Santa Alicia y San Fernando

Índice: Isidoro Zorzano

Dos o tres días después del paseo por Alcalá de Henares, Isidoro ya no puede levantarse de la cama. El médico aconseja que lo visiten otros doctores, para celebrar consulta. El Fundador, además, busca un médico de cabecera para el seguimiento cotidiano del enfermo.

El doctor César Serrano recuerda cómo el Padre le explicó que Zorzano era uno de los primeros fieles del Opus Dei. Aunque Isidoro no tiene curación, don Josemaría querría que pudiese ver, antes de morir, a los primeros sacerdotes de la Obra. Para que esté mejor atendido, sugiere ingresarle en un sanatorio, donde Serrano pueda cuidarlo. Además, junto a Zorzano habrá siempre alguien del Opus Dei.

Enfermedad de Hodgkin. Anuncio de la muerte. Ofrece su vida. Intenciones para cuando llegue al Cielo

El médico relata: «Después de ponerme el Padre en antecedentes, pasamos juntos al cuarto de Isidoro y tuve el honor de conocerle. Había con él un acompañante, que hacía de enfermero y le cuidaba solícitamente, con una abnegada caridad que me conmovió.

»El enfermo era un hombre joven, demacrado, que me recibió con una franca sonrisa, con gran afecto sincero, espontáneo y natural, que subyugaba y atraía desde el primer momento, contrastando intensamente, y al primer golpe de vista, con una naturaleza minada por grave enfermedad, a juzgar por la intensa demacración, la intensa fiebre que le consumía y la gran fatiga que le ahogaba, obligándole a estar medio sentado en la cama».

A la vista de los análisis, radiografías, etcétera, y tras un detenido reconocimiento, Serrano confirma sin la menor duda el diagnóstico del doctor Alix: Isidoro padece una linfogranulomatosis maligna de localización torácica.

Se trata de una tumoración cancerosa de los ganglios linfáticos, cuyas víctimas son, sobre todo, varones entre los 30 y los 45 años. Su evolución es relativamente lenta: unos dos o tres años. Produce gran agotamiento; pérdida progresiva del apetito, del peso y de las fuerzas; a menudo, picores intensos y dolor sordo de los ganglios; extrañas elevaciones de la temperatura, sobre todo por las noches, con sudores copiosos y escalofríos. A medida que avanza el mal, se pronuncian la anemia y la fatiga. En el caso de Isidoro, las masas ganglionares comprimen concretamente los bronquios principales, de forma que su capacidad pulmonar está reducida a una cuarta parte: de ahí el enorme esfuerzo y cansancio que le supone incluso el hablar.

Puede durar dos días o unos meses. Aunque Isidoro está preparado para el gran tránsito, el Beato Josemaría quiere que saque todo su partido al tiempo que le quede, y le comunica el pronóstico, a la vez con delicadeza y claridad. Se emociona por la reacción, extraordinariamente sobrenatural, de Zorzano y la comenta con sus hijos.

Aun consciente de su gravedad, el ingeniero no suponía tan próximo el desenlace, y no puede impedir en su rostro un primer gesto, instintivo, de repugnancia: quizá, más que a la muerte, a las fases finales de la enfermedad. Es un ser humano y la perspectiva le contraría. Por eso mismo, impresiona más su reacción inmediata, de fe y alegría: pide permiso al Padre para ofrecerse a Dios como «víctima» por la Iglesia y por la Obra. Pide autorización para ese ofrecimiento —recomendado por algunos autores ascéticos—, porque lo normal en el Opus Dei es santificar, con sencillez y naturalidad, tanto la salud como la enfermedad; y, después de haber trabajado muchos años por el Señor y por la Iglesia, morir en la cama «exprimidos como un limón», según suele repetir el Fundador. Por otro lado, sus hijos no deben considerarse víctimas: rigurosamente hablando, la única Víctima es Cristo. Pero con Isidoro hace una excepción y le da el permiso. Los demás comprenden que en el caso de Zorzano concurren circunstancias especiales. Además, el Opus Dei vive unos momentos muy particulares: son momentos de dura contradicción, se ha iniciado el largo camino de las aprobaciones eclesiásticas, están preparándose para ser ordenados los tres primeros sacerdotes...

Pensando ya en su pronta marcha, Isidoro pregunta al Padre: «¿De qué asuntos me tengo que preocupar, en cuanto llegue al cielo? ¿Por qué quiere que pida?».

El Fundador le habla, precisamente, de los futuros sacerdotes; también de los apostolados de la Obra con mujeres; y, como se trata del —hasta hoy— administrador general, le recuerda los problemas económicos de la labor. Antes de salir del cuarto, una recomendación más: «Obedece al médico, como a mí mismo».

En el diario familiar de Diego de León, el 2 de enero anotan: «Desde primera hora llegan continuamente noticias de que Isidoro está enfermo de mucho cuidado. Antes y después de comer, el Padre nos llena de contento dándonos detalles de cómo está preparado Isidoro para el momento en que el Señor quiera llevarlo a su lado: ‘Sólo quisiera —dice el Padre— tener sus mismas disposiciones cuando yo vaya a morir’». Todos están visiblemente emocionados y Carmen llora. El Fundador lo ve natural: «Es que todos le quieren mucho». También hace notar que, para substituir a Zorzano en sus encargos, harán falta dos o tres personas.

