Jefe de estudios de material y tracción

 

Índice: Isidoro Zorzano

Por la mañana del 29 de marzo (1939), aunque Zorzano se siente «francamente mal», visita con el Padre y otros de la Obra la casa de Ferraz 16, que no llegara en 1936 a estrenarse como Residencia y Academia DYA. Entre las ruinas de la casa, don Josemaría les habla de fidelidad a la llamada del Señor y les describe los horizontes de santidad y apostolado que, para todos ellos, tiene Dios preparados en la etapa que comienza.

A Zorzano, el más antiguo entre los miembros del Opus Dei, después de protagonizar un papel cargado de responsabilidades y peligros, le aguardan unos años, pocos, de trabajo humilde, callado, sin ningún brillo. Pero los demás, que conocen la historia y la calidad de Isidoro, lo mirarán como un prototipo de fidelidad y entrega.

Hoy, de todas maneras, no está en condiciones ni de llegarse con los otros a la casa rectoral del Patronato de Santa Isabel.

Para reanudar las tareas apostólicas y de formación, hace falta un lugar de referencia, un local. El edificio de Ferraz ha quedado inservible y el Beato Josemaría ocupará, durante unos meses, la vivienda que le corresponde como Rector del Patronato. Además, como ejemplo de responsabilidad en el ejercicio de los propios derechos, el Padre reclamará, del organismo civil competente, que le sean abonados sus haberes de Rector, no percibidos desde julio de 1936.

Que lo readmitan en Ferrocarriles y le abonen los atrasos. Nacionalidad argentina. Un encuentro en Las Delicias. Traslado a Santa Isabel

También Isidoro cumplirá todos los deberes profesionales y cívicos, pero sin renunciar imprudentemente a sus derechos. Ya el 30 de marzo prepara la solicitud de readmisión en los Ferrocarriles Andaluces, gestionados ahora por la Compañía del Oeste. Pocos días después, el 5 de abril, redactará otra instancia en la que pide, al Ministro de Educación Nacional, ser repuesto en su tarea docente, «con preferencia en la Escuela Superior de Trabajo de Madrid». Igualmente reclamará la paga extraordinaria que debía haber percibido en julio de 1936, así como todos los sueldos no cobrados a partir del 1 de octubre de 1936 —cuando caducaba su licencia profesional— hasta el 30 de marzo de 1939.

Isidoro también regulará la situación de su ciudadanía. Pasado el peligro, lo más práctico hubiera sido declararse español. Pero Zorzano, caballeroso y agradecido, resuelve optar notarialmente por la nacionalidad argentina.

En la Estación de las Delicias, donde han sido convocados los agentes superiores de los Ferrocarriles, coincide un día con Anselmo Alonso, amigo desde los tiempos en que los Zorzano llegaron a Madrid y, luego, compañero en Málaga. Anselmo dirá que «aunque muy demacrado, lo encontré animoso de espíritu, pero ya en el comienzo de la enfermedad que más tarde le llevaría a la muerte».

También los miembros del Opus Dei advierten el quebranto de Isidoro, que deja la casa de la calle Serrano y se traslada, junto al Fundador, a la rectoral de Santa Isabel, donde hay mucho trajín para disponerla como sede provisional de la labor. Francisco Botella escribirá: «Cuando yo venía a Madrid solía acostarme en la habitación grande donde había tres camas y en una de ellas dormía Isidoro. Supe entonces que dormía muy pocas horas por insomnio», a causa de un dolor ciático, «y muy de madrugada se despertaba». En ese tiempo de forzada vigilia, reza.

Sólo a primeros de mayo será llamado Isidoro al trabajo en los Ferrocarriles. Entre tanto, colabora con el Beato Josemaría y los demás en la habilitación de la casa, que durante la guerra fue utilizada por algún comité revolucionario: desalojan las armas y municiones que dejaron los anteriores ocupantes; arrancan letreros; limpian suelos... Isidoro arregla el tapizado de algunas butacas aprovechables. También trata de reparar la instalación eléctrica, lo que trae consigo algún cortocircuito y la explosión de varias lámparas: finalmente hay que recurrir a manos especializadas en el oficio.

Doña Dolores, Carmen y Santiago se mudan también a la rectoral. Con su trabajo abnegado para que todo marche y con sus mil delicadezas —una flor, un adorno, un postre de fiesta—, la madre y la hermana del Fundador contribuirán decisivamente al estilo familiar que Dios quiere para la convivencia en los centros del Opus Dei.

Con ellas ha llegado el famoso baúl donde se han venido depositando las cartas y materiales que Isidoro llevaba a casa de doña Dolores y ésta custodió tan abnegadamente durante la guerra. Zorzano trae también los papeles, libros y otros efectos de la Obra, que guardaba en casa de su familia. La clasificación de documentos y fotografías trae a la memoria momentos entrañables.

Reanudar la labor apostólica. Ayudando al Beato Josemaría. Gestiones económicas

Son días de reencuentros: aprovechando permisos militares se dejan caer por Madrid, para volver pronto a sus destinos, los miembros de la Obra y los otros jóvenes que participaban en sus tareas apostólicas. Algunos de ellos —como Pedro Casciaro y Paco Botella— desconocen el domicilio actual del Padre y, nada más llegar a la capital, se dirigen a la casa de los Zorzano, en la calle Serrano.

Isidoro en estas semanas escribe abundantes cartas. A sus tíos de Argentina les refiere las peripecias familiares durante la guerra. Al amigo Ángel Herrero, óptico de Málaga, le pondera la importancia cultural, social y religiosa del momento presente. A los miembros del Opus Dei todavía movilizados les informa sobre la marcha de la labor apostólica y proporciona a los unos noticias de los otros.

El Fundador marca el ritmo de trabajo: recibe a innumerables personas —intelectuales, eclesiásticos, estudiantes...— y desarrolla una increíble tarea sacerdotal de administración de Sacramentos, dirección de almas y predicación. Muchos Obispos, conocedores de su santidad y fuego apostólico, le piden que dirija ejercicios espirituales para sacerdotes y seminaristas: en Madrid, en Vitoria, en Segovia, en Valencia, en Vergara (Guipúzcoa), en Valladolid y por toda la geografía española. También predica retiros a universitarios, catedráticos, chicas...

Isidoro, a quien el Fundador encarga de las cuestiones económicas, visita con Ricardo Fernández Vallespín al notario que rubricó en su día la compraventa de Ferraz. Pasado un mes, el notario dice que la escritura fue presentada en la oficina liquidadora el 20 de julio de 1936, ¡el día del asalto al Cuartel de la Montaña!, y no habrá modo de recobrar las cantidades abonadas para la inscripción del contrato, aun cuando llegue a rescindirse. En la Delegación de Hacienda dan largas a Zorzano: que vuelva otro día o que presente un informe.... También procura, sin éxito, averiguar el paradero del antiguo propietario, hasta que aparece su administrador. Al cabo de cuatro meses, el 9 de agosto, escribirá por fin: «He estado con Ricardo en casa del Notario. Se ha rescindido el contrato y quedamos pendientes nada más que de recuperar el dinero del importe de Derechos Reales».

Con idéntico sentido de responsabilidad y de pobreza, Isidoro denuncia en la Junta de Recuperación de objetos robados durante la guerra, la sustracción de muebles, libros y ajuar de DYA. También esta gestión resultará trabajosa: inventarios, dilaciones administrativas... Sólo a fin de año se recuperarán alguna mesa, sillas y una librería. Para entonces ya no estarán en Santa Isabel.

El Padre les recuerda que la rectoral constituye una solución sólo transitoria. «Es preciso —escribe Isidoro el 26 de mayo— disponer cuanto antes de una casa en condiciones». Y todos buscan un local para residencia de universitarios.

Admitido en los Ferrocarriles. Jefe de Estudios. Un trabajo bien hecho. Superior muy querido. Promoviendo a todos. El ordenanza infiel. «Don Isidoro es un Santo»

Pero Isidoro, «con ocho horas de oficina, apenas puede ayudar [...] en los trabajos de la casa». El 1 de mayo lo han readmitido en los Ferrocarriles del Oeste. Trabaja junto a la Estación de las Delicias. Reanudar la vida profesional le alegra: en ese quehacer debe buscar la santidad. Pero su horario, de mañana y tarde, apenas deja tiempo para otros menesteres: «Estoy todo el día en plan de ferroviario, pues salgo de la oficina a las 7; estoy en casa como de visita».

En la Compañía Nacional de ferrocarriles del Oeste, Zorzano es Jefe de la Oficina de Estudios de Material y Tracción. Sus compañeros opinan que «no le situaron en el puesto que por su antigüedad y méritos», le hubiera correspondido y que «estaba un poco olvidado». Quizás el problema no fuera tanto de olvido como de recuerdo: entre sus jefes figura el superior que tanto le hiciera sufrir en la Sección Eléctrica de los Ferrocarriles Andaluces. Dios va a purificar a Isidoro, en los últimos años de su profesión, valiéndose del mismo instrumento que utilizó al principio. Ahora, como entonces, Zorzano se gana el prestigio, respeto y afecto entre colegas, subordinados y jefes: por la calidad de su trabajo, en el que —dicen— «destacó como hombre de gran talento y d extraordinaria competencia», y también «porque su trato era tan dulce y paternal que no había quien se resistiera. Incluso el elemento obrero estaba totalmente rendido a él».

Cuando a los subordinados de Isidoro les pregunten qué rasgo resaltarían en su jefe, subrayarán: «Siempre destacó con la mayor ejemplaridad en el cumplimiento de todos sus deberes incluso en las cosas pequeñas, pues para él nada de lo que debiera hacer le parecía e pequeña estima». Efectivamente, sabe que la importancia de los trabajos se calibra por el amor de Dios con que se realizan; y esto vale tanto para los pequeños detalles cotidianos como para los encargos de envergadura. Trabaja cara a Dios, a quien nunca ofrecerá chapuzas, tareas mal hechas. Hombre justo, Zorzano jamás perjudica los intereses de la Compañía: llega el primero a la oficina; no secunda la costumbre de utilizar para servicios particulares a los ordenanzas de la empresa; ni deja el despacho a media mañana, como muchos, para tomar un café o una cerveza.

Por lo que se refiere al trato, uno de los ingenieros, mutilado de guerra, quedó sorprendido, cuando se incorporó a la oficina, al advertir la amable acogida por parte de su jefe inmediato, Isidoro, quien había cuidado personalmente de todos los detalles para que no le faltase nada. Acostumbrado a ser tratado con deferencia por sus heridas, «en un principio —escribe— creí que éstas como todas las atenciones que conmigo tenía, se debían a mi mutilación». Pronto comprueba que Isidoro practica idéntica delicadeza con cualquier subordinado.

A todos ellos les admira que, cuando se muestran ineptos para un trabajo, Isidoro no adopta la solución fácil de retirarles el encargo y encomendarlo a otro, sino que les ayuda y enseña hasta que aprenden a realizarlo. Y aprecian la diferencia entre el trato que les dispensa y el que Zorzano recibe de algún jefe suyo: «Observábamos nosotros que [...] no le trataban con las formas debidas». Advierten que no se queja «cuando un superior, sin razón ni fundamento, y sólo llevado por el mal humor momentáneo, le echaba alguna regañina».

Sus directores profesionales dirán que Isidoro «era obedientísimo en todo y un subordinado exquisito y ejemplar». Los subalternos observan esta «prontitud con que él personalmente atendía las órdenes de sus jefes»; pero son bien conscientes de que «no era porque se dejase llevar del miedo». Saben que don Isidoro da la cara por sus hombres, ante quien haga falta: incluido el superior destemplado. Les aconseja trabajar con calma, para no equivocarse, y que no se inquieten por las eventuales reacciones del atrabiliario sujeto: «No se preocupen ustedes; tengan confianza en mí, que yo sabré cargar con la responsabilidad y disculparles a ustedes».

Zorzano es, en efecto, el gran abogado de su gente. Insiste hasta que se compra una máquina para planos, que les simplifica el trabajo. Consigue que les aumenten el sueldo. Les ayuda si preparan oposiciones para mejorar su condición profesional. Y les orienta cuando, en tiempos muertos, realizan trabajos particulares: «se interesaba —dirán— y observaba nuestra manera de realizar el trabajo y hasta nos lo corregía e incluso nos daba materiales y libros que nos facilitasen la tarea, y además se ofrecía para que [...] acudiésemos a él».

Isidoro se preocupa por el futuro de unos viejos peones, para quienes logra un puesto en la oficina; y ayuda a convertirse en delineante a un joven con cualidades, que sólo aspira a «calcador». Como en los tiempos de Málaga, Zorzano sigue sin hacer discriminación entre las personas: cuando todos desconfían de un trabajador, depurado «por rojo» y posteriormente readmitido, Isidoro es el único que no guarda las distancias; más aún, le proporciona un empleo suplementario. Muchos pueden afirmar que todo su porvenir lo deben al ingeniero.

El ordenanza que cobra los sueldos de los empleados agradece a Zorzano que no lo encarcelasen. Según su propia versión, había empeñado un anillo y, para recuperarlo, no se le ocurre mejor idea que retener los haberes de Isidoro. Una vez desempeñada la joya, confiesa su infidelidad a Zorzano, a quien pide ocho días para restituir la cantidad. Transcurrida la semana, Isidoro reclama: «Han pasado los ocho días de plazo que usted me pidió. No querrá usted en modo alguno que dé cuenta a nuestros jefes de lo que ha hecho». Una palabra del ingeniero bastaría para que el empleado fuese despedido y, probablemente, mandado a prisión. Por eso, accede a la nueva prórroga que solicita el culpable.

De ningún modo significa todo esto que Isidoro sea débil o abdique de su autoridad. Sabe —dirán los subalternos— «hacerse respetar, y castigar aquellas faltas que por su importancia merecieran sanción», de acuerdo con los reglamentos de la empresa. Pero corrige «siempre con benevolencia» y explicando su proceder al interesado.

Sólo reacciona con violencia —un gesto brusco de cabeza— cuando suena una blasfemia, que duele como un latigazo a quien todos conceptúan de gran creyente, y a quien oyen invocar con respeto al Señor —«¡Dios mío!»— en los momentos de apuro. En otro orden de cosas, tampoco se permiten con él bromas picantes acerca de las mujeres, con quienes «era todo un caballero».

El resumen que formulan los empleados resulta breve y concluyente: «Don Isidoro es un Santo», en el sentido técnico de la palabra; «No me extrañaría que cualquier día lo viésemos en los altares». Cuando muera, firmarán todos una declaración, según la cual Zorzano «gozaba de fama de santidad por su extremada bondad».

Un ingeniero como Isidoro es una perla. Su fama trasciende y le llueven propuestas de trabajo: por ejemplo, cuando su horario es más holgado, le ofrecen el puesto —compatible con los Ferrocarriles— de Director en una fábrica azucarera. Pero Zorzano tiene otros cuidados a los que destinar esas horas.

De Santa Isabel a Jenner. Administrador de la Obra. Días en Albacete. Instalar la Residencia. Pobreza sin cicatería

A partir del 10 de julio (1939), su jornada laboral será continua: de 7 de la mañana a 2 de la tarde. Además, Isidoro disfruta de mayor disponibilidad también por un motivo complementario: su madre y sus hermanas pasan una larga temporada en Peñaloscintos, para reponerse de la guerra. El momento no puede ser más oportuno, pues por esas fechas aumentan los quehaceres de Zorzano.

Por fin se ha encontrado un local adecuado para la residencia universitaria. El domingo 3 de julio anota Isidoro: «Hemos estado a visitar los pisos que nos han gustado»; los «de Jenner 6, me han satisfecho bastante. Se ha tomado ya nota del Administrador para verlo mañana; hoy lo hemos pretendido, pero no estaba en su domicilio». Las gestiones para el alquiler serán breves: el día 6 se firma el contrato. Después de la limpieza de la casa, el día 19 se inicia el traslado de muebles, libros y otros bultos desde Santa Isabel: el sábado 22 terminará la mudanza.

Isidoro exulta con la nueva casa: «El sitio en que está situada es magnífico, a un paso de la Castellana y del metro de Chamberí»; «Son dos pisos, derecha e izquierda; hacen tercero; todos los cuartos son aprovechables, pues o dan al exterior o a patios espaciosos». Poco después se alquilará otro apartamento de la misma casa, donde con cierta independencia pueda el Padre recibir visitas y atender a los miembros de la Obra. Allí residirán también la madre y hermanos del Fundador: doña Dolores y Carmen dirigirán la gestión doméstica de la residencia, en la que crean un clima digno y hogareño.

Don Josemaría impulsa y orienta la fase de reformas e instalación. Colaboran todos los miembros del Opus Dei. El Padre encomienda a Isidoro que administre la residencia. Cuando se abran nuevos centros, en Madrid y en otras ciudades, Zorzano será el administrador general de la Obra.

Ese nombre de «administrador» podría evocar la idea de una burocracia jerarquizada. No hay nada de eso. Isidoro es a la vez gerente, contable, y mecanógrafo: escribe circulares, busca pisos, compra muebles... Se recordará, en Jenner, a Isidoro «en mangas de camisa», porque «había desarmado una cama y se disponía a trasladarla». Su encargo de ningún modo significa gestionar unos capitales, inexistentes. Implica, sí, participar en los mil apuros que pasa el Padre para montar y sostener los nuevos centros de la Obra. Ahora, el de la calle Jenner.

La familia de Pedro Casciaro ha debido exiliarse y dejar su casa, instalada, en Albacete. Allí van Isidoro y Pedro, en agosto, para buscar muebles y enseres. Se hospedan en el Hotel Regina. Pedro recordará que «tuvimos entonces bastante trabajo» e «Isidoro se preocupaba de que yo comiera bien, y pedía vino de mesa. Me pareció cosa singular, porque él no bebía». Una vez conseguidas las necesarias autorizaciones oficiales para trasladar a Madrid los muebles, Zorzano «demostró en estas tareas de embalar y facturar toda una casa, ser un hombre de iniciativas y sumamente hábil. No me explico —dice Pedro— cómo se pudo hacer tanto en tan pocas horas».

El mismo Pedro señalará que, por espíritu de pobreza y por falta real de medios, a Isidoro «no era fácil sacarle el dinero para algún gasto de instalación, si no es que fuera realmente necesario y estuviera a buen precio», después de recorrer varios establecimientos y comparar las ofertas. Cuando tiene dudas, consulta con el Fundador o con Álvaro, a quien el Padre ha nombrado Secretario General del Opus Dei. También escucha Zorzano el parecer de quienes le acompañan en sus correrías por tiendas y almacenes. Así, poco a poco, adquiere la vajilla y los cubiertos, que —por cierto— causan «muy buena impresión». Menos satisfacen, en cambio, unas soperas de aluminio. Al comprobarlo, el ingeniero no canta sus excelencias: sin decir nada, se las arregla para descambiarlas. Los comerciantes acaban por apreciar al perspicaz y amable cliente. Al dependiente de unos almacenes le admira su «atrayente sinceridad, la palabra bondadosa, que parecía reflejar un alma buena, desprovista de egoísmos humanos». «Yo no sé —dirá— qué tenía su presencia y su sonrisa, que me dejaba siempre una sensación especial».

Particular esmero requiere la instalación del Oratorio, para el que doña Dolores y Carmen cosen lienzos y ornamentos. Con su piedad eucarística, Isidoro goza diseñando los adornos para un alba nueva.

Después de la guerra, resulta complicado encontrar ni siquiera bombillas; y las de Jenner se funden a menudo. Pero la Providencia subsana el problema por un camino insólito: «Isidoro fue a Sagasta 3, como le habíamos dicho, y, aunque no era tienda de electricidad sino perfumería, entró a preguntar. De allí, por pura casualidad, le mandaron a una tienda de ultramarinos. El tendero de ultramarinos le vendió veinticuatro, las únicas que le quedaban de un pedido de un pariente de un amigo». También conseguirá, cosa difícil, suministro de carbón.

En un país donde rige un estricto racionamiento postbélico es particularmente compleja la búsqueda de alimentos: por ejemplo, sólo hay cupo de pan para colegios y hospitales, pero no para pensiones, hoteles o residencias. Zorzano tendrá que resolverlo. Igualmente prevé la escasez de aceite y consigue zafras para conservar el que se puede adquirir en un buen momento.

«El problema de administrar las deudas —dirá con gracia Pedro— no fue tarea fácil». Sobre todo cuando se vive, como ha enseñado el Padre a Zorzano, la justicia de pagar sin el menor retraso a los proveedores.

Isidoro no es cicatero. Antes bien, evita que, por un mal entendido concepto de la pobreza, se deje de gastar lo que sea preciso. Pero, como la penuria real es grande, anota los gastos de comestibles y calcula la media diaria «de cocina», por persona. Lleva también puntualmente el diario de caja, el libro mayor y la cuenta de cada residente de Jenner. Periódicamente hace los oportunos resúmenes y arqueos. Siempre le cuadran, porque sabe que su esmero es un modo de mostrar el amor a Dios. A la gente más joven le hace notar cómo «los empleados que dependen de un sueldo, por no perderlo, procuran esforzarse en que todo vaya al día y primorosamente hecho» y «sería una falta de generosidad que a nosotros el amor de Dios no nos empujase a hacer por lo menos [otro] tanto».

Porque Zorzano, procura contribuir a formar las abundantes nuevas vocaciones que Dios manda.

