Madrid y Cádiz

 

Índice: Isidoro Zorzano

Pese al prestigio de la carrera, los recién graduados topaban, al menos en Madrid, con serias dificultades para conseguir un trabajo dignamente pagado. Buena parte de ellos encontraban su primer empleo en la Compañía Arrendataria de Tabacos o en los ferrocarriles, con sueldos más bien escuálidos: en torno a las 300 pesetas mensuales.

Algunos de los nuevos ingenieros ideaban otros procedimientos para reunir unas mensualidades más sustanciosas. Un recurso, al menos provisional, era dar clases en academias para la preparación del ingreso en la Escuela. Como el número de aspirantes iba en aumento, aunque las academias tradicionales ampliaban su cupo de alumnos, la demanda permitía crear nuevos centros.

Primer trabajo: academia para futuros ingenieros

Años después Isidoro confesará que, al terminar su carrera, consideraba «como único ideal el triunfar en ella, escalonando puestos que yo estimaba insuperables»; y describirá «el éxito en mi profesión» como «lo que yo estimaba más». Pero a ello se antepone la necesidad de ganar dinero cuanto antes. No por egoísmo personal, sino por sacar adelante a su familia: «Me debía a los míos económicamente, por reveses de fortuna».

Su primer trabajo serio, como el de otros colegas, se desarrolla en una academia que dirige junto con Manuel Puyuelo, compañero de promoción, en el Colegio de San Isidoro. Se ubicaba el Colegio en un edificio madrileño cargado de historia: la Casa de las Siete Chimeneas, en el ángulo de las calles Infantas y Barquillo.

La puesta en marcha del centro tuvo a Isidoro muy ajetreado hasta casi finales de octubre de 1927. En septiembre acaba de cumplir 25 años. Iniciada ya la rutina de un horario escolar fijo, puede Zorzano reanudar el trato con sus amigos. Así, el 21 de octubre, escribe unas letras a Josemaría Escrivá: «Mi querido amigo: Como ya estoy más descansado, puedo salir la tarde que tú gustes, para lo cual no tienes más que ponerme una tarjeta. Recibe un abrazo de tu buen amigo, Isidoro». Hay entre los dos una cita pendiente, tal vez apalabrada durante un encuentro fugaz. Zorzano no había tomado el «tenemos que salir una tarde» como frase de cortesía, que se deja en el aire. Aunque sólo se vean esporádicamente, el joven sacerdote constituye para él una referencia mucho más sólida que los demás amigos.

El antiguo compañero no andaba sobrado de tiempo. Todavía no sabe qué planes concretos le depara la divina Providencia. Pero el Señor dispone su alma con abundantes gracias operativas y, para el cometido apostólico que le hará ver en su momento, lo viene preparando ahora con un intenso trabajo pastoral en servicio de gentes muy variadas. Entre otras tareas, es Capellán del Patronato de Enfermos (calle de Santa Engracia) de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón, que regentan la residencia sacerdotal donde vivía don Josemaría. Las buenas Damas le ruegan, además, que atienda sacerdotalmente a un sinfín de enfermos pobres desparramados por toda la ciudad. A esto se suman los cursos de Doctorado en la Facultad de Derecho, las clases que imparte en la Academia Cicuéndez y las confesiones y preparación de niños para la Primera Comunión. Pronto dejó la residencia de la calle Larra: en efecto, este mismo otoño trae consigo, a Madrid, a su madre y hermanos Carmen y Santiago. Durante algún tiempo doña Dolores y sus tres hijos vivirán en la calle de Fernando el Católico, número 46.

El plan diario de Isidoro resultaba más desahogado. No debían de ser demasiados los alumnos de su academia. Pero Puyuelo resumirá el modo de trabajar su amigo y socio como lleno de «un espíritu de sacrificio y de ayuda a sus compañeros y subordinados, tratando a todos con la mayor delicadeza y agrado, con gran paciencia y sin enfadarse nunca». Estas virtudes de Zorzano responden, sin duda, al profundo sentido cristiano de la vida que subraya Manuel cuando se refiere a «su religiosidad de cuyos deberes era fiel cumplidor». Tal vez admirase a Puyuelo el hecho de que Isidoro nunca dejara la Misa dominical, en contraste con la frialdad de muchos colegas. De todas maneras, por estos años, Zorzano todavía no ha emprendido —mejor, reanudado— una vida interior alimentada con la frecuencia de Sacramentos y otras prácticas espirituales (salvo sus oraciones cotidianas, que nunca dejó, a la Santísima Virgen). El Espíritu Santo continúa su obra silenciosa en el alma del ingeniero, preocupado —le mueve a ello la piedad filial— por ganar dinero... Y no gana demasiado. Es casi seguro que sus ingresos mensuales no alcanzaban las 400 pesetas.

