Infancia en Logroño (1905-1912)

 

Índice: Isidoro Zorzano

Mientras Argentina conoce, entre 1905 y la Primera Guerra Mundial, un período de gran pujanza, no sucede lo mismo con la España a la que regresaban Antonio Zorzano y Teresa Ledesma, con sus hijos.

Por el contrario, en aquellos años atravesaba España una de las fases más problemáticas de su historia contemporánea. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en 1898, hizo tomar conciencia de que el país había venido a ser una potencia de ínfimo orden.

En lo económico, se sufre la pérdida del mercado ultramarino. El obrerismo se organiza, para sus reivindicaciones, en torno al socialismo y al anarquismo. Este último sacude al país con la violencia terrorista. A ello se suman los brotes de regionalismo independentista, sobre todo en Cataluña y en el País Vasco.

Declarado mayor de edad con 16 años, Alfonso XIII había comenzado a reinar el 17 de mayo de 1902 (cuatro meses antes de nacer Isidoro). En verano de 1903, había visitado Logroño.

Era la capital riojana una pequeña ciudad provinciana, centro comercial y administrativo de la zona. Alcanzaba por entonces la cifra de 20.000 habitantes y comenzaba sus primeros ensanches urbanos: el índice de crecimiento demográfico era elevado y, por otra parte, estar censado en la capital otorgaba la consideración de «señorito».

En cuanto a preferencias políticas, la provincia era claramente liberal. Se trataba de un liberalismo no doctrinario —los riojanos, por ejemplo, se consideraban fervientes cristianos—, sino más bien de adhesión personal a los líderes liberales, como el recién fallecido Sagasta y su sobrino Amós Salvador.

En lo eclesiástico, La Rioja constituía la diócesis de Calahorra-La Calzada. De acuerdo con el Concordato de 1851, la Sede diocesana debería haberse mudado a la capital; pero la oposición de las dos ciudades titulares había impedido el traslado. También es cierto que Logroño carecía de catedral, aunque su templo de Santa María de la Redonda tenía rango de «Insigne Iglesia Colegial». Aparte de la Redonda, dos parroquias más cuidaban de la feligresía local. Algún otro templo, el Seminario Conciliar y varias comunidades religiosas, así como los colegios de los Hermanos Maristas y La Enseñanza, completaban el cuadro institucional de la Iglesia.

Por lo que se refiere a la economía, los primeros años del siglo XX no estaban resultando muy boyantes para la región. Desde 1900 la plaga de la filoxera atacaba las viñas riojanas, y la producción vinícola se redujo a un décimo de lo habitual. Aunque la ciudad presumía de no tener mendigos, lo cierto era que escaseaban los productos de primera necesidad.

Entre Ortigosa de Cameros y Logroño. Una nueva hermanita

Los Zorzano llegan a España a primeros de junio, probablemente por el puerto de Barcelona. Según recordará la tradición familiar, antes de desembarcar hubieron de guardar cuarentena. Fue la única peripecia singular del viaje, que por entonces duraba unos dieciséis días de puerto a puerto.

En el trayecto a La Rioja, mamá cuidaría de los niños: Fernando, de seis años; Salus, de cuatro y medio; Isidoro, de tres, y Paco, a punto de cumplir uno. De la impedimenta deberían ocuparse Antonio y doña Salustiana (la «mamita»).

A su llegada a España, los Zorzano se establecen provisionalmente en Ortigosa de Cameros, cuna de la familia.

Situada donde el Río Seco entrega sus pocas aguas al Alberco, subsidiario del Iregua, la villa trepa en anfiteatro por las laderas que guardan el cauce del río. Los amplios caserones, separados por tortuosas callejuelas, a menudo escalonadas y empedradas con guijarros; los pretiles que sujetan el empinado terreno; los soportales sobre postes de roble o piedra; la mole de las dos iglesias —San Martín, la parroquial, y San Miguel— que coronan los dos barrios, a uno y otro lado del Alberco, así como los árboles y rocas del contorno, recuerdan al viajero los caseríos de un Nacimiento. Fresco en verano, el pueblo alcanza en invierno temperaturas muy por debajo de los cero grados.

