Por cárceles y embajadas

 

Índice: Isidoro Zorzano

Estos meses han traído su peripecia para cada miembro de la Obra y para quienes participaban en sus medios de formación.

Pedro Casciaro, Paco Botella, Ricardo Fernández Vallespín, Rafael Calvo Serer y alguno más, a quienes ha sorprendido la guerra por Levante, dentro de la España republicana, durante varios meses quedan sin noticias del Beato Josemaría y los otros. Los tres primeros acabarán movilizados. Rafa, que acaba de incorporarse a la Obra, está enfermo y pasará en Alcalalí una larga temporada.

Sus hijos estarían dispuestos a sacar adelante la Obra si muriera el Padre: así se lo han manifestado ante una inesperada pregunta suya. Pero todos son conscientes de que resulta imprescindible poner al Fundador a salvo. Además de formarles a ellos mismos y de impulsar la expansión de los trabajos apostólicos, hay muchas tareas que requieren la gracia fundacional: atender las vocaciones y desarrollar los apostolados entre mujeres, conseguir las aprobaciones del Opus Dei por parte de la Santa Sede... Cuando comprendan que la guerra va para largo, pondrán todos los medios hasta lograr que don Josemaría salga de Madrid y pase a la zona española donde puede desempeñar su ministerio como sacerdote y Fundador.

Al cabo de casi tres meses bien amargos, de acá para allá por Madrid sin asiento fijo, convencen al Padre para que se traslade a un sanatorio: el doctor Suils, lo acepta —con nombre ficticio, como a otros supuestos pacientes— en su «Casa de Reposo y Salud», por la Ciudad Lineal. Barredo se instalará también, dentro de poco, en el mismo sanatorio. Allí don Josemaría tendrá que hacerse pasar por loco, pero algunos días puede celebrar —¡por fin!— la Santa Misa; desarrolla, dentro de las limitaciones inevitables, alguna tarea ministerial y mantiene relación, más o menos directa, con sus hijos.

Atención a la familia del Fundador. Álvaro, Juan y Chiqui, en prisión

Isidoro, que ya sale de casa, inicia su heroico papel de enlace entre el Fundador y los miembros de la Obra, dispersos. Comprueba una vez más la enorme fe del Padre y la entrega con que se desvive por las almas que le rodean y por cada uno de sus hijos, cuya situación material y espiritual sigue con desvelo verdaderamente paterno. Esa fe robustece la de Isidoro y el ejemplo del Fundador impulsa su generosidad para cuidar de los demás.

En su propia casa, paseando por la calle, o en un banco de algún parque, Zorzano dedica largos ratos a los que todavía están libres, como Barredo y Juan Jiménez Vargas. Juan advierte cómo el ingeniero «a pesar de las circunstancias adversas, conservaba el orden y regularidad en el cumplimiento de su plan de vida espiritual»: dos medias horas de oración mental, lectura diaria del Evangelio y de algún otro libro doctrinal, Rosario, etcétera.

El doctor Jiménez Vargas subraya que Isidoro «seguía corriendo riegos graves de detención» y se jugó la vida «al cumplir aquella misión que le había confiado el Padre» Su documentación es, efectivamente, precaria; pero sirve para callejear, ...si uno está dispuesto a arriesgar la vida. Isidoro lo está.

Al mencionar el peligro de las detenciones, Juan habla con conocimiento de causa: él mismo fue detenido, el 16 de octubre, y llevado a la cárcel de Porlier (el colegio Calasancio de los Escolapios, convertido en prisión), donde ya está algún otro.

Gracias a Dios, la patrulla que detiene al Doctor no descubre los papeles donde Juan escribe su diario, que hubiera resultado comprometedor para él mismo y para otros. Sí los encuentra Isidoro, que los lleva consigo. El destino de esos papeles será un baúl, que la madre del Beato Josemaría —doña Dolores Albás— custodia en su casa.

Zorzano cruza, prácticamente a diario, la capital de un extremo al otro. En el sanatorio del Dr. Suils conversa con el Padre, a quien proporciona también formas para la Santa Misa, e incluso el Santísimo Sacramento, cuando el Fundador no puede celebrar. Como a los sacerdotes en muchos casos les resulta imposible, los fieles laicos —con conocimiento de la Jerarquía— están facultados para conservar y distribuir la Sagrada Eucaristía.