A Isidoro, además, no termina de convencerle una labor sólo docente. Pero desde antiguo en la familia, entendida en su sentido más amplio, se ayudaron unos a otros a mejorar de posición. En esta ocasión Zorzano recurre a unos parientes lejanos: los hermanos Mendoza Vilar, Antonio y Adolfo, bien situados en sendas compañías ferroviarias.

Aunque habitualmente rehuya las conversaciones muy personales, Zorzano comenta estas diligencias con su amigo Josemaría Escrivá. Cuando por fin salen juntos de paseo, el sacerdote corrobora su imagen del viejo condiscípulo como un hombre no extraordinariamente piadoso, pero sí noble, de vida limpia, «recto y bueno». ¡Lástima que sus horarios no faciliten un trato más frecuente! Con una dirección espiritual adecuada, Isidoro podría desarrollar indeciblemente sus magníficas cualidades y disposiciones.

El verano de 1928 —en que Paco Zorzano recibe su despacho como Alférez de Infantería— llega sin que haya ninguna perspectiva profesional firme para Isidoro, que apenas tendrá vacaciones: su academia debe continuar las clases, pues en septiembre hay convocatoria de exámenes para el ingreso en la Escuela de Ingenieros.

Zorzano suple la falta de vacaciones con algunas salidas al campo. Muchos domingos acompaña a su madre y a Chichina al chalet que, por el verano, alquila el tío Juan José para los suyos en Torrelodones, a unos 30 kilómetros al norte de Madrid, sin el agobiante calor de la capital. Isidoro, a buen seguro, da largos paseos por los cerros del lugar, entre rocas, jaras, retamas y cantuesos. Se reúnen todos a la hora del almuerzo. La mujer de Juan José era excelente cocinera y preparaba unos conejos guisados que, al decir del ingeniero, estaban para chuparse los dedos.

Si regresaron a la ciudad a última hora el domingo 23 de septiembre, advertirían un extraño movimiento: las gentes corren hacia la calle de Toledo. Está ardiendo el Teatro Novedades. La tragedia fue objeto de minuciosas informaciones, que sobrecogieron a los españoles. Humeaban todavía sus cenizas cuando, en la misma capital, acontecía un evento sin eco periodístico durante muchos años, pero de dilatadas consecuencias para toda la cristiandad...y para Isidoro.

Día 2 de octubre de 1928: el Opus Dei

A la semana justo del aciago percance, el día 30 de septiembre, después de superar dos exámenes de doctorado en la Facultad de Derecho, iniciaba don Josemaría Escrivá unos días de retiro espiritual, en la residencia de los Misioneros de San Vicente de Paúl, junto a la iglesia de la Milagrosa, casi en la esquina de las calles García de Paredes y Modesto Lafuente.

Mientras repasaba los papeles en que venía tomando nota de sus experiencias interiores desde que barruntó algún designio especial de Dios, en la mañana del martes 2 de octubre (1928), fiesta de los Santos Ángeles Custodios, el Señor le hizo «ver» —así lo dirá siempre— el contenido preciso de aquella vocación personal, que hasta entonces desconocía.

Se trata de proclamar que todos los cristianos, cualquiera que sea su condición, están llamados por el Bautismo a la plenitud de la vida cristiana. El trabajo profesional, los deberes familiares o sociales y, en general, los quehaceres nobles de la tierra, cuando se desempeñan rectamente, lejos de suponer un impedimento para la santidad, constituyen una ocasión para el encuentro personal con Dios y para la extensión del reino de Cristo, tanto en los corazones como en las estructuras del mundo.

El medio concreto y práctico que Dios quiere para difundir este mensaje será una institución, de carácter universal tanto en el tiempo como en el espacio. La integrarán todo tipo de cristianos que vivan en medio del mundo: solteros, casados o viudos; laicos o sacerdotes seculares; intelectuales o trabajadores manuales; pobres y ricos. Para dedicar plenamente sus vidas a Dios no necesitarán cambiar de estado, sino que habrán de santificarse precisamente a través de los menesteres de su propio estado. El 14 de febrero de 1930, mientras el sacerdote celebra la Santa Misa, recibe una nueva iluminación fundacional: la Obra estará también integrada por mujeres, cuyos apostolados no interferirán para nada con los varones.

Los hombres y las mujeres del Opus Dei contribuirán a empapar con el espíritu evangélico las distintas esferas del quehacer humano y de la sociedad. Pero ello no será fruto de una estrategia colectiva, sino de la coherencia cristiana de sus vidas. Los fieles de la Obra habrán de caracterizarse, cabalmente, por la «unidad de vida»: por ser una misma persona la que reza, recibe los Sacramentos, trabaja, descansa, o ejercita sus derechos y deberes en la sociedad.