En la clínica Santa Alicia. Un tren con billete para el Cielo. Sanatorio de San Fernando. Eucaristía y vida de piedad. Trabajo

El mismo 2 de enero (1943) lo ingresan en la clínica Santa Alicia, situada en la calle Don Ramón de la Cruz, esquina a Montesa. Ocupa la habitación número 7. El Beato Escrivá y sus hijos se desvivirán por asistir al enfermo y rodearlo de cuidados. Todos rezan por él, se turnan en su cabecera y considerarán un premio visitarlo en el Sanatorio.

Pedro Casciaro acude a casa de Salus Zorzano para informarle sobre la gravedad de su hermano. Por sugerencia del enfermo, deciden no comunicar la situación a doña Teresa que, dada su propia situación de arterioesclerosis, tal vez no resistiría el disgusto. Se avisa, en cambio, al Nuncio —Mons. Cicognani— y al Obispo de Madrid —Mons. Eijo y Garay— para que recen por el ingeniero.

Pocos días permanecerá Isidoro en Santa Alicia. Pero, en ese breve plazo, su espíritu de sacrificio deja impresionado al personal sanitario. El doctor Serrano decide practicarle unas radiografías para comprobar el estado actual de las lesiones. El departamento de rayos X está ocupado y Zorzano, en camilla, debe esperar —escribe el médico— «en un pasillo donde había una intensa corriente de aire frío (por entonces había gran escasez de carbón), muy molesto para los que allí estábamos; yo estaba preocupadísimo por aquella molesta y fría espera, temiendo que pudiera complicarnos el que adquiriese una pulmonía, dada su inferioridad orgánica». El doctor se impacienta y recibe de Isidoro «una magnífica lección, con aquella bondadosa sonrisa, que tengo clavada en mi mente y recordaré mientras viva. No manifestó la menor queja de desagrado, diciéndome que se encontraba muy bien, que tuviera paciencia porque estarían ocupados con otro enfermo».

El día de Reyes, los de su casa le llevan un pequeño tren de juguete, que coloca sobre la mesilla. Explicará: «Es para entretenimiento de las visitas y para recordarme que pronto hay que emprender el viaje. Un poco pequeño es —el tren— pero así será más fácil colarse en el cielo». Y advierte: «Yo tengo sacado el billete». Si el interlocutor se pone serio, Zorzano señala con aire cómicamente profesional que se trata de un modelo antiguo: los vagones «sin pasillo y sin retrete... son de los que llamábamos cajones». El visitante capta la broma y pregunta: «¿Qué significan estas F y H que lleva en la carbonera?». El ingeniero finge gran aplomo: «Ferrocarriles... ¡húngaros!». La carcajada es inevitable.

El Fundador y sus hijos advierten que la clínica elegida por el médico no reúne las condiciones adecuadas. Así, pues, el 11 de enero trasladan a Isidoro al sanatorio de San Fernando, dirigido por el doctor Palos Iranzo, en la colonia Cruz del Rayo. Allí pasará casi cinco meses. Los miembros del Opus Dei lo acompañan y atienden de modo permanente.

En el sanatorio, Isidoro vive con extraordinaria devoción su acostumbrado plan de vida de piedad, salvo la Santa Misa: pero, después de la oración mental, lee cada mañana los textos —común y propio— de la Misa correspondiente; y recibe la Comunión, que a menudo le lleva el propio Beato Josemaría. Zorzano comenta: «Comulgo todos los días, ¡es el mayor enchufe!».

Cuida de que la habitación esté bien arreglada para cuando venga el Señor Sacramentado: ventilada y con las sillas en orden. También procura que no se utilice para otros menesteres la mesita sobre la que se coloca la píxide con el Santísimo.

Para mantener la presencia de Dios, Zorzano hace que cuelguen el crucifijo en lugar visible desde su cama. Lo mira con cariño y dice: «Está muy bien, está muy bien». En el bolsillo del pijama, junto al corazón, tiene otro pequeño crucifijo, que a veces toma en la mano. También quiere tener ante los ojos a Nuestra Señora: «Oye, Luis, ponme la imagen de la Virgen de modo que siempre la vea». Hacia ella se vuelve para recitar el Angelus, a las 12 del mediodía. Y le dirige frecuentes miradas.

Con el fin de alimentar la piedad, reparte a lo largo del día sus devociones habituales. Así, reza el Rosario completo —quince misterios, en tres partes— ayudado por las visitas. Pero si nota que su acompañante está acatarrado, para que no se fatigue, lo reza él solo. También pide que, por favor, lean en voz alta algún pasaje del Evangelio y un fragmento de algún libro ascético. A veces la lectura debe interrumpirse, porque al enfermo le sobreviene un acceso violento de tos. Entre los libros que leen a Isidoro, durante los últimos meses, están la Historia de la Sagrada Pasión, del P. La Palma; Mi Madre, de Srijvers; y Maria duce! Mi ideal, Jesús Hijo de María, de E. Neubert. Un día en que la lectura trata sobre la Santísima Virgen, no puede reprimir el comentario «¡Qué ganas tengo de verla!». También se conmueve con lecturas acerca de la vida eucarística de los primeros cristianos.

