1934-1936: Últimos años malagueños

 

Índice: Isidoro Zorzano

Isidoro alivia la distancia, con viajes cada vez más frecuentes a la capital, para estar con el Fundador y los demás miembros del Opus Dei: «Tengo ya verdaderos deseos de ir, pero no podré realizarlos hasta carnaval». Cuando, excepcionalmente, viaja en días lectivos, avisa con antelación a Luis Romero Santana, su profesor auxiliar. A Romero le conmueve la delicadeza del superior, que pide «por favor lo que tenía derecho a exigir con entera libertad, puesto que yo era su profesor ayudante».

A menudo, sin embargo, los viajes se ven truncados por sus responsabilidades en Málaga, donde también es Tesorero del Patronato Local de Formación Profesional. Esto significa, entre otras cosas, que le corresponde pagar a los profesores y empleados de la Escuela Industrial, ...si ha conseguido los fondos para ello. Así, no pudo pasar en Madrid el día de San José, «por una contrariedad de última hora [...], y con motivo de no haber pagado todavía la mensualidad correspondiente al mes de Febrero p. pdo., por no haber hecho todavía efectiva el Ayuntamiento la consignación».

A Isidoro le gusta que las nóminas se paguen al día. Su sentido de la justicia sufre por la retención de los sueldos a personas que trabajan. Sólo en estos casos se le recuerda enfadado, y protestando en el organismo oficial hasta conseguir la libranza. En ocasiones, lleva en persona el dinero a los empleados y profesores.

Como don Josemaría tiene fundamentos para temer que Zorzano siga tocado de activismo, a primeros de marzo le dirige una carta. Isidoro la medita y formula varios propósitos. Ante todo, incrementar el tiempo dedicado a la oración. Sus prácticas acostumbradas, en días laborables, venían siendo la Santa Misa y Comunión, a las 6.30; el Rosario y las Preces, al mediodía; un cuarto de hora de meditación (con el Evangelio y las Consideraciones Espirituales), por la tarde; y, al anochecer, visita al Santísimo y examen de conciencia.

Tampoco está mal para un ingeniero que trabaja ocho horas en los ferrocarriles; imparte dos lecciones diarias en la Escuela Industrial (con explicaciones complementarias, en casa); es tesorero en el Patronato de la Escuela y en Acción Católica; lleva también las cuentas de un asilo, en el que da clases y al que dedica bastante tiempo; pertenece a la Directiva de la Sociedad Excursionista... Tal vez en esto resida el problema. Le queda poco rato para la oración mental. Como de alguna parte debe salir el tiempo, resuelve dejar la Casa del Niño Jesús.

En este 1934, con el incremento de oración, se consolida en Zorzano la convicción de que ser santo no es «hacer cosas», sino crecer en intimidad con Dios, cuya gracia desempeña el papel decisivo.

Sigue los consejos del Fundador, a quien escribe: «Medito diariamente la Pasión». De acuerdo con sus indicaciones —añade—, «dedico cada día de la semana a una advocación»: los domingos, a la Santísima Trinidad; los lunes, a las benditas Ánimas del Purgatorio; los martes, a los Ángeles Custodios; los miércoles, a San José; los jueves, a la Sagrada Eucaristía; los viernes, a la Pasión de Cristo y los sábados a la Santísima Virgen.

Un pequeño detalle refleja que Isidoro va profundizando en lo que significa el Fundador. A partir de mayo (1934) encabeza sus cartas: «Mi querido Padre...», que es como los fieles del Opus Dei llaman a don Josemaría, por su verdadera paternidad espiritual y por la solicitud, realmente paterna, con que cuida de todos sus hijos.

A finales de año, durante las navidades, Zorzano asistirá en Madrid a un retiro espiritual para miembros de la Obra: el resultado será que «se encuentra uno cada vez más lleno de Él». Lleno de Dios, no sólo a ratos intermitentes. La fisonomía espiritual del Opus Dei consiste en la unidad de vida. Hay que superar la tendencia a los compartimentos estancos: a rezar en unos momentos, trabajar en otros, y desarrollar en tiempos determinados el celo apostólico. Se trata de ser la misma persona durante las veinticuatro horas de cada día.

Isidoro progresa en su coherencia vital. Así, despacha con Dios sobre las cuestiones profanas, para darles una solución cristiana. Acerca de una perspectiva profesional, escribirá: «Ayer pensé el caso detenidamente y, esta mañana, durante la Comunión, al considerarlo delante de Él, tomé la determinación de presentarme al concurso». Por otro lado, pide al Señor con intensidad y fomenta el don de «la presencia constante de nuestro Padre Dios». Don Josemaría le ha recomendado tratar a Dios como Padre; y poner medios para mantener la visión sobrenatural. Por ejemplo, recurrir a su Ángel Custodio. El ingeniero lo procura: «Siguiendo tus consejos, cada día de la semana lo dedico a una devoción; uno de estos días que le correspondió al Ángel de mi Guarda, iba pensando por la calle [...] sobre los favores y mercedes recibidos por mediación de dichos ángeles y en la compañía que nos prestan. Me figuraba que lo llevaba a mi derecha y que platicaba con él».

Trabajo en los talleres. Postergado por católico. «Revolución de octubre»: militarizado

La presencia del Señor se traduce, claro está, en la calidad del trabajo. Isidoro siempre fue buen cumplidor de su deber. Ahora los quehaceres profesionales se han convertido, además, en ocasión de manifestar el amor a Dios. Y, por Él, al prójimo.

El trabajo actual de Zorzano es poco brillante: no se trata de concebir o realizar proyectos, sino de dirigir y, sobre todo, controlar la tarea de los caldereros, chapistas, soldadores, torneros, ajustadores, etcétera —son varios centenares de hombres—, que reparan las locomotoras y ténderes llegados al sanatorio de trenes.

El ingeniero sabe aprovechar el tiempo, que para él no es oro sino gloria de Dios. Nadie le ve perder un minuto. Cuando no tiene que revisar si han substituido una válvula, qué tal marcha la nueva biela o si han terminado de forjar una ballesta, está en su despacho estudiando. «¿Para qué estudia más?», le pregunta un ajustador. Entre su gente, son comunes frases del tipo: «¡Hay que ver lo enterado que está don Isidoro!»; «Si yo valiese lo que él [...] llegaría a ser el amo de los ferrocarriles». También los colegas ingenieros señalan que su labor «fue siempre inmejorable, muy trabajador».

El hecho de ser el primero en cumplir con sus obligaciones le confiere autoridad para exigir que los subordinados realicen cabalmente las suyas. Zorzano sabe mandar a los contramaestres y obreros. Lo hace sin autoritarismos: «siempre llegaba a cualquier pabellón» —recordarán— «daba la mano, con una sonrisa, a aquellos a quienes tenía que dirigirse o dar órdenes»; «Jamás habíamos visto que nos trataran con la finura y atención con que lo hacía»; «aunque mandaba cosas difíciles, no había más remedio que hacerlas por la manera como las mandaba». Expone su punto de vista: «Vamos a hacer esto; mi opinión es que se haga de esta o de la otra manera; pero díganme qué les parece a ustedes». Si le convencen, cambia de opinión. Pero, una vez que «resolvía hacer esto o aquello, ya era inflexible» al exigir su ejecución.

