Hacia los altares

 

Índice: Isidoro Zorzano

El sábado 17 de julio, a las 10 de la mañana se celebraba el funeral solemne por el alma de Isidoro, en la Parroquia de San Agustín. Pero había que ocuparse también de asuntos materiales.

Ya el día mismo del entierro se había entregado en las dependencias municipales la cartilla de racionamiento de Zorzano: eran los años de escasez, posteriores a la guerra, y constituía delito que alguien adquiriese el cupo de alimentos correspondientes a un difunto.

Por otra parte, José Luis Múzquiz fue al Sanatorio de San Francisco, para retirar la ropa y efectos personales de Isidoro. Como en toda familia pobre, el Padre hizo que se repartiesen los objetos utilizables. El propio José Luis conservó la cadena y aro del llavero. El abrigo que por fin comprara Zorzano estaba casi nuevo: con unos pequeños retoques fue para Pepe Casciaro. A José Manuel Casas le correspondió la pluma...

Emplear esas cosas significaba para ellos recordar al hermano fallecido. Pronto fueron tomando conciencia de que no eran simples objetos cargados de valor afectivo. José Manuel descubrió que prestar la estilográfica era un modo de acudir a la intercesión de Isidoro, en favor del usuario ocasional. Al ver a Pepe con su abrigo, el Beato Josemaría le advirtió: «Hijo mío, vas metido dentro de una reliquia».

También Fray José López Ortiz, al ser nombrado Obispo de Tuy-Vigo, pidió —y obtuvo— un trozo del anillo de Isidoro, para fundirlo como reliquia en su propio anillo episcopal.

Estaba comenzando a difundirse la fama de santidad de Zorzano. A los pocos días de su fallecimiento, quienes lo conocieron redactaban notas con sus recuerdos personales del ingeniero. La correspondencia familiar entre los fieles del Opus Dei reflejaba «la alegría de saber que [...] pronto (¿qué son unos años?) nos volveremos a reunir definitivamente»; «Ninguno dudamos de que estará en el Cielo sin pasar por antesalas». El Padre mismo les había dicho: «Tengo la convicción absoluta de que no ha pasado por el Purgatorio».

Esta persuasión no excluía el ofrecimiento de sufragios. En Madrid se celebraron misas gregorianas; y a los que estaban fuera de la capital se les indicó: «Puedes encargar una Misa por el alma de Isidoro y ofrecer por él rosarios, mortificaciones, etcétera».

Con buen sentido teológico —sólo la Beatificación deja fuera de lugar los sufragios— el consejo fue secundado..., pero sin demasiado convencimiento sobre su necesidad: «En el pueblo donde yo estaba veraneando» —escribió uno— «el párroco tenía comprometidas por bastante tiempo las intenciones de las Misas. Fui a otro pueblo, situado a unos kilómetros de allí; pero tampoco aquel párroco tenía intenciones libres. Al fin, en otro pueblo pequeño, a cinco o seis kilómetros, pude encargar que celebrasen un septenario de Misas. Yo iba encantado todas las mañanas a aquel pueblo, como quien va a una Misa de fiesta. Aunque tenía que subir en la bicicleta una cuesta de varios kilómetros de mala carretera (en ayunas y con un calor respetable), recuerdo que la subía con mucha alegría, pidiéndole cosas a Isidoro a cada esfuerzo que hacía sobre los pedales». Alguno se sintió perplejo al recibir el primer telegrama: «Me extrañé cuando me dijeron que ofreciera sufragios por su alma, pues al enterarme de su muerte pensé que no los necesitaría».

Federico Suárez explicaba muy bien la evolución interior experimentada por todos: «Recé por su alma durante algún tiempo, sin mucha convicción. Me parecía que no lo necesitaba, pero lo hacía por si acaso, incluyendo además a los de la Obra que habían muerto antes. Al poco tiempo, le rezaba ya condicionalmente: si lo necesitaba. Si no, le rezaba a él por los difuntos de la Obra, si acaso alguno lo necesitaba, para que le ayudase. Muy poco tiempo después dejé de rezar por Isidoro, para rezarle a Isidoro».

