Primeros años de carrera. Los Zorzano, arruinados

 

Índice: Isidoro Zorzano

La carrera de Ingeniero Industrial constaba de seis cursos, que iban siendo progresivamente más técnicos o profesionales. El primero era de carácter más bien científico-fundamental. Su asignatura básica era el Análisis matemático, a cuya enseñanza oral se dedicaba hora y media todos los días, sábados incluidos. Las restantes disciplinas eran la Geometría descriptiva, la Química y el Dibujo.

Como la docencia era legalmente compatible con otros trabajos, bastantes profesores procuraban dictar sus clases a primera hora de la mañana: a las 8.

Isidoro tiene, pues, que madrugar para tomar el tranvía que le llevará hasta la Escuela, ubicada en el llamado Palacio de Exposiciones, en los Altos del Hipódromo, al final de la Castellana (zona, entonces, bastante periférica y a medio urbanizar).

Aunque las lecciones teóricas suelen ser por la mañana, con frecuencia hay que volver por la tarde, para las clases prácticas: de problemas o laboratorio.

Compañeros y amigos. Buenas calificaciones

Isidoro ya conocía, de las academias preparatorias, a bastantes de sus compañeros. Otros condiscípulos de su curso serán Tomás Delgado, Casimiro Mahou, César Rubio, Calixto García, Joaquín Fernández Natera, Juan Manuel Font (que se ordenará sacerdote después de terminar la carrera), Luis García Morales, Rafael Altamira, Manuel Peñalver, Francisco Velasco, Luis Herrando, Florentino Fernández Salaverri... Casi cuarenta, de los que unos treinta terminarán con él la carrera.

Los meses primeros son de tanteo. Aunque poco más o menos todos son de la misma edad, el aspecto juvenil de Isidoro y, sobre todo, su carácter apacible y nada retorcido hace que los compañeros lo denominen cariñosamente «Zorzanito».

No es un estudiante dicharachero, con ingenio chispeante, de los que acaparan atención y conversaciones. Resulta, más bien, callado. Pero, poco a poco, los demás comprueban su bondad y su sentido de responsabilidad. En los primeros años de carrera se pasa lista cada día en las clases. Isidoro, a fin de curso, no tendrá una sola falta no ya de asistencia, sino ni

siquiera de puntualidad, aunque vive a unos cuatro kilómetros de la Escuela.

En cuanto al estudio, «sin hacer alarde del trabajo que representaba» —dirá bastantes años más tarde su buen amigo Ángel Quesada— «siempre sabía las lecciones y entregaba sin retraso sus ejercicios».

A la salida de clase suele dar un paseo con algunos de los compañeros con quienes congenia mejor: el propio Quesada, Sagrera, Font o algún otro. En ocasiones, cuando llega el buen tiempo, acuden varios a estudiar, bajo los árboles, sentados en los bancos del Retiro. No dejan de acercarse al estanque donde se está terminando el más aparatoso conjunto escultórico de Madrid: el monumento al rey Alfonso XII. Hablan de las incidencias escolares y de las noticias de la prensa. A Isidoro, celoso de su intimidad, no le gusta conversar sobre asuntos propios, muy personales, o familiares.

Distingue cuidadosamente entre lo que son simples compañeros y los amigos. Enemigos no se le conocen, ni se le conocerán: nadie sabe de ningún condiscípulo que se indispusiera con él. Sin ser una figura brillante, o popular en la clase, todos le quieren bien. Nunca lo verán perder la cabeza: ni exaltado, ni particularmente deprimido (aunque la procesión vaya por dentro, que es por donde a Isidoro le gusta que vaya). Siempre se muestra sereno, contento y dispuesto a echar una mano, en cualquier momento, a quien haga falta.

En el mes de marzo (1922), Teresa y sus hijos se mudan al piso segundo del portal contiguo, número 19 (actualmente 13), de la misma calle de los Reyes. En la casa, con ascensor y portero, sólo hay una vivienda por planta y tiene balcones tanto a la calle de los Reyes como a la de San Ignacio. Su vecindario resulta más distinguido que el del número 21.

Las niñas del primer piso suben a veces a jugar, a prendas, con Salus y con Chichina. Lógicamente Isidoro, estudiante de ingeniería, no participa en esos juegos, por lo que las pequeñas lo consideran persona seria y retraída.

