzan a descargar las medicinas.  Entro en el zaguán –—dos bancos de madera corridos y una ventana desde la que se divisan los tres volcanes y el lago— donde aguardan para hablar con su obispo varios indígenas de la zona: una indita de vestido multicolor con un niño a la espalda, un anciano descalzo y un campesino joven, de tez morena y gesto sonriente, también descalzo. Me miran con asombro. Debo parecerles, con mis rasgos europeos, zapatos y camisa de algodón, un tipo pintoresco.

—¿Norteamericano? — me pregunta el joven campesino.

—No, no, español. De España.

—¡Ah, pues habla muy bien nuestra lengua!

—Sí; es que en mi tierra también hablamos castilla —le aclaro, sin ironía de ningún tipo. ¿Por qué razón deben conocer estos indígenas donde está la cuna del castellano, cuando a la mayoría de mis compatriotas les costaría —tanto como a mí, hasta hace pocas semanas—  localizar la tierra de los quichés en un mapa?

—¿Y cómo ha dicho que se llama su tierra?

—España.

Gestos de sorpresa. Intento situarles.

—España, Andalucía... ¿No les suena?

No. No les suena en absoluto.

—¿Y Roma?

Alivio general. ¡Naturalmente que han oído hablar de Roma, ese lugar lejano donde vive el Papa!

—Pues de allí –aclaro—; de un país que está más o menos cerca de Roma, vengo yo...

En esto, abre la puerta Mons. Fuentes, un tipo vigoroso y sonriente, muy alto, con la complexión de un jugador de baloncesto. Debe tener cincuenta y pocos años. Me invita a pasar, y hablamos durante largo rato de las medicinas, de la epidemia de cólera y de los graves problemas que sufre esta diócesis desde hace años. Me dice cuánto le ayuda el espíritu del Opus Dei —es miembro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz— en su trabajo pastoral, tan duro y difícil en estos tiempos de violencia, “aunque parece que está a punto de firmarse la paz”. Los indígenas, me dice, oyen hablar de esa paz con escepticismo:  les parece un sueño después de treinta años de guerra.

No todo son desgracias; hay muchos motivos para la esperanza, me cuenta: en el seminario Nuestra Señora del Camino, que comenzó hace doce años, hay más de cien seminaristas;  en el preseminario, casi cuarenta... Comienza a hablarme, entusiasmado, de sus proyectos pastorales y de las futuras construcciones, hasta que en un determinado momento se interrumpe y, señalándome la portada de un folleto que escribí en 1992, me dice;

—Pero yo quería que habláramos de María Ignacia.

. Me sorprende ver la fotografía de María Ignacia, que viene en la portada del folleto, aquí, en este país del trópico, en un entorno exótico de quichés y katchikeles.

—¿De María Ignacia?

—Sí. Su figura me interesa mucho.

El  interés de este obispo me recuerda mi última entrevista, pocos meses antes, en España, con Juan Jiménez Vargas. Una entrevista inolvidable.

Jiménez Vargas había convivido estrechamente con el Fundador durante varios años, y le pedí que me hablara de algo que le hubiese impresionado especialmente. Estuvo cavilando un rato, con el mentón apoyado en el pulgar, hasta que  me dijo:

—Fue en 1933. El Padre me pidió que le acompañara al Hospital del Rey, para atender a una persona. El Hospital del Rey era un  hospital de tuberculosos que estaba en las afueras de Madrid, en Chamartín, que era entonces un pueblo separado de Madrid. Allí estaba una de las primeras, María, gravemente enferma. Y además de la tuberculosis, tenía tres o cuatro enfermedades más. De hecho, se murió poco después.

Y el Padre comenzó a darle encargos para cuando estuviese “al otro lado”. Estábamos en los comienzos... no había nada...  y le fue pidiendo que rezara por todo aquello... María le escuchaba y asentía con mucha fe...

Nunca he podido olvidar aquello.

