Fin de carrera

Índice: Isidoro Zorzano

Empezado ya el nuevo curso, Zorzano debió de conocer una triste noticia que llega de La Rioja: el repentino fallecimiento (27-XI-1924) de don José Escrivá. Su hijo, Josemaría, acepta sin reservas perder ese sólido punto de apoyo sobre la tierra: se une todavía más a la Voluntad divina y, como primogénito, asume la carga de sacar adelante a su familia. Tres semanas después, el 20 de diciembre, recibirá en Zaragoza el Diaconado; y el 28 de marzo (1925) será ordenado Presbítero.

Como su amigo clérigo, también Isidoro madura por dentro. En el curso 1924-25 los alumnos de cuarto año se fotografían, juntos, ante la puerta de la Escuela. Isidoro aparece sonriente como de costumbre. Aunque su fisonomía variará con el paso del tiempo, sus perfiles anímicos —otra cosa son los espirituales, de índole sobrenatural— están ya bastante definidos.

Una personalidad que madura

Su hermana Salus escribirá de él: «Su temperamento siempre fue recto. Desde niño dio pruebas de seriedad, de buen juicio. Su genio, un poco fuerte, lo dominaba y procuraba no dejarse llevar por él. Sabía ser dueño de sus actos y sus palabras, dando un ejemplo admirable a sus hermanos, pues —a pesar de ser el tercero de ellos— lo consideraban como a un padre [...]. Lo considerábamos todos como el jefe, consejero y guía, debido a su juicio sensato, su formalidad y ejemplo».

La inteligencia de Isidoro era de tipo más analítico que sintético. Nunca será de esas personas con intuición genial que, de un golpe de vista, captan el intríngulis de los asuntos y aciertan con la solución brillante. Consciente de sus limitaciones, no se fía de su capacidad de improvisar y redacta, en sucio, borradores para sus escritos.

Lo suyo es el análisis: aplicar la mente a los distintos aspectos y pormenores de cada asunto, problema o situación. Las inteligencias analíticas —los buenos coleccionistas— suplen con el orden su dificultad para las grandes síntesis. Por ello mismo, Zorzano será un magnífico contable, que llevará de maravilla sus cuentas personales, así como las de casi todas las sociedades e instituciones de las que forme parte y en las que pronto le nombran tesorero.

Relacionada con esta peculiaridad de su inteligencia está su enorme fuerza de voluntad. «Era todo un carácter» —recordarán sus amigos— «dotado de una no vulgar fortaleza». Esa tenacidad se traduce en la perseverancia para llevar hasta el final las empresas acometidas. Isidoro es un hombre leal: cuando ha dado su palabra, hay que fiarse de él.

Otra manifestación de su enérgica voluntad es el control que, según Salus, ejercía Isidoro sobre sus propios estados de ánimo. Emilio Sobejano destaca como la nota que «tal vez le caracterizase con más vigor, su resignación callada y profundamente íntima para el dolor». Las contrariedades le molestan y disgustan, como a todo el mundo. Sin embargo, por fuera «Isidoro siempre estaba igual». Esta ecuanimidad será advertida por sus compañeros, que lo describen «con gran paciencia y sin enfadarse nunca, antes bien acogiendo las flaquezas e impertinencias de los demás con la mayor ecuanimidad». Su semblante apacible proporcionaba serenidad.

Todo esto le da un aire formal. Calixto García evocará el ambiente de los estudiantes por estos años: «juergas continuas, no dar ni golpe, venderlo todo y, al final, estudiar un mes día y noche». En medio de ese clima, su amigo —dice— estudiaba durante todo el curso, «sin un exceso en su vida». Impresión que corrobora Ángel Quesada cuando señala que Isidoro no hacía gastos superfluos.

Zorzano es, en efecto, persona austera y abnegada: en la infancia aprendió a imponerse, por Dios, pequeñas mortificaciones. Si alguien tiene que sufrir una privación, es él quien se adelanta para pechar con ella. Su hermana Salus relata cómo, ya en tiempos difíciles, Teresa decía a su hijo:

—Isidoro: tienes que hacerte un traje.

Él respondía:

—Éste que llevo está muy bien. Que se lo hagan Chichina o Paco, que son más jóvenes.