Isidoro acude también a casa de doña Dolores, para llevarle noticias de su hijo. A finales de octubre, sin embargo, las fuerzas nacionales —tras la toma de Toledo— se acercan a Madrid, cuyo asedio se va cerrando progresivamente. Durante unos días el ingeniero no puede acercarse por el domicilio de los Escrivá, que será zona de guerra. Las líneas del frente quedarán estabilizadas allí hasta el fin de la contienda.

Doña Dolores y sus hijos, Carmen y Santiago, deben ser evacuados y se mudan a un hotel, en la calle Mayor. Isidoro localiza enseguida su paradero y les ofrece un alojamiento mejor: la casa de los González Barredo, en la calle Caracas. El propio Zorzano les ayuda en el traslado e instalación. Pero el portero de la finca pone dificultades a la presencia de Santiago, y éste tiene que irse a la Casa de Reposo y Salud, junto al Beato Josemaría.

Por estas fechas, la República —cuyo gobierno ha buscado en Valencia sede más segura— decreta la movilización de los reservistas y comienza la evacuación de las personas que no desempeñen cargos oficiales o destinos públicos. Los ciudadanos comprendidos entre los 18 y los 45 años necesitan un certificado de trabajo. Isidoro consigue uno, tan dudoso como su restante documentación.

Con todo ello, mucha gente pide asilo en consulados y embajadas. Pero, los días 3 y 4 de diciembre, guardias de Asalto y milicianos invaden la Legación de Finlandia y sus dependencias: detienen a más de 1.000 refugiados, que pasan a la cárcel de San Antón (otro colegio de las Escuelas Pías). Entre los detenidos figura Álvaro del Portillo, con quien coincidirá, en San Antón, Chiqui Hernández de Garnica.

Por San Antón y Porlier

Isidoro visita a las familias de los miembros de la Obra encarcelados. De este modo consigue saber sus paraderos y andanzas.

Ya están todos localizados. El 11 de enero (1937) Zorzano escribe a los que andan por Levante: «Mi querido amigo: Mi Padre y todos mis hermanos están muy bien; espero noticias vuestras y de Pedro. Te abraza, Isidoro».

Zorzano cada vez se arriesga más por todos. Se ha enterado de que Juan Jiménez Vargas será declarado libre y habla con un juez para confirmar el dato. Después se presenta en la cárcel de Porlier para comunicar al interesado la noticia. Pocos días más tarde, estando Juan escondido en casa de sus padres sin documentación, Isidoro acude para decirle que el doctor Suils lo admite en su Sanatorio.

Al visitar a Jiménez Vargas en Porlier, Zorzano ha descubierto que resulta posible llegarse a las cárceles. Únicamente lo hacían, de vez en cuando, algunas mujeres: por ejemplo, madres o esposas de los presos. Pero todo es cuestión de echarle valor al asunto... y de pedir a los Ángeles custodios que los guardias no miren despacio la documentación del visitante, quien —por descontado— se juega la vida.

El Padre, por el propio Zorzano, sabe que Álvaro ha sido juzgado y ha salido de San Antón. Pero allí queda Chiqui. Isidoro acude casi a diario a la prisión. Chiqui escribirá: «A mí en los tiempos en que ningún hombre iba a visitar a los presos a la cárcel, por el peligro a que se exponía, me fue a ver». Lo hizo «repetidas veces en la cárcel de San Antón, preocupándose de que saliera de ella por padecer yo una afección renal».

Ocasión hay —por ejemplo en días de intenso bombardeo— en que sólo aparece un visitante por San Antón: Zorzano. Callejear por Madrid resulta, efectivamente, peligroso; hasta el punto de que la Junta de Defensa publica unas «recomendaciones para aminorar el riesgo de los transeúntes durante las agresiones de la artillería». A veces ha de marcharse tras discutir sin éxito acaloradamente con los guardias, que le impiden ver al amigo. A Isidoro, apacible de suyo, la bronca puede costarle cara, si examinan atentamente sus papeles.