Poco ha cambiado la villa desde que marchó Antonio, hace unos veinte años. Es nuevo, eso sí, un personaje importante: el maestro don Melchor Vicente. Sus cinco hijos, especialmente el segundo —Salvador—, serán buenos amigos de Isidoro y sus hermanos. Don Melchor no solamente enseñaba a los niños a leer y hacer cuentas. También los educaba en el sentido cristiano de la vida.

Cuando llega el otoño, las palomas torcaces vuelan sobre Ortigosa, para evitar las alturas del Mojón Alto y del San Cristóbal. Su paso es momento de cita para los cazadores y señal para que los veraneantes más remolones vayan haciendo sus maletas.

Y a Logroño se marchan Antonio y Teresa con sus hijos. Han encontrado una buena casa en las afueras, al sur de la ciudad: concretamente en la letra Z de la calle General Vara de Rey. Se trata de unas «afueras» más bien relativas: tres o cuatro minutos se tarda en llegar, caminando, al Instituto General y Técnico; unos cinco, a la Colegiata de la Redonda.

Los Zorzano se han traído de Ortigosa dos sirvientas. Con su ayuda, el trabajo de las señoras de la casa, madre e hija, no resultaba excesivo. Más holgado aún será el género de vida, como «rentista», de Antonio. Aunque el duro bregar de Buenos Aires ha avejentado su presencia, sólo tiene treinta y cinco años.

El 27 de marzo (1906) nacía la hermana pequeña de Isidoro. En el registro civil será inscrita como María Teresa, aunque casi nadie la llamará por su nombre. Cuando mamá ve a la niña, ya lavada y vestida, estalla en alabanzas de acento porteño:

—¡Es un chiche!.

En honor a la verdad, su hermana Salus era bastante mejor parecida que la pequeña María Teresa. Pero ésta será para siempre «Chichina». Por otro lado, no recibirá su nombre en la pila bautismal hasta marzo de 1907. Al comprobar que Chichina tenía ya un año, el sacerdote dirigió un amable reproche a los padres, diciendo a la niña: «¿Has venido tú solita, andando?». Isidoro —que sí había ido por su pie a la pila, dos años antes— revivió, ahora como espectador, la ceremonia de su propio Bautismo.

La familia residirá pronto en el número 2 —segundo piso, derecha— de la calle de las Delicias (llamada después Miguel Villanueva), que cerraba por el sur la plaza-parque del Espolón. Varios parientes ocuparán viviendas en la misma escalera. Las traseras del edificio lindaban con los terrenos del ferrocarril. Para ver los trenes, a Isidoro le basta con asomarse a las ventanas posteriores de su casa; y para tocarlos no necesita ni siquiera cruzar la calle: con sólo salir del portal y girar por la primera entrada a mano izquierda, ya está en la plazoleta de la estación.

En octubre de 1908 debió de comenzar Fernando, el hermano mayor de Isidoro, a frecuentar el Colegio de San José, de los Maristas, situado en la calle del Mercado.

En el sosiego de la sierra estaban, casi seguro, los Zorzano durante la «semana trágica», que zarandeó a Barcelona el verano siguiente. La agitación del país se notaba menos en el pueblo; y la familia retrasaría su regreso a Logroño, aunque este año también la niña mayor había de acudir al colegio. Salus, que ya sabía leer y escribir, enseñaba con esfuerzo las primeras letras a Isidoro. Éste, además, asistía a las clases de don Melchor Vicente. Era lo que hacían los hijos de muchos veraneantes, cuyos colegios empezaban el curso más tarde que la escuela municipal de Ortigosa.

Los domingos Isidoro acudía en filas, con los otros escolares, a la Misa Mayor del pueblo. El maestro, a la vuelta de los años, escribirá: «En este acto ya no era niño: hombre maduro o ángel. Parece que lo veo todavía». Posiblemente la afirmación sea hiperbólica; pero, aun tratándose de un chiquillo normal, Isidoro manifiesta por la religión un interés que no cabe atribuir al ambiente familiar, poco fervoroso en materia de piedad. El Espíritu Santo actúa ya en su alma infantil y, quizá sin comprender a fondo el sentido de las palabras, la criatura repite una letrilla eucarística: «vamos niños al sagrario,/ que Jesús llorando está;/ pero, viendo tantos niños,/ bien contento se pondrá».

El 5 de mayo de 1910 Isidoro asiste a la Primera Comunión de su hermano Fernando, en la parroquia logroñesa de Santiago el Real.

Isidoro, colegial. Primera Comunión

El curso 1910-11, recién cumplidos los ocho años, Isidoro asiste ya al colegio de los Maristas. Los buenos Hermanos, contribuirán en medida notable a desarrollar los gérmenes de la gracia que, con el Bautismo, había recibido el niño. Y, a través de la criatura, se tonifica el ambiente cristiano de la familia. De hecho, Isidoro transmitirá el sentido religioso a sus padres; sobre todo, a mamá. Resulta enternecedor ver cómo Teresa empieza a rezar —no sabía hacerlo— con las oraciones que su hijo le va enseñando, nada más aprenderlas él.

Isidoro, que ya sabe leer y escribir —sus esfuerzos les había costado tanto a Salus como a él— es un niño más bien retraído y observador. Había seguido muy atento la Primera Comunión de Fernando y, durante este primer curso escolar, su idea fija será recibirla también él. Salus, que acaba de cumplir sus diez años, está recibiendo en el colegio La Enseñanza, de la Compañía de María, la preparación para comulgar —según es costumbre— la próxima primavera. Pero nadie, al menos en casa, toma muy en serio los deseos de Isidoro, por más que hace unos meses —el 8 de agosto de 1910— el Santo Padre Pío X ha permitido que los pequeños accedan a la Sagrada Eucaristía desde que lleguen al uso de la razón, en torno a los siete años.

El niño insistía una y otra vez. Teresa le respondía:

—Eres muy pequeño.

Isidoro no se daba por vencido y consiguió que su madre hablase con los Maristas. A juicio de los Hermanos, el niño podía comulgar porque tenía «un conocimiento y fervor superiores a sus años».

En la primavera de 1911 celebraron, por tanto, los Zorzano dos Primeras Comuniones. La de Salus, el domingo 30 de abril. Unas semanas después, el día de la Ascensión del Señor, recibía Isidoro por primera vez a Jesús Sacramentado, en la Iglesia de Santiago el Real. Pasados muchos años, Salus escribirá que su hermano comulgó «con una preparación muy fervorosa, como todos los actos religiosos que realizaba, pues desde niño llamaba la atención en la iglesia por su recogimiento, raro en esa edad, y daba ejemplo de piedad a todos sus compañeros».

Era uno de los más pequeños en el grupo de cuarenta y cinco niños que comulgaron aquel día «bajo la dirección de los Hermanos Maristas», según se hacía constar en los recordatorios. Isidoro, como casi todos sus compañeros, vestía un trajecillo oscuro, con calzón hasta media pierna. En el brazo izquierdo, un vistoso lazo de raso blanco, rematado con flecos trenzados en hilo de oro: en uno de los colgantes del brazalete lleva pintado un ángel, a cuyo lado hay un cáliz con una sagrada forma y la cruz como fondo. En el otro extremo, figuran las iniciales (I en azul, Z en rojo), así como la fecha: 25 Mayo 1911.

Mucho se comentó aquella primavera el esplendor con que Madrid, pese al teórico anticlericalismo oficial, había celebrado el XXII Congreso Eucarístico Internacional. Toda España aprendió el himno compuesto para la ocasión: «Cantemos al amor de los amores...».