Declina, en cambio, el ofrecimiento de otro tipo de libros. Bromea, por ejemplo, a propósito de uno que le manda Chiqui, en cuya portada se ve un fusilamiento: «¿Cómo voy a leer ese libro? ¡Para que luego sueñe con esas cosas!»; «¡Después dicen que no duermo!». Lo mismo dice cuando la esposa de un médico, que vive en la clínica, sugiere leerle por las noches novelas policiacas: «Esta señora es capaz de hacerlo. Ya me veo soñando con bandidos». En confidencia, manifiesta querer sólo libros que le hablen de Dios a quien pronto verá. Por la misma razón, aunque agradece que le hayan llevado una radio y la enciende alguna vez cuando hay visitas, la desconecta en cuanto se marchan.

Otra cosa son los papeles profesionales: el trabajo nunca le supuso un obstáculo para la presencia de Dios. Un administrativo de la oficina, José Carbelo, algunas tardes se acerca por la clínica: le informa sobre las novedades y le lleva expedientes para que los revise. Así, el doctor Serrano sorprende «muchas veces» a su paciente «con la cama llena de papeles y su respiración jadeante, trabajando y escribiendo en medio de sus sufrimientos».

Los compañeros y subordinados acuden a entregarle el famoso pergamino. Les deja impresionados ver la serenidad de Isidoro en su deplorable estado físico.

Algunos vuelven a visitarle. Hasta le piden favores, que cumple: un empleado, por ejemplo, quedará «asombradísimo de que Isidoro hubiese recordado todos sus deseos [...] al Jefe de su oficina».

Batalla diaria con el estómago. Bromas con el peluquero. Pendiente de todos: acompañantes, familia, enfermos y personal sanitario

Particularmente penoso resulta para Isidoro el momento de las comidas. Como todos los enfermos de su mal, sufre una total inapetencia. Pero nunca se ahorra el tormento de comer: cinco veces al día, con la impresión de tener el estómago lleno y sintiéndolo —dice— como un iceberg. Tragar le produce dolor. Además —como, al hacerlo, no puede respirar— su limitada capacidad pulmonar le origina constantes ahogos, toses y, a menudo, vómitos.

Cuando comienza el martirio, si tiene un acompañante nuevo, le advierte: «Vas a ver el número de todos los días». «A estas horas se organiza siempre una batalla entre el estómago y yo -¿Y quién gana? –El estómago siempre; me puede». Para quitar dramatismo a la situación, asegura —de sus fatigas— que «todo es cuento»; pero algo habrá que hacer, explica, para que lo tomen por enfermo.

El suplicio es lento: muy poco a poco, cucharada a cucharada. En broma comenta que, si se anima a tomar la siguiente, es porque así terminará antes. En realidad, ofrece al Señor el sufrimiento que le ocasiona cada deglución: cuando tiene ya la comida en la boca, mira hacia el Crucifijo. «Tengo que pensar en las muchas necesidades que tiene la Iglesia, confesará, para poder seguir adelante, tomando este alimento». «Paso muy mal rato, sabes; pero conviene que haya con qué mortificarse. Si no, es muy cómodo...».

Alguna vez es el Fundador quien le da de comer a la boca: «Esta cuchara por mí...». A la vista del tremendo esfuerzo —sofocos, atragantamientos y dolores—, decide dar por terminada la tortura; pero Zorzano susurra: «No, Padre, hasta el final». A menudo es trabajo baldío: «Me da la tos y lo voy a echar. [...] Ahora que, como yo no soy el que pone el incremento... Mi obligación es tomarlo y lo cumplo buenamente. Si después lo echo, eso ya no depende de mí».

A un compañero de momentos difíciles, le comenta: «¡Qué diferencia de apetito, cuando cenaba el rancho contigo, en el cuartel, sentados los dos en el suelo!». La enfermera tercia: «Usted no ha conocido nunca el apetito». Y el ingeniero replica con exageración andaluza: «¡Cómo que no! Cuando yo trabajaba en Málaga me desayunaba una tortilla de patatas y alguna que otra fruslería como chorizo y unos racimos de moscatel. ¡Ah! Y después me tomaba el café con un bollo». Y la sanitaria se asombra con el buen humor de un hombre que está ahogándose.

También el peluquero —que, por cierto, se llama Isidoro— queda sorprendido con las bromas del moribundo. Zorzano dice que le deje muy corto el cabello. El tocayo responde que se lo hará «a la parisién», mientras gesticula con los útiles de su oficio. El paciente finge alarma: «Parece que me va a dar la puntilla». A veces los golpes de tos interrumpen la operación y el ingeniero, ya en serio, lamenta: «¡Cuánto lo siento, Isidoro, el rato que le estoy haciendo perder!». Zorzano, efectivamente, sólo piensa en la conveniencia de los otros.

Para evitarles un espectáculo desagradable, cada mañana se asea cuidadosamente; y se lava la boca después de cada comida, por más que accionar el cepillo le supone un esfuerzo notable.

De modo particular cuida de sus acompañantes. «Una noche», refiere José Javier López Jacoíste, «fui a velarle y resultó que yo fui el velado. Me acosté en la cama que había vacante en su habitación y se pasó Isidoro toda la noche preocupado en si yo dormía bien. En cuanto despertaba en algún instante de la noche, ya estaba él mirándome o preguntándome si me encontraba bien». Algún acompañante teme no estar cumpliendo su cometido y trata de levantarse: Isidoro le asegura que aún es muy temprano y que debe seguir acostado. Por la mañana, pregunta: «¿Has podido dormir?».

Si alguno llega con los zapatos mojados, Isidoro le consigue unas zapatillas. Impide que otro salga sin gabardina o paraguas un día de lluvia, y le encarece: «Cuando llegues a casa, múdate de calzado para no enfriarte». A uno que debe tomar un taxi, le pregunta: «¿Ya llevas bastante dinero?». Pone los medios para que merienden quienes pasan la tarde junto a él. Y se le nota inquieto cuando peligra el almuerzo de un acompañante porque tarda en llegar su «su relevo».

Todos consideran un privilegio visitarle o velarle. Al afortunado se le advierte: «Cuídale bien, porque tienes en tus manos una reliquia». Y un comentario normal será: «Cada vez que he ido a ver a Isidoro, he salido con ganas de rectificar y de ser mejor».

Quienes tratan de alentarle comprueban que es el enfermo quien les anima a ellos. Pero no rechaza las atenciones: da las gracias por el azúcar que le ha conseguido Fernando, así como por las medicinas de Juan. También agradece muchísimo que le busquen un libro o que le sequen el sudor. Solamente le apena el trabajo que da: «¡Ya ves qué lata: tener que velarme con el trabajo que tenéis todos!». Y dirá «¡Perdona!» cuando teme haber despertado al acompañante.

La misma solicitud muestra para con su familia. Telefonea todos los días a doña Teresa, que desconoce su estado. «Me di cuenta —dirá Chichina— de que mi hermano estaba cariñoso con nosotros» (dato notable, pues «nunca fue muy expresivo»). Aunque deben de resultarle incómodos, acepta sin protestar los mimos, por ejemplo, de la anciana tía que lo besa diciendo: «¡Isidorito!». Y procura tranquilizar a los suyos: «Este Isidoro» —comenta una pariente— «siempre dice que está muy bien. No hay modo de saber cómo se encuentra».

Isidoro se preocupa también por los demás enfermos, a quienes ayuda su ejemplo: «Yo mismo —escribirá el doctor Serrano— después de la visita a Isidoro, equivaliéndome a una meditación, refería a algunos pacientes los hechos que a diario me impresionaban sobre su comportamiento frente a la muerte, su valor ante el dolor, su extremada paciencia y su sonrisa perpetua; y aquella conducta [...] les servía para llevar con más resignación sus sufrimientos, porque sabían que ofrecía por ellos los suyos propios. [...] Algunos, como un primo mío que tenía una cirrosis hepática y murió cristianamente, le llegó a impresionar de tal manera la figura del Siervo de Dios ante el sufrimiento, que fue el primer paso para salir de su tibieza religiosa».

El enfermo de la habitación contigua es un trastornado mental, que da mucha guerra. Al personal sanitario le admira que, a diferencia de otros pacientes, Isidoro jamás proteste. El médico director del sanatorio manifiesta: «Siempre que entro, me recibe sonriendo y con bromas. El que lo vea creerá que está tranquilo, pero yo sé que tiene sufrimientos rabiosos. Esto no es un enfermo; es un santo».

Lo mismo piensa la enfermera Milagros Sastre, a quien sorprende la obediencia del enfermo a los médicos y su alegría permanente. También le conmueve que, cuando ella se equivoca y le lleva una cosa por otra, es Zorzano quien pide perdón: «¡Ay! ¡Cuántas vueltas le estoy haciendo dar a esta mujer!». Pero, más que nada, le admiran dos detalles. El primero, que la habitación de Isidoro no huele a enfermo: nota, más bien, un ambiente como perfumado. El ingeniero quita importancia al asunto y, finalmente, le dice que será por la visita diaria del Santísimo Sacramento al cuarto. Milagros advierte, igualmente, que no se cansa cuando sube las escaleras para prestar un servicio a Isidoro. Éste aclara: «No se cansa; pero no es por servirme a mí, sino porque Dios nuestro Señor le da la fortaleza necesaria para cuidarme».

Pero Zorzano también corrige lo que no va bien. Acostumbrado a cuidar, por amor de Dios, los detalles cotidianos, advierte que en el sanatorio hay plantas que no se riegan, ventanas mal cerradas, prescripciones médicas que no se cumplen, etcétera. Con los de la Obra comenta que todo esto se tendrá en cuenta cuando haya clínicas animadas por el espíritu del Opus Dei. Y arbitra un procedimiento para sugerir, sin humillar, las observaciones pertinentes. En tono divertido dice a Milagros que, cuando el sanatorio crezca, ella será enfermera jefe. Es un gran futuro, por más que tenga sus contrapartidas, pues —indica— le caerán encima multitud de responsabilidades: desde vigilar que se pongan las inyecciones señaladas, hasta cuidar de que las puertas no hagan ruido... La enfermera, ufana por la promoción que le augura el ingeniero, descubre la conveniencia de irse ya esmerando en todo. Contenta de que Isidoro le haya regalado un rosario, le propone rezarlo juntos. Zorzano, delicado al evitar un clima de familiaridad con mujeres, busca una excusa: como las exigencias del servicio les interrumpirían muchas veces, será preferible que cada uno lo rece por su cuenta.

Igualmente cortés se muestra con la familia del médico residente. Edificada por la virtud del enfermo, la esposa lo visita con frecuencia. A los acompañantes de Isidoro les impacientan las intervenciones de la buena mujer: que Zorzano lea periódicos, que dicte sus pensamientos de estos días... Otras veces cuenta las gracias de su hijita. Isidoro atiende y, cuando marcha la señora, comenta indulgente: «¡Hay que ver cómo son las madres! ¡Cómo quiere a su pequeña!». La madre, que prohíbe a su niña visitar a los enfermos, concede a Monina bula para ver a Zorzano. La chiquilla pide a las enfermeras: «Vamos a ver a don Isidoro, que nos cuenta muchas cosas». Y don Isidoro, que apenas tiene resuello, explica el catecismo a Monina, que se prepara para la Primera Comunión, y le toma las lecciones de aritmética, geografía o inglés.

Ascendido a «Ingeniero Principal». Preocupación apostólica. Una manta como la de Tutankamen. «Estar peor es estar mejor»

El 1 de marzo ascienden a Zorzano, en la RENFE, a Ingeniero Principal. Sus compañeros describen el magnífico despacho que le aguarda. Él sigue la broma, y habla del espléndido local que también le preparan... en el cielo. Los colegas insisten en que visite la nueva oficina. Isidoro comentará: «Expuse como condición que habían de llevarme en coche. Me dijeron que sí; pero, aun con todo, no conviene: prefiero medios más rápidos... y otras habitaciones...». De todas maneras, pide las circulares del Servicio y que le mantengan al corriente de la mudanza.

También sigue de cerca los trabajos de los miembros de la Obra. Paco Ponz, biólogo, regresa de Suiza, donde ha pasado una temporada por motivos profesionales. Isidoro le pregunta por la tarea realizada. Ponz comenta que se acordó mucho del ingeniero cuando tuvo que preparar unas tablas y gráficas. Isidoro interrumpe: «Habérmelas mandado aquí, que yo te las hubiera hecho». Y, cuando le dicen que la editorial ha perdido los índices de un libro de Juan Jiménez Vargas, pide el teléfono para hablar con su propia casa —de Isidoro—, donde puede haber una copia. Como no la encuentran, redacta un telegrama para Juan. Ahora bien, desconoce su dirección en Barcelona: hay que averiguarla, pero el teléfono se estropea y no quiere molestar a la enfermera....

Isidoro está en todo. Reza —«Te hemos encomendado mucho»— por la salud de uno; averigua si otro descansa lo suficiente; y le preocupa la delgadez de Pedro Casciaro: «Este chico tiene que cuidarse. Está demacrado...». Encomienda el retiro espiritual que hacen los residentes de Jenner: «A ver, a ver esos chicos». Está pendiente de la futura residencia universitaria en Madrid; y sigue la marcha de la labor apostólica en Sevilla, en Valladolid, en Salamanca...: «Hacen falta muchas vocaciones», «Hay que poner casa en Zaragoza; hace mucha falta...», «Hay que pedir mucho al Señor para que se tenga en Bilbao un sagrario. De Bilbao han de salir muchas vocaciones: hay buena gente». Precisamente un vizcaíno pedirá ser admitido en el Opus Dei, el día de San Isidoro, después de oír hablar del ingeniero y de su heroísmo: «Siempre he estado convencido de que fue él quien me trajo a la Obra aun sin conocerme» (no sabe que han pedido a Zorzano sacrificios y oraciones, para conseguir de Dios su vocación). El enfermo se llevará un alegrón al conocerlo personalmente cuando, de paso por Madrid, le visita en el sanatorio. Especialmente intensas son las alegrías de Isidoro cuando sabe que hay ¡un nuevo sagrario!: así, por sagrarios, es como el Padre cuenta los centros que se inauguran.

Si Zorzano está pendiente de todos, más lo está del Fundador. Una tarde advierte, a través de la ventana, el cielo nublado y comenta: «¡Menuda tormenta! Y el Padre, que debía llegar hoy en avión de Barcelona... ¡No sé cómo irá el viaje!». Y algún acompañante recordará cómo «cada vez que un coche frenaba a la puerta del Sanatorio, me preguntaba [...] si era el Padre el que llegaba; le gustaba que me asomase a la ventana para comprobarlo. Y si, efectivamente, esto era cierto, su cara se inundaba de una alegría inmensa.

El día de San José, don Josemaría le lleva unos dulces y, aunque sufre con sólo pensar en comida, Isidoro los recibe como si fuera un niño goloso: en realidad, serán para las visitas. También administra cuidadosamente las pastas que le deja el Fundador el día de San Isidoro: quince días después todavía quedan en el armario algunas «pastas por San Isidoro». Por cierto, no ha dejado pasar la fiesta de su Patrono sin aconsejar que quienes preparan sus tesis doctorales se encomienden al Santo Obispo de Sevilla: a fin de cuentas es un «Doctor».

Por estas fechas sufre un empeoramiento, que hace suponer muy próximo el fin. Todos los fieles del Opus Dei están pendientes del enfermo; pero, como los que viven en el centro de Núñez de Balboa son los más próximos al Sanatorio, a ellos de un modo especial encomienda el Fundador la responsabilidad de que Isidoro esté siempre acompañado.

Para pasarlo a un cuarto algo más grande, tienen que llevarlo en brazos y el «porteador» advierte que no pesa nada. Es tan sólo un montón de «huesos y piel; parecía que el fémur, como un palo que oprimiera una tela, iba a desgarrar la piel». Lo confirman quienes, cada día, le depositan en un sillón, mientras arreglan su cama: ven su «cuerpo insignificante, pero todo dolido y lacerado», que se desvanece por el sufrimiento del simple traslado. Pero sin perder —¡eso nunca!— el buen humor: «Ven aquí [...] que te voy a abrazar», dice al que lo toma en brazos. Cuando ve que la enfermera calienta la manta con que lo envolverán en la butaca, comenta que aquello es mucho cuento; y luego: «Me han puesto una manta como la de Tutankamen». Como siguen cubriéndolo con mantas, se dirige a la enfermera: «Esto parece un refugio ruso. -¿Por qué? –Porque aquí no se puede uno mover. -¿Le molesta? –A mí nada. No tengo nada que hacer».

No tiene nada que hacer, sino sufrir. No puede respirar si se tiende de lado. Y, de espaldas, le molestan las arrugas del hule que hay bajo las sábanas: «Estos pliegues se me clavan en la carne; mejor dicho, en los huesos, porque de carne ya no dispongo: ...es de estraperlo». Pero ha de santificarse mediante su quehacer ordinario: ahora, estar enfermo. «Nuestra obligación, dice, es cumplir el deber de cada instante. Mi único deber es sufrir [...]. No he de preocuparme por nada más. Sufro mucho. Es estupendo lo que uno puede llegar a sufrir. A veces parece que ya no se puede sufrir más, pero el Señor da más fuerzas. ¡Qué consuelo pensar todo lo que se aprovecha! Sufriendo con espíritu sobrenatural es como hemos de ir sacando la Obra adelante. El dolor purifica. Cuanto más larga sea la prueba, mejor; así nos purifica más».

Por eso, cuando la señora que limpia el cuarto le pregunta si está mejor, responde: «Sí, sí, estoy mejor. Gracias». Al salir la limpiadora, Isidoro comenta medio en broma medio en serio: «Esta mujer todos los días me pregunta si estoy mejor. Yo le digo que sí, porque para mí estar peor es estar mejor». Mejor para él, y para quienes se encomiendan a sus oraciones, como el Obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay. Por las intenciones del Prelado diocesano, a menudo rehúsa los calmantes, ofrece a Dios las difíciles horas nocturnas, y dice que no le sequen el sudor. En realidad, su vida entera la tiene ya ofrecida por la Iglesia y por el Papa.

San Nicolás, ¿tiene o no tiene barba? Viernes de Dolores: Unción de Enfermos. Como una fiesta de bodas. «También a mí me tendrán que poner una banda»

A partir del jueves de Pasión (15 de abril), durante varias semanas sólo podrá ingerir yogur y fruta cocida. Esa noche le dan todavía un plato de croquetas. Tragarlas le supone un martirio, que ofrece por los apostolados del Opus Dei. Quien le acompaña dice: «Isidoro, ¡cómo crece la Obra a fuerza de croquetas!». Zorzano asiente: «¡Quién lo diría! ¡Aquí no se desaprovecha nada!». De todas maneras, a la enfermera le parece que ha comido poco y dice al médico que sólo ha tomado cuatro croquetas. Isidoro, buen contable, sonriente y con voz apagada puntualiza: «Cinco». Y, para echar el asunto a guasa, recuerda que las ha tomado partidas por la mitad: «Dos por cinco, diez». La digestión del «festín» le impide dormir y el acompañante exagera —por exceso, esta vez— el apetito del enfermo: la causa del insomnio debe de ser «el consomé, que te lo has tomado todo». Pero Zorzano tampoco desea elogios inmerecidos: «No, todo no: tres cucharadas». La enfermera le recuerda que la noche anterior logró conciliar el sueño. Isidoro continúa bromeando: «Tendría menos preocupaciones...». Pero —¡no lo vayan a tomar en serio!— advierte: «Ni ayer ni hoy tengo ninguna».