Las plegarias eran atendidas. Existen más de 4.000 relaciones firmadas, de favores atribuidos a la intercesión de Isidoro, en 27 países. Nada más morir Zorzano, la residencia de estudiantes de la calle Jenner se trasladaba, ya con carácter definitivo, a unos chalets junto a la Ciudad Universitaria. El ingeniero había rezado mucho por ello y se pudo decir que «los frutos apostólicos que se obtuvieron en el Colegio Mayor Moncloa hay que atribuirlos a la oración y a las mortificaciones de Isidoro» en vida; y a su intercesión, una vez en el Cielo.

Sin haber transcurrido tres meses, la Santa Sede concedía su «nihil obstat» para la erección de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: otra de las grandes intenciones de Isidoro. Y antes de un año, el 25 de junio de 1944, se ordenaban los tres primeros sacerdotes del Opus Dei: don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica (Chiqui, hasta entonces) y don José Luis Múzquiz.

Una hermana de Francisco Botella, Josefina, que llevaba seis años enferma de tuberculosis pulmonar bilateral, en octubre de 1943 recibía del Beato Josemaría el consejo de pedir a Dios la salud por intercesión de Isidoro, de quien le hizo llegar una reliquia: en el mes de diciembre las lesiones de sus pulmones estaban sanadas. Se había iniciado una larga serie de curaciones sorprendentes.

En otro orden, más cotidiano, muchas personas empezaron a comprobar que bastaba encomendar el asunto a Zorzano, para encontrar unas llaves perdidas, para conseguir al instante un taxi libre, para lograr un puesto de trabajo, para que no le hubiera sucedido nada al niño que se cayó de la cuna, o para salir bien de unos exámenes...

Zorzano en el Cielo seguía siendo ingeniero y una de sus especialidades —pronto se descubriría— eran los problemas técnicos y de transporte: que se pusiera en marcha un motor rebelde; que se desatascara un engranaje; que un tren «esperase» al viajero que llegaba tarde a la estación; e incluso que aterrizase felizmente y en su punto de destino, sin radio, un avión incendiado en vuelo transoceánico.

Quien, durante su vida terrena, debió llevar tantas contabilidades y administrar tantas escaseces no podía por menos de conservar, en el Cielo, una particular sensibilidad para los apuros económicos. Personas que no veían modo de hacer frente a un pago inaplazable, tras encomendar el caso a Zorzano, recibían la cantidad precisa, por vías inesperadas. A otro le concedían el crédito, denegado durante mucho tiempo, para comprar un piso; un estudiante conseguía la beca necesaria para concluir sus estudios. Aquel comerciante cobraba, por fin, la fuerte deuda de un moroso inveterado...

Isidoro, como es lógico, se mostraba especialmente pronto en conseguir de Dios respuesta para las peticiones de corte sobrenatural: la conversión de un pariente, la confesión de un enfermo grave, la reconciliación de un matrimonio prácticamente roto, la serenidad en la hora de la muerte o el descubrimiento de la propia vocación.

Los viajes profesionales de personas del Opus Dei a diversas naciones hicieron saltar la fama de Zorzano fuera de España: se comenzó a invocarlo en Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia, Portugal, Suiza, Argentina, Canadá, Cuba, Estados Unidos, México... De todas partes afluían testimonios de devoción, peticiones de reliquias y noticias de favores.

Ahora bien, la Iglesia considera que la fama de santidad después de la muerte constituye una señal de la voluntad divina: ese «plebiscito» espontáneo denota la actuación del Espíritu Santo en el Pueblo de Dios, que pide la glorificación eclesial de los difuntos santos.

Antes de dar ningún paso, el Beato Josemaría estimó prudente conocer el sentir de las personas ajenas al Opus Dei que hubieran tratado a Zorzano: en La Rioja, en Madrid y, sobre todo, en Málaga, donde Isidoro había trabajado durante los primeros años de su vocación.

El 29 de noviembre de 1947 un encargado de la Postulación se acercaba, en Madrid, por la Oficina de Material y Tracción de RENFE. Cuando los subordinados de Isidoro descubrieron el motivo de la visita, llamaron a sus compañeros: «¡Van a hacer santo a Zorzano!». Todos exultaban y comenzaron a desgranar sus recuerdos. Hubo que volver, tres días después, para continuar la tertulia. Los empleados, que hablaban de su antiguo jefe con lágrimas en los ojos, quedaron en poner por escrito sus testimonios. Se les indicó que también deberían anotar posibles detalles negativos. La respuesta unánime fue: «No habrá nadie en el Servicio que sepa nada malo». Poco después firmaban una declaración colectiva sobre la santidad de don Isidoro.