 

Sentido de la justicia. Optimista y cariñoso

Esta observación —«son más jóvenes»— apunta su sentido de la justicia. Se trata de un rasgo muy propio de los niños, que Isidoro conservará en la madurez. Ya de pequeño era sensible para la puntualidad, con cierta pedantería que le costará superar. Salus indica que, todavía por esta época, se mostraba muy pendiente del reloj. Cuando en casa habían previsto una hora —por ejemplo, para ir de compras—, si antes de tiempo alguien decía «Isidoro, vámonos ya», éste miraba el reloj y advertía: «Falta todavía un minuto». Tal exactitud le mereció de sus guasones hermanos el sobrenombre de «el longines».

A Isidoro, que lleva con buen ánimo los contratiempos y carencias, le dolerán mucho las injusticias. Aunque no diga nada, le desconciertan un suspenso inmerecido, una postergación profesional o las acusaciones falsas.

Dispuesto a echar una mano a quienquiera que la precise, no le importa que abusen de su generosidad. Toda la vida se mostrará abierto a las peticiones, incluso inoportunas, de parientes, amigos o alumnos. Pero jamás accederá cuando se pretende que cometa una injusticia. Aunque lo tomen por «puritano», se niega, por ejemplo, a dibujar una lámina para un compañero que quiere presentarla como propia.

Por su sentido de la justicia, abomina de los cotilleos y maledicencias. Si hay visitas y alguno de sus hermanos se va de la lengua, Isidoro dice: «Salus», o «Chichina» o «Paco». Se callan, pero protestan después:

—¿Por qué me has cortado, si a ti no te importaba?

Estaba mal y tenía que hacerlo.

A veces Chichina piensa que su hermano es arbitrario y le increpa:

—Tú, con tu capita de santidad, haces lo que quieres.

Isidoro calla de momento. Más tarde explicará las razones de su actuación y todos comprenden que estaba en lo justo.

 

Su proceder en la Escuela es el mismo, tal como atestiguan sus compañeros: «No hablaba mal de nadie», afirma uno. Y otro se muestra más explícito: «Nunca hablaba mal de compañeros ni de profesores».

 

No hablaba mal de nadie, pero tampoco hablaba mucho de sí mismo. Sus condiscípulos lo describirán como alguien «sin presunción de ningún género» y que «no alardeaba de nada. Parecía como si gozase en pasar desapercibido».

A decir verdad, Isidoro es poco charlatán, «aunque no es retraído para charlar con los amigos». Sencillamente no es un sujeto dicharachero, de los que llevan la voz cantante o interrumpen a los otros con sus propias ocurrencias. Habla cuando se le pregunta o, si tiene algo que decir, cuando hay un hueco en la conversación. Tal vez con esto tenga que ver su afición a la docencia. A fin de cuentas, un profesor no necesita disputar el uso de la palabra, pues tiene un público pacíficamente dispuesto a oírlo.

En las reuniones Isidoro, sin ser un «un convidado de piedra», suele escuchar los puntos de vista ajenos y asentir..., salvo cuando las aguas se salen de su cauce y hay que volverlas a su sitio; lo que hace «sin enfadarse nunca».

En efecto, no adopta un aire hosco, censor, o molesto. Ángel Quesada lo recuerda «sencillo y cordial en su trato con los compañeros. [...] Siempre estaba optimista y de buen humor». Otros señalan, como una impresión general de toda la clase, «la bondad de carácter y la afabilidad» que Isidoro «ponía en el trato con todo el mundo». Lo tenían por «cariñoso y buen compañero», dotado de un «carácter optimista, es decir, alegre, sin ser alocado»; «afable, servicial y simpático»; «excelente persona [...] y siempre de buen humor».

El talante cariñoso se reflejará incluso en el saludo «Mis queridos hermanitos» de las cartas dirigidas a Salus y a su marido. En su correspondencia, con todo el mundo, serán frecuentes los recordatorios afectuosos del tipo: «Pepe, te envío unos cuantos sellos para tu hermano», «Comunicarme el resultado de los exámenes de Juanito».

En cuanto al buen humor, sus bromas nunca dejan malparado a nadie. No son burlas, agresivas, sino chuflas simpáticas.

