Aprendiendo a ser santo

Índice: Isidoro Zorzano

Los comienzos del Opus Dei estaban resultando difíciles. «Me puse a trabajar», relatará el Beato Josemaría, «y no era fácil: se escapaban las almas como se escapan las anguilas en el agua», sin despedirse siquiera del Fundador.

Don Josemaría desconoce las inquietudes de Zorzano, pero se acuerda del antiguo compañero, que trabaja en Andalucía: «Bueno..., noblote... Muy piadoso no es, pero es de una vida limpia... Yo creo que el Señor le podría dar vocación a esta criatura...».

Año y medio antes había fallecido santamente Mercedes Reyna, una de las primeras Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. Don Josemaría, que le había administrado los últimos Sacramentos, encomienda a su intercesión la vocación de Isidoro.

El sábado 23 de agosto Isidoro sale de Málaga para sus vacaciones en La Rioja, vía Madrid. En la capital, casi al mediodía del domingo 24, acude al Patronato de Enfermos, en la esquina de las calles de Santa Engracia y Nicasio Gallego, para visitar a su amigo sacerdote. Don Josemaría no está. Zorzano decide tomar un tranvía, en Santa Engracia, para almorzar en la Puerta del Sol y hacer tiempo hasta la salida del tren rumbo a Logroño. Pero algo le impide realizar su propósito y se queda deambulando por Nicasio Gallego.

El Beato Josemaría estaba visitando a un conocido, enfermo aquellos días. De pronto —dirá— «me sentí desasosegado —sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme». La madre del enfermo pregunta por qué no se queda un poco más. Sin saber muy bien por qué, el sacerdote se va.

Por la calle de Santa Engracia se encamina hacia su casa. En vez de pasar de largo por delante del Patronato, para tomar directamente la calle de José Marañón donde vive, don Josemaría dobla por Nicasio Gallego, lo que supone rodear la manzana. Y allí, junto a un solar, se encuentra con Zorzano, cuya llegada ignoraba.

Sorpresa y saludos. Isidoro dice:

¡Cómo me alegro de encontrarte! He preguntado en la portería y me han dicho que no estabas. Ya iba a coger ahí, en Santa Engracia, un tranvía que me llevase a Sol, para comer allí en un restaurante y marcharme luego al tren, porque mi familia está en el Norte. Pero una seguridad de encontrarte me ha traído por esta calle.

Uno y otro advierten que aquello no es casualidad, sino Providencia divina. Y el ingeniero entra, sin más, en materia:

Yo quería verte porque tengo que consultarte una cosa.

—¿Qué cosa?

Zorzano explica sus inquietudes de entrega a Dios.

—Pero, si yo te llamaba para....

El asunto no es para ser despachado, a toda prisa, en una esquina. Don Josemaría e Isidoro pasan a la iglesia del Patronato, donde rezan una estación al Santísimo. Quedan citados para esa tarde, en el mismo lugar, a la hora de la Bendición.

El Fundador no suele consultar las decisiones referentes al Opus Dei, que son competencia suya personal. Pero lo que está ocurriendo presenta una serie de circunstancias extraordinarias, y en ese tipo de materia no se fía del propio juicio. Habla por teléfono con su confesor, que le dice rotundamente: «¡Pues qué va a hacer! ¡Tomarlo!». Le aconseja exponer al amigo, a grandes rasgos, la Obra y sus labores apostólicas.

Por la tarde, en casa de don Josemaría, Isidoro cuenta sus deseos de entrega al Señor y sus dificultades. Entre ellas, «¿cómo resolver el problema si me debía a los míos económicamente, por reveses de fortuna?». Pero quien habla, sobre todo, es el Fundador.

Explica cómo existe, desde el 2 de octubre de 1928, un camino nuevo para dedicarse por completo a Dios, sin abandonar el mundo y sus quehaceres, convirtiendo esas circunstancias y tareas en materia de santidad, en ocasión de servicio a la Iglesia y a las almas. Los miembros de la Obra procurarán que Cristo reine en las relaciones laborales, en la universidad, en la vida de las empresas, en el mundo de las artes, de la medicina, de la prensa, de la diversión, en la convivencia familiar y social... Todo ello, como la levadura que actúa en el interior de la masa. La idea no es «penetrar» en el mundo civil, para evangelizarlo, porque los miembros del Opus Dei no necesitan «penetrar» en un mundo que nunca han dejado. Esto lo comprende muy bien Zorzano, que ya está en los Ferrocarriles Andaluces, en la Escuela Industrial, en la Sociedad Excursionista de Málaga, en la Mutualidad Ferroviaria o en el naciente Colegio de ingenieros.

Es imposible que Isidoro captara por completo, desde un principio, toda la riqueza del espíritu del Opus Dei. Pero de algo es plenamente consciente, según lo hará notar, a la vuelta de los años: «¡El Padre vio la Obra desde el primer momento tal como es y va a ser! ¡El Padre desde el primer momento lo vio todo! Yo lo puedo decir».

El panorama que se despliega ante sus ojos «era precisamente ideal» que Zorzano andaba buscando, sin hallarlo, «y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices». También advierte que lo de hoy no son meras coincidencias fortuitas:

El dedo de Dios está aquí. Y aquí me tienes. Ya está. Ya sé para qué he venido a Madrid.

El 24 de agosto es el día de San Bartolomé Apóstol, a cuya protección encomienda el Beato Josemaría la nueva vocación, que considera como un favor concedido por Dios a través de la intercesión de María Santísima, Medianera de todas las gracias, a quien atribuye Zorzano el don recibido: nunca había dejado de acudir a Ella y —escribirá— «mis oraciones diarias llegaron a conmoverla intercediendo por mí, valiéndose precisamente de lo que yo estimaba más: el éxito en mi profesión [...]».

Esa misma noche sale Isidoro hacia Logroño. Va radiante con las luces que acaban de transfigurar su existencia. Se siente como el navegante que ha llegado a puerto: «Me encuentro ahora completamente confortado; mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora». Es consciente de comenzar «una nueva era» en su vida.

Las circunstancias en que habrá de transcurrir su nueva vida no van a resultar precisamente cómodas. Se avecinan tiempos difíciles para España. Hace sólo una semana, el 17 de agosto (1930), se han reunido en San Sebastián representantes de todas las fuerzas antimonárquicas. Preparan el ya inevitable movimiento revolucionario y, sobre todo, «la colchoneta en la que había de caer fatalmente el cuerpo nacional cuando llegase la hora del cambio de régimen» (Miguel Maura).

En La Rioja, los Zorzano festejan el reciente ascenso de Paco al grado de teniente. El nuevo destino del joven oficial será Tetuán, en el Marruecos español.

Dificultades profesionales y económicas. ¿Qué es ser santo?

Cortas fueron las vacaciones de Isidoro. El 5 de septiembre, sin haber podido visitar a don Josemaría, ya está en Málaga, sumergido en los quehaceres habituales.

Sus tareas son las de siempre, pero contempladas desde una perspectiva que las hace parecer nuevas: con un sentido vocacional, que las transforma y les proporciona valor y alcance trascendentes. El panorama —son sus palabras— «cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal». Los horizontes descubiertos por el sacerdote amigo ya son «nuestra causa» para el ingeniero, que asegura: «todo lo debo a la Obra de Dios».

De todas maneras, la situación de los Ferrocarriles Andaluces lo descorazona: «La Compañía en que estoy, cada día está peor, no se hace ningún proyecto, ni se llevan a cabo los ya proyectados; no veo en ella porvenir alguno». Isidoro se siente «cada día peor» en su oficina: «pues no estoy en buena armonía con mi jefe, lo que me hace el trabajo odioso». Por todo ello, continúa sus gestiones para trasladarse a Madrid: «No sé si podría ser en la CAMPSA (petróleos); he escrito a un compañero. También he preguntado a otro de la A.E.G. de electricidad».