Pasado algún tiempo, alguien preguntará a don Josemaría: ¿Cómo va esa Obra de Dios? Éste era el nombre justo: Obra de Dios, Operatio Dei, trabajo de Dios; trabajo profesional, ordinario, realizado sin abandonar el mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor, en Opus Dei. Precisamente esta expresión —Obra de Dios— es la que venía empleando el Fundador en sus Apuntes íntimos al referirse a lo que Dios le pedía.

El Opus Dei nacía, pues, no como formalización de un fenómeno asociativo previo, sino al modo de una obra «vista» —no discurrida— por el Fundador, cuya tarea consistirá en realizarla... pese a su resistencia personal a emprender ninguna fundación. Esta resistencia llevó a don Josemaría a investigar cuidadosamente si la institución que viera no existiría ya en algún lugar, de modo que a él sólo le correspondiese adscribirse a ella.

Recaba información sobre todas las iniciativas que pudieran asemejarse, aun ligeramente, a lo que Dios le ha hecho ver. El resultado es siempre negativo.

Buena parte de esas organizaciones eran nuevas formas de vida consagrada: adaptaciones del espíritu propio de Órdenes y Congregaciones existentes, o modalidades —cada vez más próximas a la sociedad— en el proceso evolutivo del carisma religioso. Pero los miembros del Opus Dei no habrán de ser religiosos, ni asimilados, sino cristianos corrientes.

Otras entidades eran simples Asociaciones de fieles: adscribirse a ellas no significaba el cumplimiento de una vocación divina de entrega personal.

Algunas fundaciones recientes eran de carácter secreto. Ahora bien, don Josemaría sabe que ni el secreto ni la clandestinidad son compatibles con la Obra que Dios le pide.

Desde el 2 de octubre de 1928 ha comenzado la labor apostólica del Opus Dei. Ante todo, con medios sobrenaturales: oración y mortificación, propias y ajenas. Recordará cómo fue «a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios». Multiplica la tarea pastoral entre enfermos, a quienes pide oraciones y que ofrezcan los dolores al Señor por sus intenciones. Además de la labor desde el Patronato, trabajará sacerdotalmente en el Hospital General, en el de la Princesa y en el llamado del Rey. «la fortaleza humana de la Obra —dirá— han sido los enfermos de los hospitales de Madrid».

Don Josemaría, que predica la «unidad de vida», marcha por delante en esa imbricación de la piedad, el trabajo y el apostolado, sin compartimentos estancos. Repasa los nombres de sus amigos y conocidos: ya fueran compañeros, antiguos o actuales, de estudio, ya fuesen alumnos de la Academia en que imparte sus lecciones. Intensifica el trato con sus hermanos en el sacerdocio diocesano. «Trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una pequeña representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas...».

Es casi seguro que pronto pensó en Zorzano. Pero no tiene ocasión de hablar a fondo con él. El ingeniero ha dejado Madrid, sin tiempo siquiera para despedirse. Desde Cádiz escribe: «Fue tan rápida mi salida de ésa, que no me fue dado despedirme de ti». Aunque sus conversaciones madrileñas habían sido pocas, unas tres, para Zorzano el sacerdote amigo es persona que cuenta y con quien desea mantener la relación: «No dejes de escribirme, pues no es cosa de que perdamos el contacto».

En la Naval, de Matagorda

Antonio Mendoza venía tratando de colocar a Isidoro en la Sociedad Española de Construcción Naval, preferiblemente con destino en el propio Madrid. Antonio trabaja en los Ferrocarriles Madrid-Zaragoza-Alicante, que suelen comprar material móvil en la factoría que la Naval tiene cerca de Cádiz, en Matagorda. Y sucede que allí, en Matagorda, necesitan un ingeniero. El sueldo será de unas 450 pesetas mensuales.

A Isidoro le conviene la oferta y, a toda prisa, prepara la maleta.

En los primeros días de noviembre, quizás el sábado 3, toma el tren para Cádiz. Inicialmente se instala en el Gran Hotel de Roma, situado en la calle Buenos Aires 11.

Casi en la punta Sur de España y prácticamente a la salida del estrecho de Gibraltar, Cádiz —la «tacita de plata»— ocupa una península unida con tierra firme sólo por un istmo angosto, que protege al Oeste su bahía.

Frente a la ciudad, a tres millas cruzando la bahía, en Puerto Real, está la factoría de Matagorda, que contaba en 1928 con un dique seco, dos gradas para la construcción de buques, una central eléctrica, varios almacenes y los diversos talleres. Un par de meses antes de llegar Isidoro, se había terminado el transatlántico Magallanes, cuya botadura presidieran los Reyes de España. En Matagorda también se atendían pedidos ferroviarios. Isidoro quedó adscrito, precisamente, a la sección de Ferrocarriles.