Coleccionista de sellos

En junio (1925), Isidoro aprueba el curso sin contratiempos. Los exámenes coinciden con un evento de gran interés para los estudiantes de carreras técnicas: el día 17 Alfonso XIII inaugura la nueva emisora de la Sociedad Unión Radio. Muchos madrileños se congregan junto a los altavoces instalados por la ciudad, para escuchar el discurso del Rey, que por primera vez habla ante los micrófonos.

Respondiendo a la realidad o a una simple anotación burocrática, en este verano de 1925 su cartilla militar dice que Zorzano «se incorporó a servir el 2º plazo el día 1 de julio, cumpliendo el 31 de agosto marcha de nuevo con licencia ilimitada expidiéndosele el correspondiente pase». (Dentro de unos meses se añadirá: «1927. Cumpliendo este individuo los tres años de servicio, el día 31 de enero le corresponde pasar a la 2ª situación, causando baja en la fuerza activa del Regimiento». En la página titulada «Correcciones que se le han impuesto», dice «Ninguna». Los sujetos en «segunda situación» deben pasar revista militar todos los años hasta obtener la licencia absoluta, pero ya están facultados para contraer matrimonio.) En sentido inverso, su hermano Paco a partir del 2 de septiembre residirá en la Academia de Infantería de Toledo, donde por fin ha conseguido ingresar. Isidoro, sus hermanas y su madre asistieron a la jura de bandera.

Por estas fechas, la Legión y las unidades de Regulares —en las que, a la vuelta de los años, servirá el futuro teniente Francisco Zorzano— desembarcan en la bahía de Alhucemas. Participan fuerzas de tierra, mar y aire; también colaboran unidades navales francesas. El cabecilla moro Abd-el-Krim huye y queda rehabilitado el prestigio del Ejército español, por los suelos desde el desastre de Annual.

En el mismo mes de septiembre, Isidoro abona el tercero y último plazo —500 pesetas— de su cuota militar. El desembolso, con el sacrificio que supone, hace aflorar de nuevo la conciencia de las dificultades económicas.

Las pausas escolares le proporcionan tiempo para coleccionar sellos: sin efectuar prácticamente desembolso alguno, consigue reunir ejemplares de España, que canjea con filatélicos extranjeros para dilatar el horizonte de su colección. Estos sellos —pronto los tiene de muchos países— podrían con el tiempo constituir una fuente de ingresos suplementaria. Va pegando sus ejemplares en unas cuartillas amarillentas, en cuya cabecera escribe: «Alemania», «Polonia», «Países Bajos», «Checo-Eslovaquia» (de éstos tiene muchos)...

Se conservan algunas muestras de la correspondencia filatélica de Zorzano. Así, por ejemplo, un aficionado belga le remite a finales de verano algunos sellos. A primeros de octubre, Isidoro prepara el borrador de su respuesta, en francés: «He recibido su carta con los sellos que ha tenido Vd. la atención de enviarme. A ella tengo el honor de corresponder, remitiéndole los que Vd. me pide. Perdone mi retraso: estaba fuera. ¿Puede enviarme una relación de los sellos españoles que le faltan, para remitirle los que yo tenga repetidos? Puedo mandarle también de Argentina, Cuba, Marruecos, Tánger y repúblicas americanas». En el mismo borrador, Isidoro escribe —para su propio gobierno— una lista de los ejemplares repetidos en su colección. El día de Navidad le llegará un envío desde Rumanía. Iba dirigido a la calle de los Reyes 19; pero allí ha sido devuelto al cartero, con las nuevas señas: Serrano 45, 4º izquierda, donde se han mudado los Zorzano. En su empeño por reducir gastos, la familia —que ha prescindido ya de la empleada doméstica— venía buscando una casa más pequeña y de renta menor. La han encontrado.

En la calle de Serrano. Viaje de prácticas

Isidoro vivirá mucho más cerca de la Escuela de Ingenieros. La zona y el edificio resultan excelentes, aunque el apartamento en cuestión sea el más modesto de la casa.

El alquiler anual de la nueva vivienda, en el barrio de Salamanca, será de mil doscientas pesetas: novecientas menos que en la calle de los Reyes. Teresa firma el contrato de inquilinato el 13 de diciembre (1925).

Los Zorzano —que van al ático, construido sobre la azotea y retranqueado— compartirán escalera con títulos nobiliarios y con profesionales distinguidos. En el portal anterior vive el conocidísimo doctor Gregorio Marañón; y en el siguiente, nada más cruzar la calle, don José Ortega y Gasset.