A las indicadas, se añade «otra causa por la que querría vivir en Madrid»: la atención de su madre y de su hermana. Mal que bien, el Banco Español del Río de la Plata venía reponiéndose tras el descalabro de 1924. Pero Argentina, que ha sufrido como todos los países el crack del 29, se ve agitada en 1930 por la revolución del general José Félix Uriburu. Isidoro se muestra preocupado. Mediado ya el otoño, sigue sin aclararse la situación: «Mi madre tiene su capital en América. Le mandan los intereses todos los años a últimos de octubre o primeros de noviembre. Este año no nos han enviado aún nada. Tal vez con las revueltas políticas que ha habido no manden dividendo, en cuyo caso no sé qué determinación tomar». Escribe a su madre, aconsejándole confiar en la divina Providencia, y resuelve mandarle 400 pesetas cada mes. Puede permitírselo pues a las 565 pesetas mensuales que cobra en los Ferrocarriles se suman, desde octubre, otras 300 largas que le pagan en la Escuela Industrial.

Informa de todo a don Josemaría, quien trata de robustecer la incipiente vida interior de Zorzano: «Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada». Sobre todo, procura persuadirle a una recepción más frecuente de los Sacramentos.

Carente de una sólida formación teológica, Isidoro, en efecto, no apunta demasiado alto en su frecuencia eucarística: «Cada día», dice, «me encuentro más dueño de mí mismo; comulgo todos los domingos que me quedo en Málaga». Pero son muchos los domingos que sale de la ciudad: especialmente desde que se inscribió en la Sociedad Excursionista de Málaga. La Excursionista organizaba sus salidas los domingos y festivos. Y las normas vigentes acerca del ayuno eucarístico —desde las 12 de la noche anterior— suponían una dificultad para comulgar, si se partía por la mañana temprano y la Misa se oía en el lugar de destino. En todo caso, como recuerdan los conocidos, Zorzano «jamás participó en ninguna excursión sino después de cumplir con sus deberes religiosos».

No faltaban motivos a don Josemaría para velar por la piedad de su viejo amigo y nuevo hijo espiritual. El 24 de agosto ha quedado a Isidoro la idea clara de que su entrega es total y para siempre. Hombre fiel a la palabra empeñada, su perseverancia no desfallecerá. Con la misma decisión con que acometiera los estudios de bachiller y, luego, los de ingeniería, se dispone a vivir su compromiso con Cristo. Pondrá toda el alma en ello, aunque lógicamente desconoce todavía los perfiles concretos, específicos, del espíritu propio del Opus Dei.

A decir verdad, ni siquiera sabe con exactitud en qué consiste, genéricamente, la santidad cristiana. Estos primeros tiempos constituyen un período conmovedor. Alejado físicamente del Fundador, con quien mantiene relación epistolar y el contacto de algunas breves visitas a Madrid, Isidoro tendrá que descubrir los horizontes de la vida interior. De momento, parece persuadido de que lo principal es trabajar en todas las iniciativas apostólicas o asistenciales posibles y promover cuantas estén a su alcance. Así, pronto se adscribe a los Caballeros del Pilar; participará en las obras benéficas de las Adoratrices; colaborará con la Casa del Niño Jesús; formará parte de la primera Junta diocesana de Acción Católica...

Don Josemaría sólo formulará alguna observación cuando estime que Isidoro descuida su propia piedad o el apostolado personal, en los ambientes seculares, característico del Opus Dei. Nunca surgió el peligro de que Zorzano maltratara sus obligaciones profesionales.

Federación de Estudiantes Católicos. Tormenta en la Escuela

Ante la presión anticatólica de la FUE, lo primero que promueve Isidoro es la federación malagueña de Estudiantes Católicos.

Establecido el contacto con los organismos directivos de la Confederación en Madrid, a finales de 1930, Zorzano comienza a moverse en Málaga. Como la ciudad no tiene universidad, habrá que reclutar asociados en la Escuela de Comercio, en el Instituto Provincial, en las escuelas —llamadas entonces Normales— donde se preparan futuros maestros y maestras, en la Academia Davó y, cómo no, en la Escuela Industrial.

Isidoro reúne en su pensión algunos alumnos. Para las asambleas generales, los jesuitas le ofrecen su local de conferencias, pero Zorzano piensa que tendrán más resonancia si se celebran en algún teatro público. Para el día 25 de enero (1931) cuenta con más de 200 socios.

El domingo 15 de febrero, a las 10.30 de la mañana, se celebra en el cine Petit Palais la Junta General de Constitución. El acto, al que asistió un representante del Gobernador civil, se desarrolló sin incidentes pero con entusiasmo. La prensa dará el lunes cumplida referencia: «El ingeniero industrial y catedrático don Isidoro Zorzano, hizo uso de la palabra y dijo: Estudiantes malagueños, en nombre de la Confederación de Estudiantes Católicos de España, a la que tengo el honor de representar en estos momentos, como delegado suyo, os dirijo la palabra...». Isidoro explica la naturaleza de la organización y analiza las tres dimensiones —moral, intelectual y física— en que debe desarrollarse el estudiante. La Confederación tiene por objeto orientarlo «considerándolo como individuo y como colectividad».

Los asambleístas eligieron la Directiva, de la que Isidoro no forma parte, por no ser estudiante. Sí queda nombrado Presidente Honorario. Su deseo era poner en marcha la federación y retirarse de la escena. Pero antes habrá de recibir alguna dentellada.

En la Escuela Industrial hay estudiantes católicos y otros que no lo son. Discuten entre sí con tal ardor, que casi llegan a las manos. El asunto trasciende hasta los periódicos, que ponen a Isidoro en la picota: «...Determinado grupo de alumnos estaban realizando una activa campaña, al parecer, con sus ribetes de política. Durante estas últimas semanas, han repartido con profusión, en el local de la citada Escuela, multitud de hojas entre los alumnos, a los cuales para decidirles a sumarse a sus listas, les hacen ver el agrado con que determinado profesor vería su incorporación». El diario, con tono en apariencia ecuánime, pide la cabeza de Zorzano: «Nos decidimos a llamar la atención del digno Claustro y Director del Establecimiento, para que con su indiscutible autoridad dicten las medidas que crean convenientes en evitación de algo más grave que lo apuntado, [...] en vista de que el Director no ha intervenido aún en asunto tan delicado. Confiamos en que modifique su criterio y proceda con la entereza que es menester».

Los compañeros de trabajo emiten un voto de censura y prohíben a Isidoro, como ingeniero, su actividad en favor de la federación.

Algunos alumnos denuncian al profesor como causante del malestar; y el Director de la Escuela censura, con un escrito formal, su conducta. Zorzano presenta la dimisión que, mientras duren las discusiones, no es aceptada por el Claustro. Le obligan, en cambio, a redactar un oficio en el que se compromete a no tomar parte en propagandas políticas o religiosas dentro de la Escuela.

Rotas ya las compuertas de la mesura y de la verdad, algunos estudiantes aprovechan la circunstancia para cargar sus deficientes progresos académicos en la cuenta de Isidoro: le acusan, falsamente, de favorecer a los federados y protestan de que el texto de Electrotecnia resulta demasiado elevado. Se nombra una ponencia para examinar el libro, que es el mismo utilizado en otras escuelas.

Zorzano echa mano de toda su fortaleza cristiana y da la cara. Interrumpe las gestiones de traslado a Madrid: marcharse ahora sería como admitir en su conducta una incorrección, que no hubo. Por carta se desahoga con don Josemaría.

El Fundador sufre con la tribulación del ingeniero, por quien reza y hace rezar a otros. Está seguro de que «Dios lo arreglará no como yo deseo. ¡Mejor!». Así lo asegura en las cariñosísimas cartas que le dirige por estos días. Le recuerda que la Cruz es signo de predilección divina y que «¡siempre!, tras el Calvario [...] viene la gloria de la Resurrección». Le exhorta a intensificar la oración, a través de la Santísima Virgen, a comulgar diariamente, a ofrecer su dolor como expiación y a identificarse con la «justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas». También le aconseja no comentar el problema «con nadie más de lo indispensable y con mucha prudencia». En esto hace una salvedad: «que cuanto antes vayas a visitar al Señor Obispo» —Monseñor González García— «y no hagas nada en este asunto sin su aprobación. A este bendito Prelado debes hablarle con claridad de todo: te entenderá bien [...]. No dejes de ir en cuanto puedas».

Por detrás de todo andaban las fuerzas laicistas. Y una parte de los compañeros de claustro quizás estuvieran acobardados por la situación política del país.

El 14 de febrero el general Berenguer ha dimitido como Presidente. El gobierno del almirante Juan B. Aznar, que toma posesión el día 18, sólo adopta una medida: convocar elecciones —municipales, provinciales, de diputados y senadores— para los días 12 de abril y 3, 7 y 14 de mayo. En ellas se ventilaría la disyuntiva monarquía-república.

Para mediados de marzo ya se han calmado las aguas en la Escuela Industrial. Isidoro puede comunicar la casi completa desaparición de «las pequeñas nubecillas, rastros pudiéramos decir, que quedan de lo que fue oscuro nublado y que el Amo ha querido fuera desapareciendo». Toda la atención se centra en los preparativos electorales.

II República española (14-IV-1931). Quema de iglesias y conventos. Examen de conciencia

La alternativa entre monarquía y república se resuelve con las elecciones municipales, únicas que se celebraron de las convocadas por Aznar. Aunque los resultados globales son favorables a los monárquicos, el triunfo republicano en 41 capitales de provincia basta para que don Alfonso XIII — desde su sanción a la Dictadura de Primo de Rivera— suspenda el ejercicio del poder real y abandone España. El 14 de abril fue proclamada la República. Muchedumbres festejaron su advenimiento en calles y plazas de casi toda España.

En un primer momento se conservan algunas formas de respeto aparente hacia la jerarquía eclesiástica.

Don Josemaría escribe a Isidoro. Además de insistir en que no deje la meditación ni la Comunión y en que tenga confesor fijo, se refiere a la nueva situación del país. El Opus Dei no tiene preferencias políticas y cada miembro, siempre de modo coherente con la vocación cristiana, forma libremente sus opiniones personales. «No te dé frío ni calor el cambio político: que sólo te importe que no ofendan a Dios».

De todas maneras, no se hicieron esperar las dificultades para la Iglesia. Con la pasiva indiferencia del Gobierno, que conocía lo que se preparaba, grupos no reprimidos por la fuerza pública inician, en la mañana del 11 de mayo (1931), el asalto, saqueo e incendio de conventos y templos en Madrid. Las fuerzas del orden únicamente contienen a los revoltosos cuando pretenden asaltar algunos comercios. Sólo a las 3 de la tarde salieron las tropas a las calles madrileñas.

Pero las llamas prendidas en Madrid se propagan inmediatamente a Valencia, Alicante, Murcia, Sevilla, Cádiz y, sobre todo, Málaga.

Ante las noticias procedentes de Madrid, el señor Obispo solicita de las autoridades protección para los templos y conventos malagueños. El gobernador civil, que estaba en Madrid, se ha puesto en camino hacia Málaga. Su secretario asegura a monseñor González —a las 7 de la tarde— que puede permanecer tranquilo: la policía y la Guardia Civil vigilarán el Palacio episcopal y todos los establecimientos religiosos.

Precisamente a esa hora comenzaba el acoso a los conventos: el Servicio Doméstico, la Asunción y otros. Varios hubieron de ser desalojados. Poco antes de las 11 de la noche son rociadas de gasolina y prendidas la residencia e iglesia de los Jesuitas.

El gobernador militar se persona en el lugar; aconseja serenidad a las turbas y ordena que todas las fuerzas de seguridad se retiren a sus cuarteles, pues —a su entender— el pueblo mismo es suficiente para garantizar el orden público.

En torno a la media noche ardía el Palacio episcopal. El Obispo debe iniciar un doloroso Vía Crucis, de refugio en refugio, hasta llegar a Gibraltar.

A eso de las cinco de la madrugada, después de cubrir otros objetivos, los incendiarios se dirigen a la iglesia de Santo Domingo. Antes de que lleguen, Isidoro —con algunos de sus jóvenes amigos— ha conseguido retirar los ficheros de la federación de Estudiantes Católicos, que tenía su local en las dependencias parroquiales. En el templo arderán el Cristo de la Buena Muerte y el retablo de Nuestra Señora de Belén, piezas maestras del escultor Pedro de Mena, cuya obra se destruye casi entera en la triste jornada malagueña.

El gobernador civil ya está en la ciudad, pero se siguen quemando, profanando y destruyendo templos y conventos hasta bien pasada la 1 de la tarde (12 de mayo), en que se proclama la ley marcial. En Málaga, sin contar el Palacio episcopal, han ardido cinco parroquias y doce conventos e iglesias. El saqueo y devastación alcanzan a 5 parroquias más y a otros 24 colegios, asilos y conventos de la capital.

Desaparece un patrimonio artístico insubstituible, así como todos los archivos eclesiásticos. Se han cometido sacrilegios contra la Sagrada Eucaristía. En calles, tabernas y prostíbulos, se han profanado cálices, copones y ornamentos. Se han violado cementerios y sepulcros. Por la noche del día 12 llegan dos compañías militares procedentes de Ronda; y el día 13, cuarenta guardias civiles de Melilla.

Tras unas jornadas de caos, habrá que tomar, donde sea posible, las medidas para restaurar edificios y devolverlos a su empleo de culto, residencia, enseñanza o caridad. En el caso de los Estudiantes Católicos, hay que buscar distinta sede: Zorzano los reúne y encauza nuevamente hasta dejarlos instalados en otro local.

Conmocionado por la brutal experiencia, Isidoro continúa con su trabajo en los Ferrocarriles y en la Escuela. Está terminando el curso 1930-31, también para la Sociedad Excursionista, que celebra el 18 de junio su asamblea anual. Por su simpatía y entusiasmo, pese a ser socio moderno, eligen a Zorzano vocal de la directiva para el curso siguiente. Hasta que deje Málaga, en 1936, seguirá formando parte de la Junta.

Don Josemaría toma ocasión de los recientes sucesos para robustecer la vida interior de Isidoro: «Supongo que toda esta guerra a nuestro Cristo habrá servido para enardecerte en su servicio, procurando ser cada día más suyo..., con la oración, y ofreciéndole, también cada día, como expiación —gratísima a sus divinos ojos— las mil molestias que de continuo trae la vida». Renueva sus consejos referentes a la meditación y a la Sagrada Eucaristía: «No me dejes todos los días el ratito de oración mental. Por la noche, el examen: es cuestión de tres minutos. Con esto, tu rosario y —sobre todo— tu Comunión frecuente (¡ojalá fuera diaria!), nada ni nadie podrá contigo». Lo estimula con el encargo de interceder por un amigo suyo, que quizá tenga vocación para el Opus Dei: «Te pido especialísima oración y alguna expiación pequeña, voluntaria. Mira, esta vez vamos a llevar todo el negocio entre tú y yo: no pido oraciones a nadie, ni expiación. De nosotros dependerá mover el Corazón de nuestro Rey...».

A Isidoro, en efecto, las contrariedades le han servido «para enardecerme en su servicio». Va entrando, despacito, por caminos de vida interior: «He intensificado la oración y, como molestias no me faltan al cabo del día, tengo bastante materia que ofrecer a Él como expiación».

Su gran descubrimiento, por estas fechas, es el examen de conciencia. Quizá más que como fuente de contrición, de momento lo ve como arma de lucha ascética. ¡Y él está dispuesto a luchar con todas sus fuerzas! Procurará ir «limando todos los días un poco las asperezas que observemos con el examen diario hasta conseguir el máximo de la perfección». Poco a poco aprenderá que lo importante no es tanto la «perfección» personal como el amor. En todo caso, el esfuerzo heroico es un buen modo para que muestre su amor a Dios. Tiempo tendrá para irse persuadiendo de que no santifican los propios puños, sino la gracia.

Mientras tanto, continúa con sus obras de celo.

Adoratrices. Central eléctrica en Frigiliana. Casa del Niño Jesús

Entre los conventos que, sin arder, sufrieron saqueo figura el de las Adoratrices. Tenían colegio para las niñas del barrio e internado para jóvenes reformandas. Una de las religiosas es hermana de Ángel Herrero, que les ha buscado alojamiento. Con este motivo, entra Zorzano en relación con la comunidad, que pronto pudo reintegrarse al convento. «Voy ahora», escribe Isidoro este verano de 1931, «casi todas las noches, a rezar el santo Rosario con las monjitas de las Adoratrices. La madre Superiora a su bondad une un talento extraordinario».

A partir de ahora, cuando se acerquen las navidades, Isidoro buscará limosnas para comprar juguetes a las niñas pobres del colegio. Anuncia los sablazos con frase divertida: «Ya está aquí la misión». Y todos la gozan el día de Reyes viendo disfrutar a las chiquillas con sus regalos. Las religiosas quedarán muy removidas por la ejemplaridad del ingeniero «en la práctica de todas las virtudes, especialmente en las de la fe, esperanza y caridad».

En verano Isidoro intensifica su trato con Herrero y los amigos de Frigiliana, donde prosperan las obras de la central, cuyos trabajos concluirán al cabo de unos meses. La ocasión fue celebrada —todos de chaqueta y corbata— en el porche mismo de la antigua fábrica de miel, con una buena paella.

Poco tiempo debió de suministrar electricidad la flamante instalación. La «Litoral» cedió y rebajó sus tarifas. Los vecinos del pueblo fueron así, quizá, los principales beneficiarios de la peripecia.

En lo que no solía participar Isidoro era en las cacerías mayores que organizaban sus amigos por la misma sierra de Frigiliana. Alguna vez se da un destino benéfico a las capturas. Una fotografía inmortaliza el momento de introducir un magnífico rebeco en la Casa del Niño Jesús.

Por Ángel Herrero, este verano de 1931 conoce Isidoro dicho establecimiento y a su alma, el jesuita septuagenario P. José Manuel Aicardo que, tras una ausencia de 14 años, había regresado a Málaga. La Casa es una especie de asilo para niños del arroyo, instalado desde 1918 en la calle de Pozos Dulces. Con la vuelta del P. Aicardo, en 1925, la Casa tomó nuevos bríos y el número de asilados pasó de 50 a más de 100 golfillos. Allí rezan, comen, duermen, reciben algunas clases, juegan y se les guardan las ganancias. Los niños están voluntariamente: pueden marcharse cuando quieran (perdiendo, eso sí, el dinero que allí se les custodia); y se les readmite, si regresan arrepentidos. La institución no tiene talleres propios: los niños trabajan en carpinterías, herrerías, etcétera, de la ciudad.

Isidoro queda impresionado: «He conocido también al Padre jesuita Aicardo: es un caso prodigioso de santidad y de inteligencia; tiene unos 100 niños recogidos. He pasado con todos ellos ratos muy agradables [...]. Me he ofrecido para dar a los chicos clase de matemáticas».

Curso 1931-32. «Calvario» en la Oficina. A suplir huelguistas en La Roda. Viajes a Madrid: hospitales y «El Sotanillo». Consejos de Padre. En los talleres

En cualquier caso, Zorzano está llamado a santificarse por caminos ordinarios, mediante su trabajo realizado a conciencia y con sentido sobrenatural. «Cuanto mayor sea el trabajo que hay que llevar a cabo, mayor tiene que ser la perfección», escribe.

Y, de un tiempo a esta parte, su quehacer profesional, en los Ferrocarriles, está convirtiéndose para el ingeniero en una fuente de dolorosas mortificaciones. «Sigo bastante disgustado en la oficina» —dice— «haciéndoseme el trabajo insoportable. Cuando se colabora con personas francamente odiosas, es el mayor castigo (expiación) que se puede imponer».

Las relaciones de Isidoro con su jefe van de mal en peor. Anselmo Alonso, antiguo conocido de Madrid, trabaja en el mismo departamento y ve a su amigo pasar «un calvario»: broncas injustas, humillaciones... Recordará que Zorzano «no murmuraba de nadie», aunque Alonso sabe «tantas cosas, que se podría escribir una novela». El superior, tal vez debido a mala conciencia por el asunto de las electrificaciones, se muestra cada vez más grosero. Y Anselmo observa cómo Isidoro, pensando no ser visto, se santigua disimuladamente antes de entrar al despacho del jefe; donde, por cierto, tiene que llamar a la puerta.

Zorzano sabe dar un alcance sobrenatural a su contrariedad: «Muchas gracias, Dios mío, por este tesoro verdaderamente divino, porque ¿cuándo encontraré otro que a cada amabilidad me corresponda con un par de coces?».

Un respiro extraordinario le llega por caminos insospechados. En octubre de 1931 se declara una huelga de Ferrocarriles. Para suplir a los operarios, la Compañía echa mano hasta de los ingenieros. Zorzano es enviado a La Roda de Andalucía (Sevilla), donde los ferroviarios han parado casi por completo.

El ingeniero refiere su desacostumbrado quehacer: «Desde el día 16 estoy en esta estación, prestando servicio. No se descansa un momento. Lo mismo echo carbón que hago la maniobra con la máquina, enciendo la locomil, sirvo de intérprete a los turistas, pongo lámparas, arreglo los fusibles de la luz y traslado maletas y baúles de unos coches a otros. Porque ésta es una estación de cruce. Toda una gama de oficios y ocupaciones. Yo no sé si será por la novedad del cargo, pero estoy contentísimo como nunca. Si os he de decir la verdad, siento que se termine la huelga».

Una sombra matiza su alegría: la indiferencia religiosa del lugar. «He tomado la Comunión todos los días que he podido. El pueblo está a un kilómetro de distancia; tiene una iglesia muy mona y el Sr. Párroco es un buen sacerdote. ¡En qué estado más lamentable está el pueblo! El domingo había escasamente 15 personas en Misa y habrá unas 6.000 almas. ¡Qué labor tan enorme tienen que realizar!».

El mayor alivio para el «calvario» de Zorzano son sus viajes a Madrid. Como ferroviario, tiene billete gratuito: cuando hay plazas vacantes, incluso en coche cama. Esto no siempre constituye una ventaja: una vez le adjudican una litera de dúplex y advierte que, por error, es una mujer quien ocupa la otra cama. Viajará en el pasillo del vagón, de pie, y por la mañana su rostro trasluce la forzada vigilia. En ocasiones viaja dos noches consecutivas para pasar el domingo en la capital. Unas horas con su madre y su hermana y, sobre todo, largas conversaciones con don Josemaría y los demás miembros de la Obra.

No tienen un lugar para reunirse y, años después, Isidoro evocará: «¡Qué tiempos! Al principio no teníamos, con el Padre, dónde ir. Nos sentábamos en un banco del paseo. Después fuimos al Retiro, que estaba más tranquilo..., y allí trazábamos planes».

El Fundador había dejado la capellanía del Patronato de Enfermos y, desde septiembre, ejercía como capellán del Patronato de Santa Isabel, en Atocha. Pero no abandona a los enfermos. Acude, sobre todo, al Hospital General; al de la Princesa; y al del Rey, dedicado a enfermos infecciosos. En él era capellán un joven sacerdote asturiano, José María Somoano, que pronto se incorpora al Opus Dei.

Con frecuencia el Beato Escrivá lleva consigo a las recientes vocaciones y a otras personas, para formarlos en contacto con el dolor humano. En los hospitales, principalmente en el General, prestan servicios —a veces, bien costosos— a los enfermos: lavarlos, peinarlos, cortarles las uñas, limpiar sus vasos de noche...

Al salir, el domingo por la tarde, van a una chocolatería —«El Sotanillo»— en la calle de Alcalá, junto a la Plaza de la Independencia. El dueño les hace pasar a un comedor donde puedan conversar con cierta intimidad. A punto de morir, relatará Isidoro cómo «el Padre no consentía nunca que ninguno pagase la merienda, sino él, con el dinero que casi siempre era el que en la casa del Padre tenían para cenar».

Estas visitas a Madrid no siempre dan ocasión para largas charlas personales entre Isidoro y don Josemaría. Por eso, el Fundador sigue recurriendo a las cartas, para consolidar la vida interior del ingeniero: «Ten absoluta confianza con Jesús. Cuéntale tus cosas. [...] Si alguna vez (o muchas veces) estás seco y árido, ante el Sagrario, sin saber qué decirle a Jesús..., hazle la guardia: persevera, como de costumbre, sin quitar un minuto: fiel, como un perrillo a los pies de su amo. Y esto, aunque vengan pensamientos inoportunos y hasta malos. Aquel día, es seguro, habrás merecido más con tu perseverancia y habrás consolado más a Dios».

Son tiempos difíciles para la Iglesia en España. Se acabó la política de buenas maneras. Tras las elecciones del pasado junio (1931) —ganadas por socialistas, radicales y radicales socialistas— las Cortes Constituyentes centraron su atención en la cuestión religiosa: la Iglesia pasaba a ser una corporación de derecho privado, sin atribuciones en materia de enseñanza y matrimonio; desaparecía cualquier financiación oficial; los bienes de las Órdenes religiosas podrían ser nacionalizados; el gobierno habrá de autorizar las manifestaciones públicas de culto... Una cascada de normas especiales articularán el contenido sectario de la Constitución (aprobada el 9 de diciembre). En el primer trimestre de 1932 se secularizan la enseñanza y los cementerios; se suprime la Compañía de Jesús; se proclama la ley del divorcio; se disuelve el cuerpo eclesiástico castrense...

Los católicos tienen que hacer algo, y don Josemaría ve con buenos ojos que Isidoro intervenga en distintas labores apostólicas. Pero, con solicitud paternal, le previene frente a los riesgos del activismo: «No te dediques demasiado a las cosas de fuera, olvidándote de ti mismo. Esto se evita, siendo fiel en la Oración (no la dejes ningún día), y procurando ofrecer como expiación las mil pequeñeces, que ocurren en la jornada». Y vuelve sobre un viejo asunto: «La Comunión, si puede ser, diaria». El Fundador acude incluso al resorte de la emulación: «¿Cuándo me das esa alegría, Isidoro? Mira, que te ganan otros...». El ingeniero se propone comulgar a diario «en cuanto resuelva la distribución de tiempo y espacio».

Han cambiado sus circunstancias. El 1 de marzo (1932) pasa a trabajar en los Talleres generales de los Ferrocarriles Andaluces, en la sección de locomotoras y ténderes. Se acabó, por fin, el «calvario» del iracundo jefe. Antes de trasladarse, Zorzano termina los trabajos pendientes «para que no se encontrase mi sucesor con ningún hueso». En la oficina deja un magnífico recuerdo.

Los talleres, junto a la estación de los Andaluces, quedan a unos diez minutos de «La Veleña». La jornada laboral es más larga que antes. Ahora será de ocho horas: de 7,30 a 11,30 y de 1 a 5 por la tarde. El trabajo, menos creativo, tiene un aliciente nuevo: Isidoro mandará sobre cientos de obreros, cuya psicología trata de conocer.

Por estas fechas se incorpora un nuevo ingeniero a los Ferrocarriles Andaluces. Zorzano lo lleva consigo a «La Veleña». En la pensión reciben de mil amores al conocido del huésped modelo.

El mejor huésped de «La Veleña». Comunión diaria. El padre de los pobres

Don Isidoro jamás protesta por las comidas. Todo lo más, dirá que no tiene apetito. Incluso se le nota disgustado cuando los demás se quejan. Nunca retrasa el pago. Doña Victoria, la dueña, recuerda el día que pasó a Isidoro una cuenta cobrándole de menos: Zorzano devolvió la nota para que la corrigiese.

Trata bien a todo el mundo. A doña Victoria le trae de Madrid, según su deseo, una estampa de Jesús de Medinaceli. Coloca en los Ferrocarriles al camarero José. Mariquita, la muchacha de la pensión, dirá rotundamente: «Fue el mejor huésped que tuvo la casa». Nunca lo vio enfadado. Un día Zorzano tiene que esperar un cuarto de hora largo para la cena, porque la chica se entretuvo en la calle. Cuando llega, el huésped sólo mueve la cabeza y dice sonriente: «¡Mariquita, Mariquita!». Alguna vez ella está de mal humor y riñe a sus compañeras; entonces Isidoro la mira divertido: «Mariquita, no te pongas así». En otra ocasión, la mala cara de la sirvienta obedece a un dolor de muelas: en cuanto el ingeniero se entera, sale a buscarle un calmante.

Aunque Isidoro no habla de asuntos privados, al personal de «La Veleña» no se le oculta su piedad. Sobre todo, les edifica la fidelidad de Zorzano a la Santa Misa todas las mañanas, a las 6 o 6.30. Al colega recién incorporado a la pensión le sorprenden los madrugones de su amigo. Porque Isidoro ha organizado su horario y, por fin, ya comulga todos los días: «¡Qué tranquilidad y alegría recibo diariamente en la Comunión!». Son la alegría y la paz que siembra en sus relaciones sociales.

Los domingos en verano, sin giras de la Excursionista, suelen pasear por la costa. Aunque a Isidoro no le gusta disparar, jalea a sus amigos cuando, en las Chapas de Marbella, cazan conejos para la Casa del Niño Jesús. Porque Zorzano sigue frecuentando la Casa, donde algunas veces lava los pies y corta las uñas de los niños.

En ocasiones repite con los golfillos lo que hace don Josemaría en Madrid con los universitarios: llevarlos a visitar enfermos y familias pobres en barriadas periféricas. Uno de los niños recordará que Isidoro «curó», en el Barrio del Arroyo, a un anciano que llevaba treinta años «enfermo» de tiña y a un niño con la cabeza llena de costras. Al parecer, el milagro consistió, sobre todo, en lavarlos bien lavados. En aquellos suburbios llegaron a conocer a Zorzano como «el padre de los pobres». Algunos vecinos del arrabal son subordinados de Isidoro en los ferrocarriles. Aquí no tienen que fingir hostilidad clasista respecto al jefe, a quien saludan cariñosamente: «¡Vaya usted con Dios!».

De todos modos, la dedicación básica de Isidoro es su trabajo. En los talleres va ganando un notable prestigio. Siempre llega puntual. Y, a diferencia de otros ingenieros, no tiene inconveniente alguno en ponerse un mono y trepar por las locomotoras para comprobar, personalmente, la reparación que se está efectuando. Esto corre como la pólvora entre los obreros. Con el nuevo ingeniero no caben chapuzas. Lo que no saben es que Zorzano busca la unión con Dios precisamente a través de su trabajo bien cumplido y hecho en presencia del Señor.

Por su competencia debe, a menudo, realizar «peritaciones» fuera de Málaga. Así, en mayo de este año (1932) viajó a Barcelona. Otras veces el dictamen es dentro de la provincia: en Alora, concretamente, hubo de revisar un puente nuevo. La estancia se prolongó varios días y alguna joven del lugar se ilusionó con el brillante soltero. Isidoro disipó enseguida sus infundadas esperanzas.

En la segunda mitad de 1932 recibe dos tristes noticias: los primeros fallecimientos de miembros de la Obra. El 16 de julio muere, en extrañas circunstancias que hacen sospechar un envenamiento criminal, don José María Somoano, capellán del Hospital del Rey. El 5 de noviembre fallece Luis Gordon, ingeniero industrial como Zorzano y uno de los jóvenes a quienes el Fundador enseñara, en el Hospital General, a servir al prójimo. En ambos casos ofrecerá Isidoro, como sufragio, varias comuniones y rosarios completos.

Zorzano pasa en Madrid parte de las navidades. Don Josemaría le da a leer unas consideraciones espirituales, «editadas» modestamente a ciclostil. Le ayudarán a empaparse, poco a poco, en el espíritu propio de un fiel que ha de vivir su vocación en medio del mundo. Hasta ahora Isidoro, aparte de algunos libros ascéticos —lógicamente, nada específicos del Opus Dei—, sólo disponía de las cartas del Fundador, cuyo valor apreciaba: «Llevo tus cartas siempre en el bolsillo para leerlas de vez en cuando, pues son verdaderas meditaciones; bajo la impresión de ellas escribí a mi madre y la pobre me dice que le han servido de gran consuelo».

Estas mismas navidades están a punto de pedir su admisión en la Obra el químico José María González Barredo, profesor en el Instituto de Linares, y un estudiante de medicina llamado Juan Jiménez Vargas.

Reyes de 1933. «El mejor catedrático» de la Escuela Industrial. «Don Isidoro: ¡Media cuña!» Vicepresidente de la Excursionista

El año nuevo (1933) lo saludó Isidoro ya de regreso en Málaga, a tiempo para repartir los Reyes a las niñas de las Adoratrices.

También él recibió un simpático regalo: algunos alumnos de la Escuela le hicieron llegar a la pensión una locomotora de juguete, con un billete firmado: Melchor, Gaspar y Baltasar. Era una referencia a su nuevo destino en los Andaluces. Al reanudarse las clases, los estudiantes lo saludan imitando el ruido del tren.

Sus discípulos le adoran y lo consideran «un hombre extraordinario». Los profesores suelen anunciar, a comienzo de curso, un plan de la asignatura, ejercicios prácticos, etcétera, que por lo común queda en agua de borrajas. Con Isidoro, en cambio, el programa —dicen— «no fallaba nunca. Él dictaba su plan a seguir, el primer día de clase, y se cumplía exactamente». Zorzano pone los medios para que los muchachos aprendan; pero no les aprueba si no dominan la materia. Los suspende sin humillar: «Uno de los recuerdos que guaro de él fueron unas soberanas calabazas en Matemáticas. Él lo sitió más que yo: me dio toda clase de explicaciones y, al final, me convenció... teniendo que darle las gracias». «Ponía ceros abundantes», dice otro: llegado el caso «no tenía inconveniente en dejar suspenso a toda la clase». Pero todos advierten que, al poner un cero «a cualquier alumno sufría; mucho más, cuando ese alumno era obrero y padre de familia». Cuando hubo alguna gran cosecha de calabazas, «para que en septiembre aprobásemos todos, durante los meses e verano nos estuvo dando clases particulares gratuitas, con lo cual consiguió que aprobásemos todos».

Isidoro no hace distingos entre sus alumnos, aunque vivir la justicia le supone, a veces, practicar en grado heroico también la fortaleza: por ejemplo, cuando suspendió a los dos hijos de su jefe en los Talleres, a quienes venía advirtiendo para que aprovechasen el tiempo, pues «de otra suerte, a pesar de que eran hijos de su padre, no les aprobaría». Agotadas las convocatorias disponibles para aprobar la asignatura, los muchachos hubieron de continuar los estudios en Tarrasa.

A un ingeniero amigo, que se ha interesado por un estudiante, le dirá Zorzano: «Siento mucho, por tratarse de ti, no poder complacerte; pero el alumno que me recomiendas no tiene la suficiente capacidad y preparación, ni ha aprovechado el curso lo que debiera para poder ser aprobado». Su propio auxiliar de cátedra recordará: «Jamás pude conseguir que aprobara algún alumno de los pocos por quienes yo intercedía; a pesar de lo mucho que él me apreciaba y de que le constaba que mi interés por ellos era desinteresado en absoluto». Cuando los alumnos «particulares» comienzan a ser discípulos también oficiales de su asignatura, deja de darles clases privadas.

En cierta ocasión, sorprendió copiando en el examen a un escolar «atravesado». No lo humilló: se limitó a darle un toquecito en el hombro y el muchacho «salió voluntariamente de la clase, con harto pesar del profesor, que sólo demostraba su indignación en estos casos con un gesto muy peculiar suyo: montaba el labio inferior sobre el superior».

El profesor, en efecto, disimula sus posibles impaciencias. Cuando los estudiantes interrumpen la clase con cuestiones, Isidoro parece hasta complacido, «pues decía que el que preguntaba era porque tenía deseos de saber, que era el mejor galardón que podíamos ofrecerle».

Pero sus clases no eran tumultuosas: transcurrían sin bromas fuera de lugar y sin parloteos ajenos a la asignatura. Un alumno recuerda cómo Zorzano lograba que «a su clase, la más temida, fuera a la que concurriéramos todos con más alegría y cariño». «Yo conozco —dirá otro— profesores huesos que se imponen chillando y profesores blandos, con los que la clase es un choteo. D. Isidoro no era ni de unos ni de otros. Imponía su autoridad sin despegar los labios». Los muchachos no acaban de comprender por qué lo respetan: «en esto consistía especialmente nuestra extrañeza, de que lo respetábamos por temor a... no sé qué. Nunca castigaba, nunca se excitaba, siempre era modelo de moderación, agradable en el trato, siempre con una incipiente sonrisa a flor de labios... y sin embargo [...] nos infundía un respeto absoluto y siempre sus clases eran modelo de disciplina y silencio». Tal vez fuera el temor, que no es miedo, de contrariar a un ser querido.

El futuro locutor deportivo y taurino Matías Prats, alumno por entonces de la Escuela, evoca: «Los estudiantes solíamos alimentar las esperanzas de que algún profesor no acudiese a darnos su clase [...]. En cambio, no lo deseábamos así cuando se trataba de las lecciones de don Isidoro [...]: en su caso nos alegraba el verlo llegar».

Todos coinciden en que «el recuerdo de él es lo más agradable y simpático que tenemos de la Escuela»; y cada uno está persuadido de «que era el mejor catedrático que había tenido».

A Isidoro le gusta dar clases. Aunque no sea el principal motivo, también por eso le alegra saber que pronto se inaugurará la primera labor apostólica corporativa del Opus Dei: será precisamente una academia. Daría cualquier cosa por ejercer su docencia en un centro de la Obra. Pero, sin salir de Málaga, este año (1933) tendrá más clases.

El pasado 10 de noviembre ha muerto el P. Aicardo. Isidoro tiene la impresión de que nadie toma el relevo del difunto, como alma de la Casa del Niño Jesús: «Los niños se han quedado sin dar clase» de cultura general y catecismo, como preveía el horario, entre 8 y 9 de la tarde. Isidoro carga con ese cometido. Después de la clase, viene la cena y, a continuación, las oraciones de la noche antes de acostarse.

Zorzano se encarga de todo: clase, cena y oración. Para ello ajusta, todavía más, su horario personal y adelanta la propia cena. Cuando, a las 7, termina las clases en la Escuela Industrial, sale corriendo hacia la pensión, donde cena velozmente, para correr de nuevo hacia el asilo y empezar su lección a las 8. Gracias a Dios, a la Casa del Niño Jesús se llega en cinco minutos desde «La Veleña».

«No os podéis dar idea —escribe a Madrid— de la satisfacción tan extraordinaria que experimento cuando estoy rodeado de esos desgraciados chicos, hijos del arroyo, desecho de la sociedad, sin cariño ni consuelo de los suyos. ¡Cómo vibran sus corazones cuando oyen hablar de Él!».

Sus corazones vibran con el catecismo, y sus bocas parecen insaciables a la hora de la cena. El reglamento del P. Aicardo señalaba que los niños debían guardar silencio durante las comidas. Quizás él lo consiguiera con sus métodos. Pero ahora no es así. Un golfillo grita:

—Don Isidoro, ¡más comida!

Otro reclama, con extraña nomenclatura, un suplemento de pan:

—Don Isidoro: ¡media cuña!

Y don Isidoro, feliz, atiende a todos.

Cuando llega la Cuaresma, conduce a los muchachos a la iglesia de San Juan, para que hagan ejercicios espirituales.

Si un arrapiezo se escapa del asilo, Zorzano lo busca y le convence para que vuelva, porque sólo en la Casa se hará un hombre de provecho.

Al cabo de unos meses nombran a Isidoro tesorero de la Casa. Él procura que su labor pase inadvertida y que su nombre no aparezca. Pero los amigos advierten su espíritu de servicio a cualquier necesitado. Es lo que sucede, por ejemplo, el día en que les hace parar el automóvil y llevar, desde el Rincón de la Victoria hasta el mercado, a un pobre pescadero tambaleante bajo su carga de peces.

No le importa, en cambio, que se conozca su activa presencia en la Sociedad Excursionista. Un día la excursión es, en tren, a Sevilla y, desde allí, a la Gruta de las Maravillas, en Aracena. Otro fin de semana, 86 socios marchan a Granada: en autobuses y coches suben a Sierra Nevada. Isidoro será uno de los pocos que se acerquen a la cumbre del Veleta. El 11 de marzo van a Ronda: la Memoria de la Sociedad relata cómo el Presidente «y los directivos don Miguel Olmedo, don Fernando Suviri y don Isidoro Zorzano recorren el vagón, prodigando estímulos obsequiosos y saludos cordiales» a los 71 expedicionarios. A Isidoro le corresponde ofrecer bombones a las damas. También organiza los horarios de modo que los excursionistas puedan asistir a Misa.

En la excursión a Ronda, por cierto, se plantea una situación que Isidoro debe sortear con elegancia: el casino local organiza un baile para los excursionistas. Éstos saben que Zorzano se retira «discretamente en los casos de fiestas o bailes que, en ocasiones, nos ofrecían en los pueblos o lugares de turismo». De hecho, sin mostrarse grosero, «se escabullía muy bien». Porque la situación actual del ingeniero no es la misma de sus primeros tiempos malagueños. Siempre fue caballeroso con las damas: por sentido cristiano de la castidad y para no alentar en ellas falsas ilusiones. Ahora bien, desde agosto de 1930, no es un simple soltero. Su comportamiento es el de quien pone los medios para ser fiel a un amor. Muchos, en efecto, piensan que tiene novia en otra ciudad.

Por ser un compañero alegre y atento, la próxima Junta general de la Sociedad Excursionista lo elige como vicepresidente, para el curso 1933-34.

Progreso interior. Atención a Barredo, en Linares. Viaje de prácticas

Pese a la consideración de que goza en Málaga, en 1933 reverdece la comezón de Isidoro por trasladarse a Madrid. Está persuadido «de que este año se realizará dicho deseo». Pero la Providencia tiene otros planes: conviene que Zorzano permanezca en Málaga para cuidar de algunos miembros del Opus Dei, más recientes, que andan por Andalucía.

Con la gracia de Dios y la solicitud de don Josemaría, Isidoro va progresando. La vida interior y la fidelidad a prueba de bomba le capacitan para servir a sus hermanos más jóvenes. El Fundador le pide que visite a José María González Barredo quien, tras pedir la admisión en el Opus Dei, ha regresado a su Instituto en Linares.

El cometido presenta sus dificultades: «He estado viendo las combinaciones ferroviarias para ir a ver a González a Linares, resultando que tardo más tiempo en ir a dicho punto que a Madrid». Pero no dejará de visitar al químico, a quien previamente anuncia su llegada y adelanta consejos de tipo espiritual: «Es necesario que nos demos por completo a Él». Como escribe a un científico, emplea imágenes matemáticas: «Una suma de mortificaciones infinitamente pequeñas, del orden diferencial, y la integral de la expresión diferencial de la mortificación, la santidad».

Durante sus estancias en Linares se hospedará en el hotel donde vive José María. Charlan, pasean y rezan juntos. Isidoro enseña a Barredo las «Preces» que, con textos de la Escritura y de la Liturgia, ha preparado el Fundador. Al químico le conmueve la devoción, sin precipitaciones, con que Zorzano invoca a la Santísima Trinidad o dice las plegarias por el Papa y por el Obispo diocesano. El ingeniero le habla con cariño del santo Prelado a quien echaron de Málaga y abre a José María horizontes de servicio a la Iglesia: cuando la Obra ponga a disposición del Santo Padre el apostolado ejercitado, por ingenieros y otros profesionales, en todos los países del mundo —Alemania, Estados Unidos...—, incluidos Rusia y aquellos en que ahora solamente los misioneros propagan la fe.

También hablan de temas profesionales y literarios: Barredo se entera, incidentalmente, de que Zorzano ha leído las obras del doctor Marañón.

José María debe hacer un viaje de estudios con sus alumnos del Instituto. Como Zorzano tiene alguna experiencia, pues ha viajado en marzo a Sevilla con sus propios discípulos, elaboran juntos un programa tan perfecto, que la Junta del Instituto lo acepta sin modificar nada.

La expedición tendrá su centro de gravedad en Málaga. Allí visitarán el pantano del Chorro, que Isidoro conoce como la palma de su mano; algunas industrias típicas, por ejemplo azucareras; y el nuevo Instituto de segunda enseñanza, notable por sus laboratorios. Esta visita encierra buena dosis de picardía: el Instituto se aloja en el que, hasta hace poco, fue colegio de los jesuitas, expulsados y expropiados. Los visitantes avispados calibrarán la magnitud de la injuria sufrida por la Iglesia y la calidad de sus centros. Todo marchó sobre ruedas.

Donde hubo, en cambio, problemas fue en la toma de posesión de la nueva Junta diocesana de Acción Católica.

Verano de 1933: Junta diocesana de Acción Católica. Jubileo en Roma

Desde los tiempos de León XIII y Pío X, la expresión «acción católico» se utilizaba para designar, más o menos, lo que posteriormente se ha llamado «apostolado seglar». Con Pío XI la fórmula toma carácter institucional, de nombre propio escrito con mayúscula: Acción Católica, concebida como una organización con afiliaciones formales y cuadros directivos. El Papa había exhortado a su constitución en España.