Una semana más tarde se repetía la escena en Málaga, donde viajó don José Luis Múzquiz. Saludó en primer lugar al ingeniero Antonio López Julio. Aseguró éste que Zorzano era «un verdadero Santo», y dio todo tipo de facilidades para interrogar a los viejos empleados de Isidoro. Segundo Revidiego y otro compañero, peritos industriales ambos, lloraban al hablar de su antiguo profesor y jefe: «Ahora llamamos a algunos obreros y ordenanzas. Verá usted cómo, sin saber de qué se trata, van a alabarle todos». La previsión resultó certera. Uno tras otro, respondían: «Era un santo, nos ayudaba dándonos clases después de las horas de trabajo», «Se interesaba por nuestras cosas, por nuestras familias»... Al enterarse de que don Isidoro tal vez fuera canonizado, un ordenanza puntualizó: «Eso es poco para él. Si pudiera hoy darle la vida, se la daría».

De regreso a Madrid, don José Luis coincidía en el tren con Revidiego, que aprovechó la ocasión para remachar el clavo: «Mire usted, don Isidoro era un santo; y estas cosas —la Causa de Canonización— hay que llevarlas adelante». En los Talleres —añadió— «algunos que se enteraron de que había estado usted [...] y que yo no les había avisado, se molestaron conmigo, porque querían también declarar y hablar bien de don Isidoro... Y la mayoría de estos obreros políticamente eran del campo contrario a don Isidoro...». Pero, ¿cuál era el campo de Zorzano? Aclaración inmediata: «Don Isidoro nunca se metió en política... Sabíamos todos que era muy religioso». Por eso los comunistas lo consideraban adversario. Pero todos lo tenían por Santo. Como sus colegas, o los compañeros de excursiones, la gente de la pensión, los golfillos de la Casa del Niño Jesús, los profesores y alumnos de la Escuela Industrial... Multitud de anécdotas acerca de Isidoro en sus años andaluces llegaron a conocimiento de don José Luis que, con su viaje, había despertado las aguas del recuerdo. A mediados de enero, un abogado escribía a un sobrino de Madrid: «En la Escuela Industrial se habla ahora mucho de un Sr. Zorzano. Dicen todos que era un Santo varón. Según parece, tiene algo que ver con el Opus Dei. Todo el que lo trató coincide en que se trataba de un hombre extraordinario. ¿Sabes algo de esto?».

Había llegado el momento de iniciar su Causa de Canonización. Don Álvaro del Portillo sería, inicialmente, el Postulador; y don José Luis Múzquiz, el Vicepostulador en España. Sin pretensión alguna de culto público, ni de prejuzgar las decisiones de la Iglesia, se imprimieron estampas con una oración para la devoción privada, cuyo texto definitivo decía: «Dios Todopoderoso, que llenaste a tu Siervo Isidoro de abundantes tesoros de gracia en el ejercicio de sus deberes profesionales en medio del mundo: haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario y llevar la luz de Cristo a mis amigos y compañeros; dígnate glorificar a tu Siervo y concédeme por su intercesión el favor que te pido. Así sea». A la edición española siguieron otras en 25 países más.

Pronto apareció también la «Hoja informativa sobre la vida y fama de santidad del Siervo de Dios Isidoro Zorzano». Las hojas se publicaron en Alemania, Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Inglaterra, Irlanda, Italia, México, Portugal y Venezuela. En la primera se notificaba el inicio del Proceso ordinario o informativo: «El 11 de octubre de 1948, fiesta de la Maternidad de la Virgen, tuvo lugar la sesión de apertura del proceso de beatificación de Isidoro. El solemne acto fue presidido por el Excmo. y Rvdmo. Señor D. Leopoldo Eijo y Garay, Patriarca de las Indias Occidentales y Obispo de Madrid-Alcalá». Asistieron Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, parientes del Siervo de Dios, ingenieros, antiguos alumnos, colegas y subordinados de Zorzano, así como fieles del Opus Dei.