El entorno resulta, pues, acomodado. Pero sólo quien ocupa la buhardilla conoce el frío que se puede sufrir en una casa con empaque, durante los meses de invierno; y el calor, en verano. Paco, Salus y Chichina comentan de vez en cuando su mala fortuna. Isidoro, en cambio, adivina que los apuros económicos favorecen la unidad de la familia y llega a decir: «Creo que hemos salido ganando». Este punto de vista no consigue disipar las añoranzas de una buena calefacción. Isidoro, que tiene un profundo sentido cristiano de la vida, les habla de la Providencia divina: «Dios sabe por qué hace las cosas».

En 1926 causa furor el «charlestón», importado de los Estados Unidos. España se incorpora al ritmo de «los felices 20»: se popularizan cada vez más tanto el cine como la radio, y aumenta la circulación automóvil. También entre los estudiantes de ingeniería prende con facilidad el clima ligero, como se pondrá de manifiesto en los viajes de prácticas.

A finales del curso 1925-26, los alumnos de quinto, acompañados por el profesor auxiliar de Física industrial, visitaron Asturias: concretamente las minas de La Felguera y alguna fábrica en Gijón.

La mayoría de los expedicionarios recordarán pocos aspectos técnicos del viaje. Les interesa mucho más el baile que se organiza, al caer la tarde, en Somió, a la salida de Gijón, nada más cruzar el río Piles. Las muchachas de la localidad se sienten felices de alternar con los futuros ingenieros.

Más de seis décadas después, uno de sus compañeros recordará que Isidoro no acudió a esos bailes: prefirió quedarse en la playa observando la luna y sus reflejos sobre el mar, para comentar luego al resto del grupo que la experiencia había resultado muy interesante. Sin que les hable de religión, los compañeros intuyen la veta espiritual de Zorzano: «Era más contemplativo que nosotros».

De todas maneras, su abstención del jolgorio no implicaba reproche alguno, ni le hacía poner caras largas.

En junio (1926) Isidoro no tiene tropiezos en los exámenes. Ya sólo le falta un año para ser ingeniero, facultado para firmar proyectos.

Padrino de boda

Eso de los proyectos tendrá su aquél. En el verano de 1926 los oficiales de Artillería se declararon en huelga, para protestar contra el sistema de ascensos decretado por Primo de Rivera. El gobierno suspendió de empleo y sueldo a 2.800 artilleros levantiscos. Poco después suprimió ese cuerpo de oficiales.

Ahora bien, los oficiales del Arma —a quienes se daba el título de Ingeniero industrial— comenzaron a utilizar en la vida civil su prerrogativa. Y los alumnos de la Escuela, principalmente los próximos a conseguir el diploma, pusieron el grito en el cielo. La huelga se traslada de los cuarteles a las aulas. Es la primera huelga que afecta de modo personal a Isidoro.

Sin embargo, a los Zorzano ahora les ocupa sobre todo la inminente boda de Salus con un joven riojano, que conoció en Madrid: Fernando Munárriz, abogado, emprendedor y de profundo sentido cristiano.

El casamiento se celebró el 6 de noviembre (1926) en el templo de San Jerónimo el Real. Como padrinos, en el presbiterio se sitúan la madre del novio e Isidoro: éste, con un recién estrenado esmoquin de amplias solapas, según la moda, camisa con cuello de picos y corbata de lazo. Al salir de la iglesia se toca con un bombín que disimula un poco su juventud.

Los recién casados se instalarán en la calle Columela número 4, no lejos del domicilio Zorzano. Pero, en el piso de Serrano 45, con Teresa sólo quedan Isidoro y Chichina, que han de prestar más tiempo a su madre y acompañarla de visitas a las casas de numerosos conocidos, sobre todo riojanos. A veces Isidoro les obsequia con radiorreceptores de galena, montados por él mismo.

Más importante que todas esas visitas será para Zorzano la llegada a Madrid, esta primavera, de su amigo el sacerdote don Josemaría Escrivá. En enero ha completado la licenciatura en Derecho y pronto comenzará los estudios de doctorado en la capital de España, donde realiza una incansable labor apostólica, sobre todo en el Patronato de Enfermos del que será Capellán. También da clases de Derecho Romano y Canónico en una academia madrileña. Vive, de momento, en la residencia sacerdotal que las Damas Apostólicas regentan en la calle de Larra número 9.

Por fin, ingeniero industrial

Los alumnos de sexto de ingenieros realizan su viaje de prácticas, que —siendo el de fin de carrera— va más allá de las fronteras: visitan Suiza y Francia.

Con este motivo se repiten las situaciones del año anterior en Asturias. Calixto García se referirá a estos viajes «donde por fuerza todos debíamos convivir más estrechamente, pero no recuerdo que en ninguno de ellos Isidoro se saliera nunca de su norma de vida, sin que por otra parte fuera nunca el compañero molesto que tratara de ponerse de ejemplo de los demás». Otro de los participantes en la gira europea será más concreto: «Durante el viaje por el extranjero (Francia y Suiza) de fin de estudios y en las poblaciones que se prestaban a diversión, como Ginebra o París, no recuerdo que asistiera a teatros más o menos libres, ni a salas de fiestas o bailes».

Sus condiscípulos insistirán en que Isidoro «no era ñoño, de ésos que molestan tanto». Y atribuyen aquella rectitud a su sentido religioso de la vida. Están en lo cierto, pues Zorzano es hombre creyente.

Un compañero de promoción, luego sacerdote, indica que a Zorzano «jamás se le conoció un vicio, ni alardear de desviaciones en su recta moral». Pero, con apreciar su rectitud, puntualiza: «No recuerdo haber tenido con este buen amigo y compañero ninguna conversación espiritual». Otro señalará que Isidoro «no presumía de las cosas religiosas», aunque pondera «su profundísimo sentir religioso, íntimo y sin ostentaciones».

Pese a que no habla de asuntos religiosos, atribuyen a Zorzano una fe honda. Quizá sea por el tono cristiano que destilan su persona y comportamiento. Sin que lo pregone, no faltan otros indicios que abonan esa convicción: por ejemplo, sus colegas, siempre que coinciden con él en domingo, lo ven asistir a Misa (cosa que no hacen muchos de ellos). Así, un compañero, cuando menciona la ausencia de Isidoro a las juergas habituales, escribe en tercera persona: «Si esto obedecía a un espíritu religioso elevado no le consta» —al propio declarante— «pues, si bien sabe que el Sr. Zorzano cumplía todos sus deberes religiosos, nunca hacía ostentación de ello».

El más severo entre los jueces de su vida espiritual será el propio Isidoro cuando, dentro de unos años, escriba: «Mi espíritu cristiano era, desgraciadamente, muy restringido, limitándose casi exclusivamente a cumplir los mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia y algunos de la Ley de Dios». Sus prácticas habituales son, pues, la Misa de los domingos; los ayunos y abstinencias fijados; confesión y comunión de vez en cuando; y, esto también, algunas oraciones a la Santísima Virgen, todos los días. En cualquier caso, su sentido religioso es superior al de la mayoría de los colegas.

De todas formas, lo que ahora reclama su mayor atención es preparar los exámenes finales. Como cabía esperar, tampoco esta vez habrá contratiempos ni brillanteces. Ya es ingeniero industrial.

Los flamantes graduados en Madrid acudirán, juntos por última vez, a los estudios de Alfonso (calle de Santa Engracia), para la fotografía de la promoción. En un salón rococó, adornado con relojes, jarrones y figuritas, aparecen los 30 neo-ingenieros, perfectamente peinados —Isidoro con el pelo todavía ondulado— y de tiros largos: camisas y corbatas —algunas de lazo— última moda, pañuelos que asoman generosa y displicentemente por los bolsillos de las americanas... Unos de pie; otros sentados en divanes, butacas, taburetes y sillas de estilo; algunos, sobre la gruesa alfombra del suelo. Se aprecia la corta estatura de Isidoro, que aparece de pie en la fila superior. Pertenece a la minoría que viste chaleco bajo la chaqueta; y lleva ya las gafas que, salvo rarísima excepción, mostrará en todas las fotografías a partir de esta época.

El mismo año se graduaron cuarenta y cuatro jóvenes en Barcelona y dieciséis en Bilbao. Casi cien ingenieros, cuya inmediata preocupación será encontrar un trabajo que les compense por los largos años de carrera.