Pero no lo es, en absoluto, con sus colegas. De hecho, por allí se descuelgan a menudo los compañeros de Zorzano, en busca de un problema o de unos apuntes: «era para nosotros —dirán— el recurso en los días en que no habíamos podido o querido hacer los problemas que nos ponían en la Escuela». A doña Teresa no le hace demasiada gracia esta generosidad de su hijo y suele comentar quejosa:

—Tú haces los problemas y ellos te los copian.

Isidoro, como siempre, sonríe. Pero eso es, simplemente, compañerismo bueno.

Por supuesto, aprueba holgadamente todas las asignaturas en la convocatoria de junio (1922), con particular brillantez por lo que se refiere a la Geometría descriptiva.

En el mes de septiembre, el Arzobispo de Zaragoza, Cardenal Soldevila, conferirá la tonsura clerical (tres meses más tarde lo ordenará de menores) a Josemaría Escrivá, cuya madurez aprecia profundamente, para nombrarlo inspector del Seminario de San Francisco de Paula. El antiguo condiscípulo de Isidoro reside en ese Seminario, ubicado en el caserón zaragozano de San Carlos. Durante el curso 1922-23 estudiará su cuarto año de Teología en la Universidad Pontificia de San Valero y San Braulio. El verano próximo comenzará también a preparar las primeras asignaturas de la carrera de Derecho, en la Universidad civil de la capital aragonesa, como alumno libre.

Por la Sierra de Guadarrama. Trato con chicas

Para Zorzano, el segundo año de ingeniería no resultará particularmente agobiado. Los domingos, después de madrugar para oír Misa, puede practicar su afición a las excursiones de montaña. Isidoro no es, en rigor, un alpinista de los que escalan paredes o realizan difíciles ascensiones por hielo. Lo suyo es, más bien, dar con sus amigos largos paseos por la Sierra madrileña. Ángel Quesada y Emilio Sobejano recordarán aquellas caminatas.

Aunque Guadarrama dista 50 kilómetros de Madrid, desde mediados del siglo anterior funcionaba el ferrocarril a El Escorial y a Segovia. Tomando el primero, podía uno pasear por las Machotas, San Benito, el puerto de Malagón o la fácil cumbre del Abantos. Por su parte, el tren de Segovia paraba en Cercedilla, desde donde cabía subir a la Peñota, a la peña del Águila, y al collado de Marichiva; o alcanzar, por la vieja calzada romana, el puerto de la Fuenfría, entre el Montón de Trigo y los Siete Picos. No era difícil ver zorros, ardillas, algún jabalí e incluso corzos, mientras surcaban el cielo las águilas reales o los buitres leonados que anidan por los roquedos de la Pedriza.

La vegetación no puede por menos de recordar a Isidoro los montes de Ortigosa. Como en Cameros, también en Guadarrama gusta de sentarse sobre una peña, para contemplar en silencio crestas y valles, nubes y arroyos, cielos y tierra. Para un corazón limpio, como el de Zorzano, la contemplación de la naturaleza eleva la mente a Dios.

Los planes e itinerarios se determinaban en la tertulia de la víspera. Sobejano evocará cómo «muchos finales de tarde e invariablemente casa sábado, nos reuníamos con un grupo reducido de amigos, en una cervecería alemana». Quesada puntualiza que se trataba de la cervecería Gambrinus. Alrededor de unas cañas y algunos mariscos preparan la excursión del domingo y hablan de todo un poco. Alguna vez la tertulia se prolonga. Isidoro, que no suele dar demasiadas explicaciones, tarda en llegar a casa y las hermanas se inquietan: «¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo?». Mamá tampoco lo sabe con exactitud, pero las tranquiliza:

—No me preocupa, porque sólo hace cosas buenas.

También los compañeros tienen la impresión de que Zorzano sólo hace cosas buenas. Por ejemplo, cuando surge alguna conversación poco digna, no interviene o procura desviar el tema. Calixto García ponderará su sentido del límite: «nunca transigía: sin sermones, llegaba hasta donde debía, pero nunca pasaba».

Por lo que se refiere a los espectáculos, si ofrecen garantías morales, asiste a ellos cuando sus hermanas le piden que las acompañe, o es el plan de los amigos. El mismo Calixto indica que «si se presentaba uno» —un espectáculo— «menos decente, Isidoro sin humillar ni molestar a los demás se marchaba».

Zorzano era un muchacho normal y desde niño había frecuentado, con toda naturalidad, la relación con chicas. Tenía dos hermanas, aproximadamente de su misma edad. En la casa de Logroño jugaba con sus primas; y en Ortigosa las pandillas de verano eran mixtas. Ya en Madrid, ha paseado con las amigas de su hermana Salus; y la familia de la Costanilla conserva el recuerdo de algún chotis bailado por Isidoro con una sobrina del tío Juan José.

Tal vez esa misma normalidad al tratarlas explica su actitud respecto a las mujeres. A Isidoro le gustan, lo mismo que a sus compañeros. Pero, a diferencia de algunos, en ellas ve personas, bien distintas cada una de la otra, como lo son sus hermanas, sus primas o sus amigas. Se siente incómodo cuando advierte que otros muchachos bromean zafiamente a cuenta de las mujeres. Precisamente porque desde siempre ha tratado con personas del otro sexo, sabe respetarlas.

Soldado de cuota. «Señas especiales»

En 1923 cumplirá Isidoro sus veintiún años, lo que significa que el Ejército se interesará por él. El servicio militar obligatorio constituía para los estudiantes un serio contratiempo en su carrera. Los muchachos de familias acomodadas solían invocar alguno de los beneficios previstos por la Ley de Reclutamiento y pagaban, escalonadamente, una muy respetable «cuota» (2.000 pesetas) que reducía la prestación personal a un simbólico período de instrucción, en verano.

Los Zorzano no tienen prevención alguna contra el ejército. Más aún, Paco lleva ya varios años preparándose para ingresar en la Academia de Infantería. Pero en el caso de Isidoro la milicia supondría un retraso notable para sus estudios; y la familia puede permitirse el gasto que obviará el obstáculo. Así, pues, Isidoro presenta, en la sección 3ª del Gobierno Militar de Madrid, la instancia con que solicita acogerse al artículo 268 del capítulo XX. También abona un primer plazo, 1.000 pesetas, de la cuota.

Eso no quita que sea sorteado con todos los mozos de su reemplazo: le corresponde la situación de soldado. El 21 de abril es tallado y declarado apto. Hasta el 1 de agosto no ingresará en la Caja de recluta nº 1 de Madrid, donde cumplimentan su «media filiación» y le entregan la correspondiente cartilla militar, en la que figuran sus rasgos personales. Un año más tarde rectificarán algunos detalles.

La primera reseña describe su rostro como de frente estrecha; pelo negro; cejas también negras, pobladas y arqueadas; ojos regulares, iguales y de color pardo; nariz recta, afilada; boca y labios regulares; y barbilla ancha. Su perímetro torácico es entonces de 79 centímetros y mide 1,63 de altura.

Al año siguiente medirá 1,648. De hecho, siempre será más bien bajo. Pero, aunque con la edad ensanche un poco, su figura resultará muy proporcionada. Los ojos siguen siendo pardos; la barbilla, más que ancha, se califica de grande; el cabello y las cejas se anotan como de color castaño. Todo es problema de apreciación. Ahora bien, ya sea por ligereza de los examinadores, ya porque efectivamente ha cambiado de cara, la nueva descripción lo presentará como un sujeto de frente ancha, nariz aguileña y boca grande.

La frente de Isidoro crece, realmente, con el paso del tiempo: su cabellera retrocede y se irán dibujando cada vez más las entradas laterales, redondeadas. Acabará con una frente bien despejada. Por lo que se refiere a la curvatura —no muy marcada— de la nariz, sólo se aprecia mirándolo de perfil. De adolescente presentaba un rostro afilado —lo recuperará en períodos de hambre o enfermedad— que, con los años y visto de frente, resultará más bien cuadrado: las orejas un poco separadas y con sólidos músculos maseteros. La barbilla, ciertamente recia, pasará por diversas apariencias: redondeada, casi recta en su base o ligeramente hendida.

Como suele suceder a las personas sin trazos muy acusados, su fisonomía experimentaba notables variaciones según que hubiera engordado o enflaquecido; y cualquier elemento adjetivo modificará mucho su presencia. Así, por ejemplo, el pelo largo muy ondulado, típico en él por estas fechas, hace irreconocibles sus fotografías actuales para quien lo conozca más tarde —por ejemplo, durante la guerra—, cuando lo lleve corto. Otro tanto sucede con las gafas que, a partir de 1927, serán un dato fundamental en su imagen.

Aunque no lo diga la cartilla militar, también es característico de Isidoro el esmero en el vestir: sin amaneramiento, pero habitualmente con chaqueta, a veces también chaleco, y corbata (que lleva puesta incluso en algunos paseos campestres). Ángel Quesada escribirá que Zorzano «tenía el secreto de ir siempre bien vestido y limpio y hasta elegante, pues cuidaba mucho de sus prendas». En efecto, cuando —terminados los estudios— viva fuera de casa llevará cuenta detallada de las ropas que va entregando para lavar.

En cuanto a su salud, siendo un hombre sano y amigo de subir montes, Isidoro nunca será persona excesivamente fuerte. Aunque procura disimularlo, las grandes tensiones psicológicas le afectan físicamente. Y problemas circulatorios en las piernas —concretamente, varices— le obligarán, por temporadas, a llevar medias elásticas.

Pero esto no se refleja en su «media filiación» que, lógicamente, tampoco menciona el rasgo más entrañable de su cara: la sonrisa permanente. Su serenidad refleja la paz propia de los hijos de Dios. Aunque por estas fechas no sea particularmente fervoroso, presenta unas disposiciones sobre las que silenciosamente actúa la gracia divina. El Beato Josemaría Escrivá dirá más tarde que Isidoro era, desde joven, un hombre «lleno de bondad natural».

Un pequeño contratiempo lo puso bien de manifiesto, al terminar el curso 1922-23.

Suspenso en Física. La Dictadura de Primo de Rivera

Zorzano pasa cómodamente todos los exámenes... hasta llegar el de Física Industrial. Entre alumnos de segundo año y estudiantes de cursos superiores, que tienen pendiente esta materia, son setenta y cuatro los admitidos a examen; pero sólo se presentan treinta y nueve, de los que son suspendidos once. Isidoro es uno de ellos.

¿Habrá dedicado excesivo tiempo a tertulias y excursiones? Aunque sea parte interesada, Calixto García no lo entiende así: a la vuelta de veinticinco años, todavía recordará el suspenso que recibieron —Isidoro y él— «al examinarnos a la vez de la asignatura de Física en el segundo curso; calificación absolutamente injusta para los dos, pero mucho más para Isidoro, que iba perfectamente preparado, como en todas las asignaturas». Calixto salió del examen «echando chispas y tacos contra el profesor». Zorzano, en cambio, más ecuánime, «al conocer su calificación no reaccionó de un modo violento, como hubiera sido lógico [...], limitándose a mostrar su sentimiento por ello, pero sin hacer reproches de ninguna clase para el profesor que tan injustamente le había tratado»... en opinión del condiscípulo.

Con lamentaciones no se arregla nada. Lo que se impone es prepararse a fondo para la convocatoria de septiembre. Eso hace Isidoro a lo largo de este verano (1923), que será crucial para el futuro de España.

Hace tiempo que viene resultando insostenible la progresiva descomposición de la realidad social. En cuanto al orden público, se multiplican los desmanes. En el mes de junio el Arzobispo de Zaragoza, Cardenal Juan Soldevila, ha sido asesinado a tiros cuando, en automóvil, se dirigía al Terminillo. Algún día en Barcelona se han de practicar veintiuna autopsias a otras tantas personas muertas violentamente en la vía pública. Los regionalismos catalán y vasco adquieren tintes independentistas. La economía, con crecientes desigualdades, no lleva camino de levantar cabeza. Alfonso XIII medita seriamente su posible abdicación.

Así las cosas, el día en que Isidoro alcanza su mayoría de edad (el 13 de septiembre) el Capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, declara el estado de guerra en su región y publica un manifiesto de levantamiento, para libertar —dice— a España de «de un fin trágico y deshonroso». El Rey acepta la renuncia del gobierno, y el General es nombrado presidente del Directorio militar, cuyos propósitos serán restablecer el orden público, defender la unidad nacional, liquidar el sistema de partidos y resolver cuanto antes la guerra de Marruecos.

Los acontecimientos suponen una experiencia que registrará la mente reflexiva de Zorzano, quien por estos días da los últimos toques al estudio de su examen pendiente. Convocado para los días 24, 27 y 29, Isidoro es el primero en presentarse, el día 24, y supera la prueba con cierto margen.

El Banco Español del Río de la Plata

A comienzos del nuevo curso (1923-1924), algunos compañeros notan a Isidoro preocupado. En efecto, tiene serios problemas: concretamente, de carácter económico.