Cuando hay que reprender, reprende «con gran autoridad y delicadeza». Al contramaestre que denuncia fallos en el trabajo de alguien, le dice: «Damián, a ver si lo arreglamos. Llámele usted y hablaremos». El interesado «quedaba convencido de su falta, sin [...] el menor resquemor». Alguno comentará: «Diga lo que diga, no es posible enfadarse con él, porque lo dice de tal manera, que no hay lugar».

El ingeniero no discrimina a la gente por sus ideas políticas o religiosas. Un subordinado, que se consideraba contrario a Zorzano, reconocerá que «cuantas veces fue requerido», por él, «para algún beneficio para los obreros, lo cumplió con cariño». Isidoro siente como propios los derechos de los obreros y pone los medios para que se viva la justicia en el trabajo y en su retribución. También busca recursos para facilitar la promoción de los trabajadores con talento. Pero no adopta el aire —«paternalista», en sentido peyorativo— de quien simula favores cuando sólo hace justicia. Conoce qué derechos asisten a cada uno y suele atribuir a los patronos la culpa de muchos conflictos.

Por todo ello «gozaba del máximo respeto». Un compañero de pensión le acompaña una vez al trabajo. «Era —puntualiza— la época en que los obreros hacían desprecio y burla públicos de los jefes y patronos». Pues bien, «me fijé que, en el tranvía, a Zorzano todos los obreros le saludaban quitándose la gorra con la mayor amabilidad». Ya en los talleres, advierte que no sólo se trata de respeto: «la gente ¡le quería!». Al cabo de los años, los trabajadores señalarán que «no había un obrero que pudiera hablar mal de él»; «sentimos en el alma el día que se marchó de estos talleres». Lloran al recordarlo: «Si pudiera hoy darle la vida», dirá el ordenanza, «se la daría».

Alguien pondera esas simpatías advirtiendo que se trataba de «un personal envenenado por doctrinas sectarias como lo estaba Málaga en aquellos años». Isidoro no disimula su fe. Sus hombres recordarán cómo «no se recataba de usar el nombre de Dios con frecuencia, con las frases usadas entre los buenos cristianos; singularmente, cuando nos despedía, [...] nos decía: Hasta mañana si Dios quiere».

Invoca con respeto el nombre de Dios y le apena extraordinariamente que sea injuriado. En cierta ocasión, un obrero se lastima un dedo y suelta una blasfemia. Isidoro acudió solícito y, tras comprobar que había sido un golpe sin consecuencia, le hizo ver «que con eso no remediaba nada. Luego le mandó descansar un ratito».

Aunque «no por eso hacía antipática la religión ni la vida piadosa», su condición de católico practicante es el único «pero» que los obreros lamentan en el superior. Lo hacen con los términos de la época: «Don Isidoro es un camarada más. No tiene una mala palabra para nadie y por eso le queremos; y se le sirve, de cabeza. ¡Lástima que sea un poco cavernícola!».

No sólo ellos piensan así. Isidoro ha sido propuesto para un ascenso. No se lo conceden. «Después de mí han entrado dos ingenieros más en la Compañía; pues bien, sin saber por qué, uno de ellos me ha pasado de categoría y el otro me ha emulado; es decir, que me han postergado». Al desahogo sigue la consideración sobrenatural: «Ésta es una de las mortificaciones mayores que el Señor ha podido concederme». Félez descubrirá el «mérito» de los nuevos: eran novios de alguna hija o cuñada del jefe. Y bromea con Zorzano: «Cásate con una hija y ¡verás cómo asciendes!». Pero el jefe esgrime un «argumento» inapelable: «¡Qué clase de ingeniero es ése que va a Misa todos los días!».

Junto a la oportunidad de ofrecer a Dios una humillación, Zorzano se siente de nuevo azuzado a buscar trabajo en Madrid. Pero no vislumbra «ningún resquicio que me oriente».

Octubre de 1934 será movido. En el cuarto gobierno presidido por Alejandro Lerroux figuran por vez primera tres ministros —Aizpún, Anguera de Sojo y Giménez Fernández— pertenecientes a la confederación derechista (CEDA) que ganara las elecciones de 1933. El sindicato socialista UGT, con el apoyo de todas las facciones políticas de izquierda, declara una huelga general revolucionaria. La «Revolución de octubre» tuvo resonancia particular en Cataluña (donde, como en el País Vasco, se mezclaban ribetes separatistas) y, más que nada, en Asturias, donde fue sofocada mediante la toma militar del Principado.

En los Andaluces de Málaga, el sábado día 6 «se declararon en huelga los obreros dentro de los talleres; abandonaron el trabajo y no volvieron hasta el lunes», para continuar de brazos caídos. «En vista de lo serio de la situación —narra Isidoro—, entraron los guardias civiles y soldados, tomando militarmente los talleres». Los cabecillas son encarcelados y el resto militarizado por decreto. Para Zorzano esto significa madrugar más: «Como tengo que estar todos los días antes de las 7 en los Talleres, me levanto a las cinco y media para poder oír la Misa de 6».

Residencia DYA. Apuros económicos. Desprendimiento

En la misma carta en que relata los sucesos, comunica Isidoro que ya está lista una nueva placa para la «RESIDENCIA DYA». Esta vez ha mandado hacerla en latón. A Zorzano le gusta cómo ha quedado y le satisface prestar esa pequeña contribución a la nueva residencia, por la que venía rezando desde principios de año.

En enero (1934) el Padre había presentado a varios sacerdotes y seglares el programa de DYA para el año que comenzaba. A la vista de las dificultades, también económicas, uno de los sacerdotes, sin que le faltase razón humana, dijo que aquello era una locura, como lanzarse desde un avión sin paracaídas. El Fundador, con lógica a lo divino, decidió que, el curso próximo se mudarían a una casa más grande para instalar también residencia de estudiantes.

A principios de agosto Isidoro pasa en la capital un fin de semana. Por esos días aparece, no lejos de la Ciudad Universitaria en construcción, una casa —en la calle de Ferraz, 50— que reúne buenas condiciones. En las dos manos del segundo piso puede instalarse la residencia. La academia estaría lo bastante próxima, y a la vez con cierta independencia, si se alquila uno de los apartamentos de la tercera planta. El problema radica en el precio: 400 pesetas por departamento significan un total de 1.200 mensuales.