Garnica —que dirá de Isidoro: «¡Conmigo tuvo una caridad extraordinaria!»— es pronto trasladado a Valencia: primero al penal de San Miguel de los Reyes y, luego, a la Cárcel Modelo. Zorzano escribe a los levantinos para que, de cerca, vean el modo de ayudar al cautivo. Por su parte, visita frecuentemente a la familia de Chiqui en Madrid. La madre del joven declarará: «Vino a verme», Isidoro, «y se tomó gran interés por sacar a mi hijo; consiguiéndolo, pues le declararon enfermo y le admitieron en un sanatorio, donde no pudo ir porque le trasladaron a Valencia. Venía a vernos y a consolarnos, trayéndonos siempre noticias satisfactorias, y cuando le decíamos que se arriesgaba mucho decía que él no tenía que temer, por ser súbdito argentino; cuando todos sabíamos que a muchos extranjeros no les había defendido de la muerte el serlo».

Isidoro no sólo corre peligro cuando acude a las cárceles. También es arriesgado acercarse por las embajadas o consulados extranjeros. Como son lugar de asilo para muchos refugiados, las milicias controlan sus alrededores. Frecuentar esas dependencias levanta sospechas. Ahora bien, Vicente Rodríguez Casado lleva meses en la Embajada de Noruega; y Álvaro, cuando salió de San Antón, se acogió a la Embajada mexicana. Uno y otro recibirán el cariño —humano y sobrenatural— que, por encargo del Padre, les lleva Zorzano.

Vicente recuerda la primera visita de Isidoro a «Noruega»: «Estaba peor que en una cárcel porque no se podía comunicar con el exterior. Nunca sabré expresar lo que sentí la primera vez que me entrevisté con Isidoro en el zaguán de la Embajada, ni el tiempo que transcurrió hasta su marcha. Estaba sediento de noticias del Padre, de los demás, de hablar de la Obra. Isidoro, mucho más delgado, era sin embargo el mismo. Trascendía de él una confianza tan enorme en Dios, hablaba con tanta naturalidad y sencillez de lo que el Señor iba a hacer por medio de la Obra, muy poco tiempo después, si nosotros éramos fieles, que mi fe se agigantaba al ponerse en contacto con la suya. No la había perdido; gracias a Dios, tenía una seguridad absoluta; pero al verle, al oírle, lo abstracto de mi fe se concretaba, lo ideal se actualizaba».

A ese primer encuentro seguirán muchos: «En un principio, durante bastante tiempo, venía a verme todos los días. Merced a un cargo que me dieron en la legación —vigilar la entrada y salida de la camioneta de abastecimientos—, podía conversar con Isidoro diariamente más de una hora»: charlan y rezan juntos en el garaje.

La Embajada prohibirá las visitas. Pero Zorzano encuentra el resquicio para estar con Vicente, aunque sea más espaciadamente: «No puedo verle nada más que los sábados, y extraoficialmente...»; «Ayer estuve con Vicente. Con el nuevo ministro tienen un plan más severo...»; «Le veo con frecuencia y es el que está más solo». Por eso, porque Vicente está muy solo, Isidoro sigue haciendo equilibrios. El propio Rodríguez Casado recordará:

«A veces se le escapaba decirme —Hoy me he colado en la portería de rondón, sin que me vean los guardias. No quiero que me fichen.

»Cuando, haciendo hincapié en eso, le advertía que no viniese a verme con frecuencia [...], él se sonreía y me contestaba que, poniendo los medios, Dios no podía por menos que favorecernos. En efecto, consideraba muy conveniente el visitarme, para traerme, como él decía ‘calor de familia’. Sin embargo, la realidad era, según luego me he enterado, que había registros y cacheos a la entrada».

Isidoro acude también al edificio de la Embajada de México, donde se ha refugiado Álvaro. «En cuanto pude hacérselo saber a Isidoro, vino inmediatamente [...] y pasamos un largo rato de charla sobre lo que tanto nos interesaba: la situación del Padre, la de todos los demás... Recuerdo que su visión —tan sobrenatural— de tanta tragedia, su confianza grandísima en Dios y la naturalidad y la sencillez con que expresaba su esperanza, su seguridad de que Dios pronto habría de dar gran fruto de salvación de almas y de paz, por medio de la Obra, si nosotros éramos fieles, me hizo mucho bien», escribe el interesado.