Poco después, en abril de 1992, hice un viaje a Roma y visité la Sede Central del Opus Dei. Comprobé que la figura de esta mujer cordobesa seguía estando muy presente para Álvaro del Portillo, primer sucesor del Fundador.  Don Álvaro me dijo que, aunque no había llegado a conocer a María Ignacia, había rezado por ella durante años, porque el Fundador le pidió en 1935 que se acordara de ella en su Misa.

Hasta que varios años después, le dijo el Beato Josemaría:

—Pero Álvaro, ¿por qué la encomiendas a diario en la Santa Misa, si desde el primer momento está en el Cielo? Más que rezar por ella, lo que hay que hacer es... ¡encomendarse a ella!

Un mes después, en mayo de 1992, durante la ceremonia de beatificación de Josemaría Escrivá, en medio de las trescientas mil personas que abarrotaban la Plaza de San Pedro,  pensé en el simbolismo de aquel encuentro de 1933 en el Hospital del Rey. Tres personas: Josemaría Escrivá, María Ignacia y Juan Jiménez Vargas.  Un sacerdote, una mujer enferma y un médico joven, en un marco de sufrimiento, esperanza y oración. El Fundador, una de las primeras, uno de los primeros. Me pareció una imagen expresiva, certera y sugerente, de los comienzos del Opus Dei...

Le comento todos estos recuerdos y coincidencias a Mons. Fuentes, y compruebo, durante la conversación, que también a este obispo centroamericano le ha impresionado vivamente, como a  Juan Jiménez Vargas, la actitud de María Ignacia ante la vida y ante la muerte;  su sonrisa perenne en medio del dolor;  su fe inquebrantable cuando el Opus Dei no era humanamente nada.

Hablamos ampliamente sobre María Ignacia, sobre  su fe y su esperanza en las horas difíciles, cuando el Opus Dei parecía sólo el sueño de un sacerdote. Al terminar, me acompaña hasta el jeep. Los integrantes de la ONG que me acompañan han terminado de descargar las medicinas. Nos hacemos una fotografía de recuerdo y nos despedimos. Antes de irnos,  Mons. Fuentes me dice en voz baja:

—Aquí también vivimos de fe y de esperanza.

¿Intuía ya Mons. Fuentes, en aquel agosto de 1995, que...? Lo ignoro; pero dos años después, en agosto de 1997, cuando lo enterraron en la catedral de Sololá entre una muchedumbre de inditos que bajaron desde sus aldeas para darle su último adiós, pensé que aquel joven obispo centroamericano debía presentir ya, de algún modo, en aquel día de agosto, que también él iba recorrer, en breve, el mismo camino que María Ignacia.

A los pocos meses de nuestra entrevista, cayó gravemente enfermo. Aceptó los sufrimientos causados por su enfermedad incurable con una sonrisa en los labios . El Señor le pidió, como a María Ignacia, que se marchara cuando todo estaba en los comienzos.

—La vida de María Ignacia —me dijo durante nuestra conversación— deja como un regusto de paz y de alegría...

La paz, la alegría: dos grandes anhelos de esta cultura de perfiles hedonistas que no encuentra respuestas para el sufrimiento, y que pierde esa paz y esa alegría cuando no puede evitar el dolor. La vida de María Ignacia resulta, por esa razón, tan desconcertante como sugestiva. ¿Es posible vivir y morir feliz, en medio del dolor? ¿Cómo?

Nos interesa conocer esa respuesta, porque en la biografía de cada persona acaba abriéndose, tarde o temprano, la página del sufrimiento. Y nos interesa a todos, viejos y jóvenes, sanos y enfermos, ya vivamos en la cuna de la cultura maya, en esta ciudad de los quichés azotada por la violencia, o en Hornachuelos, un pueblo de Córdoba donde comienza este relato, en Andalucía, España...

¿España? Sí, España: ese país desconocido, que está allá lejos, en Europa, cerca de Roma.