Pero Zorzano, cada vez más identificado con el modo sobrenatural como el Beato Josemaría plantea los asuntos, de regreso en Málaga, deja constancia escrita de su adhesión a las perspectivas del Fundador: ya el año pasado, con la academia, «encontramos también para constituirla todo tipo de dificultades [...] pero fuimos adelante y el resultado puede verse palpablemente».

La instalación de Ferraz 50 constituye una odisea de fe y sacrificio, que gravita sobre los hombros del Padre. La familia del Beato Josemaría presta su apoyo en grado heroico: para poner en marcha la residencia, venden las tierras heredadas, en Fonz, a la muerte del tío Mosén Teodoro Escrivá. Algunos amigos del Fundador proporcionan enseres y los almacenes de Simeón —camerano de Ortigosa— le fían la ropa blanca.

«Me ha producido verdadera alegría» —escribe Isidoro— la confirmación de que el proyecto sigue adelante. Y a los parabienes añade una sustanciosa trasferencia: 1.000 pesetas, a nombre del arquitecto Ricardo Fernández Vallespín, que figura como director oficial de la residencia.

Se amueblan los dormitorios para los residentes, a medida que van llegando... muy poco a poco: son los días de la «Revolución de octubre». Cuando los estudiantes salen a la Universidad, el Fundador hará camas y fregará suelos.

El 10 de noviembre habrá que pagar la renta de los pisos. Pero no hay dinero. «Dios, para poder realizar su Santa Voluntad, nos tiene que dar los medios», escribe Isidoro desde Málaga, cuando llega la fecha. «Además hoy sábado, día dedicado a nuestra Madre [...], no puede negarnos esta merced. Estoy completamente seguro».

Los residentes siguen sin aparecer. Pero llega, inexorable, el 10 de diciembre: «Otro mes que ha vencido; y sin ingresos apenas. Dios nos ampare». Todavía no sabe Isidoro que la Obra tiene un «administrador general»: San Nicolás de Bari. El 6 de diciembre, a punto de celebrar la Misa del Santo, el Fundador le ha retado: «¡Si me sacas de esto, te nombro Intercesor!». Saliendo de la sacristía, pensó que a un Santo no se le ponen condiciones: «...Y si no me sacas, también». El lance tuvo lugar en la iglesia de Santa Isabel, en Atocha, de cuyo Real Patronato don Josemaría será nombrado Rector pocos días más tarde.

Isidoro tendrá gran devoción al Santo Obispo de Myra... que, por el momento, se hace de rogar. Llegado febrero (1935), hay que dejar la planta tercera y fundir, en la segunda, residencia y academia. Zorzano hace suya la interpretación que, del contratiempo, escuchó al Padre: como un muelle, «nos comprimimos ahora para [...] dar a su debido tiempo el gran salto». Ya desde los momentos fundacionales, las obras corporativas del Opus Dei padecen un «pecado original»: dado su objetivo apostólico, resultan deficitarias. En efecto, una elevada proporción del espacio se dedica a zonas no rentables económicamente: salas para clases de formación, cuarto de estar, oratorio...

Precisamente al mes de abandonar la planta de academia, se celebra la Santa Misa en el oratorio de la residencia y el Santísimo Sacramento queda reservado, por vez primera, en un centro del Opus Dei. Cuando conoce la gran novedad, Isidoro revienta de gozo: «¡Qué alegría tan grande me proporcionasteis ayer! Lo primero que hice [...] fue darle gracias por la felicidad tan grande que ha derramado sobre la Obra. [...] ¿A qué más podemos aspirar?, pues no sólo lo llevamos en nuestro corazón, sino que también quiere llenar nuestra casa. No te digo más que esta noche me he despertado varias veces pensando en ello».

La ocasión da pie a que Zorzano se explaye sobre su vocación: «Tengo la convicción plena de que el Señor nos tenía designados para ella desde el origen de los tiempos. ¡De cuántas circunstancias tan particulares ha venido rodeada nuestra vocación a la Obra!». La Providencia dirige todos los caminos, también los del Banco Español del Río de la Plata: «Si mi familia hubiera seguido con el plan de vida en que se desarrolló mi infancia, tengo la seguridad de que no hubiese hallado a la Obra. De la Cruz de mi familia, llevada en parte por mí, surgió mi vocación». Una vocación que compensa con creces cualquier quebranto: «¡Qué verdad es que da en esta vida el ciento por uno!».

Pero hay que seguir arrimando el hombro. Un mes después Isidoro manda otras 900 pesetas. Su saldo bancario queda en 21,70 pesetas. El Padre dirá que «en los momentos primeros y más difíciles de la Obra, cuando los problemas eran de cinco duros y hacía falta mucha fe, Isidoro lo dio todo, literalmente, hasta la camisa»: entre los miembros de la Obra, «Isidoro fue el que primero y mejor vivió» la virtud del desprendimiento. De hecho algunos obreros y alumnos están sorprendidos con la austeridad de Zorzano, por ejemplo en el vestir.

El espíritu cristiano de pobreza tiene rasgos distintos para un fiel corriente —como son los miembros del Opus Dei— que, por ejemplo, para un religioso. Todos deben cultivar el desprendimiento. Así, como medida de carácter ascético, da cuenta de los gastos que ha efectuado cada mes: incluso los viajes en tranvía. Nunca tuvo nada superfluo; ahora no considera cosa alguna como propia. Está en manos de Dios. Pero del Fundador aprende que la pobreza de un hombre de la calle no significa la despreocupación de quien sabe cubiertas sus necesidades. A Isidoro, por ejemplo, le contraría permanecer en Málaga. Pero existe un motivo, de pobreza «civil», que le impide trasladarse a Madrid: no tiene un empleo que le permita vivir en la capital.

Su indigencia es como la de un padre de familia numerosa, que ha de vigilar los desembolsos e incrementar los ingresos, pensando en los suyos: no sólo en doña Teresa y en Chichina, por cuyos intereses continúa velando. Precisamente uno de los aspectos de la entrega que pide Dios, se refiere a dejar padres y hermanos. A Isidoro, tan arraigado entre los de su sangre, ¡cómo le cuesta esa renuncia! Ahora bien, su solicitud —también económica— debe ampliarse a la nueva familia de vínculos sobrenaturales.

Sacar adelante los apostolados, siempre deficitarios, del Opus Dei incumbe a todos sus miembros. De modo señalado a quienes, como Zorzano, por sus circunstancias y carismas personales, por ejemplo el celibato, cargan con la tarea de dirigir las iniciativas apostólicas y formar a sus hermanos. En los futuros Estatutos a estos miembros se les llamará Numerarios. Su papel es servir.

En 1935 integran el Opus Dei algunos jóvenes —Isidoro es el mayor, con 32 años— y unas pocas mujeres. Su número es insuficiente para solicitar una constitución jurídica dentro de la Iglesia. El derecho canónico vigente no prevé ningún apartado que cuadre con la índole teológica y ascética de la Obra. Basta, de momento, con la bendición del Ordinario local, a quien se informa de cuanto se hace. Pero resulta imprescindible una estructura mínima. También conviene formalizar la incorporación a la Obra, incluso con algún símbolo externo: un anillo, por ejemplo.

Para confeccionar los primeros anillos Isidoro aporta «una monedita que tenía de Carlos III, recuerdo de familia, y una medalla escapulario con su cadena, que son todas mis reservas en oro (excepción hecha de dos dientes y una muela) [...]. Doy gracias a Dios por la merced que me ha concedido, deparándome la ocasión de poderle ofrecer ese pequeño sacrificio de desprenderme de aquello que me era tan querido[...]. Con ello, la barquilla del espíritu se encuentra más cerca de Él». Sus palabras conmueven al Padre, que anota: «Al recibir esta tarde una hermosa carta de Isidoro, besé a mi Virgen de los Besos, y me arrodillé ante la imagen de nuestra Madre, humillada la cabeza, diciendo: Nos cum prole pia, benedicat Virgo Maria! Omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam!».

El 19 de marzo de 1935 se concede a Isidoro la incorporación definitiva al Opus Dei. Pero no puede viajar a Madrid hasta Semana Santa; por lo cual, la sencilla ceremonia establecida por el Fundador para realizar esta incorporación no tiene lugar hasta el 18 de abril, jueves Santo. Desde este día Isidoro llevará su anillo.

Provocaciones en los talleres. Gimnasio en la calle de la Bolsa

Esta primavera resultará incómoda para Zorzano en los talleres. «En el periódico extremista ferroviario viene un artículo metiéndose descaradamente conmigo, porque alegan que prohíbo colocar en los Talleres pasquines comunistas y que, sin embargo, se ha colocado uno» —Isidoro puntualiza: «que yo no he visto»— «a propósito de la Semana Santa y que lo he autorizado».

Como recuerda un colega de Zorzano, «las luchas sociales, muy enconadas, tenían en los talleres de Málaga su foco principal». No falta quien busca las cosquillas al ingeniero: «Un día —cuenta un obrero— apareció pintada en un botijo, que utilizábamos para beber agua, una figura grosera y de mal tono». Isidoro no desorbita la provocación: eso pretenden los autores. Sin averiguar quién lo ha hecho, manda sencillamente borrar la inconveniencia. También apareció alguna pintada muy personal: «¡Muera D. Isidoro!». Sus hombres lo quieren y las pullas vienen de unos pocos envenenados desde fuera. Le dan pena esos pobres «a los que hay que perdonar porque no saben lo que dicen».

A finales del curso 1934-1935 Isidoro está en mala forma física. Ya en invierno se sintió indispuesto algunos días y en primavera sufrió una colitis prolongada. Con el verano llegan los días de «terral»: el viento caluroso y seco, que «me descompone y me destempla, como si mi sistema nervioso de compusiera de cuerdas de guitarra». Contra su costumbre, va «por la calle sin americana y con las mangas de camisa recogidas». Pero, con todo, «hay días que, sin exageración, tengo que hacer esfuerzos para poder caminar».

Isidoro, amigo de la naturaleza y de largos paseos por el monte, no es un deportista, en sentido estricto. Pero, como el ejercicio alivia sus dolores de cabeza, acude todos los días a un gimnasio.

El propietario del local, en la calle de la Bolsa, registra el 17 de junio los datos físicos del nuevo cliente —«Estatura 1,63; mal de perímetro; mal de capacidad respiratoria»— y luego dirá que mejoró mucho después de acudir a su establecimiento. También recuerda que Zorzano llevó por el gimnasio a varios ingenieros amigos. Allí procuran mejorar sus condiciones físicas. Isidoro suele sacar punta al asunto y elevar las miras de sus amigos hacia el cultivo también de la vida cristiana.

Zorzano aprovecha todas las oportunidades apostólicas. Para esa labor cuenta, imitando al Padre, con buenos intercesores: «Tengo verdadera predilección por los Apóstoles, modelos nuestros; y ellos, en justa reciprocidad, tienen que corresponder velando por nuestro apostolado».

Los jóvenes que acuden a los cursillos organizados por Acción Católica responden tibiamente. Hay quien «no concibe mayor perfección espiritual»; otro «tiene novia y lo supedita todo a esto». El Evangelio contempla esta figura del invitado que disculpa su negativa porque ha tomado esposa. Isidoro topará también con la situación inversa: un ingeniero que no quiere saber nada, porque ha perdido a su mujer.

Más chusco resulta el fracaso de Zorzano con un joven que le recomendó un sacerdote. El muchacho visita en mayo a Isidoro. Después coinciden en Misa y vuelven a conversar: el chico resulta ser administrador de una señora muy adinerada y limosnera. ¿No podría esta dama orientar algún donativo hacia DYA? A mediados de junio salen juntos de excursión, pero la inesperada presencia de un tercero impide a Zorzano tantear el terreno. El joven responde con evasivas cuando Isidoro por fin, a primeros de julio, plantea el asunto. La próxima vez el administrador acude nuevamente «protegido» por un amigo, lo que impide conversar en serio. En agosto el muchacho afronta la cuestión: hablará con la señora «cuando lo crea propicio; y —una vez que se interese por ello—» Isidoro la visitará. La próxima noticia deja petrificado a Zorzano: «el administrador ha presentado la dimisión de su cargo y se ha ido a Melilla colocado». La rumbosa señora «por lo visto no le pagaba más que 100 pesetas mensuales»... Málaga sigue proporcionando sorpresas a Isidoro.

Apostolado personal. En las excursiones. «Un santo». Extraño corte de pelo

La acción del Espíritu Santo no se somete a programaciones de ingeniero. Tampoco la vida, de la que surgen con toda naturalidad los frutos más eficaces. Por ejemplo, del trato amigable con Félez, a quien Zorzano termina llevando por Acción Católica. El antiguo miembro de la FUE será, con el tiempo, ¡presidente de la Junta diocesana! «De mí puedo decir» —afirmará— «que me ayudó mucho al buen arreglo de mi vida».

Alguien recuerda cómo Isidoro «arrastraba a la gente a Misa o a Acción Católica, sin que el interesado se percatase, porque lo hacía con gran delicadeza y tacto». Otro tanto sucede cuando «sus amigos proyectaban ir al teatro» y Zorzano piensa que la comedia es inconveniente: «no sabían cómo, les deshacía los planes y todos quedaban tan contentos».

También las clases dan ocasión para ilustrar a los muchachos, no sólo en matemáticas, sino en la fe. En los intervalos de la Escuela charla con los alumnos sin eludir los asuntos sobrenaturales. En ese clima distendido Isidoro se refiere con cariño a la Virgen del Carmen, Patrona de Ortigosa; les hace notar que, si trabajan como es debido, Dios les ayudará; o señala con naturalidad cómo él nunca sale de excursión sin haber antes cumplido sus deberes de cristiano.