El Beato Josemaría en el Consulado de Honduras. Prohibidas las visitas de Zorzano

A todos lleva esperanza, cariño y noticias del Padre. A mediados de marzo (1937), don Josemaría cambia de alojamiento. Los cobijos provisionales no resuelven nada: a los ocho meses de guerra, se han desvanecido las esperanzas de un desenlace inminente.

Barredo ha encontrado asilo en el Consulado de Honduras, que acogía varias docenas de refugiados. Consigue que admitan al Fundador y a unos cuantos más. La solución parece inmejorable porque brinda la salida definitiva que sus hijos desean para el Padre. En efecto, el Consulado se propone evacuar a todos sus protegidos, por vía diplomática.

La Legación está situada en el Paseo de la Castellana número 51 duplicado (actualmente, 45). Álvaro se traslada el 13 de marzo por la tarde. Al día siguiente Isidoro acude con un coche de la Legación a buscar al Beato Josemaría y a Santiago en el Sanatorio: en el trayecto al Consulado fueron detenidos en tres puestos de vigilancia, pero lograron llegar a su destino. El 15 por la tarde, Zorzano lleva a Eduardo Alastrué al mismo refugio.

Los documentos de la Obra están en la casa donde vive doña Dolores, en la calle Caracas. Allí lleva Isidoro las cartas, diarios y otros papeles de interés histórico: «Diariamente archivo toda la correspondencia en casa de la abuela». De este modo —«la abuela»— se refiere Zorzano a la madre del Fundador, a quien tiene al corriente de las noticias familiares.

Mientras no consigan sacar a don Josemaría de la España comunista, Isidoro se arriesga a ser detenido cada vez que, a diario, se presenta en la Legación. Para entrar, debe esquivar la vigilancia. José María Albareda contará cómo, cuando el ingeniero lo llevó a ver al Padre, le advirtió: «Habrá guardias en la puerta, pero no pedirán nada». En efecto, «mientras los guardias estaban lánguidos junto a los árboles, al otro lado del arroyo, ya estábamos dentro».

Pero también dentro hay quien recela de sus visitas: un día —lo refiere Álvaro— «no pudimos verle. Como la casa era tan pequeña y estábamos tan hacinados en ella, hubimos de oír [...] cómo una de las ‘autoridades’ del Consulado le expulsaba de mala manera, gritando sin educación ni decoro: ‘¡No tiene Vd. por qué venir tanto por aquí! ¡Está comprometiendo a todos los refugiados!’.

»Isidoro protestó contra tal falsedad. De nada le valió: hubo de marchar de la casa. [...] La escena era como para que, por lo menos, Isidoro no le hubiera dado ya nunca la cara a su interlocutor, lo que equivalía a no volver más por el Consulado. Pero quedaban allí el Padre y unos hermanos. El próximo día de visita, a la hora de costumbre, llamaba Isidoro a la puerta del Consulado. Se exponía a que de nuevo le afrentasen, poniéndolo un cualquiera otra vez en la calle. [...] No había posibilidad de avisarle para que no viniese. [...] Ahí estaba Isidoro de nuevo. ¿Cómo le recibirían? La gestión era muy difícil, pero el Padre había conseguido —ya que no se podía decir a Isidoro que suspendiera las visitas— aplacar algo los nervios rotos de determinadas personas. Y, muy secamente, se indicó a Isidoro que podía esperar un momento: enseguida saldría el Padre».

Durante una temporada Zorzano hará verdaderas filigranas para continuar su función como enlace. Un procedimiento es acudir a la planta superior, con entrada independiente, para recoger los mensajes del Padre y dejar las cartas, víveres u otros encargos. Llegado el caso, el propio Fundador puede subir y ver unos momentos a Isidoro. En ocasiones hará de intermediario Juanito, el portero de la casa, a quien cabe abordar en el Paseo de la Castellana. Otras veces la comunicación se hace por medio de los hermanos pequeños de Álvaro, Teresa y Carlos, quienes por su edad —en torno a los diez años— no levantan sospechas. A menudo llevarán, escondidas en los zapatos, cartas o notas para Isidoro.