La fama de santidad y la devoción a Isidoro experimentaron una explosión. En mayo de 1950 se descubría en la Escuela de Peritos de Málaga una lápida en memoria del antiguo profesor. El Obispo diocesano, en su discurso, invitó a los asistentes a imitar la santidad del Siervo de Dios. (Se daba la circunstancia de que Mons. Ángel Herrera Oria, de laico, había sido en toda España el alma de los «Estudiantes Católicos» y de la Acción Católica, que tanto trabajo, abnegado y lleno de contradicciones, supusieron para Zorzano en Málaga.) Más adelante se ponía el nombre de Isidoro a una calle en el barrio ferroviario de Calatayud (Zaragoza). Y se multiplicaron los libros, artículos de revista y reportajes o comentarios periodísticos acerca del «ingeniero de Dios», como lo designó su primer biógrafo, el americano D. Sargent.

La fase diocesana de la Causa incluía tres procesos: sobre la fama de santidad, virtudes y milagros; sobre los escritos del Siervo de Dios; y sobre la ausencia de culto público.

Se tomó declaración a 70 testigos. Entre otros, a las hermanas de Isidoro; a viejos amigos, como Salvador Vicente o Anselmo Alonso; a compañeros de estudios y colegas. Declararon discípulos de la Escuela Industrial de Málaga y subordinados de los Ferrocarriles Andaluces. También el jefe de Isidoro, tanto en Málaga como en Madrid; Mariquita, la sirvienta de la pensión «La Veleña»; el Presidente de la Sociedad Excursionista; y un antiguo asilado en la Casa del Niño Jesús.

Pasaron igualmente ante el Tribunal otros amigos de Málaga. Y fieles del Opus Dei: testigos de años difíciles (Juan Jiménez Vargas, José María González Barredo, Ricardo Fernández Vallespín, José María —Chiqui— Hernández de Garnica...) o de los más jóvenes (como José Javier López Jacoíste, Ignacio María de Orbegozo, José María Casciaro y otros). Y empleados de RENFE. Tampoco faltó el testimonio de los doctores, enfermeras y religiosas de los sanatorios de San Fernando y San Francisco de Asís.

El conocido literato José María Pemán escribió sobre la fama de santidad de Isidoro por tierras gaditanas, donde se estrenara como ingeniero. Prestaron declaración el Obispo de Tuy-Vigo, Fray José López Ortiz, y varios sacerdotes. La serie de testimonios se cerraría con la del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.

El 19 de abril de 1961 se celebraba en Madrid la última sesión y la clausura del proceso informativo. Como lo hiciera en la apertura, el Obispo Patriarca Eijo y Garay presidió el acto. La documentación pasó a la Santa Sede.

Por otra parte, en febrero de 1964, tuvo lugar en Montreal (Canadá), bajo la presidencia del Arzobispo-Cardenal Léger, el proceso eclesiástico sobre la curación repentina de un tumor, atribuida a la intercesión de Isidoro.

El 21 de octubre de 1965, la Santa Sede decretaba el nihil obstat sobre los escritos de Zorzano. El 31 de marzo de 1969, según normas de la Sagrada Congregación de Ritos, un tribunal eclesiástico procedió, en el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena (Madrid), a la exhumación y reconocimiento de los restos mortales de Isidoro. Una vez practicadas las diligencias canónicas, fueron trasladados al nicho número 60, en la fila 3», Sección C, del mismo Cementerio. Sobre la lápida hay una Cruz y el texto In Pace, con dos fechas: 13-IX-1902 y 15-VII-1943.

Posteriormente, y en conformidad con las nuevas normas canónicas, el Arzobispo de Madrid, Cardenal Suquía, constituyó un Tribunal para efectuar la llamada investigación diocesana adicional. Se clausuraba el 17 de junio de 1994. Las actas de este Proceso y los ocho volúmenes de documentación recopilada se remitieron a la Congregación para las Causas de los Santos, que dio su «Decretos de validez» el 30-IX-1994. Actualmente se preparan los estudios, previstos por la legislación eclesiástica, sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios.