Preparando el ingreso (1918-1921)

 

Índice: Isidoro Zorzano

La decisión de Isidoro resultaba llamativa, entre otras razones, por la audacia que suponía para un escolar no especialmente brillante. La carrera de Ingeniero Industrial, con rango de enseñanza «superior» —es decir, universitaria— desde 1857, era larga y gozaba en España de gran prestigio: raro era el año en que los graduados llegaban al centenar en todo el país.

Las dificultades quizá mayores de la carrera se situaban en su comienzo, en tres de los exámenes que habían de superar los candidatos al ingreso: el primero, de Aritmética y Álgebra; de Geometría y Trigonometría, el segundo; y el último, de Física y Geología. Las materias debían aprobarse en el orden señalado y sólo cabía una de dos calificaciones: aprobado y suspenso. A estos tres exámenes fundamentales, se añadían otros cuatro complementarios: dos de dibujo y otros dos de idiomas. Eran pruebas, ciertamente, menos duras; pero también había que aprobarlas y su preparación requería un tiempo.

Algunos aspirantes necesitaban cuatro o cinco años para superar los siete exámenes. Tres años era una medida discreta. Muy pocos estudiantes ingresaban en dos cursos. La mayoría preparaban, anualmente, sólo una o dos de las materias principales, más un dibujo y un idioma. Después de fracasar en unas cuantas convocatorias, no pocos desistían y orientaban su futuro por otros derroteros.

Lo primero, por tanto, que debía hacer Isidoro, para llegar a ser ingeniero, era ingresar en una de las tres escuelas existentes: Madrid, Barcelona o Bilbao. La elección recayó sobre la capital de España, donde residían algunos parientes.

1918-1919: En Logroño. Muere la abuela. Exámenes fallidos

La mayor parte de los aspirantes a carreras técnicas superiores preparaban el ingreso en las academias que, con tal objeto, funcionaban en las ciudades sedes de escuela. Teóricamente también cabía intentarlo desde otras capitales de provincia, en academias menos especializadas.

Un triste acontecimiento familiar hará que Isidoro permanezca en Logroño.

Había llegado a España la epidemia de gripe que acompañó a las últimas fases de la guerra mundial y, tras el armisticio, siguió asolando a Europa. Sus complicaciones neumónicas y bronconeumónicas causaron más muertes que la guerra misma.

A principios de otoño cayó enferma doña Salustiana, la abuela de Isidoro. El 3 de octubre otorgaba testamento abierto, en el que instituía heredera de todos sus bienes a su hija Teresa Ledesma. Fallecía cinco días más tarde: el 8 de octubre de 1918. Los restos de la «mamita» reposan, desde entonces, junto a los de su yerno y sobrino Antonio Zorzano.

El trauma resultó particularmente desolador para Teresa, que siempre había tenido junto a sí alguien en quien sentirse apuntalada. Ahora, con cuarenta y seis años, no le resulta fácil asumir un papel rector y, por el resto de sus días, aparecerá como una mujer bondadosa, quizás algo apocada, que nunca perderá la dulzura de su acento americano.

Isidoro renueva las manifestaciones de apoyo que le hiciera cuando falleció su padre; y se queda en Logroño.

Mamá delega su autoridad en el joven, cuyo criterio siempre dará por bueno. Cuando se trata de reñir a alguno de los otros hijos, es a él a quien toca ponerse serio y hacer la corrección. A Isidoro la situación le resultaba cómica: había adoptado un rostro severo, pero no estaba enfadado. Después de reprender a la hermana o hermano, se solía encerrar en su habitación, donde soltaba la carcajada, a duras penas reprimida durante la reprimenda. Los hermanos se daban cuenta y, en ocasiones, le gritaban desde el pasillo:

—Puedes salir a reírte fuera. Ya te hemos oído.

Pero incluso Fernando y Salus, mayores que él, lo respetan y obedecen. Cuando alguien formula una sugerencia inoportuna, basta con que Isidoro diga: «Imposible». Los hermanos no insisten, porque sería un empeño inútil:

—No hay nada que hacer. Isidoro ha dicho que no.

De poco sirve recurrir a mamá, que nunca desautoriza las decisiones de Isidoro. Si alguno aventura la apelación a Teresa, ya sabe cómo discurrirá el diálogo:

—Ha dicho Isidoro que no.

—Pero aquí quien manda eres tú; no Isidoro.

—Isidoro ha dicho que no y todo lo hace bien.

Sin embargo, los resultados de este primer año de preparación para el ingreso en la Escuela de Ingenieros no fueron muy satisfactorios. Isidoro ha trabajado en firme, como de costumbre; y en la academia apuestan por el éxito... Ahora bien, en la academia no sabían, realmente, mucho sobre las pruebas de ingreso. Conocían los programas; pero no las características de los ejercicios, que giraban en torno a los problemas.

El 2 de junio (1919) Zorzano será suspendido en el examen de Aritmética y Álgebra, que cierra el acceso a las restantes pruebas fundamentales. En cuanto a las complementarias, aprueba el Dibujo «de adorno». Pero no logra el «apto» ni en Francés, ni en Dibujo lineal.

A Isidoro, que había aprobado a la primera todas las asignaturas del bachillerato, esos suspensos le contrarían mucho. Descubre que los exámenes —el de matemáticas, principalmente— han tenido muy poco que ver con la preparación recibida en Logroño. Habrá que recomenzar prácticamente desde cero. Para reponer fuerzas va unos días a Ortigosa..., donde pilla una pulmonía, que le hace perder la convocatoria de septiembre.

1919-1920: A Madrid. En la Costanilla de los Ángeles

Se impone replantear la estrategia y trasladarse a Madrid, para frecuentar alguna de las academias especializadas. Ha llegado la hora de separarse por primera vez de la familia, al menos durante los meses lectivos.

Isidoro se despide también de los amigos. Entre ellos, de Josemaría Escrivá, que cursa estudios en el Seminario diocesano y ha tenido en febrero un hermano, Santiago, diecisiete años más joven que él. Josemaría, al barruntar su vocación sacerdotal, había pedido a Dios que concediera un hijo varón a sus padres.

Doce horas tarda Isidoro en llegar, por tren, de Logroño al Madrid donde pervive todavía la fauna castiza, inmortalizada por Benito Pérez Galdós, de pregoneros, murguistas, mozos de cuerda, chulapas, horteras, cesantes, rentistas...

La capital de España viene trepando, desde principios de siglo, la cuesta de su segundo medio millón de habitantes. Por las calles circulan unos pocos automóviles; el grueso del tráfico lo protagonizan los chirriantes tranvías eléctricos y los carros de tracción animal.

En 1910 el Rey Alfonso XIII había iniciado, con una piqueta de plata, la apertura de la nueva Gran Vía. La arquitectura urbana se enriquece con edificios singulares, que figurarán entre los más característicos de la ciudad: el templo neobizantino de San Manuel y San Benito, el Hotel Palace, la iglesia de la Concepción, el mercado de San Miguel o el entonces boyante Banco Español del Río de la Plata cuya sede alojará dentro de unos años al Banco Central. En marzo de este mismo año (1919) se ha inaugurado la Casa de Correos.

Isidoro ya conoce la casa donde se alojará: pasó en ella el mes de junio, durante los exámenes. Residirá con la familia de su tío Juan José Pérez.

La vivienda está en la Costanilla de los Ángeles número 4 (más tarde, 6), según se sube desde Arenal a Santo Domingo, a mano derecha, nada más pasar la plazuela de Santa Catalina de los Donados: a un tiro de piedra del oratorio del Santo Niño del Remedio y del Teatro Real. En pleno corazón del Madrid tradicional, muy cerca de la parroquia de San Ginés y no lejos del Palacio de Oriente.

Isidoro comenzará sus estudios en la academia de Mazas, situada en la calle Valverde 22, donde conoce a varios de los que serán sus mejores amigos durante los años madrileños: por ejemplo, Ángel Quesada y Emilio Sobejano. El propietario y director, presume de que su establecimiento —el más antiguo— a lo largo de la historia ha logrado que 877 alumnos ingresaran en las distintas escuelas de ingenieros.

Las exposiciones teóricas no eran lo principal. Estas academias facilitaban a sus alumnos, sobre todo, colecciones de problemas como los propuestos para los exámenes de ingreso, en años precedentes. Los estudiantes dedican bastantes horas a resolver, por su cuenta, dichos problemas, que luego los profesores explican en clase. El régimen de trabajo era exigente.

Isidoro preparó, en este curso de 1919-20, los exámenes de Aritmética y Álgebra, de Francés e Inglés, y el de Dibujo que no había aprobado en junio. Fuera de las horas de clase, pasa la mayor parte del tiempo estudiando, en el comedor del piso de la Costanilla.

A la vuelta de treinta años, Emilio Sobejano recordará que Isidoro «fue siempre un modelo de estudiante», y evocará sus esfuerzos «para vencer el mismo defecto que yo tuve siempre y del que tantas veces hablamos: la falta de memoria para lo concreto de fórmulas y números». Emilio, que había aprobado el francés y los dibujos, abandonó pronto las fórmulas y los números, para estudiar Derecho.

Refiriéndose a los mismos tiempos, Sobejano dirá que Isidoro «no fue hombre que alardease de su religiosidad». Da por descontada la efectiva fe de Zorzano, pero subraya que a su amigo no le gustaba tratar de cuestiones religiosas. Aunque Isidoro experimenta cierto enfriamiento interior, no deja de rezar a diario, ni de cumplir sus deberes cristianos ordinarios. Así, por ejemplo, en estos meses finales de 1919, los domingos solía acompañar a Misa a la suegra de su tío. La señora, con más de setenta y cinco años, no podía ir sola. Acudían a la parroquia de San Ginés y, a la salida, tomaban churros y buñuelos en la chocolatería situada detrás del templo.

Muerte de Fernando. Regreso a Logroño

También Fernando, el hermano mayor de Isidoro, ha llegado a Madrid. Viene para preparar unas oposiciones de ingreso en el cuerpo de Correos. Pronto se siente enfermo: unas altas temperaturas, acompañadas por amodorramiento, son diagnosticadas como fiebres tifoideas. Los parientes se desviven y cuidan con abnegación del muchacho.

Isidoro sufre en silencio y hace todo lo que puede: velar a su hermano, buscar medicinas y mantener informada a la familia de Logroño (procurando no alarmar a mamá). Su carácter introvertido no le ayuda a sobrellevar la difícil situación. Aunque los amigos advierten que lo está pasando mal, únicamente los más íntimos conocen la tragedia: por ejemplo, Sobejano, que trata de apoyar a Isidoro. Pero Zorzano prefiere cargar él solo con la enorme contrariedad.

Las navidades de 1919 debieron de resultar sumamente amargas. Sin sulfamidas ni antibióticos, unas tifoideas podían ser mortales. Finalmente, Teresa se traslada de Logroño a Madrid, para cuidar a su primogénito. Fernando, con veinte años y medio, muere el día 6 de enero de 1920 a las 6 de la mañana. Es enterrado en el madrileño cementerio de la Almudena. Habiendo fallecido por enfermedad infecciosa, de momento resultaba prácticamente imposible trasladarlo a Logroño.

Las noches en vela y, sobre todo, el disgusto no desahogado son evidentes en el rostro de Isidoro, que no se encuentra nada bien. Doña Teresa teme perderlo también y lo lleva consigo cuando vuelve a Logroño. Por otra parte, mamá necesita más que nunca la presencia confortadora del hijo.

El regreso a la capital se dilata varios meses. Pero hay que seguir estudiando: sobre todo, resolviendo problemas-tipo. Desde la academia Mazas le envían, por correo, remesas de problemas. El dibujo y los idiomas son más sencillos de preparar por libre.

De regreso a Madrid, el 3 de mayo se examina Isidoro de Aritmética y Álgebra. Con tantas idas y venidas, la preparación «por correspondencia» no ha bastado, y no supera la prueba. Nuevo disgusto. Pero hay que sobreponerse y apretar en el estudio de las restantes materias.

En estas fechas España se siente convulsionada por la muerte de Joselito. El domingo 16, en Talavera de la Reina, el quinto toro de la tarde, «Bailador», lo empitonó por el vientre y moría pocos minutos después. Un impresionante gentío desfiló, en la capital, ante el cadáver del diestro: su casa madrileña, en la calle Arrieta, no distaba ni dos minutos de la Costanilla de los Ángeles.

El día 21, aprobaba Isidoro el examen de Francés; y dos días más tarde, el de Dibujo lineal y lavado. El martes siguiente supera también el Inglés. Ya puede despreocuparse de las asignaturas «complementarias»; pero le quedan las tres fundamentales.

En los meses de verano dará el definitivo empujón a la Aritmética y Álgebra. Como a la tercera va la vencida, el 22 de septiembre logra el aprobado, que le ha supuesto casi dos años de trabajo. Isidoro acaba de cumplir los dieciocho.

1920-1921: Todos a Madrid. Superado el ingreso

Mamá Teresa comprende que su hijo sólo llegará a ser ingeniero si reside en Madrid. Pero ella soporta muy mal las ausencias, forzosamente largas, de Isidoro. Cabe una solución: trasladarse todos a la capital que, por otro lado, es la ciudad natal de Teresa. Viviendo la familia en Madrid, también Paco estará más cerca de casa cuando ingrese en la Academia militar de Toledo. Y a Madrid se fueron.

También deja Logroño, por las mismas fechas, Josemaría Escrivá, para continuar sus estudios sacerdotales en la Universidad Pontificia de Zaragoza.

El nuevo hogar de los Zorzano está en el número 21, piso cuarto, de la calle de los Reyes: a mano derecha según se sale de la Plaza de España, muy cerca de la Universidad y del Ministerio de Gracia y Justicia. También quedan próximos el Palacio de Liria y el Cuartel de la Montaña (en la «montaña» del Príncipe Pío, que otea sobre la estación del Norte).

Dispuesto a no fallar nuevamente, Isidoro ha cambiado de academia. Acude a la de Soto (en la calle de la Bolsa, nº 14), donde se preparan el 85% de quienes ingresan en la Escuela. Allí conoce a buena parte de sus futuros condiscípulos de carrera, como Manuel Avello Ugalde y Manuel Puyuelo.

Los Zorzano cultivan sus relaciones sociales. Las «visitas» son una institución en estos años. Mucho tiempo después, un futuro compañero de trabajo —Anselmo Alonso— recordará esta costumbre del visiteo: «Conocí a Isidoro a fines del año 1918 o principios de 1919» —se equivoca en dos años— «por ser visita de casa de mis entonces futuros padres políticos, la madre Dña. Teresa Ledesma, viuda de Zorzano y sus hijos, todos ellos personas muy honorables y religiosas». Anselmo trabaja en los Ferrocarriles Andaluces (Málaga), pero viaja a menudo a Madrid. A quien más trata de los Zorzano es a Salus, «por ser muy amiga de mi novia de aquellos tiempos y después mi esposa, solía acompañarnos en nuestros paseos». En algunas ocasiones «venía también con nosotros su hermano Isidoro».

En España se agudiza el clima de violencia, con desórdenes sociales, huelgas continuas, agresiones y actos de terrorismo. Alfonso XIII señalará que este año de 1921 es el más triste de su reinado. En julio los hombres del moro Abd-el-Krim dan muerte a nueve mil soldados españoles en Annual (cerca de Melilla). El país se acongoja con el desastre.

Entre tanto, Isidoro anda muy centrado en sus estudios: sólo le faltan los exámenes de «Geometría y Trigonometría» y de «Física y Geología». El 19 de mayo aprueba el primero; y el viernes 27, el de Física y Geología. Ha logrado ingresar en la carrera de Ingenieros: es uno de los 17, sobre 300 candidatos, que lo consiguen en esta convocatoria.

Descansa unos días en La Rioja y se llega por la academia de Logroño: «¿Ve usted cómo ha ingresado?», dice sin arrogancia. El director comentará: «Cuando Isidoro se propone algo...».

Para Zorzano son éstos unos meses de distensión. La novedad de afeitarse a diario le proporciona la satisfacción de sentirse mayor. Isidoro conservará siempre la piel fina. Pero su barba crece con vigor, y le causará serios problemas a la hora del rasurado. Al afeitarse deja crecer sus patillas, conforme a la moda del momento. Una fotografía fechada el 27 de septiembre —recién cumplidos los 19 años— lo muestra con Salus y la novia de Anselmo Alonso (que tira la instantánea). Aparecen los tres cómodamente sentados, en sendos sillones-canasta de mimbre, y tomando cerveza en el paseo de coches del parque del Retiro. Las damas van de oscuro, con amplios sombreros de los que penden vaporosos velos. Isidoro, con el pelo bastante más largo de lo que acostumbrará, viste —pese a ser casi verano— un traje con chaleco, pañuelo blanco en el bolsillo superior de la americana y llamativos calcetines de fantasía.

Unos días antes había formalizado su matrícula en la Escuela Central de Ingenieros Industriales, como alumno de primer año.