El Fundador consigue que permitan a Zorzano reanudar sus visitas. Suele aprovechar la ocasión para confesarse con el Padre. La frecuencia de los encuentros personales oscilará, con altibajos, según las circunstancias. Pero el ingeniero hará lo que sea preciso, con tal de no dejar al Fundador desatendido, ni a los miembros de la Obra sin las palabras alentadoras del Padre.

Meditaciones aprendidas de memoria. Una decisión heroica: se queda en Madrid

En efecto —escribe Álvaro—, «el Padre nos hacía todos los días la meditación, mañana y tarde. Uno de nosotros [...], en cuanto terminaba la media hora de oración, la recomponía por escrito. Procuraba ajustarse cuanto podía a las palabras, al estilo del Padre. Y cuando venía Isidoro, se llevaba las oraciones escritas, para, en su casa de la calle de Serrano, hacerlas con otros de la Obra que podían andar por la calle».

A Vicente Rodríguez Casado le lleva Isidoro esos textos a la Legación noruega: «Nos metíamos», cuenta Vicente, «en el garaje y allí hacíamos la oración [...] con lo que el Padre había dicho al dirigir la meditación». En un momento dado, se intensifica el registro de los visitantes y Zorzano «dejó de llevar el escrito de la meditación del Padre. No quería que los milicianos profanasen lo que para nosotros era tan sagrado. Más de un paseo —asesinato— hubo por menos motivo que por llevar una meditación en el bolsillo». Vicente no exagera. El 19 de marzo (1937) el Papa Pío XI ha publicado su Encíclica Divini Redemptoris, en la que denuncia cómo, en España, «el furor comunista no se ha limitado a matar Obispos y millares de sacerdotes y religiosos [...], sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase, que aun ahora son asesinados cada día, en masa, por el mero hecho de ser buenos cristianos».

Ahora bien —dice Rodríguez Casado—, «Isidoro no sufría dejarme sin la meditación, sin la palabra del Padre. Y resolvió el problema con sencillez aparente, pues las meditaciones eran largas —en media hora se dicen muchas cosas—, demasiado largas para aprender todos los días una de memoria al pie de la letra: eso es lo que hacía Isidoro en obsequio del hermano refugiado en la Embajada».

También Juan Jiménez Vargas está recluido. Al dejar el sanatorio de Suils, se ha enrolado en la brigada anarquista Espartacus. Como no quiere ir al frente, decide provocarse fiebre, artificialmente, mediante unas inyecciones. Lo consulta con Isidoro, que —junto con el recurso a la Providencia— ejercita la virtud de la prudencia. Según recuerda Juan, «esta prudencia le llevaba a no contestar inmediatamente, sino después de pensar mucho cada asunto» en la presencia de Dios. Pero «nunca se encerraba en sus propias ideas o puntos de vista, sino que antes oía a los demás [...] y, a veces, cedía su propio criterio [...]. Cuando le propuse recurrir a la fiebre artificial, reflexionó detenidamente y [...] aceptó mi punto de vista, aunque no le parecía el mejor». Juan, enfermo voluntario en casa de sus padres, habrá de ser visitado a domicilio. Zorzano le lleva la Comunión. Pronto se demuestra que Isidoro tenía razón: aquellas fiebres «no fueron tomadas en consideración por las autoridades militares y, de improviso, sin poder decir nada a Isidoro, fui obligado a presentarme en el frente de guerra».

Aunque José María Albareda no pertenece a la Obra, Isidoro adivina su posible vocación y que las palabras del Padre le supondrían un buen empujón. Es Albareda quien lo relata: «Venía cada dos o tres días por la tarde a la pensión donde yo estaba. Cruzaba ágil la portería», para esquivar al portero que podía denunciarle, y «entraba sonriente en la habitación». Una vez allí, «me daba noticias de la situación de cada uno; preocupado por todos. Y hacíamos la oración. Le gustaba hacerla con las Epístolas de San Pablo»; también «me prestaba las meditaciones que hacía el Padre en la Legación». Así caldeaba el alma del joven investigador.