Según queda dicho, el patrimonio familiar, ganado trabajosamente por Antonio Zorzano en Argentina, estaba invertido —como el de otros muchos antiguos emigrantes en aquel país, regresados a España— sobre todo en el Banco Español del Río de la Plata. Se trataba de una entidad financiera sólida, fundada en 1886. Hacia 1920, aparte de sus 37 sucursales argentinas, operaba en Montevideo, Río de Janeiro, Londres, París, Hamburgo, Génova y Amberes. Por su función de puente con «la madre Patria», estaba particularmente afincado en España, donde contaba aproximadamente con una docena de sucursales. En 1918 se había inaugurado su magnífica sede madrileña, en la calle de Alcalá esquina Barquillo.

El agosto de 1923 cada una de sus acciones había devengado 6,69 pesetas, como dividendo complementario al repartido en enero. Pero la cotización bursátil de esos valores inicia precisamente en agosto un descenso sin remonte. Los negocios del Banco marchan mal. Es claro que en 1924 no habrá dividendo y cunde la inquietud entre los inversores españoles.

El 14 de diciembre se publicaba la convocatoria para una «asamblea general extraordinaria de señores accionistas», que se ha de celebrar en Buenos Aires el 2 de febrero, y cuyo orden del día incluye los siguientes puntos: «1º Reducción del capital actual. 2º Aporte de capital preferido. 3º Reforma de los Estatutos. 4º Consideración de la renuncia de los actuales Directores y Síndicos y elección de los reemplazantes». Isidoro y sus hermanos prefieren no hablar del asunto en presencia de mamá.

El acuerdo que toma la junta de accionistas (2 de febrero, 1924) es reducir el capital de cien millones de pesos a veinticinco, entregando una acción «ordinaria» por cada cuatro que tuvieran los accionistas; y, al mismo tiempo, crear un capital de otros veinticinco millones, en acciones «preferidas».

Como justificaciones para el desastre, se alude a los efectos de la crisis postbélica —de la Primera Guerra Mundial— y a la epizootia de glosopeda que sufre el vacuno argentino, para el que se han cerrado los mercados europeos. Se dice que algunos especuladores poco escrupulosos han aprovechado la coyuntura para forzar la caída de las acciones. Las explicaciones parecieron insuficientes a muchos accionistas. El Directorio reconoció «que ha habido grandes errores en la dirección y manejo de los negocios del Banco» y será substituido casi por completo.

La operación «de acordeón» se traduce en una pérdida para los antiguos accionistas, mientras que los beneficiarios de la pirueta serán los compradores de las nuevas acciones «preferidas»: por un precio razonable disfrutarán la recuperación del Banco, saneado a costa de los antiguos.

Para los Zorzano, como para muchos otros indianos, el descalabro significa la pérdida de casi todos sus ahorros, cuyas rentas constituían la principal fuente de ingresos.

Haciendo economías

Cuando Isidoro tuvo noticia del desastre retrasó la información a su madre. Quiso antes calibrar el alcance de la crisis, así como sus consecuencias, y hablar con Paco y las hermanas. Pero el asunto es ya de dominio público y más vale que Teresa se entere por sus hijos, que no por la prensa o por otras personas.

Isidoro le expone la situación con toda la delicadeza posible: mamá no tiene que preocuparse. Ni a Salus ni a Chichina ni a ella les va a faltar nada. Isidoro dejará la Escuela y Paco se olvidará de la Academia Militar. Buscarán un empleo donde sea y, cuando se arreglen las cosas, volverán a estudiar.

Tanto la madre como las hermanas se opusieron en redondo a que Isidoro y Paco interrumpieran sus estudios. Se apretarán todos el cinturón y harán economías para salir adelante, como buenamente puedan, con los ahorros que quedan y con lo que llegue del Banco, si es que llega algo.

Por lo que atañe a su propia persona, Isidoro no ha sido nunca un hombre «interesado». Pero, a partir de ahora y hasta el fin de su vida, los problemas económicos serán sus compañeros permanentes. Dios lo va formando en el espíritu cristiano de pobreza: desprendimiento, austeridad y, a la vez, empeño para conseguir los ingresos necesarios. Sacar adelante a los suyos constituirá para él, durante años, una preocupación dominante.

Se busca unas clases particulares y toma, entre otras, una decisión drástica: en adelante se acabó el tranvía como medio de locomoción. Aficionado a los largos paseos por el monte, Isidoro caminará más de dos horas diarias por Madrid. De la calle de los Reyes se llega hasta los Altos del Hipódromo, a buen paso, en media hora larga; y recorrerá el trayecto cuatro veces cada día. El billete de tranvía cuesta pocos céntimos; pero al cabo de un mes son unas pesetas, que algo suponen.

