Nace Isidoro de padres emigrantes

 

Índice: Isidoro Zorzano

«Antonio Zorzano -y-
Teresa Ledesma de Zorzano
Participan a Vd. el nacimiento
De su hijo Isidoro
El 13 de septiembre de 1902»

Así reza el texto, impreso en una tarjeta ligeramente mayor que las de visita, con que los Zorzano-Ledesma comunicaban a conocidos, clientes y amigos el ingreso en este mundo de su tercer vástago. El evento acaeció en el domicilio familiar, el día señalado, a las 8 de la mañana.

Los Zorzano eran comerciantes, del ramo de la mercería. Tanto su negocio como su vivienda estaban situados en el número 1902 de la calle Corrientes, haciendo esquina con Riobamba, a unos dos kilómetros de la Plaza de Mayo y a nueve cuadras de la Plaza Once. La ubicación era buena, en zona muy comercial y de clase media alta, sólo a cuatro manzanas del emplazamiento donde, cuatro años después, se inauguraría el majestuoso Palacio del Congreso.

Todavía no habían comenzado los trabajos de ensanchamiento que convertirían la calle de Corrientes en avenida. Por ella circulaban los tranvías que estableciera en 1887 la empresa de Federico Lacroze.

Aunque Antonio y Teresa habían sido bautizados al día siguiente y a las tres fechas de sus respectivos nacimientos, no se apresuraron para cristianar a sus hijos. Sin embargo, el día 16 de septiembre, papá Zorzano presentaba al niño en la sección cuarta del Registro Civil. Al inscribirlo, hace constar los nombres de los abuelos: Isidoro Zorzano y Feliciana Pérez, por vía paterna; Francisco Ledesma y Salustiana Pérez, por la materna.

Los cuatro eran españoles y naturales del mismo pueblo: el de Ortigosa, en la riojana Sierra de Cameros. Tres de ellos habían nacido, concretamente, en la aldea de Peñaloscintos —lugar de unas treinta familias, pero con parroquia propia— perteneciente al citado municipio. Las dos abuelas, Feliciana y Salustiana Pérez, eran hermanas: Antonio Zorzano y Teresa Ledesma eran, por consiguiente, primos carnales, aunque sólo se habían conocido en Argentina.

Hacia 1878, la abuela Salustiana, viuda poco después de nacer en Madrid su hija Teresa, se había trasladado con la niña, futura madre de Isidoro, a Buenos Aires, donde un hermano suyo regentaba una mercería.

Por su parte, unos siete años más tarde, también Antonio Zorzano había emigrado a la capital argentina. Allí vivía otro tío suyo, Fernando Zorzano, soltero y propietario igualmente de una mercería.

El deseo de conservar dentro de la familia el patrimonio, adquirido con un trabajo duro, producía entre los emigrantes cierta propensión a la endogamia. Así, en agosto de 1887 Salustiana contrajo segundas nupcias con su concuñado Fernando Zorzano, que falleció al año siguiente. Y a finales de la siguiente década, en abril de 1898, Antonio Zorzano se casaba con su prima —carnal y, durante unos meses, también política— Teresa Ledesma. Poco después los recién casados, y doña Salustiana, establecieron sus reales, domicilio y comercio,

en la calle Corrientes.

En mayo de 1899 había nacido Fernando, el primogénito de Antonio y Teresa. A las puertas del siglo XX, en noviembre de 1900, le había seguido una niña que, como su abuela, se llamaría Salustiana.

Bautismo de Isidoro y Paco. Regreso a España

Casi dos años contaba la pequeña Salus cuando Isidoro vino a arrebatarle su trono como reina de la casa. El niño llevó brillantemente la corona doméstica durante su propio bienio 1902-1904. De todos modos, el cetro familiar parece empuñarlo doña Salustiana, que acumula los oficios de madre, abuela, tía (por partida doble) y suegra, aunque todos —incluidos los nietos— se referirán siempre a ella como «la mamita», según el término utilizado por Teresa.

En una fotografía familiar de la época, la viuda, de sesenta y dos años cuando nació Isidoro, ocupa el centro del grupo: sentada, muestra —no en el regazo, sino ligeramente alzado— a Isidoro, todavía de largo. El resto de los personajes, todos en pie, la flanquean. En el retrato, que pone de manifiesto un nivel burgués alto, sorprende la figura un tanto avejentada de papá. Todavía le faltan unos meses para los treinta y cuatro, pero el agotador trabajo del emigrante ha dejado en él sus huellas, acentuadas por la incipiente calvicie y por un sólido mostacho engomado, amén de la entrecana perilla.

En la mirada de Antonio se adivina cierta preocupación. Buenos Aires sigue resultando una ciudad simpática, en que los Zorzano han hecho fortuna. Pero el dinero no basta, y hay que pensar en el futuro de los hijos.

A comienzos de siglo, las clases de la sociedad porteña, como las de tantos otros lugares, no son todavía demasiado permeables. En Buenos Aires se habla de dos grandes grupos: la «gente decente» y la «gente del pueblo». El salto a la primera categoría resulta particularmente difícil para los emigrantes, con independencia del bienestar económico que hayan logrado. No es previsible que un mercero español, diligente y afortunado, consiga entrar en el Jockey Club: ni él, ni —probablemente— sus hijos.