También transcribe para los de Valencia las palabras alentadoras del Padre: «Como en estos días no nos han salido las cosas como queríamos, nos dice: Criotes: me dais la impresión de apabullamiento. Os encuentro alicaídos, llenos de fastidio..., cansados. No os conozco: si niños, los niños insisten con tozudez, cuando encuentran inconvenientes, hasta vencerlos y lograr luego más plena satisfacción al conseguir sus deseos; si hombres, los hombres se crecen ante los obstáculos y sonríen... y convierten en deporte viril lo que era deber penoso y acaban, ¡siempre! —con el logro o sin él: ¡bah!— satisfechos»; «Nos dice mi padre: Hijos, ¿os habéis hecho la ilusión de que es posible andar sin vencer resistencias? Pues claro que siempre y en todo hemos de encontrar grandes dificultades unas veces; y otras, pequeñas dificultades. Por cierto que las primeras, de ordinario, se notan menos porque enardecen; es en las segundas, que producen escozor a nuestra soberbia y nada más...»; «Mi abuelo no deja de repetirnos la cantinela de ‘alegría con paz’; ¡y suenan tan bien sus palabras que parece van directas al corazón! Poner los medios de que disponemos en todos los asuntos que nos encomienda; la solución favorable o adversa es lo de menos; siempre será lo que mejor convenga. Es claro que dejándonos siempre guiar por D. Manuel». (La censura postal exige recurrir a un lenguaje inteligible para los destinatarios, pero sin exponerles a peligros. Así, por ejemplo, Nuestro Señor será «Don Manuel»; y el Fundador, «Mariano» —su cuarto nombre de pila— o bien «mi padre» o «mi abuelo».)

Isidoro se deja «guiar por D. Manuel» y por quien hace sus veces. Menos de quince días llevaba el Padre en la Legación de Honduras, cuando a Zorzano le ofrecen el ser evacuado de Madrid al extranjero. Lógicamente, le atrae la perspectiva de terminar, por cuanto a él se refiere, las angustias y peligros. Pide consejo al Fundador.

El Padre, que no desea coaccionarlo, le dirá: «Tú obra con enterísima libertad». Pero antes, con gran claridad, le ha expuesto la conveniencia de permanecer en la capital. El Beato Josemaría está deseando salir de su encierro y atender a todos sus hijos; pero su condición de clérigo le impide moverse por el Madrid republicano. Isidoro es la única persona que, con relativa seguridad, podrá cumplir esa función tutelar y mantener la correspondencia con los que están desparramados por las dos Españas. También será preciso poner en marcha DYA, en cuanto sea posible. Isidoro, para no preocupar al Fundador, ha sido poco explícito al describir su precaria situación de «español nacido en Buenos Aires». Y el Beato Josemaría, como todos, da por sentado que Zorzano es súbdito argentino: «Como extranjero que eres, y hombre que jamás ni directa, ni indirectamente se ha mezclado en la política española, no tienes que temer ninguna molestia concreta».

Zorzano, siempre prudente, en esta ocasión no lo piensa dos veces. Su decisión es heroica: sin disipar el equívoco de su nacionalidad, agradece la oportunidad de seguir sirviendo a los demás. Se quedará en Madrid. Como estos días no le permiten ir a Legación de Honduras, comunica por escrito su determinación. El Padre aplaude la generosidad de su hijo mayor: «No esperaba menos de ti, Isidoro. La solución que has dado a tu asunto es la que Nuestro Señor quiere, sin duda alguna». También se alegra doña Dolores. Isidoro informa, con toda naturalidad, a los levantinos: «Aunque se marche mi padre en compañía de algunos hermanos, de los peques, yo me quedaré para hacer compañía a los otros y poderme hacer cargo de la casa cuando esto se normalice».