Formando a los más jóvenes. A Zaragoza y Barcelona. Viajes profesionales para «pulsar calderas»

A uno a quien los lazos familiares dificultan la entrega a Dios, le advierte que resulta fácil cuando existe un verdadero amor, como el que Romeo sentía por Julieta. Y a otro le quedan muy grabadas las palabras que, un día de agosto, le dice Isidoro mientras pasean juntos por la Castellana: «¿Tú sabes lo que supone tener la seguridad de que servimos a un Señor que tiene en cuenta todos nuestros actos, por pequeños que sean, y que los premiará en la gloria?».

El Beato Josemaría y algunos de sus hijos mayores viajan los fines de semana a distintas ciudades y establecen así los fundamentos para una labor apostólica permanente en Valencia, Valladolid, Zaragoza, Barcelona, etcétera. El fin de semana se reduce a menudo al domingo, lo que supone pasar en tren dos noches consecutivas, para estar el lunes cada uno en su trabajo.

Isidoro participa en alguna de estas correrías apostólicas. El primer aniversario «de la Victoria», proporciona varios días de vacación seguidos. El 29 de marzo (1940) el Padre, Álvaro, Isidoro, y otros dos toman el tren hacia Zaragoza, donde pasan el día 30. Conversan, en tertulia de amigos e individualmente, con un buen número de universitarios interesados por conocer el Opus Dei: tres de ellos han solicitado ya, pocas semanas atrás, ser admitidos.

Uno de ellos recuerda cómo «en cierto momento nos preguntó el Padre [...] si teníamos crucifijo. Al responderle negativamente, pidió a los que le acompañaban desde Madrid que entregaran sus crucifijos a los zaragozanos». El que Isidoro había usado durante la guerra —ante el que rezaba cuando supo que Álvaro y sus acompañantes lograrían pasar a Burgos— correspondió a José Javier López Jacoíste.

Por la noche, el Padre, Álvaro, Isidoro y Chiqui siguen viaje a Barcelona, donde se hospedan en el Hotel Internacional. En la Ciudad Condal se entrevistan, como en Zaragoza, con bastantes universitarios. Uno de ellos, refiriéndose a la Obra y a Isidoro, dice: «Cuando este señor —tan serio y tan formal— pertenece a esto, tiene que ser una cosa grande». Zorzano regresa a Madrid el día 1 por la noche: el 2 es laborable. También en Barcelona, estos días, algún estudiante ha pedido ser admitido en el Opus Dei, con el consiguiente gozo para el ingeniero, al que todos saben «siempre pendiente de este crecimiento de la Obra» y a quien «cada nueva vocación le alegraba en extremo». De todas maneras, Isidoro no valora la eficacia del apostolado por el número de personas que se incorporan al Opus Dei, sino por el servicio prestado a todas las almas. Respecto a los amigos o personas que frecuentan los medios de formación de la Obra sin mostrar signos de vocación, Zorzano recuerda que «no se puede dejar a la gente; eso no es el espíritu de la Obra». Del Fundador han aprendido a procurar que todas las personas —sean o no llamadas por Dios al Opus Dei— se acerquen más a Cristo.

Isidoro viaja mucho en estos tiempos, casi siempre por motivo profesional: como ferroviario tiene, para los desplazamientos, tarjetas de libre circulación en primera clase, por las diversas redes. Su trabajo le lleva, como él dice, a «pulsar» las locomotoras, que los Ferrocarriles del Oeste han hecho construir o reparar en Bilbao, en Sevilla, en Valencia, o en otras localidades.

Estas visitas de inspección comienzan, en ocasiones, con cierta tirantez: puesto que Zorzano trabaja en la presencia de Dios, no se limita a tomar un café y firmar, sin más, el visto bueno. Como en los talleres de Málaga, también ahora revisa concienzudamente las calderas, las golpea y comprueba su correcto funcionamiento. Esta seriedad causa una excelente impresión a los proveedores, que quisieran tener un ingeniero tan competente trabajando para ellos. El dueño, concretamente, de la valenciana empresa Devís le ofreció un puesto en sus talleres, donde percibiría un sueldo notablemente superior al que cobraba en Madrid. Como la oferta parece interesante, algunos miembros de la Obra piensan que Isidoro aceptará.

A decir verdad, su traslado no vendría mal. De hecho, Zorzano es el Presidente de la Sociedad Civil de Estudios Superiores, titular de la nueva residencia de estudiantes en Valencia.

Pero el puesto de Isidoro no está en Valencia, sino en Madrid. En la capital puede compaginar el trabajo profesional con su encargo como administrador del Opus Dei.