Zorzano procura, igualmente, acercar a Dios a los demás profesores. Sabe hasta dónde puede llegar con cada uno; por ejemplo, con el viejo solterón y anticlerical a quien aborda frontalmente: «¿Se ha confesado usted?» o «¿Ha ido usted a Misa?». El simpático vejete tampoco tiene pelos en la lengua: «El noventa por ciento de los católicos que van a Misa todos los días son unos farsantes hipócritas». Y quedan tan amigos. Otro compañero de los ferrocarriles y de la Escuela, pese a ser masón, dice que «se llevaron siempre muy bien» Zorzano y él.

En ocasiones, ni siquiera es preciso hablar. Ya durante la peregrinación a Roma, su compañero le vio tirarse de la cama en cuanto sonaba el despertador. Antonio Lorenzo piensa que a Isidoro «no le costaba nada». No es exacto. Confidencialmente, Zorzano dirá «lo mucho que le costaba levantarse». Pero lo hace con toda normalidad.

Los amigos advierten «su espíritu de mortificación» y especulan: «Cuando llamaban a su habitación», en «La Veleña», «tardaba mucho en abrirles»; y comentan «si sería que se daba disciplina». Una noche es Ángel Herrero, acompañado por su sobrino Rafael del Castillo, quien bate la puerta: «observamos, comentándolo después» —dirá el sobrino— «que en los primeros momentos estaba como completamente abstraído y que tardó en recuperarse y volver a la realidad. Sobre la cama había un crucifijo y la huella de haber apoyado en ella los brazos, estando de rodillas. Seguramente habíamos interrumpido sus oraciones». Esto golpea el alma de Rafael, que también recuerda otro aldabonazo: «En varias ocasiones coincidí con él en Misa [...] y me impresionaba la devoción extraordinaria con que la oía».

Todos comprueban que, durante las excursiones, cuando la gente cansada zanganea y mata el tiempo con charlas insípidas, Isidoro «se alejaba del grupo y se sentaba solitario en un cerro, permaneciendo largo tiempo extasiado, con la vista fija en el horizonte». Como la madre Teresa de Jesús, Zorzano podía decir: «Aprovechábame a mí también ver campo, o agua, o flores. En estas cosas hallaba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro».

Pero Isidoro lleva también libro —el Kempis, por ejemplo— y, si los compañeros son de confianza, lee un rato, en voz alta, para todos. Acepta el riesgo, calculado, de que alguno, a la vuelta, pueda comentarlo peyorativamente.

Para evitarlo, Isidoro suele recurrir a otro sistema: quedarse a solas con éste o aquél, lo que facilita las confidencias íntimas. Se sientan sobre unos riscos; y habla con el compañero de ascensión. Brotan las palabras, viejas y nuevas, como el agua que discurre por el río. Con naturalidad, llena de gracia de Dios, va ganando el alma del amigo.

Así, por ejemplo, Rafael del Castillo, estudiante de Derecho, recuerda sus conversaciones a fondo con Isidoro: «Tengo que agradecer no poco a sus exposiciones» —a las de Zorzano— «el haber, unas veces, afianzado mi fe y mis creencias en puntos que me hacían vacilar, por su aparente contradicción con la ciencia». No todo es abstracción: en otras ocasiones «agudizaba mi conciencia de responsabilidad como católico; y no pocos de sus consejos y advertencias continúan siendo para mí» —en 1948, cuando ya es juez— «normas de conducta que procuro sentir y seguir con toda la perfección y pureza que él decía».

Subraya «sus excepcionales cualidades de sencillez, humildad, bondad, simpatía, perenne optimismo, humorismo sano y delicado, que hacían apreciarlo y quererlo a poco de tratarlo. Su gran cultura y amena y agradable conversación hacía que se siguieran con atención y sumo gusto cuantos temas tocaba».

Todos —superiores, compañeros, subordinados y amigos— coinciden al describirlo como simpático, cariñoso y alegre; siempre «dispuesto a servir, dentro de lo que estuviera a su alcance». Hace favores y agradece los recibidos. Escucha los pareceres ajenos y, cuando se ventilan asuntos en los que cabe transigir, «sabía cambiar de opinión». Se muestra valiente ante las dificultades. Unos y otros caracterizan su ecuanimidad con idéntica frase: «Siempre estaba igual». Es decir, con la sonrisa en los labios y rezumando sentido positivo: «Jamás le vi triste»; «Jamás le vi enfadado»; «Jamás le oí hablar mal del prójimo».

La conclusión es: «o tenía unas condiciones excepcionales o tenía un dominio extraordinario de sí mismo». Hay en Zorzano algo que se les escapa. No falta quien, superficialmente, aventura la hipótesis del egoísmo para explicar, por ejemplo, su soltería. Otros, como Victoria Prados, se decían «Yo creo que termina sacerdote o algo así»; y Ángel Herrero comenta: «Este Isidoro trae algo entre manos; yo creo que acabará en cartujo». Una joven, con menos de veinte años por entonces, pensaba si el ingeniero no sería ya sacerdote. A Isidoro le hizo gracia la ocurrencia y le aclaró la situación: «me habló de la Obra y muy someramente me explicó qué era el Opus Dei».

La mayoría no entra en cábalas y se limitan a decir: «Isidoro es un santo». Con esa fórmula, «el Santo», se refieren a él sus subordinados para indicar «ese algo especial que eleva a un hombre sobre el resto de los mortales». Carmen González —la futura esposa de Salvador Vicente— se hará con un pañuelo de Isidoro para conservarlo como reliquia. A la vuelta de los años conocerán que se prepara la causa de Canonización de Zorzano y reciben la noticia sin extrañarse: «Me parece muy bien porque don Isidoro era un Santo y debe ser declarado Santo»; «es lo que se merece»; es «cosa muy natural»; «merece ser santo y más que santo»; «yo soy un lego en estas cuestiones, pero si hay alguien santificable tiene que serlo Isidoro».

Los santos, en ocasiones, resultan desconcertantes. Y en este verano de 1935 Zorzano proporciona una sorpresa: un buen día, en los talleres, «se presentó completamente pelado al cero». También los amigos quedan de una pieza al ver su cabeza desprovista de los habituales cabellos largos y ondulados. Hay quien supone que será un gesto de desprecio hacia la sociedad.

Sólo algún íntimo conoce la causa del extraño proceder. Salvador Vicente revela: «Se peló porque venían unas primas suyas y, de esa forma, se evitaba el compromiso de acompañarlas». Isidoro recuerda, sin duda, los malentendidos que suscitó su cortesía con las primas argentinas, tiempo atrás. Y no se le ocurre mejor idea que incapacitarse para cualquier festejo social: impresentable, como ha quedado, no habrá prima que lo desee por acompañante.

Zorzano ha perdido el pelo, pero conserva el sentido del humor. A la vuelta de casi sesenta años, la vecina —entonces muy joven— de unos amigos referirá: «Bajé un día al segundo piso, me abre él y me lo encuentro rapado, quizá más que los quintos; mi extrañeza no tiene límites y recuerdo siempre cómo reía ante mi estupor, y casi miedo, al verlo tan raro y feo; yo no comprendía la razón de aquel cambio. Me dijo, en broma, que se le había caído todo; le pregunté: —¿Volverá a salirle? Y muy risueño contestó: —¡Lo espero!».

Otoño de 1935: nuevo Obispo

Isidoro tiene la cabeza —de momento, sin pelo— en Madrid. En la residencia llueven las solicitudes de plaza para el curso próximo. Zorzano gasta bromas: que vayan preparando «un letrerito que diga COMPLETO».

A primeros de septiembre la academia no cabe ya dentro de la residencia y se alquila un piso en el inmueble contiguo: en Ferraz, número 48. Isidoro está feliz de que haya saltado el muelle que se comprimió en febrero y disfruta pensando ya en las perspectivas apostólicas: «El Señor pondrá el incremento para recoger el fruto que esperamos en este nuevo curso». Procura que sus parientes y conocidos de la capital se beneficien de los medios formativos que proporciona la Obra: «Espero que mi compañero Gregorio Martínez de Pinillos y mi primo Santiago habrán asistido a las reuniones».

Este otoño hay novedades en Málaga: concretamente, Obispo nuevo. La situación de don Manuel González, en el destierro de Madrid, era incómoda para el santo Prelado. También para la Santa Sede, que no puede aceptar la expulsión de Mons. González por las turbas incendiarias. Por otra parte, no resulta sencillo gobernar una diócesis a distancia. Don Manuel hace lo que puede: entre otras cosas, a finales de 1934 había disuelto la Junta diocesana de Acción Católica, que no secundaba las orientaciones del Obispo. Sólo el presidente y Zorzano fueron confirmados en sus cargos. Aprovechando sus viajes a Madrid, Isidoro visitaba al Prelado, quien le hacía encargos referentes a la Acción Católica malagueña. Pero los fieles necesitan ver a su Pastor.

Desde las elecciones de 1933 ha amainado la persecución. Tanto la Iglesia como el Estado desean ir zanjando litigios. El Nuncio comunicó al Obispo que Pío XI había determinado desvincularlo de Málaga y el 5 de agosto (1935) se publicaba su nombramiento para la diócesis de Palencia. El mismo día se proveía la sede malagueña con el, hasta ese momento, canónigo de Sevilla, don Balbino Santos Olivera.

Isidoro asistió al apoteósico recibimiento que Málaga tributó, el domingo 10 de noviembre, al nuevo Prelado. Esa misma semana Zorzano saludó a don Balbino, con la Junta de Acción Católica. Y al día siguiente, por encargo de don Josemaría, visitaba nuevamente al Obispo, para informarle sobre la Obra. A monseñor Santos Olivera —dice Isidoro— «le interesó desde el primer momento; hablóme de la conveniencia de este apostolado, alentándonos a que perseveremos en él. Le rogué que nos tuviese presentes en sus oraciones, accediendo gustosísimo a ello».

«Descubrimiento» del espíritu de la Obra. Haciendo de «hijo mayor»

En agosto de 1930 Isidoro había respondido, sin condiciones, a la llamada divina. A partir de aquel momento puso toda el alma en lo que imaginaba consistir la entrega: promover iniciativas de celo y colaborar con otras ya existentes. Con cuantas más, mejor.

El Espíritu Santo, valiéndose de don Josemaría, le fue conduciendo por un plano inclinado, muy poco inclinado, al descubrimiento de la vida sobrenatural: sacramentos, oración, presencia de Dios... Fue una larga etapa que duró, aproximadamente, hasta principios de 1934. Zorzano sabe ya dónde radica, genéricamente, la santidad: conoce la primacía de la gracia y es consciente de que el servicio al prójimo sólo trasciende la filantropía, para ser caridad, cuando lo anima el amor de Dios.

Estos principios se confirman con la lectura de libros ascéticos. En septiembre de 1935 ha escrito: «Los libros de que dispongo son ‘La Pasión’ del P. la Palma, ‘Meditaciones’ del P. Villacastín, el ‘Kempis’, el ‘Decenario al Espíritu Santo’ (de Francisca Javiera del Valle), ‘Guía de pecadores’ y dos libros sobre la vida de Santa Teresita. La biblioteca de la Acción Católica está muy bien dotada y puedo encontrar en ella los que me hagan falta». Lo que no encontrará en esas obras es el matiz peculiar con que los miembros del Opus Dei han de vivir el espíritu evangélico.

Últimamente, sin embargo, intuye que, cuando va por Madrid, oye al Fundador decir las mismas cosas del Kempis, de Fray Luis de Granada, o de los cursos de Acción Católica, pero... son las mismas y, a la vez, distintas. Comienza por experimentar una vaga impresión.

A medida que Isidoro va descubriendo los rasgos específicos del Opus Dei, comprueba la insuficiencia de su propia formación. Mucho ha debido descubrir, cuando tanto insiste en la urgencia de trasladarse a Madrid: lo «necesito más que ninguno para mi formación y conocimiento de la Obra». Está en lo cierto.

Las dimensiones que perfilan el espíritu del Opus Dei no son principios exclusivos de sus miembros. Pero, lógicamente, se acentúan tales o cuales de esos rasgos comunes a todo bautizado: el sentido de la filiación divina; la coherencia entre la fe y la conducta del cristiano en los quehaceres temporales; el empeño en hacer grandes, por el amor, los pequeños detalles cotidianos; el amor al mundo, en cuyas tareas se ha de cultivar un alma verdaderamente contemplativa; el espíritu de servicio, también apostólico, a los demás; la libertad y responsabilidad personales en los asuntos humanos; y otros perfiles análogos.

A lo largo de su vida, el Beato Josemaría pondrá todo esto por escrito, en forma de estatutos, instrucciones o cartas, que tendrán carácter de fuentes fundacionales. De todas maneras, la fuente viva es el Fundador mismo, que día a día —con su ejemplo, sus consejos, sus actos de gobierno y su cariño paterno— va transmitiendo el contenido y el estilo del tesoro recibido de Dios. Esta transmisión, no teórica sino vital, exige un «roce» cotidiano con el Padre. Esto es lo que desea Zorzano.

Hasta ahora, venía buscando trabajo en la capital por razones muy variadas: para estar con su madre y hermanas; porque se siente a disgusto en los Ferrocarriles Andaluces, donde tampoco ve un futuro; porque le resulta molesto el ambiente moral, político y de agitación social que se respira en Málaga; porque quiere estar cerca de los otros miembros de la Obra; porque le gustaría prestar su aportación personal a DYA y sus apostolados...

Desde comienzos del nuevo curso (1935-1936) ha pasado al primer plano el argumento que Isidoro esgrime una y otra vez: «No es posible poder adquirir el espíritu de la Obra en las visitas que hago a ésa, que sólo se pueden considerar como inyecciones espirituales; ni por correspondencia, como se adquieren modernamente títulos profesionales. Por esto mi mayor mortificación estriba precisamente en encontrarme separado de vosotros; y siempre que hago oración se lo recuerdo a nuestro Padre Dios». El ardor mismo con que desea profundizar en el espíritu del Opus Dei, significa que ya lo conoce y se percata de su hondura.

Cuando pasa un día en Madrid, a los residentes de DYA les admiran —subraya uno de ellos— «la extrema amabilidad que tenía con todos; y el interés y cariño que demostraba por mis estudios y por los de mi hermano [...], siendo todo un señor ingeniero, que en todos los sentidos estaba tan por encima de nosotros».

A los muchachos les edifica ver cómo rezan los miembros de la Obra; «pero en particular, el ejemplo del más viejo —menos joven—, de Isidoro», pues lo adivinan baqueteado ya por la vida, sin que su piedad pueda obedecer a entusiasmos juveniles.

Zorzano aprovecha las ocasiones para contribuir a la formación de los más recientes en el Opus Dei. En las navidades de 1935 participa, con ellos, en unos días de retiro espiritual. El domingo 29 de diciembre le corresponde redactar —según costumbre de la residencia— un breve comentario al Evangelio del día, que es el pasaje de la presentación de Jesús Niño en el templo. Los asistentes conservarán memoria de sus frases: vino a decir que, «por la humildad de la Obra y de cada uno de nosotros, el Señor haría fecundo el apostolado, y movería los corazones de los hombres, [...] como movió los de Simeón y Ana ante la humildad y pobreza del Niño-Dios».

Su ejemplaridad también se refiere a cuestiones materiales. «Me chocó», escribe Francisco Botella, «su preocupación por las cosas de administración y de detalles de la casa, ayudándome a formarme en el cuidado de las cosas pequeñas»: esmero al disolver la leche en polvo para las meriendas, al arreglar un armario, o al disminuir gastos. «Por estas fechas trajo de Málaga dos máquinas de afeitar de pasta y unos paquetes de hojas de afeitar Maruxa, porque resultaban unos céntimos más baratas que en Madrid».

Tan a gusto está Zorzano en Ferraz, «que el Padre tenía que decirle que se fuera a casa de su familia». Álvaro del Portillo, futuro Obispo-Prelado del Opus Dei, se acuerda «muy a lo vivo de cuando volvíamos en el tranvía —en el 49— a casa de nuestras familias respectivas. Sabía aprovechar los veinte minutos en la plataforma para, con discreción, contar alguna anécdota o decir frases que hacían pensar».

Se avecinan tiempos difíciles para España, Y uno de los más jóvenes evocará: «En una conversación hablé con calor de ciertas cuestiones políticas y demostré mi apego a ellas». Isidoro le escucha con atención. Cada miembro del Opus Dei, dentro de la fe y la moral, es dueño de pensar como quiera en esas materias. Pero advierte acaloramiento en el muchacho y, delicadamente, puntualiza: «que mis opiniones en materia política no debían quitarme nunca libertad para entregarme a Dios».

Isidoro no se arroga unas atribuciones que no le competen. Actúa sencillamente como un hijo mayor. Procura, de modo especial, aumentar en los demás el sentido de filiación al Fundador. Hasta la hora de su muerte les repetirá: «Hay que querer mucho al Padre y estar muy unidos a él». Don Josemaría, por su parte, sin que Zorzano lo sepa, pone al ingeniero como ejemplo para los más jóvenes.

Nueva residencia y expansión de la Obra. Frente Popular. Amenazas de muerte. Cese en la Escuela. Presidente de la Excursionista. Preparativos de marcha: licencia para tres meses

Isidoro ya está maduro para la función que la Providencia le reserva en Madrid durante los próximos años. Sólo falta el detonante que provoque su traslado a la capital. Confluirán dos motivos.

Por un lado, las necesidades del Opus Dei. Los locales de DYA, en Ferraz 48 y 50, han quedado pequeños para el volumen de trabajo que allí se realiza. En los comienzos de 1936 se ha encontrado ya una casa completa, en el número 16 de la misma calle, que por su amplitud y situación reúne las condiciones deseables.

Varias personas que aprecian el trabajo de formación profesional y cristiana desarrollado por la Academia-Residencia, constituyen una sociedad civil, sin fines de lucro, llamada Fomento de Estudios Superiores. La entidad —entre cuyos socios figura, por cierto, Zorzano— comprará la casa y la arrendará, en buenas condiciones, a DYA.

Al mismo tiempo, se proyecta establecer sendos centros en Valencia y en París. «El notición de las próximas aperturas en Valencia y en París», escribe Isidoro, «aunque las esperaba, no las creía tan próximas». Desde un principio sabía Zorzano que la Obra vista por el Beato Josemaría era universal; pero imaginaba que su expansión tardaría mucho tiempo. Y resulta que ahora llega la diáspora. Se alboroza y, en lo sucesivo, no dejará de interesarse por la marcha del plan. Preguntará las impresiones del Padre y de Fernández Vallespín, cuando viajen a Valencia; y se documenta sobre la situación de los universitarios en París.

El inicio de la labor apostólica en esas ciudades exigirá que abandonen Madrid algunos miembros de la Obra. Y alguien habrá de llenar el hueco que dejen. Ya en febrero (1936) Isidoro trata con el Fundador sobre su posible traslado, el próximo curso.

Hay además otro factor que acelera la marcha de Zorzano a la capital: en Málaga peligra su vida.

En España, desde febrero de este año, reina el caos. Cuando la revolución de octubre (1934) el gobierno, de centro y derecha, intervino vigorosamente y su imagen quedó erosionada. El apoyo del sindicato UGT a la causa revolucionaria significó el decantamiento de los socialistas hacia la extrema izquierda. Los políticos han perdido su credibilidad tanto entre las derechas como entre las izquierdas, que cada vez se crispan más. La ingobernabilidad del país lleva a la disolución de las Cortes (7-I-1936) y a la convocatoria de elecciones generales para el 16 de febrero, en primera vuelta, y el 1 de marzo en segunda.

Mientras la derecha —coaligada en 1933— aparece ahora fraccionada, los grupos de izquierdas consiguen cierta unidad ocasional: socialistas, anarquistas, anarco sindicalistas y comunistas constituyen un Frente Popular, que presenta candidaturas comunes. El resultado electoral será muy discutido, por las irregularidades comprobadas; pero la victoria es del Frente Popular, que toma la calle y reclama el poder antes incluso de celebrarse la segunda vuelta.

Por toda España impera un clima de terror. A Madrid no llegan noticias de Zorzano y, en el diario familiar de la Residencia, el Beato Josemaría escribe: «Nada sabemos de Isidoro. Estoy algo intranquilo porque hay rumores de no sé qué sucesos en Málaga». Al día siguiente llega la esperada carta del ingeniero, que describe la situación malagueña: «Huelgas, algaradas callejeras y manifestaciones: lo que se dice un verdadero paraíso soviético. [...] No se han podido dar más faltas de dejación de autoridad y de grosería plebeya en tan poco tiempo. Como consecuencia de todo ello, se han quedado vacíos los hoteles y han salido para Gibraltar todos los que sus medios económicos se lo han permitido. Se han cerrado también varias iglesias». Entre ellas, la del Sagrado Corazón de Jesús donde venía oyendo Misa Zorzano. Ahora debe ir a la Catedral, «donde, por no haber luz artificial, no me es posible utilizar el misal».

En los talleres campa la anarquía. Isidoro permanece la mayor parte del tiempo trabajando en su despacho. Fuera, lucen «los pasquines comunistas en todos los talleres y no es posible evitar los corrillos que se forman para comentar las órdenes que reciben» los obreros, del superior que se permite dar alguna. Zorzano prefiere no ver los actos de indisciplina que no está en su mano corregir.

Don José Calvo Sotelo, ex ministro de Hacienda con Primo de Rivera y actual líder de la oposición derechista, lee periódicamente en las Cortes la estadística de robos, asesinatos, incendios, tiroteos y atracos a mano armada perpetrados en todo el país desde su anterior informe.

Isidoro cuenta, como persona, con la simpatía de sus hombres: pero no deja de ser un ingeniero, ¡y un ingeniero que va a Misa!

En un conciliábulo de comunistas y anarquistas se habla de dar muerte a Zorzano. Un ex-alumno de Isidoro, Segundo Revidiego, que también trabaja en los Ferrocarriles, tiene noticia del cabildeo. En la Escuela Industrial, donde es auxiliar de Talleres, habla con su profesor titular, y ambos comunican a Isidoro lo que se cuece. Zorzano tendrá que andar con ojo y hacerse notar lo menos posible.

Se añade la circunstancia de que termina su docencia en la Escuela, «por haber venido el Profesor en propiedad»; de todas maneras y hasta terminar el curso, el titular quiere que Isidoro «siga desempeñando el cargo, con el fin de no tener que cambiar de programa».

Permanecer en Málaga resulta temerario. Y en la futura residencia DYA se requiere alguien mayor; sobre todo si, como es previsible, el actual director, Fernández Vallespín, se traslada a Valencia. Gestionar la residencia y la sección de ingenieros en la academia será un trabajo profesional, civil. No muy bien remunerado, es cierto. Pero Fernando Munárriz, el cuñado de Isidoro, está proyectando un negocio, en el que podría intervenir Zorzano.

Isidoro planea pedir en los Andaluces licencia —de empleo y sueldo— por tres meses, que son prácticamente cuatro si se añaden las vacaciones anuales. En Madrid podrá tantear las posibilidades sobre el propio terreno. De acuerdo con don Josemaría, va perfilando la idea, que pondrá por obra cuando terminen los exámenes de la Escuela.

Mientras tanto, prepara borradores de impresos para la sección de ingenieros en DYA: reglamentos, programas de clases, etcétera. También elabora un estudio económico para la instalación y mantenimiento de la nueva residencia. Para ello recaba experiencias organizativas. Por ejemplo, en el Colegio de Huérfanos Ferroviarios, donde descubre un interesante formulario para el balance diario de cocina.

Curiosamente, a la vez que apareja discretamente su marcha, crece la popularidad de Isidoro en algunos ambientes malagueños. También ha llegado a la Sociedad Excursionista el enconamiento político, que parte a España en derechas e izquierdas. Ni unos ni otros consiguen la suficiente mayoría para elegir presidente de su cuerda. Un antiguo presidente propone a Zorzano como candidato y la sugerencia es inmediatamente aceptada por todos. No llegó a tomar posesión del cargo.

A primeros de mayo, Isidoro informa de sus planes al pariente y jefe Adolfo Mendoza, que lo trajo a Málaga. Como no es fácil que comprenda las razones apostólicas del traslado, sólo le habla de las oportunidades, más bien etéreas, que vislumbra en la capital. Mendoza considera un disparate cambiar algo seguro por algo incierto. De todas maneras, Adolfo informará favorablemente la instancia, pero advierte a Zorzano «que se atenga a las consecuencias». Aunque le alegra tener al hijo cerca, tampoco doña Teresa comprende muy bien los planes de Isidoro.

El 22 de mayo (1936) Zorzano solicita «oficialmente la interrupción de servicio, alegando ocupaciones familiares de índole personal, desde el 21 de junio al 20 de septiembre». Antes disfrutará los quince días que le quedan todavía de vacaciones anuales con sueldo.

Muchas circunstancias han concurrido al traslado de Isidoro. A la vuelta de mes y medio se comprobará que la Providencia viene manejando los hilos de Zorzano, con un objetivo insospechado.

Don Josemaría percibe que la mano de Dios anda por medio. El día 5 de junio anota: «Mañana esperamos a Isidoro, que viene definitivamente».

Zorzano nunca más volverá por Málaga. Marcha feliz, pero allí deja unos años decisivos y, acaso, los más brillantes humanamente hablando.

En Málaga quedan tantas personas que lo adoran: Salvador Vicente y la que —con el tiempo— será su mujer, Carmen González Prados. Se despide también de Ángel Herrero y de su sobrino Rafael del Castillo, para quien Zorzano ha supuesto mucho.

Deja a Félez, el ex republicano que presidirá la Junta de Acción Católica. Queda su compañero de peregrinación, cuando el Jubileo, Antonio Lorenzo. Y los colegas tanto de Ferrocarriles como de la Escuela; y los ex alumnos, varios de los cuales —cuando conozcan el fallecimiento de Isidoro— lo tomarán como intercesor celestial para sus problemas.

Quedan los Mendoza: Adolfo, su mujer y sus hijos. También los conocidos de «La Veleña» y el propietario del gimnasio; los amigos, bastantes también discípulos, de la Excursionista... Quedan los obreros que lo respetan y quieren; las jóvenes que se lo rifan y los golfillos que agradecen cuanto hizo por ellos.

Seguro que Isidoro los lleva en el corazón, cuando el tren arranca. A mano derecha, ve por última vez los talleres. Los túneles se interrumpen para permitirle mirar al bien conocido Pantano del Chorro. Van desapareciendo las pitas gigantes y las adelfas rosas que tapizan sierras familiares. Entre la serranía de Ronda y los montes de Frigiliana, y del Torcal de Antequera hasta el de Villavieja, en estos años ha pateado la provincia completa.

Málaga, que fuera escenario de sus esfuerzos para enfilar rutas de santidad, se ha convertido en un volcán próximo a la erupción. Deja el volcán, para dirigirse a un terremoto. Pero Dios le tiene asignado un papel en medio del cataclismo.