Se marcha Ricardo y llega Juan. Apostolado con Albareda

La permanencia de Isidoro en Madrid resulta eficacísima. El 4 de abril (1937), pocos días después de la determinación, aparece Ricardo por la capital, con barba y vestido de miliciano. Isidoro lo atiende: lo lleva a ver al Padre en la Legación y pasean por Madrid. Hacen compras y se sacan algunas fotografías como recuerdo. Estaba previsto que Fernández Vallespín se quedara en «Honduras» para ser evacuado, por vía diplomática, con el resto de los refugiados. Pero Ricardo propone al Fundador regresar a su destino militar y tratar de llegar a la otra zona de España, a través del frente de guerra.

El mismo día de su marcha, 7 de abril, aparece Jiménez Vargas, que ha desertado de su brigada, porque piensa que el Padre lo necesita.

«Me dirigí», escribe Juan, «directamente a casa de Isidoro: no me cabía ya otra solución que la de refugiarme en una embajada. Cuando Isidoro me vio en su casa, a pesar del peligro que suponía para él y para su familia acoger a un desertor en aquel tiempo, no manifestó el menor temor ni la más mínima irresolución. Inmediatamente fue a casa de mis padres a buscar un traje y a la Legación de Honduras». Como ha quedado vacante la plaza reservada para Fernández Vallespín, «el cónsul me admitió con el nombre de Ricardo Escrivá, como si fuese hermano del Padre». Acto seguido, «una vez resuelto mi refugio, Isidoro regresó a su casa y quemó mi uniforme».

Aparte de estos recibimientos esporádicos y de visitar a Vicente, Zorzano atiende con solicitud a los miembros del Opus Dei que andan, más o menos libres, por la capital. De vez en cuando, reúne a todos en su casa, donde leen las meditaciones del Padre. También Zorzano, con sus propias palabras, les infunde ánimos. Algún día de fiesta incluso almuerzan con él. En ocasiones invita no sólo a los miembros de la Obra, sino también a otros —como José María Albareda o Justo Martí— que solían frecuentar, en DYA, los medios de formación.

En las fechas más señaladas —por ejemplo, San José o Pentecostés— Isidoro los convoca en casa de doña Dolores: a veces comen allí, o toman el té con rosquillas, conversan, oyen música... Días hay en que la tertulia se prolonga hasta las ocho de la tarde. Estas reuniones familiares con doña Dolores y Carmen se convierten casi en una institución, los domingos por la tarde. Hay tiempo incluso para escuchar en la radio las noticias de la guerra. Deben hacerlo con cuidado pues constituye una «traición». Los periódicos aseguran que «un aparato de radio es un arma que vale por muchos fusiles» y piden «un mayor control sobre los aparatos que hay en Madrid, su potencia y la lealtad de los propietarios».

Albareda recuerda que, llegado el verano, «nos permitíamos ya hasta salir al balcón, e Isidoro hablaba de la Obra». El ingeniero, dichoso en su camino, trata de contagiar su propia felicidad al científico, a quien pondera la fraternidad, el sentido sobrenatural y la consiguiente paz que —gracias al ejemplo y solicitud del Padre— se respiran en el Opus Dei, también en circunstancias como aquéllas: «¡Esto no lo encuentras en otra parte!». El hecho es que, a finales de verano, Albareda pedirá ser admitido en la Obra.

Isidoro le hace partícipe de su preocupación por el Fundador. A Zorzano, efectivamente, le inquieta la situación del Padre. A los de Valencia les dice: «Está desconocido, muy delgado y ha vuelto a tener fiebre. Intensificar el pedir a D. Manuel que le envíe pronto la medicina saludable de un cambio de ambiente». Tan desmejorado está don Josemaría que ni doña Dolores lo reconoce, una vez que puede visitarlo en la Legación: «efectivamente ha adelgazado muchísimo, no le queda de su expresión antigua más que la vivacidad de sus ojos, pero sigue con el mismo temple de siempre. [...] Cuando se sale de hablar con él, se encuentra uno más ligero, como si le hubiesen quitado algo que molestaba. Es necesario extremar el cariño y afecto hacia él, ya que él está continuamente pensando en sus peques; nos pasa revista mentalmente a cada instante. Nos recuerda sobre todo cuando visita diariamente a nuestro gran protector D. Manuel».

Pero la prometida evacuación de los refugiados en el Consulado de Honduras se retrasa una y otra vez.