Isidoro, que conserva como primera impresión consciente la imagen de su Bautismo, sigue con atención las ceremonias litúrgicas. Tal vez por ello, y por su piedad, algunos parientes piensan que, de mayor, será sacerdote.

Él mismo reconocerá que gozó en su infancia de una devoción sólo recuperada veinte años después, en la década de 1930. Se confesaba y comulgaba con bastante más frecuencia que los otros niños. De hecho, las madres solían ponerlo como ejemplo a sus hijos.

En casa todos observan que Isidoro, aunque procura disimular, realiza pequeños sacrificios. A la hora de comer deja un poco de aquellas cosas que más le gustan. Su madre comenta:

—A Isidoro ya no le gusta esto, que le gustaba tanto.

Los hermanos, que también asisten a colegios religiosos, saben de qué va el asunto:

—¿No será, precisamente, porque le gusta?.

A veces cargan la mano:

—Anda Isidoro: haz otro sacrificio.

El niño, azarado, calla y sonríe.

Otro tanto sucederá, durante el verano, en Ortigosa. Al regresar sedientos de una excursión, todos beben con avidez, menos Isidoro, que también se limita a sonreír cuando le insisten para que beba pronto.

Muerte del padre

Recién entrado el 1912, Antonio comienza a sufrir terribles dolores de cabeza. Lejos de mejorar con los remedios médicos y con los cuidados de su mujer y de la «mamita», cada vez se siente peor. Los dolores arrecian. El doctor diagnostica «paquimeningitis» y el paciente fallece en la madrugada del 4 de febrero. No había cumplido los cuarenta y dos años.

Teresa es, lógicamente, quien más acusa el golpe. Y todos lo advierten. Por fortuna, tiene quien la rodea de cariño: su madre —con experiencia personal de viudez temprana—, sus cinco pequeños y toda la colección de parientes. Isidoro, con sólo nueve años, se siente en la obligación de dirigir a su madre unas palabras de aliento: le aseguró que todos saldrían adelante y que él procuraría no causarle ningún disgusto ni preocupación. El gesto maduro del niño permanecerá en el recuerdo de la familia; pero, sobre todo, conmueve a la joven viuda, de treinta y nueve años.

Isidoro cumplió la palabra y, al decir de sus hermanos, nunca tuvo Teresa «que hacerle objeción ni reproche alguno». El prestigio del niño da lugar a una paradoja: él obedecía, ciertamente, a su madre; pero Teresa, por su parte, hacía todo lo que Isidoro decía. Se insinúa ya la jefatura moral del muchacho sobre toda la familia.

La madre, sin embargo, no le consultaría sobre una decisión importante. El difunto Antonio tenía clara la idea de volver, más adelante, a América y continuar con sus hijos el negocio. De hecho, Fernando cursaba, en el Colegio de los Maristas, los estudios profesionales de Comercio. Pero Teresa no se sentirá con fuerzas para llevar a cabo el plan, y se quedarán todos en España.

En cuanto a Isidoro, el próximo curso (1912-13) habrá de comenzar o bien el bachillerato o bien el programa de Comercio que se imparte en el Colegio. Aunque el niño era muy estudioso, no parecía tener gran facilidad para el aprendizaje. Su hermana Salus, exagerando, dirá que, por entonces, la inteligencia de Isidoro estaba sin desarrollar: para «lo que a los compañeros les costaba una hora de estudio, él tenía que pasarse toda la tarde encerrado en casa».

Teresa habló con los Maristas. Fuera por las dificultades mencionadas, fuera porque la familia carecía de tradición académica, algunos profesores aconsejaron que Isidoro no hiciese el bachillerato. Por aquellas fechas lo cursaban, sobre todo, los muchachos que tenían propósito de continuar una profesión paterna universitaria, como médicos, abogados, etcétera; pero muy pocos de los destinados, por ejemplo, a gestionar un negocio familiar.

En cualquier caso, el 1 de junio Isidoro se presentó a la prueba de ingreso, en el Instituto General y Técnico de Logroño, y aprobó sin problemas el examen.