Cuando se va la enfermera, sugiere: «Vamos a rezar las preces». Después recita, como siempre, las tres avemarías con los brazos abiertos de par en par; hace su examen de conciencia, con el crucifijo estrechado en las manos; y rocía, según acostumbra, un poco de agua bendita sobre la cama. Las horas pasan lentamente. Hacia las dos, el acompañante advierte que Zorzano se ahoga; y hace venir a la enfermera, que llama al médico. El enfermo comprueba la hora y lamenta: «¡Pobre doctor! Y yo, siempre exigente. ¡Qué incordio es don Isidoro!».

Superada la crisis, continúa la noche interminable. Isidoro habla, en voz baja y muy despacio: «Pronto me voy a la otra Casa: sólo es un cambio de casa... Tengo que arreglar muchas cosas...». Y vuelve la cabeza para pedir oraciones: cuando haya muerto, «ya os podéis acordar de mí». Sus palabras entrecortadas son muy serenas: «Es un cambio de casa, sólo un cambio de casa... Hay que ver muchas cosas: la aprobación de Roma... no será antes de fin de año...». Sigue pensando en la casa del cielo. De pronto, le divierte una idea: «Una de las primeras cosas que haré en cuanto llegue es hacer que me presenten a San Nicolás». «¡Ahora sabré qué cara tiene!». «Estará —dice— enfadado con Fernando», que unas veces lo pinta barbado y otras lampiño. Después de salir de dudas, «tendré que explicarle muchas cosas a San Nicolás...». Al Santo Obispo habrá que informarle «de algunas cosas, dificultades económicas, de las que «parece que no ha querido enterarse».

Amanece, por fin, el día 16. Están leyendo el Evangelio no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos... (Mt 18, 3), cuando llega el Padre, que trae la Comunión. Le acompañan Álvaro y Ricardo. Al despedirlos, Isidoro pregunta: «¿Hoy es el Santo de la Abuela?». En efecto, es el viernes de Pasión, dedicado a la Virgen de los Dolores.

«Es el Santo de la Abuela. [...] ¡Cuánto le hemos hecho sufrir: a ella y a Carmen y a Santiago! Pobre Abuela: durante la revolución, yo le llevaba todas las cartas y mis diarios y todos los papeles, y se los metía en el colchón de su cama... ¡Pobre Abuela! No oía una sola vez el timbre que no se metiera en la cama, por miedo a que los encontraran».

Evoca los primeros tiempos, cuando el Beato Josemaría y sus hijos no tenían donde reunirse y se sentaban en un banco de la calle o iban al parque del Retiro. Algunos días, el Fundador les invitaba a merendar «y gastaba, pagando él el duro que tenían para la cena de su casa... Y la Abuela no cebaba aquel día, ni nadie de su casa».

Hacia las nueve y media de la mañana, hay relevo de acompañante: llega José Javier López Jacoíste. Leen un libro sobre la Santísima Virgen. Después conversan. Isidoro se fatiga mucho y su corazón late acelerado. Le ponen una inyección y sigue la charla. Con José María Albareda, que le visita, hablan sobre la marcha de la guerra y sobre otras noticias: se acaba de inaugurar la línea férrea Santiago-La Coruña. Zorzano, como profesional del asunto, explica las incidencias de esa obra.

De nuevo a solas con José Javier, poco antes de las 12, la respiración de Isidoro se hace más angustiosa: «Siento que el Señor me llama por momentos. [...] Saca fortaleza de mi muerte: perseverancia. Sed muy fieles al padre y mucho amor a la Obra. Que nada nos ate a la tierra...». José Javier, que no ha oído a Zorzano hablar de su muerte, interpreta que se trata de algo inminente y sale corriendo a telefonear: «Parece que se va; a ver si viene alguien...». En realidad, el acompañante ha desorbitado un poco la situación; pero enseguida llegan Pedro Casciaro y algún otro.

Pronto aparece también Álvaro. El momento de ahogo ha pasado ya, como otras veces, pero puede sobrevenir de improviso; y Álvaro pregunta: «Isidoro, ¿quieres que te traiga el Padre la Extremaunción». «Sí, sí. Precisamente te iba a decir eso».

Al cabo de un rato —que Isidoro y los otros dedican a charlar con toda naturalidad— vuelve Álvaro acompañando al Padre, que trae los Santos Óleos. Entran también el médico y su esposa. Para evitarles un mal rato, deciden no avisar a las Zorzano, que hubieran sufrido mucho. Por otra parte, no es cosa de retrasar el Sacramento.