Al cabo de un mes, el Director de la factoría podrá escribir que «casi había empezado a hacerse cargo con independencia de su cometido», en cuyo desempeño demostró «mucho celo y aptitudes». El propio Isidoro también se siente a gusto, con un pequeño matiz: «Hasta ahora me va muy bien», manifiesta cuando lleva menos de veinte días en su destino, «sólo que, como he tenido que dejar a mi madre y hermana, por muy bien que me vaya no es lo mismo».

Isidoro cruza, en remolcador, la bahía dos veces diarias: de Cádiz a Matagorda, y regreso. Como su horario laboral es cómodo, llena el tiempo libre con diversas actividades: la primera de todas, buscar un domicilio satisfactorio, que a principios de diciembre fija en la calle José del Toro, número 2, 3º. Patea la «la tacita de plata»; visita los museos e iglesias; y, pasando de la contemplación a la práctica, frecuenta la Escuela de Artes, para cultivar su antigua afición al dibujo.

La correspondencia lleva también tiempo. A don Josemaría Escrivá le comunica su nuevo destino y le interesa por un problema familiar: «En este momento acabo de recibir una carta de una prima mía diciéndome que tiene una parienta muy pobre e inválida a la que no puede cuidar; le voy a escribir diciéndole que se pase por el Patronato por si tú puedes hacer algo, cosa que te agradecería, pues esta prima ha sido para mí una segunda madre cuando yo estaba en Madrid y mi pobre hermano enfermo. Dejo este asunto en tus manos, porque sé que le encontrarás solución». El Beato Josemaría se ocupó, efectivamente, del caso.

El 30 de noviembre cobra Isidoro su primer sueldo, de 400 pesetas, en la Constructora Naval. Lo asienta puntualmente en la libreta de contabilidad personal, que inaugura en ese momento y llevará con toda precisión hasta su regreso definitivo a Madrid en junio de 1936.

Rumbo a Málaga

Poco tiempo le queda ya en la trimilenaria ciudad. Adolfo Mendoza, el hermano de Antonio, acaba de ser ascendido a Subjefe del Servicio de Material y Tracción en la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces, con sede en Málaga, y está en condiciones de conseguir allí un buen trabajo a su pariente. El cambio significará para Zorzano una mejora económica, mayores perspectivas de promoción y la tutela profesional por parte de Mendoza, además de un cierto entorno de parientes y viejos amigos.

Con fecha 10 de diciembre (1928), el director de los Ferrocarriles Andaluces formula, por escrito, su ofrecimiento a Isidoro, que acepta sin hacerse de rogar. El jueves 13 será la última jornada laboral en Matagorda, donde se despide de los jefes, compañeros y subordinados. Cobra 225 pesetas por los días que trabajó ese mes. Retira su saldo de 200 pesetas en el Banco. Y el 14 por la mañana toma el tren rumbo a Málaga.

Este mes y medio mal contado, en Cádiz, ha tenido para Isidoro un carácter de introducción, de primera experiencia como ingeniero al servicio de una empresa. Ha significado además la separación indefinida respecto a su familia y también el contacto directo con las masas obreras: no la pobreza, vieja conocida, sino el proletariado, con su carga de resentimientos.

Cádiz ha supuesto, sobre todo, el prólogo a sus años andaluces. Isidoro quizá nunca llegue a comprender Andalucía: mientras en Ortigosa las piedras de las calles tenían una explicación funcional —sujetar el terreno y definir escalones— aquí hay «enchinadores» que tapizan caprichosamente los suelos con guijarros, porque sí, por pura estética.

También el alma de estas gentes resulta misteriosa, como el mar, para el ingeniero, amigo de clasificar cada cosa en su sitio justo. A Zorzano le desconciertan los hombres que disfrazan de chirigota la tragedia (una tragedia sólo escondida, porque permanece ahí, soterrada, para estallar con violencia de improviso); le sorprenden unas mujeres que parecen disfrutar cuando lloran a sus anchas; y le asombran los chiquillos despiertos que, sin haber pasado apenas por la escuela, resumen toda la sabiduría y trampas de los fenicios, cartagineses y árabes. En momentos de particular confusión habrá de vencerse para no atribuir ese talante a simple falta de formalidad. Quizá tampoco los andaluces —que le quisieron, como él a ellos— comprendieron del todo a Isidoro, lineal y un poco ingenuo.

Estas seis semanas han sido el preludio para los casi ocho años malagueños, que significarán una etapa decisiva en su vida.