Aunque naciera en España, Teresa es a efectos prácticos argentina. No así Salustiana y Antonio, que sentían en lo vivo estos problemas y discurrirían su posible solución. En realidad, a la vuelta de unos años, cambiará la mentalidad en casi todo el mundo; y un capital respetable cubrirá las modestias genealógicas. Pero ni la «mamita» ni su yerno podían preverlo. De modo que, poco a poco, van perfilando una idea: trasladarse todos a España, cuando los niños se acerquen a la edad escolar, y permanecer en la Madre Patria durante sus estudios. Las rentas del capital acumuladas en Argentina darían de sobra para vivir con gran holgura en La Rioja natal. Cuando regresen a Buenos Aires, tal vez su esmerada educación permita que los hijos de Antonio y Teresa entren, directamente, en el estrato de la «gente decente».

El proyecto exige ir liquidando sin prisas, en el momento más ventajoso, los actuales negocios.

El último domicilio porteño de la familia está en el 3040 de la calle Alsina: no lejos de la Plaza Once, donde nacía el primer ferrocarril argentino. Desde muy pequeño anduvo Isidoro cerca de los trenes.

En la casa de Alsina pierde la realeza, con el nacimiento de su hermano Paco, el 2 de junio de 1904. Antonio y Teresa, aunque algo descuidados, siempre habían hecho bautizar a cada uno de sus hijos —Fernando y Salus— antes de que naciera el siguiente. Pero Paco ha venido al mundo sin que Isidoro, de casi dos años, fuese cristiano. Y todavía tardarán diez meses en llevar, juntos, a los dos pequeños a la parroquia. Aunque luego cambiaron de idea, durante algún tiempo proyectaron bautizarlos, como solían hacer algunos emigrantes, ya de vuelta en España, en la misma pila que sus mayores. De todas maneras, a Isidoro lo habían incorporado, siendo todavía un bebé, a una Cofradía del Apóstol San Pedro. Un par de semanas antes de morir, el propio interesado contará divertido el peregrino ritual de ingreso: «Para entrar se necesita demostrar que se puede tomar sin dificultad un vaso de vino; y yo entré... a los dos meses. ¡Menos mal que me ayudaron!».

El matrimonio Zorzano-Ledesma, con ser católico, carecía de una sólida formación religiosa y, por estas fechas, hubieron de bregar duramente y mudar su domicilio con frecuencia. El azacanamiento y el desarraigo de estas personas no facilita su atención pastoral. Y el horario comercial, sin tregua los domingos, disminuye aún más las posibilidades de una catequesis profunda y sistemática. También estaban muy ajetreados en liquidar y colocar bien sus dineros.

Invertirán los ahorros en el Banco Español del Río de la Plata, que marcha viento en popa. El nombre mismo, «Español», indica su condición de puente para el trasvase de negocios y capitales entre Buenos Aires y la antigua metrópoli. Son muchos los emigrantes, indianos, que desean disfrutar en su tierra los lucros trabajosamente conseguidos en América. El dinero queda, de momento, en el país donde lo ganaron; pero en cualquier momento pueden disponer de él, a miles de kilómetros. La familia Zorzano-Ledesma fija la fecha de su partida para el 1 de mayo de 1905, en el vapor León XIII, de la Compañía Trasatlántica.

Pero antes de acometer el viaje, ultimados ya sus preparativos, queda un cabo por atar: el Bautismo de los dos niños que, por fin, se celebra el 12 de abril.

Isidoro, con dos años y medio largos, entrará por su propio pie, llevado de la mano, en el baptisterio. Paco, que no ha cumplido el año, irá en brazos. La parroquia está dedicada a la Santísima Virgen, bajo la advocación patronal de La Rioja española: Nuestra Señora de Balvanera. Isidoro conservará toda su vida el recuerdo consciente de su Bautismo.

Trece días después de la ceremonia, el martes 25, atracaba en Buenos Aires el vapor León XIII. El 28 ha terminado la operación de descarga y se comienza el embarque para el regreso a Europa.

La travesía será de carga y pasajeros. Aparte de la tripulación, viajan quinientas cuarenta y cinco personas. La estadística naviera de la época sólo consideraba pasajeros a los clientes de primera clase, que en esta ocasión fueron setenta y uno; entre ellos, los siete miembros de la familia Zorzano (la abuela Salustiana; los papás, Antonio y Teresa; y los niños Fernando, Salus, Isidoro y Paco). Al resto, a los viajeros de segunda (52) y de tercera (422), se les llamaba «emigrantes».

El lunes 1 de mayo de 1905 resultó una jornada más bien fresca, que amaneció medio nublada para encapotarse del todo a lo largo del día. Pero el fenómeno más curioso, reseñado por la prensa, fue que «hasta las tres de la tarde el río estuvo [...] muy bajo, lo que demoró la entrada y salida de los vapores de ultramar. Después de esa hora la marea repuntó y se normalizó el movimiento del puerto».

Habían pasado, pues, las 3 de la tarde cuando el León XIII soltaba sus amarras. En los muelles del Puerto Madero (junto al galpón en cuya pared se leen las palabras: Dique 4, Sección 2), quedan los tíos, primos, vecinos y amigos.

El Buenos Aires que dejan Isidoro y los suyos tiene un millón de habitantes (1.025.653, para mayor precisión), que serán millón y medio antes de diez años.