Como de costumbre, nada más llegar, el Fundador bendice al enfermo, con una señal de la Cruz en la frente. Habla un rato con su hijo mayor, que refleja una enorme «sensación de paz en su cara, [...] más feliz que nunca. Yo —dirá José Javier— no he visto nada semejante: la misma sencillez, la misma normalidad con que vamos todos los días a comulgar, así estaba él». El Padre va explicando los ritos, mientras unge al enfermo. Antes de ungir las manos, señala que a los sacerdotes se les signan por el dorso, porque sus palmas ya fueron ungidas en la Ordenación. Recuerda que la Iglesia también pide para el enfermo, si le conviene, la salud corporal. Isidoro no puede por menos de repetir lo que tantas veces ha oído al propio don Josemaría: «¡Qué buena Madre es la Iglesia, que tiene un remedio para cada necesidad! Ahora me encuentro con esta paz y alegría tan grandes».

Lo sublime se alterna con lo familiar. Acaba de llegar José Luis Múzquiz y Zorzano advierte que trae la gabardina empapada: «Por Dios, José Luis, quítatela, que te vas a resfriar».

Álvaro, que ha ayudado al Padre durante la ceremonia, comenta: «Isidoro: tú sí que puedes decir bonum certamen certavi, cursum consummavi, fidem servavi». El enfermo bromea. Como Álvaro, y también José Luis, llevan mucho tiempo preparándose para el Sacerdocio, Isidoro dice: «Ya ves, Álvaro, tú tanto estudiar y a mí en un momento acaban de ungirme».

El ambiente resulta distendido. Según el Padre, más que una Unción de Enfermos, «parecía unas bodas». Antes de que se marchen, Zorzano recuerda que es Viernes de Dolores, un día de la Santísima Virgen: «¡Qué bueno sería morir hoy para pasar con Ella esta fiesta!». El Fundador se despide conmovido: «¡Hijo mío!».

Quedan solos el enfermo y José Javier. Zorzano pregunta la hora: es la una y cuarto. «¡Si no hemos rezado el Angelus!». Lo rezan y siguen conversando. Isidoro pondera su «enchufe» con Dios, que le ha concedido recibir en plena conciencia el sacramento de la Unción. También subraya el tono festivo con que se ha desarrollado la ceremonia: «Tú lo habrás presenciado ya: cuando [...] se administra la Extremaunción, ¡qué duelo y qué lágrimas! [...]. Pero aquí, ¡qué alegría y qué paz! Sólo por eso merece la pena estar en la Obra».

En un momento dado, José Javier muestra el pequeño crucifijo que Zorzano mismo, por indicación del Padre, le diera en Zaragoza. Isidoro explica cómo, rezando ante ese Cristo, conoció —en 1938— el éxito que tendría la evasión de Álvaro, Vicente y Eduardo, y la fecha en que llegarían a Burgos: «Así que ese Crucifijo es una reliquia». Les interrumpe la señora del médico: llega con su hija, muy ufana ésta por la banda que, como premio, le darán en el colegio.

Con el almuerzo hacen tomar un tranquilizante al enfermo, que se duerme. Por la tarde una tormenta lo despierta: ve a Carmen Escrivá que ha venido a visitarle. El contraste entre Isidoro, siempre apacible, y el genio vivaz de Carmen ha sido tema de muchas bromas. Ahora suena un trueno muy fuerte y Zorzano dice a la hermana del Fundador: «Eso es por ti». Más tarde llega Salus. Cuando se marcha, Isidoro dice a Manolo Botas —el nuevo acompañante—: «Voy a hacer la oración». Saca su crucifijo del bolsillo y permanece inmóvil con las manos cruzadas sobre el pecho, durante media hora.

Llegan después más visitas. El crepúsculo favorece la charla íntima y Álvaro comenta lo magnífico que debe de ser contemplar a la Virgen cara a cara. Isidoro asiente con entusiasmo. Pero lo excelso del asunto no disipa el tono familiar, divertido, de la conversación. Apenas hay luz y Zorzano comenta: «Esto parece una reunión de malos de película».

Después de la cena vuelve la esposa del médico. De pronto, exclama:

—Don Isidoro: ¡usted es un santo!.

—Sí, señora: —corta rápido— y, en cuanto llegue al cielo, también a mí me tendrán que poner una banda como la de su niña.

Por la noche, no consigue dormir. Pregunta por el médico; pero no viene. Isidoro —refiere su acompañante— «no vuelve a decir nada en toda la noche», que pasa sin pegar ojo. Al día siguiente, todo será normal: la meditación, una parte del Santo Rosario, el Viático que trae el Padre.... Zorzano comenta que se ha quedado muy tranquilo después de la Unción: «Ayuda mucho».

Comunican al Nuncio el agravamiento de Isidoro. Mons. Cicognani promete que celebrará la próxima Misa por su intención. «Así da gusto estar enfermo», dice Zorzano. No le cuentan, sin embargo, el consejo del representante papal: «Tomen notas» —recomienda— de las palabras y reacciones de Isidoro, «por si pueden servir luego». En realidad, ya venían haciéndolo, por indicación del Fundador.