Responsable y sacrificado personalmente, procura también facilitar la parsimonia del resto de la familia. Cuando adquieren un producto de aseo —por ejemplo, un frasco de colonia— echa cálculos y apunta en el envase la fecha hasta la que debe durar. Especialmente estricto se muestra con los artículos que sólo emplea él, como las cuchillas o el jabón de afeitar... Pero en la casa no se ha perdido el sentido del humor. Paco, a quien hacen gracia esos presupuestos, utiliza a escondidas el jabón de su hermano. También Salus y Chichina se propasan a veces, de intento, en el consumo de productos «comunales». Isidoro se da cuenta enseguida, pero no se enfada. Se ríe y acomoda el ritmo de su propio gasto a las existencias. Los hermanos cesarán pronto en su broma:

—De todas maneras le va a durar igual, porque se pondrá menos. Pero seguro que le llega hasta el día fijado.

Zorzano reduce su participación en diversiones que supongan un desembolso, y los amigos intuyen razones de tipo familiar: él excusa sus abstenciones de un modo lo suficientemente ambiguo. Quesada escribirá: «Era muy amante de su familia y se desvivía por atenderla, por ser él, como decía en broma, el cabeza de familia lleno de preocupaciones y no como nosotros que sólo éramos hijos de familia y no pensábamos más que en divertirnos y gastar dineros». Para los planes que le reserva la Providencia, Zorzano necesita madurar en el sentido de responsabilidad, también de tipo económico.

Sus hermanos, de todas maneras, comentan en tono divertido: «Isidoro hace como los malos estudiantes». Se refieren a una medida suplementaria: vender, a fin de curso, los libros de texto. Los libros, claro está, que no haya de seguir estudiando.

Setenta y cinco pesetas mensuales

El año ha sido ajetreado y los exámenes se echan encima. Isidoro aprueba la Topografía (y nociones de Geodesia), el Análisis químico, la Mecánica aplicada a la construcción y la Teoría general de las máquinas. Pero, confirmando que el hombre tropieza dos veces en la misma piedra, es suspendido en la Física industrial correspondiente a este curso.

Habrá que esperar unos meses para vender el texto de Física.

También para su amigo Josemaría Escrivá serán éstos unos meses de estudio intensivo: en septiembre se examinará de siete asignaturas correspondientes a su carrera de Leyes. En la Iglesia del Real Seminario de San Carlos, de Zaragoza, ha recibido, el 14 de junio (1924), el Subdiaconado. Al requerimiento ritual del Obispo que oficiaba la ceremonia, don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Josemaría ha debido dar un paso al frente, que materializa su actitud interior: «Ecce ego quia vocasti me, Aquí estoy, porque me has llamado» (1 Reg 6, 9). La Orden recibida supone una entrega peculiar a la Iglesia, que le confiere la misión de recitar en su nombre, a diario, el Oficio Divino.

A Isidoro, en cambio, le corresponde cumplimentar este verano algunos requisitos militares, más bien burocráticos.

Los soldados «de cuota» debían cumplir, al menos sobre el papel, un sucinto período de instrucción militar y jurar fidelidad a la bandera.

Según las anotaciones —no está claro si reales o teóricas— de su cartilla, Isidoro se había incorporado el 1 de julio de 1924 al 2º Regimiento de Ferrocarriles, emplazado en Carabanchel Alto, donde quedó asignado a la 4ª Compañía del 2º Batallón. Se indica que el día 20 prestó juramento a la bandera, y el 8 de agosto fue dado de alta.

Aparte de estas formalidades castrenses, Zorzano tiene por estos meses quehaceres de mayor dedicación. Ante todo, estudiar la Física Industrial (II) cuyo examen debe rendir. Por otra parte, con sentido de responsabilidad, recurre a un pariente que, durante las vacaciones, lo toma como auxiliar contable. Este trabajo le prepara, sin saberlo él, para las numerosas contabilidades que habrá de llevar en el futuro. Percibe por ello setenta y cinco pesetas mensuales. No está mal: cuarenta pesetas al mes era lo que cobraba una empleada doméstica interna. Con ese ingreso, Isidoro cubrirá de sobra el importe (90 pesetas) de las matrículas escolares; pero no le llega para las 500 pesetas, importe del segundo plazo de su «cuota»: ¡pocas veces le habrá dolido tanto efectuar un gasto!

El sábado 27 de septiembre Zorzano será —como el año anterior— el primero en presentarse a la repesca de Física industrial, que aprobó con 9 puntos. Conocido el resultado, el lunes 29 se matricula en el cuarto año de la carrera.