Para establecerla en cada diócesis se convocó a los fieles más destacados por su acción católica, en sentido clásico. El Obispo de Málaga, en el exilio, piensa —claro está— en Zorzano quien, tras comentarlo con don Josemaría, acepta su nombramiento como Tesorero.

La reunión constitutiva, el 16 de julio, resultó movida. Isidoro la refiere, con dejes de atestado policial:

«Reunidos en número de 16, dimos comienzo a la sesión con la lectura de una carta del Sr. Obispo, relativa al acto que se estaba celebrando [...]». La sesión tenía lugar en las dependencias del Palacio episcopal que menos habían sufrido cuando los incendios.

Iban por la segunda línea, «cuando se presenta el 2º Comisario de Policía, con una legión de los mismos, comunicándonos que, por ser una reunión clandestina, quedábamos todos detenidos».

Le muestran el reglamento, presentado días antes al Gobernador, y le indican que no han pedido autorización «para celebrar dicha reunión, porque las leyes vigentes autorizan a reunirse sin dicho requisito, cuando el número de personas congregadas es inferior a veinte». Y ellos han tenido la prudencia de sólo citar a diez y seis.

«Dándose cuenta de la plancha, nos dijo que habían visto salir a varias personas. Como era inexacto, le manifestamos que midiese las palabras que pronunciaba, porque estaba hablando con caballeros. Nos dijo que él también se consideraba tal y que, dado el giro que tomaba el asunto, era conveniente que le acompañásemos a la Comisaría». Los presentes ruegan que se dispense a las damas de tal molestia.

«Nos dio media hora de plazo para ir, independientemente, previa la toma de nuestros nombres». Isidoro escribe: «Antes de ir hice una visita al Santísimo».

En la Comisaría, «nos tuvieron desde las cinco y cuarto hasta las siete y cuarto. Total, dos horas». Para aprovechar el tiempo, «se terminó la lectura de la carta y se dio lectura de la Junta, en dicha Comisaría, quedando por ende allí constituida». Mientras tanto, «el Comisario, persona de juicio y ecuánime, consultó el caso con el Gobernador, con objeto de arreglar la plancha, tomando la determinación de dejarnos en libertad, en vista de que no había penalidad». Zorzano advierte que volvió «a visitar al Santísimo, en acción de gracias».

Pero julio es caluroso en Málaga y todo el que puede se marcha. Por motivos ajenos a la climatología, también Isidoro viajará este verano de 1933: a Roma, donde Pío XI ha proclamado un Jubileo especial, para conmemorar los 19 siglos de la Redención.

El Fundador del Opus Dei ha encendido en sus hijos el amor al Sucesor de Pedro: «[...] Me gusta que seas muy romano», escribirá en Camino. «Y que tengas deseos de hacer tu ‘romería’, ‘videre Petrum’, para ver a Pedro». Zorzano consigue que Antonio Lorenzo, socio de la Excursionista, comparta sus «enormes deseos de ganar el Jubileo».

El 24 de agosto los dos amigos zarpan de Gibraltar en el transatlántico Rex. Isidoro toma fotografías y redacta un diario de la peregrinación. Navegan a Nápoles, donde visitan Pompeya y el Vesubio.

El día 28 ya están en Roma. Lo primero de todo es visitar las cuatro Basílicas mayores y ganar el Jubileo. Luego vendrá lo demás: el Coliseo, las Catacumbas de San Calixto... Isidoro vio de pequeño la película Quo vadis y, de mayor, ha leído la peregrinación romana de Santa Teresita. Ahora se conmueve cuando, «en su propio ambiente», evoca «la vida de los primeros cristianos», a los que profesa particular devoción, aprendida del Beato Escrivá.

Don Josemaría le ha encargado comprar una talla de San Pedro, sedente, lo más grande posible. Zorzano recorre tiendas y almacenes: no se fabrican de madera. Consigue una figura, más bien pequeña, metálica. Los ojos expertos de Isidoro advierten «la mala confección de todos los objetos metálicos que fabrican; contrasta extraordinariamente el gusto exquisito que tienen» para otros trabajos.

Pío XI bendecirá la imagen. Unos sacerdotes catalanes, hospedados en el mismo hotel, indican a Isidoro y a su amigo el modo de incorporarse a un grupo que será recibido por el Santo Padre. Zorzano es el primer miembro del Opus Dei que ve a un Papa.

Ya en Málaga, cuenta las impresiones y no acaba.

Academia DYA. Elecciones de 1933

Recién llegado Isidoro de Roma, el 13 de septiembre fallece santamente una de las primeras mujeres del Opus Dei: María Ignacia García Escobar. Afectada por una tuberculosis incurable, ocupaba desde 1930 una cama en el Hospital del Rey. El 9 de abril de 1932 había solicitado ser admitida en la Obra. También ella podía santificar su «profesión»: la enfermedad. El Beato Josemaría presidió su entierro en el cementerio de Chamartín. Isidoro escribe: «¡Qué frutos tan magníficos está dando la Obra! Y todavía no ha empezado. Contamos ya con verdaderos santos...».

Este otoño de 1933 traerá novedades políticas.

El gobierno de Manuel Azaña, cuyo último golpe sectario es la ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, se ha desgastado y acaba cayendo en septiembre. Lo substituye uno más moderado, que preside Alejandro Lerroux. Se disuelven las Cortes y se convocan elecciones generales para los días 19 de noviembre y 3 de diciembre.

Pocas fechas antes de la primera vuelta electoral, los miembros del Opus Dei han encontrado en Madrid, en la esquina de las calles Luchana y Don Juan de Austria, un entresuelo que reúne condiciones para establecer la academia. Don Josemaría pide a Zorzano que se acerque por la capital: el contrato del piso se hace a su nombre. También se le pide que encargue en sus talleres una placa, de bronce, para la puerta del centro: «ACADEMIA DYA». Pronto anunciará que «está ya terminada: ha quedado bastante bien».

Se trata de un establecimiento civil, no eclesiástico, que impartirá lecciones de Derecho y de Arquitectura. Sus iniciales coinciden con el lema «Dios y Audacia» que anima la empresa. De ahí el nombre DYA. Isidoro, que no pudo asistir el 1 de diciembre a su inauguración, escribe bromeando: «No me parece serio que haya un Ingeniero Industrial en la Obra y, sin embargo, no se pueda constituir la sección de Industriales en la Academia».

Pero su puesto continúa en Málaga, donde sólo se habla de política. Incluso en Acción Católica: «La mayor parte de los que constituyen la junta son de A.P.» —el partido derechista— «y están dedicados únicamente al problema político del momento». Lo que deja estupefacto a Isidoro es la extraña lista que apoyan: «Todos los católicos y en especial el clero, haciendo propaganda de la candidatura de un masón. Ha sido un caso verdaderamente bochornoso. [...] Como la mayor parte de los que integran la junta de Acción Católica son los dirigentes del partido de A.P., resulta que han sido los mayores propagandistas de dicha candidatura».

En las elecciones, las derechas y el centro triunfan arrolladoramente: 200 diputados derechistas, 160 centristas, 104 radicales, 60 socialistas, varios de otras formaciones...y un comunista, el primero en la historia de España. Se trata del candidato Cayetano Bolívar, elegido ¡en Málaga!, ciudad que algunos comienzan a llamar «la Moscú española».

Los extremistas de izquierdas, anonadados por su fracaso, se echan a la calle para proclamar el comunismo libertario: sabotajes, huelgas, amedrentamiento de la población... Zorzano escribe: «Málaga ha sido tomada por campo de acción de los pistoleros. [...] Nunca he sentido tantos deseos de salir de aquí como ahora. [...] Sigo cumpliendo las normas» de piedad acostumbradas, «y comulgando diariamente».